poemas de amor Crazzy Writer's notebook: chica
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17/1/15

Cuento antes de dormir.

Erase una vez que se era una pequeña niña que en su cama esperaba.
Llevaba un bonito pijama de rayas de seda aterciopelada.
Aguardaba con impaciencia el momento de ir a dormir.
Nadie sabe por qué o cómo, poco antes de irse a la cama, junto a su ventana una peluda criaturilla de forma indeterminada por las estrecha rendija se colaba. Parecía que le gustaba pasar las noches junto a la niña, acurrucada. Velaba sus sueños y cuando los padres de ella por la puerta aparecían, aquella pelusilla siempre bajo la cama se escondía. Pues su existencia solo aquella chica conocía.
Aunque después a la cama siempre volvía. La miraba con ternura, le encantaban aquellos ojitos curiosos y somnolientos, asique un pequeño cuento de la nada se sacaba.
Aquellas breves líneas suficiente resultaban para trasladar a la pequeña al mundo de Morfeo, entre pentagramas y rimas variadas.
Aquella vocecita al poco se degradaba, quedando la niña perfectamente arropada.
Dulces noches, buenos sueños, y la criaturilla sobre la almohada se quedaba.

14/11/14

Escapada Invernal

Sin casi pensarlo mandó el mensaje con aquella extravagante y furtiva idea que se le había pasado por la cabeza. Ni siquiera le dio el tiempo suficiente para terminar de asentar aquel cúmulo nebuloso con el que trataría de sorprenderla. El mensaje de regreso mantenía ese tono de sorpresa e incredulidad, parecía que la curiosidad felina asomaba ante aquel escueto esbozo de plan.
Antes de cumplir los veinte minutos de plazo, el coche se paraba frente a la parada de autobús donde ella aguardaba con cierta impaciencia.
-¿A dónde vamos a ir?-. Preguntó ofreciendo sus labios para recibir el beso de bienvenida.
-Ah, sorpresa-. Susurró tras depositar varios besos cortos sobre aquella blanda superficie. Y sin tardar mucho más puso de nuevo en marcha el vehículo ignorando las quejas de su pasajera.

La noche ya pesaba sobre toda aquella región a pesar de que los relojes todavía no marcaban ni las nueve de la noche. Poco a poco, y sorteando el tráfico, fueron abandonando las estrechas calles de la urbe para adentrarse en las anchas vías de uno de los polígonos industriales más importantes. A penas se veía coche alguno vagar por aquel lugar donde las industrias y las naves campaban ordenadamente en calles completamente ortogonales. Ella miraba y preguntaba tratando de sonsacar alguna información.
-Hay luna llena-. Dijo mirando a través de la luna mientras esperaba que aquel semáforo le dejara vía libre. –Sería bonito verlo desde el mirador…-. Dejó la frase en suspenso al quedar bañado por la luz verde.
-¡¿Pretendes llevarme al cerro?!-. La chica lo miraba ojiplática, sobretodo porque en aquel lugar siempre solía haber varios coches cuyos ardientes interiores habían tintado los cristales para ocultar a sus ocupantes de la fría noche. Aquella reacción no hizo más que ensancharle aquella sonrisa que lo había tomado un rato antes.
-Frio, frio-. Respondió con aquel tono juguetón que tanto la atraía. –Pero antes de seguir, ¿te apetece coger algo de cena?-. Aquel cambio tan súbito en la conversación logró descolocarla, aunque lo cierto era que ella tampoco había cenado, asique asintió con cierta energía. –Vamos al Mc auto-. Espetó de pronto acompañando la frase con un cambio de dirección completamente inesperado.
Circulaban despacio, él seguía los paneles que había situados en las esquinas de las calles del polígono. Sin duda estaba más perdido que un pulpo fuera del agua, aunque trataba de disimularlo para evitar alguna burla traviesa de su acompañante. Y a punto de admitirlo estaba cuando aquel edificio adornado con una gran “M” apareció a su lado.
Después de recoger aquel pedido, lo dejaron a buen recaudo en el salpicadero del coche cuya tecnología más puntera consistía en un cuenta revoluciones, aquel coche tenía más años que el propio conductor pero aquello no era sino un aliciente para conducir aquel coche hasta el fin del mundo, sentía admiración por cada tuerca y no escondía lo orgulloso que se sentía de él.
Aquel viaje prosiguió a buena marcha por la autovía, alejándose cada vez más de aquella tediosa ciudad en la que ambos vivían resignados a no poder abandonarla, sin importar el motivo que los condujese, ese era uno de los puntos que compartían.
-¿Pero a dónde vamos?-. Volvió a preguntar con cierta sorpresa.
-Solo disfruta-. Dejó como única respuesta, mientras seguía sin apartar la vista de aquella carretera. Entonces ella reparó en uno de los enormes panelones que se aproximaba a una velocidad suficiente como para leer lo que ponía. -¡¿¿Soria??!-. El miedo, y la sorpresa se habían apoderado de su voz, no daba crédito. ¿Realmente había decidido hacer semejante locura?
-Noooo, si eso está a tomar por saco…-. Dijo con una pequeña carcajada. – No te lo voy a decir, solo espero que no te aburras demasiado. El tramo de autovía que coincidía con el trazado que había dibujado en su mente llegaba a su fin, por lo que indicándolo con la intermitencia, de carenciado y sonido tan peculiar comenzó la andadura a través de aquel entramado de sinuosas carreteras entre pinares.
Atravesaron el primer pueblo a buena velocidad, una vez terminado todo aquel conjunto de casas construidas en uno de los meandros del castellano rio Duero, la oscuridad y la soledad volvían a abrazarlos con aquellos gélidos brazos. Comenzaban la ascensión de una de las pendientes más famosas por aquellos lugares. Los halos blancos iluminaban la carretera que tras la subida se habría ante su mirada. Incluso las luces de largo alcance no llegaban a iluminar todo el perímetro que los rodeaba, pero aquello no hacía más que instar más y más a seguir con aquel viaje. El tacómetro bañado en aquel espectral haz verde daba toda la información imprescindible y entre aquella escueta información tan solo dos pequeños relojes mantenían la plena atención del conductor, el cuentakilómetros y el indicador de la gasolina, mientras que la pasajera miraba extasiada por la ventana.
Después de un largo recorrido por aquella carretera estrecha rodeada de pinos que daban una atmosfera típica de película de terror barata, alcanzaron el segundo pueblo donde tras dar un pequeño paseo rápido se detuvieron para bajar al merendero a comer aquellas hamburguesas que habían comprado.
Al poco de bajar, el viento frio empezó a recorrer todo el merendero haciendo que ella empezase a estremecerse.
-Vaya, creo que esto no lo tenía previsto, tal vez debí haberte avisado de que cogieses algo más fuerte de abrigo-. Comentó mientras se lamentaba por aquel patinazo, ya que aquel fallo meteorológico les impediría contemplar la noche tranquilamente como él había planeado. Con el fin de solventarlo presto su cazadora a la chica que trataba de restarle importancia al tema. Terminada aquella rápida cena, subieron, pues todavía tenía una sorpresa más. En lo alto del pueblo había un bar donde a lo largo de los veranos él solía pasar varias tardes a la semana poniendo al día sus asuntos en la red de redes.
 Una agradable conversación entre risas y besos robados, de un lado como del otro, hizo que las manecillas del reloj corriesen más de lo debido, y tras apurar sus bebidas y una pequeña parada, prosiguieron el camino hacia su desconocido destino.
-Derecha o izquierda-. Preguntó de pronto sorprendiendo a la pasajera, la cual respondió por impulso rápido que fuese hacia la derecha. Aquella carretera estaba en mejores condiciones que la otra, además tampoco le inspiraba demasiada confianza, y al tener ambas el factor que más deseaba el conductor que era circular a través del pinar, respetó la elección de su compañera de viaje. Varios kilómetros más tarde y tras rebasar otro pueblo llegaron al destino. El santo lugar de la Virgen del Henar, lugar donde todos los veranos, desde que él tenía memoria, pasaba una tarde con su familia.
El viaje de regreso atravesó los mismos parajes que en la ida. Ella parecía disfrutar con cada metro que recorrían bajo aquel ronco sonido del motor carburado. El viaje se hizo demasiado corto en opinión de ambos ya que antes de darse cuenta él estaba recorriendo hábilmente la calle, marcha atrás, para dejarla junto a su portal. El beso de despedida, casto, fue el colofón final a aquella peripecia que fugazmente había soñado y que al parecer había sorprendido y gustado a su pasajera. Aunque antes de llegar a casa debería recargar el combustible gastado durante el trayecto. Y aquello sería duro ya que a esa hora pocas gasolineras estaban abiertas, pero… aquello es otra historia.  

12/9/14

Annie [Sueños, Part 3]

No dejaba de darle vueltas a las cuatro últimas horas de mi vida. Aquel nuevo estadio resultaba difícil de asimilar, y no era extraño porque en aquel lapso, habían sucedido demasiadas cosas entre las que se encontraban mi implicación involuntaria en un crimen, el más sanguinario del condado, y había sido detenido como principal sospechoso. Y según había podido entender, el estado de las víctimas era espeluznante. Aunque lo peor de todo era que entre ellas estaba la chica que lograba que mi corazón se pusiese del revés… y… claro, también estaba ese abogado aparecido de la nada y con ese halo tan, tan… espectral.
Caminaba con cierta presura por aquellas calles solitarias todavía con los visibles efectos de la lluvia reciente. La temperatura había descendido notablemente y aquel leve viento que barría las calles te penetraba hasta los huesos. Aquella conversación que mantuve con aquel abogado no dejaba de resonar en el fondo de mi cabeza, como en un segundo plano, hasta que sin saber muy bien por qué, aquella frase que me dijo poco antes de marcharse surgió al primer plano pero no recordaba las palabras exactamente. Me detuve junto a un escaparate rejado, y contemplé mi reflejo y un poco más de soslayo lo que contenía. “Sienta los vínculos de la antigua Roma.” rezaba un gran letrero. “No obstaculice el paso.” Indicaba uno más pequeño en la parte inferior. Aquella frase ahora flotaba nítida en mi memoria esperando a ser leída con total claridad.
-Piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Me repetí una segunda vez en apenas un susurró, aunque seguía sin tener sentido alguno. –Pero… qué diablos quería decir… sería tal vez una de esas frases escritas en alguna novela romanticona que habría leído. Sí, eso es Dave, una novela romántica. Deja de darle vueltas-. Reanudé el camino y además con paso apresurado porque aún quedaba un trecho antes de llegar a mi apartamento, y vagar solo a esas horas no era lo más indicado en una ciudad como aquella.
El portal se apareció tras quince minutos, parecía que venía de un mal sueño y que seguramente despertaría al poco bañado en sudor al borde de mi cama. Mi mente había, de alguna manera, creado una especie de muralla para encerrar aquellas horas de pesadilla. Subí al ascensor y me dejé sumir en aquel silencio sub-realista. La campanilla anunció la llegada al piso marcado. Inspiré con profundidad convencido de que todo había regresado a la normalidad, y aquella imagen del pasillo repleto de agentes de policía y forenses nunca había existido. La calma lo invadía, bañado por la penumbra, parecía normal. Escuché como se escapaba un suspiro de mi boca pero aquel sonido se cortó súbitamente a la velocidad de la luz.
Un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo produciéndome un fuerte latigazo. El muro se desmoronaba con violencia y estruendo devolviéndome aquella realidad que había tratado en vano de desterrar. Al encenderse la luz vi como la puerta del apartamento de Annie y su compañera Rachel estaba cruzada por varias cintas amarillas que impedían el acceso. Aquel mensaje que se mostraba a lo largo de todo el precinto fue como un cañonazo.
-Escena de un crimen, no pasar-. Me susurré. De nuevo aquel escalofrío y aquella sensación de irrealidad. No lograba asimilar todo aquello, deseaba huir en aquel instante. Sin pensarlo apenas corrí hasta la puerta de mi apartamento sin poder dejar de ver aquella cinta amarilla con aquel mensaje en negro fundido. Encaje la llave tras varios intentos fallidos, abalanzándome sobre la puerta me guarecí en mi pequeño apartamento, cerrandola con fuerza tras de mí.
La respiración se me había acelerado produciendo que esta se entrecortara de forma ruidosa. El silencio seguía siendo sepulcral, alimentando aquella sensación de irrealidad e intranquilidad. Caminé lentamente hasta la habitación a la vez que dejaba caer las escasas prendas que me habían dejado poner antes de detenerme. Aquellos recuerdos seguían martirizándome.
Inspire con fuerza y contuve la respiración cuanto pude. Los sonidos se amortiguaron mientras sentía aquella necesidad imperiosa de soltar aquella bocanada de aire. Finalmente lo expulsé mientras me decía a mi mismo en voz alta que aquello seguía siendo producto de una pesadilla demasiado lograda y que mañana despertaría sin más escuchando los cantos adorables de mis vecinas mientras se duchaban.
Me tumbé en la cama haciendo crujir con estrepito los muelles que conformaban el colchón. Miraba al techo mientras me recogía en un diminuto ovillo y me tapaba hasta prácticamente soterrarme por completo entre las mantas. Tenía aquella infantil necesidad de construir un nuevo fuerte para protegerme de aquel mundo que me rodeaba. Cerré los ojos con fuerza y traté de liberar mi mente de toda clase de pensamientos. Dejarla sumida en un silencio tan grotesco como el que se escuchaba más allá de las mantas. Aquel proceso de hermetizado parecía sencillo, pero no tardé en toparme con aquellos pensamientos que se arraigan en lo más profundo de tu psique y de los que deshacerse resulta muy complicado. Aquellos datos retenidos de forma inconsciente a lo largo de nuestro día a día. Sonidos, olores, imágenes…
Todos aquellos recuerdos referentes a Annie.
-Annie-. Suspire en un susurró para mí. Su rostro se dibujó lentamente en mi pensamiento que poco a poco se fue tornando en una de aquellas monstruosas fotos que aquel detective me había mostrado en repetidas ocasiones. Sentí un reguero salino descolgarse por mi mejilla.
[-Una estudiante de diseño de último año-.] Recordé la voz de Voretto. [-Y no escuchó absolutamente nada… permítame que mantenga un escepticismo elevado, Sr Smith. Eso parece ser bastante doloroso, ¿no cree?-]. Fragmentos. Y más fragmentos de aquella conversación.
[-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-]. La imagen de aquel abogado atravesó mi mente de forma fugaz. Formalidad…
[-¡Dave!-] La radiante sonrisa de Anníe diluyó aquellas horrendas fotos que aún permanecían revoloteando por mi mente. [Me gusta cuando sonríes, Davey, te ves muy adorable.] El recuerdo de su voz me hizo estremecer entre las mantas.
[-Continúe… nos tiene sobre ascuas-.] De nuevo la voz del abogado restalló con aquel tono de sutil burla.
[-Ignórales cielo-.] Su voz aterciopelada se dejó escuchar nuevamente. [-No temas, estoy aquí para protegerte. Yo sé que no sólo eres inocente sino que trataste de ayudarnos a las dos-.] Sentí un abrazo cálido que me rodeó y atrajo hacia un pequeño oasis donde la hostilidad de mis propios recuerdos era menor.
-Anníe, te extraño. No me hago a la idea de no volver a verte-. Susurré a las mantas. –Qué fue lo que realmente sucedió-. Rogué al vacío una respuesta coherente a las experiencias vividas.
-Tranquilo Davey, lo sé. Por eso estoy aquí, contigo-. Respondió un susurro junto a mi odio. Una voz familiar pero extraña al mismo tiempo. Y de nuevo aquella suave atracción contra algo que yacía al otro lado de las mantas.
A pesar de lo que procedería ante aquella voz y ese abrazo llegados de la nada, no estaba alarmado sino todo lo contrario. Estaba calmado, tranquilo, a gusto. Aunque parecía que ese estadio no era del todo mío. Abrí los ojos esperando encontrar aquella oscuridad densa y solitaria con la que había convivido desde que había llegado de comisaria pero para mi sorpresa, esta había sido sustituida por una cálida penumbra, donde se adivinaban ciertas briznas de jazmín y otras hiervas exóticas de oriente.
-Respira hondo, Davey. Ha sido muy duro-. Repitió aquella voz descendiendo las mantas levemente, generando una corriente fría que barrio mi cuerpo, y dejando descubierta mi cabeza hasta la nuca donde dejo reposar sus labios carnosos. Su calor no tardó en contagiarse por todo mi cuerpo como un veneno.
-Annie, ¿de verdad eres tú y no un mero sueño alimentado por mi deseo de volver a verte?-. Susurré débilmente a causa de aquel bienestar que se hacía poseedor de mi cuerpo y mente.
- Tshhhhhh-. Unos dedos cruzaron mis labios dejándolos sellados con suavidad a pesar de lo afilado de su terminación. –Lo que cuenta es que estoy aquí contigo…-. A cada palabra que escuchaba estaba más y más convencido de que realmente era ella. Deseaba que realmente fuese ella. –Porque eso es lo que deseas, ¿verdad?-. Su otra mano jugueteaba entre los mechones revueltos de mi pelo humedecido.
-Sí-. Respondí de forma automática. –Te deseo, Annie-. Estaba completamente convencido de que era ella quien estaba a mi lado, no cabía la más mínima duda.
Escuché una risita cargada de travesura a la vez que una sonrisa se marcaba en mi nuca. El cosquilleo de una fina hilera de besos y succiones hizo que mi piel se erizase por completo mientras me estremecía mecido por un indescriptible placer.

4/10/13

Sueños lucidos.

El mundo onírico. La estancia de los sueños. Cuan curiosa alegoría, símil perpetuo, terreno del subconsciente durmiente. Terreno del eterno. Misteriosa realidad subyacente…
Caminaba. Vagaba sin rumbo recorriendo la Tenebrosa. No sabía cómo viajé hasta aquella solida negrura, rota sólo por algún tenue y fugaz destello. La temperatura bajaba a medida que permanecía en aquel lugar. Mis respiraciones… aceleradas por el miedo que me invadía, se convertían lentamente en densas nubes que ascendían por la oscuridad. Un pasillo fue cobrando forma. Cuestionaba, preguntaba el cómo y el por qué sin percatarme de que en aquel entorno no existían sus respuestas. Palpaba las paredes rugosas, y tan frías como el suelo que descalzo pisaba. Escuchaba. Percibía susurros afilados que me agredían desde la nada. Voces extrañas y deformes que hablaban en idiomas desconocidos. Las paredes se estrechaban. Más y más. El agobio no se apiadaba y me poseía con violencia. La respiración se entrecortaba, como si el oxígeno me faltase. Una rendija de luz brillante a ras de suelo me cegó, tan solo iluminó mis pálidos pies descalzos. Una puerta se intuía, tanteaba con el dorso de la mano en busca del pomo pero en vez de aquel elemento topé con un dolor agudo y fugaz. Una astilla. Inspiré, estaba en un callejón sin salida, las paredes continuaban aproximándose, lentamente pero sin cesar. Presión, podía sentir la presión sobre mi cuerpo. Inspire profunde de nuevo, tenía miedo. Pánico. Terror. Y poco tiempo. Con la astilla aun hundida en ¿¡Pata!? ¡Era una pata, peluda como la de un animal! Pero ya pensaría en eso después, ahora sólo quería cruzar la puerta que se agrandaba por segundos, ¿o era yo quién menguaba? Empujé contra aquella superficie que entre mí se interpondría, la luz parecía más cómoda que aquella oscuridad que me envolvía. Una manta. ¿Pelo?
Una luz brillante me acogió dejando mi visión anulada. Jadeaba sin saber por qué, no recordaba de dónde venía o por qué había cruzado aquel umbral. Caminaba sobre cuatro patas. La vista se recuperaba poco a poco y comenzaba a distinguir algunas sombras procedentes del entorno, pero no colores. Habían desaparecido, tornándose en una escala de gris. Un fresco olor penetró por mi nariz, no lo identificaba pero era muy agradable. El tacto blando del suelo ligeramente humedecido, y poco después una voz. Era femenina, dulce, y me llamaba… una y otra vez. Empecé a caminar atraído por la delicadeza con la que me incitaba estar a su lado. Su pelo corto y de un aparente color gris asomaba por encima de una pequeña colina. ¡Hierba, es hierba cortada! Pero quién era ella. No la recordaba pero si la conocía, estaba sentada con las piernas cruzadas en la ladera de la colina. Me miraba con aquellos ojos grises brillante. Seguía llamándome, insistiendo que fuese a su lado. El sol ya caía en el horizonte, ella me mantenía acurrucado en su regazo y pasaba sus manos por mi pelaje, justo detrás de las orejas. Me gustaba. Y se lo hacía entender de la mejor forma posible acariciando sus piernas con la almohadilla de mis patas y la sentía estremecer. Me hablaba y aunque a duras penas la entendía yo era incapaz de articular palabras, solo algunos suaves gruñidos. Sus labios se posaron sobre mi cabeza. Me cogió entre sus manos y nos miramos a los ojos. Ya había anochecido, el atardecer fue de lo más bonito y extraño había visto hasta entonces. Pero de la misma forma que vino…se fue.
Cuando abrí los ojos estaba mal tirado, maltrecho sintiendo como me vaciaba lentamente. Un líquido viscoso manaba a raudales de mí. No tenía sentido preguntarse el qué era o cómo, sabía que no había respuesta. Todo a mí alrededor se ralentizaba, cobraba lentitud, mientras menguaban poco a poco. Entonces una aguja se abrió paso a través de mi frágil cuerpo. El dolor insufrible hizo que mis ojos se abriesen una vez más. ¿Estaba dormido o despierto? Pero tampoco tenía sentido.
Desperté entre fríos sudores enterrado por las mantas, y entonces supe que todas aquellas vivencias tan reales no habían sido más que un producto del onírico mundo de los sueños inconscientes. Aunque no recordase ninguno.

12/9/13

The girl [De paseo por el centro, part 18]

Llevábamos recorrido un trecho del camino turístico que había planeado como punto y final a mi visita a Madrid. Aquel fin de semana había sido sin dudar el mejor desde hacía mucho, mucho tiempo. Claro que todavía quedaba una larga subida antes de llegar a las vacaciones de verano pero en este momento prefería mantener la cabeza en el momento presente y disfrutarlo. Después de dejar atrás la puerta del Sol, con los testimonios fotográficos del Kilómetro cero, el símbolo de la ciudad, el oso y el madroño, y algunas estatuas conmemorativas, a parte del lugar en sí, nos encaminamos hacia otro de los monumentos. La fuente de la Cibeles, lugar en el que acaban todas las celebraciones futbolísticas posibles. No tardé en desenfundar su cámara y dejar la prueba de que yo también estuve allí pero él todavía guardaba una pequeña sorpresa en aquel lugar.
-En el ayuntamiento tienen un mirador a través del cual se puede apreciar la inmensidad de la ciudad-. Sugirió. –Seguro que puedes sacar buenas fotos-.
-Tengo curiosidad por ver esa imagen-. Mis ojos se centraron en el ayuntamiento que quedaba de frente a la fuente y nos encaminamos a buen paso hacia sus gigantescas puertas.
Cuando salimos al mirador una suave brisa nos azotó en el rostro. Había bastante gente, en su mayoría extranjeros, que también buscaban llevarse un buen recuerdo de la capital.
-Vaya… es impresionante-. Exclamé aproximándome a la baranda, mientras le arrastraba a mi lado.
-Sí, la verdad es que sí. Es uno de los lugares más bonitos para contemplar la ciudad. Pero a mi hay otro que me gusta un poco más que este-. Entonces señaló un edificio que asomaba por encima del resto. Dos torres estrechas unidas en el techo creando la ilusión de ser el rostro de una persona. –O también debe haber una vista bastante curiosa desde allí-. Guio mi cuerpo hasta situarlo en línea con la vista parcial de una de las torres inclinadas que se asomaba con timidez.
Ambos nos quedamos en silencio contemplando la vida de la ciudad. Los coches, los taxis, los autobuses, las personas convertidas en hormigas pequeñas. Una última vista antes de regresar a la calle de nuevo. Y una foto de ambos con la ciudad de fondo.
Después del ayuntamiento, la siguiente parada estaba prevista en el parque del retiro, pasando frente a la puerta de Alcalá. A medida que avanzábamos calle arriba empezamos a sentir los ojos vigilantes de aquella inmensa construcción. Era imponente pasar a su lado. Tras una breve parada para una pequeña historia y unas fotos reanudábamos el camino para adentrarnos en los parajes del Retiro.
-Bienvenida al pulmón de Madrid-. Comentó mientras me tomaba de la mano. Miraba a los alrededores hasta que finalmente nuestras miradas se cruzaron.
-Me recuerda un poco al campo grande de Valladolid. Aunque no sé si allí los árboles son tan grandes-. ME arrimé un poco más a él.
-Bueno… tenemos un estanque con barcas… ¿quieres subir a una?-. Señaló el estanque que comenzaba a vislumbrarse en la distancia. Allí podían verse numerosas barcas de remos navegando erráticamente, cruzando aquellas aguas verdosas. –Pero eso si… no te caigas al agua-. Reí al ver su expresión.
-Lo siento mucho Arturo, pero yo y los transportes acuáticos no nos llevamos, otra cosa podría aceptarla sin problemas. Barcas… no, gracias-. Después de sacar algunas fotos de las barcas y de las estatuas que había al otro lado del estanque tiré de él con suavidad para alejarnos del estanque.
-Bueno… podemos adentrarnos un poco en los caminos que cruzan el parque, y experimentar un poco de naturaleza-. Dijo con cierta sugerencia. Miré hacia uno de los senderos laterales. Los centenarios árboles se retorcían por encima de nosotros tras sus cercas de arbustos. El manto de césped verde que los rodeaba resultaba increíblemente tentador. Parecía invitarte a descansar junto a los troncos. Volvimos a cruzar miradas cómplices y nos adentramos lentamente en una de aquellas sendas que iban adentrándonos en una privacidad extraña. Caminamos alejándonos de las vías más transitadas. Nos retiramos a una pequeña parcela de césped verde y fresco. Nos tumbamos a recuperar el aliento y recobrarnos un poco del calor que empezaba a apretar desde el cielo azul celeste.   
Aguardamos en mutua compañía, escuchando los sonidos que nos rodeaban de forma esporádica, aunque yo estaba más concentrada en sentir cómo su mano paseaba lentamente por mi rostro. Apartando lentamente algunos mechones que la cubrían y proseguía con el paseo.
-Asique esto era la otra opción diferente al paseo… ¿eh?-. Susurré de pronto.
-Si… mucho me temo que sí. ¿Esperabas otra cosa?-. Preguntó con un fuerte atisbo de duda.
-Bueno… contigo es difícil esperarse algo concreto…-. Reí entre dientes. Me fui acurrucando sobre su pecho. –Siempre consigues venir por el ángulo muerto, y eso es una cosa que en un chico es poco corriente. Y me gusta eso… y por ese motivo no te voy a contestar-. Asomé la lengua en un gesto infantil.
Su expresión me resultó irresistible. Mis reflejos hicieron acto de presencia logrando sellar nuestros labios antes de que volviese a subir la guardia. Mientras ejercía una ligera presión sobre sus labios su mano se enredó sobre mi pelo y tiró de mi cuerpo hasta dejarlo sobre el suyo. Sus caricias me deshacían en un placentero mar de sensaciones, pero aquello Arturo ya parecía saberlo. Su sonrisa lo confirmaba. Aguardamos unos minutos más así.
-Sabes, Arturo que cuando te levantes estarás verde, ¿verdad?-. Comenté mientras me incorporaba y le tendía el brazo para ayudarle a incorporarse.
-Por desgracia… pero ya sabes… todo tiene un precio-. Respondió mientras comprobaba, con alegría, que aquellas manchas de las que hablábamos no habían impregnado sus pantalones vaqueros. –Pero… no siempre es un alto precio-. Le palmeé en el culo.
-¿Cuál es nuestra siguiente parada, Virgilio?-. Sonreí con inocencia.
-Pues vamos a pasar por la única representación del diablo de Madrid-. Dijo con una voz fúnebre y grave. –Asique seguidme de cerca y no os perderéis en estos caminos malditos-. Antes de que diese un paso crucé mis brazos por su abdomen y lo apresé con el resto de mi cuerpo.
-De acuerdo-. Le besé la nuca y deshice la presión para continuar por las sendas hacia la estatua del ángel caído, situado en una de las avenidas del parque y muy próximos a la famosa cuesta Moyano.
Caminamos un poco desorientados pero finalmente dimos con aquella fuente. En un cruce de dos avenidas principales del parque, tal y como había predicho. Brillando bajo el sol estaba la piedra negra tallada con la figura retorcida de Lucifer. Resultaba demasiado siniestro y atractivo al mismo tiempo, además el resto de la fuente estaba custodiada por horribles rostros que trataban de ahuyentar a las almas errantes de los viandantes. Nos detuvimos un poco contemplándola y proseguimos hacia el fin de aquel tour por el centro de Madrid.
-Bueno, ya solo nos queda ver “la cuesta de los libros”. Aquí siempre puedes encontrar alguna pequeña joya y no suelen ser libros demasiado caros-. Caminábamos con paso muy lento mientras nos fijábamos en cada uno de los puestos a la caza de algo que llamara nuestra atención pero a esa hora ya casi no quedaba nada curioso.
-En ese caso… miremos, todavía es algo pronto para volver-. Sonrió. Mientras se acercaba a uno de los puestos donde había varios comics y comenzaba a mirar algunos de ellos. Yo mientras me perdí varios puestos más abajo en busca de un detallito.
Después de un largo rato perdida entre los libros de aquellos puestecitos sus brazos me sorprendieron en un delicado abrazo.

-¿Que tal van las compras?-. susurro en mi oído. -¿Alguna cosilla interesante?-
-Si-. Y le mostré un par de libros que había adquirido tras un rápido paseo por todo los puestos. -Muchas gracias por este paseo. Me lo he pasado muy bien-. Sus ojos marrones me contemplaron sonrientes.
-Bueno, qué te apetece comer… como los presos… eliges la última comida-. Me quedé un poco pensativa, la verdad no había pensado en nada.
-Me dejare sorprender, eres un buen cocinero asique prepares lo que prepares seguro que me gustará-. Le devolví la sonrisa.
-Entones… partamos hacia casa. No me gustaría que perdieses el bus y te quedases aquí… ¿o tal vez si?-. Dijo en con un aire juguetón en su voz mientras nos encaminábamos hacia la estación de metro de Atocha.

Ultimo Capitulo

20/8/13

The girl [Apuestas arriesgadas, part 17]

El tiempo había volado, como era su costumbre cada vez que estábamos juntos, sin percatarnos de ello. Tras vagar por diversas tiendas de lo más variopinto, hacer una parada en un pequeño restaurante y un repaso más fugaz a algunas tiendas más, optamos por volver a ese pequeño piso en el que residía. Cargamos el par de bolsas que portábamos en el angosto maletero del saxo y emprendimos el regreso atravesando la circulación de aquella ciudad a velocidades vertiginosas bajo aquella música, rápida y animada, y la atenta mirada de aquellos ojos marrones. Las ventajas de las pequeñas dimensiones. Aunque seguía con aquel extraño pensamiento pero sin resultados positivos. Cuando cruzamos la puerta el reloj de la entrada nos recibió con la melodía de las ocho de la tarde.

-Vaya… ¿ya son las ocho?- su voz se levantó con sorpresa mientras dejaba su bolsa en el salón.
-Eso parece-. No pude evitar sonreír. –Es increíble lo rápido que se puede pasar una mañana entre los muros de un gran centro comercial. ¿No te parece?-. Ella asintió con energía. -¿Qué película te apetece ver?-. 
También dejé mi par de bolsas y me encaminé hacia la habitación para cambiarme de ropa. Ella se había quedado en el salón mirando la enorme lista de películas que la había entregado. Salí al poco con la ropa dirección al baño.
-Alguna película que te llame la atención, Elisa-. Pregunté curioso.
-Si pero a decir verdad he visto varias que me gustaría ver. Estoy un poco indecisa…-. Levantó los ojos del papel y me miró.
-Bueno, entonces mientras te decides y pones cómoda voy a darme una ducha exprés-. A punto de entrar en el baño un fugaz pensamiento cruzó por mi mente al ver el toallero. –¡Oh!…- ella se asomó por el arco del pasillo. -Casi se me olvida la toalla-. No pude contener una risita al ver su expresión.
Tras coger una toalla me adentré en el chorro de agua caliente y comencé a esparcir el jabón. Estaba deseoso de ver la película que había elegido, y hacerlo a su vera. Cuando salí del baño ella se había cambiado de ropa y se estaba acomodando en el sofá.
-Bueno, después de una intensa indecisión creo que vamos a ver…-. Dejo ver una sonrisa misteriosa. -…Una de suspense y, la verdad, el titulo… incita. “La soga”, ¿te parece?-.
-Perfecta, además no la he visto pero mi hermano me ha dicho que es un puntazo-. Señale el asiento contiguo donde reposaban sus pies. -¿Puedo?-. 
-Claro, pero ponte aquí mejor. Estaremos más… cómodos-. Se apartó un poco dejándome el sitio donde estaba su cabeza, mientras lo acariciaba con lentitud. Una ligera curvatura picarona dejó un pequeño atisbo de luz en mi mente.
-Ideal. Espero que te guste la peli-. Me senté, y no tardó en dar comienzo con los créditos, como toda película antigua.
La neoyorquina ciudad amanecía rápidamente. Algunos coches circulando. En una azotea de un rascacielos. Un ático situado en un buen vecindario. Y un grito ahogado que se apagaba lentamente mientras su dueño exhalaba su último aliento.
Envueltos en la oscuridad, a lo largo de la película ella fue de forma muy sutil acurrucándose sobre mi pecho y rodeándome poco a poco con sus brazos. Y yo, aunque menos sutil, también posicioné mis manos en lugares estratégicos. Una mano enredada en algunos mechones de su larga melena próximo a su cuello y otra en la junta entre la camiseta de tirantes y su short. El final se intuía cercano. Demasiado, tal vez. En New York sonaban los ecos de las sirenas de la policía mientras los subtítulos ayudaban a comprender los murmullos del fondo de la calle. Mientras, la vista de la ciudad se iba alejando poco a poco sumida en la noche.
-Oh…-. El asombro brillaba en el fondo de sus ojos. Se revolvió para mirarme desde abajo. –Es genial. Lástima de final-. Dijo con una sonrisa. Entonces sentí su mano paseando por mi cuello. Haciéndome estremecer. 
-Sí, mi hermano tenía razón-. Susurré mientras apagaba el televisor, sintiendo aquella caricia lenta y prolongada. Sonreí al ver aquella mirada sugerente que me dirigía. Poco a poco recorté distancia con su rostro. – ¿Sabes?… sigo dando vueltas a esa primera vez, pero no consigo dar con ella, ¿alguna pista?-. Aquella mirada se fue iluminando hasta brillar con travesura, al igual que la nueva curvatura de sus labios.
-Es tarde… y ha sido un largo día-. Su mano descendió hasta situarse suavemente bajo el mentón. –…Te parece que recojamos los restos de la cena y después nos vayamos a la cama-. Su mirada se desvió fugazmente hacia los restos que reposaban sobre la mesita de café.
-A la cama. Que no a dormir… tú y los detalles lingüísticos-. Volvimos a  aguantarnos la mirada en silencio. Ella no pudo evitar iluminarme con una alegre sonrisa.
-Si… creo que me lo estas pegando-. Ensanchó aún más su sonrisa.
Después de limpiar la cena ella me tomó de la mano y nos encaminamos a la habitación.
-Ponte cómodo-. Me dejó en la cama. –Bien, asique una pista, ¿eh?-. Se quedó pensativa mientras miraba por la habitación en busca de algo que no tardó en encontrar. Sus manos encendieron las velas –Y… ¿con qué prenda la vas a comprar?-. El olor de vainilla invadió la habitación. Caminó hacia la pared sumiendo la habitación en penumbra a merced de las velas.
-¡¿Comprar?! ¿Prenda?-. La sorpresa  invadió mi rostro sin ningún cuidado. –A qué te refieres-. Ella se fue aproximando lentamente hacia la cama donde poco antes me había tumbado.
-Veras… unos amigos de mi prima jugaban a los acertijos por la noche reunidos en una de las habitaciones…-. Se sentó a mi lado apoyándose sobre mi pecho sin perder el contacto visual en ningún momento. –Pero… las pistas…-. Siguió recostándose lentamente sobre mí y descendiendo su voz de forma muy sensual. -…había que comprarlas con prendas. Camisetas, calcetines, zapatillas…-. Hizo una pausa breve. -… ropa interior…-. Me acarició el pómulo con suavidad.
-Vaya… tan tímida que parecía-. La rodeé con mis brazos. –Entonces… cuanto me costará dar con aquella primera vez-. Mantuve el contacto con sus hipnotizadores ojos.
-Bueno… ya que será una historia un poco larga… te pediré una prenda… peligrosa-. Su sonrisa se iba ensanchando a medida que mi torso quedaba al descubierto.
-¿A qué llamas una prenda peligrosa?-. Miré mí atuendo compuesto por una fina camiseta y un pantalón largo. Obviando la ropa interior. 
-Pues… una prenda peligrosa sería… por ejemplo…-. Su mano descendió y tiró con suavidad del elástico del pantalón reiteradamente. –Además así estaríamos igualados, ya que…-. Señaló su short de licra negra. –Esto es similar a los bóxers que llevas-. Sonrió con un poco de malicia.
-En ese caso… me rindo y me resigno al pago en pos de la curiosidad-. Dije dejando los ojos en blanco mientras comenzaba a bajar el pantalón.
-Ah, no, cielo. De eso me encargaré yo, a fin de cuentas… es mi…-. Un matiz pícaro asomó en su mirada. -…divertida comisión-. Sus manos descendieron raudas y no tardaron en descender con lentitud aquella prenda convertida en moneda de cambio. Su risa resonó dulce y siniestra en la penumbra. Rodeó mi cuello con sus brazos y terminó de acomodarse sobre mis piernas. Simuló que se aclaraba la garganta suavemente.
-Érase una vez hace cuatro años, en esta misma ciudad, una chica a punto de cumplir los dieciséis que había acompañado a su novio, cinco años mayor, a una quedada con varios amigos de éste…-. En ese momento aquello empezó a cobrar forma en mi mente. Se acababa de liberar el recuerdo de aquella noche, provocándome una sonrisa inconsciente.-…había casi media docena de coches parecidos a los de su novio, y continuaban llegando más, pero ella estaba más pendiente de otra cosa. Aquello no estaba bien y lo sabía. Entonces de la oscuridad apareció algo que sí reclamó su atención. Vio pasear a un chico pelirrojo y de cabello corto, parecía concentrado observando cada coche…-. Mientras narraba sentí como su pecho se apretaba suavemente contra el mío, fruto de la atracción ejercida por el lazo de sus brazos. -…Y después de aquella rápida inspección regresó a su coche sin más. Se notaba que era su primera vez…-. Nuestros rostros estaban muy próximos, y el tono de su voz se suavizó un poco más. Su perfume dulce me invadió llenándome los pulmones. Su rostro había cobrado un matiz de irrealidad a la luz caprichosa de las velas. 
-Si, ya me acuerdo de aquello. Anda que no ha llovido desde entonces-. Mi voz surgió de mis labios como un susurro. –Y al final de aquella noche me encontré con varias preguntas rondándome… y a día de hoy alguna sigue sin respuesta…-. Volví a enfocar mi mirada en aquellos ojos de reflejos cálidos.
-Ah, ¿sí? Preguntas como cuales, Arturo.- Preguntó con un fuerte atisbo de curiosidad.
-Qué te impulsó a guiarme en aquella carrera y jugarte el tipo…-.
-Vaya… que directo-. Rio. –Cómo iba diciendo… algo en aquel chico le llamó muchísimo la atención, y no sólo aquel “juguete” que traía consigo-. Gesticulo las comillas. –Asique presa de la curiosidad, y una misteriosa atracción hacia él se encaminó sin pensarlo hacia su coche. Su presentación, algo tímida la sacó una sonrisa… tal vez el modo tan extraño de la sintaxis o su pinta de malote-. Se encogió de hombros. -Quién sabe. Su forma de pilotar durante la carrera, la cautivó. Esa ambición combinada con la destreza y la temeridad. Nunca olvidaría la adrenalina corriendo por sus venas instada por aquella música rápida y vivida. Tentándola. Aquella chica estaba nerviosa porque algo se había despertado. Aquel chico de pelo rojizo había encendido una chispa en su interior y aquello, por su situación, la incomodaba. Grabó en sus recuerdos los interminables minutos de pesado silencio exterior, tras escapar de la policía por poco, y las voces de su interior. Algo la incitaba, quería hacerlo pero una sombra se lo impedía, su novio-. Elisa me mantenía aquel contacto visual a lo que no tardó en sumar una sonrisa misteriosa.
-Qué tenía ganas de hacerle a aquel chico-. Pregunté con curiosidad.
-Esto…-. Susurró a mis labios. El sabor de sus labios entonces estalló en los míos. Su tacto. –Pensó que nunca más lo volvería a ver… Pero una noche, inesperadamente volvió a escuchar aquellas melodías. Reconoció aquel juguete aparcado y también a su conductor… pelirrojo-. Aquel beso atravesó la barrera de mis labios buscando la humedad y la consistencia de aquello que protegían. Unas caricias habían empezado a recorrer mí cuello. Sin poder ocultar por más tiempo la erección que me acosaba desde hacía tiempo. Aquel beso se detuvo. Su risita traviesa resonó en los alrededores. Podía notar el rubor de mis mejillas otra vez.     
-No sabría decirte qué me gusta más ahora mismo-. Me susurró de nuevo. –Si notar tu excitación…-. Recortó la escasa distancia entre nuestros sexos. -…o el rubor que tiñe tus mejillas cuando te excitas-. Pasó sus pulgares por mis mejillas ruborizadas y descendió de nuevo hasta acariciar mi pecho.
-Bueno… no sé qué decir…- Mis manos seguían apoyadas en la cama. Pero nuestros rostros estaban aún más próximos. Mi voz era un susurro. Sus ojos marrones fueron adentrándose en los míos. Escrutando mis pensamientos lentamente. Su mano se había enredado en mi pelo y lo revolvía con delicadeza. Estaba siendo pirateado y era incapaz de lanzar ninguna contramedida. Entonces el silencio se rompió con su voz suave, susurrándome a los labios.
-Podrías revelarme qué hay en esa cajita, por ejemplo-. Señaló la pequeña caja que había traído de extranjis de la cocina. Mis labios se curvaron mostrando una sonrisa traviesa.
-¿Quieres una pista?-. Enarqué las cejas. Ella sonrió con la misma travesura.-Espero que sea de tu agrado-. Mis manos fueron ascendiendo lentamente recorriendo su espalda en suaves caricias mientras buscaba la prenda en cuestión. La camiseta ascendía arrastrada por mis brazos cuando escuche su risita amortiguada al llegar a la zona alta de su espalda.
-No, no. Creo que tendrá que ser otra prenda…-. cantó divertida con aquella voz suave. Nuestros torsos aprisionados haciéndonos sentir las curvas del otro. Sus piernas habían rodeado mi cintura y la apretaban con una fuerza impulsiva, haciendo más notorias las palpitaciones de la erección. Su mano buscó detrás de uno de los cojines y dejó caer aquella pieza sobre mi rostro. –¿Es esta la prenda que buscabas?-. Mostró unos ojitos dulces e inocentes. 
-Eh… creo que si…-. Mi expresión semioculta por el sujetador estaba envuelta por la sorpresa y la excitación. La risa inundó la oscura estancia. Estaba ligeramente superado, había que admitir que había sido un buen golpe. –Entonces… qué prenda pagaras por la pista-. Ella sonrió con inocencia mientras deshacía el lazo de mi cuello.
-La camiseta… porque no tengo muchas más que ofrecerte. Espero que sea una pista muy buena, Arturito-. Aquella sonrisa fue cobrando matices muy traviesos. Y aquel matiz fue demasiado gráfico para mí. -Vaya… presiento que acabas de darte cuenta de las implicaciones que conlleva-. Su risa inocente volvió a sonar en la habitación. Su camiseta fue levantando el sitio mostrando las discretas líneas de su torso hasta que finalmente cayó sobre la cama.
-Bien…Para la pista…deberemos inter…intercambiar po…posiciones, y además… has de cerrar los ojos pues para…para esta pista solo requerirás…de tu…tu…tacto-. Mi rubor se hizo más notorio. Sus ojos brillaron divertidos y excitados. Casi podía leer en ellos, “Qué tramas, cosita linda”.
-Eres un chico muy travieso…-. Acarició la punta de mi nariz. Intercambiamos las posiciones lentamente y tras asegurarme de que sus ojos estaban cerrados, tomé una unidad de aquella cajita y deslicé su húmedo tacto hasta la junta de sus labios. Su primer impulso fue abrir los ojos pero antes de que pudiera ver algo los cubrí con la mano. Mi voz susurrada se deslizó hasta su oído.
-Muérdelo con suavidad-. Los labios de Elisa se retiraron con cuidado mostrando sus dientes blancos que se hundieron en el cuerpo de aquella fruta. Degustó en silencio, atrapando cada matiz y cotejándolo en su base de datos.
–Eres muy retorcido, y original, todo hay que decirlo… no me lo esperaba pero… es una frambuesa-. Una sonrisa de victoria se dibujó de forma casi instantánea.
Sentí como algo recorría mi cuerpo pero me percaté tarde del matiz pícaro que había tomado su sonrisa. Sorprendido caí sobre su cuerpo. Sus piernas y brazos me aprisionaron a traición contra su torso desnudo. Sus labios me hundieron en un ardiente y húmedo beso. Los sonidos que se desprendían de nuestros labios hicieron que el sonido de tela desgarrada pasara desapercibido. Una ráfaga de aire frío recorrió mi espalda perlada en sudor haciéndome estremecer aunque en mi interior ardiese.
-Qué apasionada…-. Dije sorprendido. Ella lucía una sonrisa muy divertida ante el rubor más acusado en mis mejillas.
-Oh, resultas tan adorable-. Un delicado beso selló mis labios. —Apasionada… y no sabes hasta qué punto-. Susurró. Poco después aquel casto beso fue transmutando en uno más profundo y apasionado. Nos perdimos degustando el sabor del otro. Estaba tan abstraído por aquel beso que no me percaté que habíamos intercambiado las posiciones de nuevo hasta no abrir de nuevo los ojos.
-¿Y ahora…?-. Preguntó mientras se recostaba sobre mi cuerpo. Aquella sensación. Ese calor pegajoso del tacto piel con piel. El atractivo aroma que se desprendía de ambos cuerpos ebrios de hormonas. Sus manos reposaban sobre mi pecho y acariciaban mi cuello con el borde de las uñas produciéndome un fuerte cosquilleo.
-El fervor me incita a llegar al final pero hay otra parte que piensa que es muy apresurado…-. La abracé con fuerza extendiendo mis brazos a lo largo de su espalda. –Y me importas mucho como para jugarlo a cara o cruz. ¿Tú quieres seguir?-.
Un pequeño silencio quedó entre nosotros. Su rostro bailaba irreal a la luz de las velas. Ambos perlados en sudor, jadeantes e increíblemente excitados.
-También eres una fantasía convertida en realidad, y aunque también me parezca apresurado, creo que eres… el príncipe de mi cuento-. Deslizó un poco por mi pecho hasta dejar otro casto beso sobre mis labios. Después se posó en mi cuello y succionó con suavidad en la base del cuello. 

Parte 18

2/8/13

The Girl [Dulce despertar, part 16]

Amanecí lentamente sintiendo la calidez de su cuerpo sobre el mio. La luz se filtraba con delicadeza a través de las minúsculas rendijas que quedaban entre las lamas de la persiana. Un ligero cosquilleo se apreciaba sobre mi cuello de forma rítmica producido por su respiración, tranquila y calmada. Aquella sensación logró erizar cada palmo de mi piel, pero era muy agradable. Elisa me mantenía preso abrazándome cariñosamente con todo su cuerpo que se marcaba con sutilidad sobre el perfil del mio. Una curvatura comprensiva apareció en mi rostro cuando recordé mi sensación al despertarme aquella veraniega mañana en las camas del circuito, envuelto en aquella soledad y en la incertidumbre de si aquella noche había sido real o una ficción muy lograda de mi mente. Volteé con suavidad la cabeza, no quería que se despertara. Estaba preciosa, durmiendo con aquel rostro de inocencia y apacibilidad llenándole el rostro. Pasé el dorso de mi mano por su pómulo sintiendo aquel tacto suave y cómo se estremecía a su paso, viendo cómo se curvaban sus labios ante aquella caricia. Me quedé en silencio velando su sueño. Disfrutando de su compañía. Escuchando los sonidos que comenzaban a envolvernos al otro lado de las paredes del edificio.
Estaba sumido en un mar de pensamientos, lejos de aquella habitación, trazando algún plan con el que sorprenderla una vez más, ayer el paseo salió mucho mejor de lo que en un principio había pensado pero hoy no sabía que hacer. Entonces un pequeño roce sobre mi nariz me sacó de aquellas ideas.
-Buenos días, Arturo.- Dijo el susurro al otro lado. –¿Has dormido bien? Porque yo… sí-. Sonrió desperezándose con lentitud, deshaciendo cada nudo que había atado sobre mi cuerpo.
-He dormido apresado-. Esbocé una sonrisa malvada. –Pero no importa porque la carcelera ha sido muy agradable conmigo, y por ese motivo la voy a preguntar lo que quiere para desayunar. Y si quiere hacerlo en la cama-. Mantuve el contacto visual con aquellos ojos morrones caramelo guardando en silenció a la espera de que ella terminase de estirarse.

-¡Oh!, qué detalle… pero quién es, quién osó a mantenerte preso en esta cálida noche-. Preguntó con curiosidad. No pude evitar ampliar mi sonrisa ante su despliegue de curiosa inocencia.
-¿Qué te apetece desayunar?-. Susurré con lentitud disfrutando cada palabra. –Y prefieres el desayuno en la cama, o en la cocina…-. Al terminar sus ojos se abrieron como platos, aunque no reprimió una sonrisa llena de picardía y algo de travesura.
Me levanté lentamente de la cama y puse dirección a la cocina, deteniendo mi caminar al llegar al vano de la puerta, dónde la dirigí otra mirada, deleitándome enormemente con aquella estampa. Elisa recostada, con el pelo alborotado y envuelta ligeramente entre las sabanas revueltas, iluminada fugazmente por aquellos intrusos rayos, y con una expresión de lo más atractiva.
-¿Me echas una mano en la cocina, Eli?-. Ella me devolvía la mirada sorprendía. Parecía que no daba crédito a mis palabras.
-Si. Si, encantada-. Se levantó de la cama y me abrazó con ternura. –Creí que lo decías en broma. Nunca me habían hecho el desayuno…- Sonrió. –Bueno, un chico nunca me ha hecho nunca un desayuno… porque mi madre solía hacérmelo cuando era más jovencita…- Su risa inundó la habitación. –Aunque antes… ¿podría darme una ducha rápida?-.
-Por supuesto- Hice un ademán de invitación con las manos señalando la dirección del baño. Relajando mis facciones en una ligera sonrisa.
-Eres un cielo-. Incrementó la presión de sus abrazos, sumiéndome en una cálida y agradable sensación. –Bueno voy a coger la ropa y a apresurarme para ayudarte con el desayuno-. Volvió a iluminarme con aquella sonrisa, antes de coger algo de ropa de su maleta y desaparecer por el pasillo. -¿Te gustaría acompañarme?- Entonces su risa reverberó por el pasillo, repleta de picara inocencia. Aquello me dejó un poco noqueado, ¿Iría en serio?
-Es una oferta muy tentadora pero me temo que tendré que… rechazar-. Respondí al pasillo vacío. Dejando escapar una pequeña carcajada. Aunque sin saber muy bien su motivo.
Miré a la habitación. No eran más de las diez, según el despertador pero la cama que no estaba demasiado deshecha reclamó mayor atención que los números del reloj. No tardé más de cinco minutos en arreglarla y recoger un poco el resto de la habitación. Me fui quitando el pijama y entonces me fijé en una ligera prueba que dejaba constancia de una larga noche de fuerte excitación, seguramente producida por algún sueño extraño que ahora mismo era incapaz de recordar. Sentí un rubor en mi cara. “Vaya… te lo has pasado bien, ¿eh?” sonó el eco en mi cabeza. Me cambié apresuradamente y no tardé en dejar la habitación para hundirme en los fogones. Aunque no cocinaba con frecuencia.
Empecé a preparar la base para las tortitas. No había terminado de coger los ingredientes de la cocina cuando una voz atravesó las paredes en tono de alarma y sorpresa.
-¡Oh, horror!- Aquella exclamación surgió del baño.
-Qué sucede, Elisa-. Dejé las cosas en la encimera y asomé la cabeza al pasillo.
-Con las prisas no me fijé en si había toalla. Y… no hay- Esbozó una risita.-Podrías acercarme una, por favor-.
Mi respuesta fue rauda, fui al tendedero y cogí un par de toallas, y me aproximé hasta la puerta del baño. Inspiré y abrí una rendija lo suficientemente grande como para pasar mi mano con ambas toallas. Escuche su risa al otro lado de la puerta. Entonces se abrió de forma repentina dejando ver la estancia y aquello que había dentro. Aquello me pilló demasiado a contrapié consiguiendo un color muy rosado en las mejillas.
-Oh, qué ricura-. Me acarició el pómulo percibiendo aquella calidez y el tacto de su húmeda piel. –¿Acaso soy la primera chica que ves… desnuda?-. Sonrió con unos matices picaros asomando discretamente.
-Eh… eh… esto… no-. Negué con la cabeza tratando de recomponerme de la sorpresa. –Pero es una situación… un poco… … violenta-. Retiré la mirada poco a poco. –Y más a traición-. Mostré una mueca picara, mirándola por encima de la montura de las gafas.
-Mensaje captado…-. Se cubrió con lentitud contoneando ligeramente las caderas.- La próxima vez lo haré más despacito. Recortó distancias y asomó la cabeza al pasillo, inspirando varias veces. – Oh… huele muy bien, me seco y voy a ayudarte en la cocina, ¿vale?-. Me dio un pequeño beso en la mejilla y cerró la puerta con cuidado.
Me quedé un momento parado frente a la puerta cerrada antes de recobrar el control y regresar a los fogones, no sin notar una ligera tirantez en el pantalón. “Primera chica o no…, no era algo que uno viese con frecuencia”. Aquel pensamiento me arrancó una sonrisa. Comencé a batir los huevos mientras iba mezclando cada ingrediente. Poco después la figura de Elisa de colaba sigilosa en la cocina.
-Tienen una pinta excelente-. Dijo mirando por encima de mi hombro como aquella masa amarilla iba cogiendo un tono dorado. -¿Sabes? Has marcado un pleno, con las tortitas. Me encantan. ¿Puedo ir haciendo algo?-. Su voz dejaba un matiz de deseo por empezar a maniobrar en la cocina.
-Puedes hacer un poco de zumo, si quieres. Hay naranjas en la nevera y el exprimidor esta en ese cajón-. Señale con el dedo un conjunto de cajones.
-Vale-. Dijo con alegría y se puso manos a la obra. Después de un agradable rato en la concina, llevamos todo a la mesa y disfrutamos de aquel enorme desayuno.
-Mmmmm, oh, qué bueno-. Su expresión de deleite era más que suficiente. –Eres un cocinero de primera… seguro que a mi madre le caes genial-. Al oír aquello último abrí los ojos como platos.
-Vaya, me alagas pero yo solo soy el cocinero de emergencia-. Reí quitándome el mérito. –Yo sólo cocina de subsistencia. Y cambiando de tema, ¿qué te apetecería hacer hoy?-. Las miradas se cruzaron y permanecieron un rato en silencio.
-Pues, no se. Podemos dar un paseo hasta la hora de comer, así me enseñas otra porción de ciudad. Y por la tarde podríamos ver una peli en casa… tumbados en el sillón. ¿Te parece?-. Continuó degustando aquella pequeña pila de tortitas bañadas en chocolate.
-Me parece genial, podríamos ir de tiendas-. Sus ojos se iluminaron. Una luz de grata sorpresa los tomáron lentamente.

-¿Y todavía sigues sin novia?-. Sonaba divertidamente incrédula. –No. Me niego en redondo. No puede ser. Espera…-.Aguardó pensativa unos segundos.-A no ser…-. Gesticulo con las manos para evitar decirlo. Y aquello me arrancó una gran carcajada.
-No, no, no soy gay-. La risa se había apoderado de mí, enteramente suyo, aquella reacción no me la esperaba, aunque no era la primera que lo pensaba. –Sé que soy raro… pero jo…-. Un reproche simpático adornaba aquella frase.
Las risas llenaron la cocina.     
-Bueno, como has podido observar… no soy mucho de seguir la moda… ni de compras-. Señaló su atuendo.-…pero bueno si te hace ilusión llevarme de tiendas… entonces vayamos de tiendas-. Acarició mi mano que reposaba en el centro de la mesa. Las miradas volvieron a cruzarse.
-Yo no he dicho que sean de ropa… ¿verdad?- Dije mirando por encima de las gafas. –Hay muchas tiendas y de muchas cosas… aunque bueno puede que visitemos alguna-. La regalé otra de mis enigmáticas sonrisas.- Pero antes… recojamos el banquete-. Besé el dorso de la mano y después empezamos a recoger.




15/6/13

The girl [Sugerencias implicitas, part 15]

La noche había caído demasiado temprano, casi sin darnos cuenta el cielo se había oscurecido y teñido de aquel color anaranjado imitando el color de las luces que la iluminaban. Muy pocas estrellas llegaban a ser visibles aunque todavía no había luz alguna capaz de eclipsar la sonrisa que ella mostraba o rivalizar mínimamente con la luz de sus ojos marrones. Hacía escasos minutos que habíamos salido del metro. Caminábamos despacio a lo largo de la calle solitaria. Los pasos acompasados y los cuerpos fundidos por un abrazo mutuo hasta que topamos con el portal.
-La idea del paseo me ha gustado mucho…- comenzó a decir suavemente.-…aunque me pregunto que hubieses hecho en el caso de que hubiese elegido la primera opción…-. Terminando con una sonrisa suspicaz.
-Está claro, ¿no?-. Enarqué las cejas. Ella negó con la cabeza y balanceándose ligeramente, dejando ver una sonrisa risueña. -¿¡No!?-. Abrí los ojos. Su sonrisa se ensanchó ante lo ridículo de mi expresión.
-No, ni idea… pero me lo vas a decir-. Sentenció mientras me acorralaba contra uno de los muros lentamente. –O sino… Arturito, abstente a las consecuencias…-. Imitó una risa malvada.
-Me abstengo, me abstengo-. La miraba fijamente. Leyendo el trasfondo de sus ojos. –Aunque… si tienes un poco de paciencia…-. Miré hacia arriba como si nada… ignorando el hecho de que ya estaba tocando la pared.
-¿¡Paciencia!?-. Se sorprendió. –Vale… pero recuérdalo…-. Dejo ver una sonrisa que hizo que mi curiosidad por aquello que tramaba y que no había conseguido desvelar, se multiplicase de forma exponencial.
Entramos en la oscuridad del portal y aguardamos a que aquel minúsculo ascensor nos trasladase hasta la tercera planta.
-Bueno… ya estamos de regreso-. Comenté mientras ambos entrabamos por el vano. -¿Te apetece ver una peli?-.
Ella me miró desde la penumbra del pasillo. Tenía una ceja arqueada.
-Arturo, es pasada la una de la madrugada, y no se tú pero yo esta mañana tuve clase. Asique… yo me voy a la cama, estoy destrozada-. Culminó con una inocente expresión.
-Bueno… si estas cansada, lo suyo sería que durmieses…-. Dije comprensivo mientras me aproximaba a ella.
Yo aquella mañana si tuve clase pero solo fue un par de horas a media mañana, y no eran asignaturas que digamos pesadas. Pero claro, ella… si había tenido clase, y no solo eso sino además después del viaje anduvimos a través de medio Madrid. Ella trató de contener una pequeña carcajada.
-Yo no he dicho que vaya a dormir…-. Su dedo índice paseaba lentamente por su labio inferior. -…sino que me voy a la cama-. Me esquivó con agilidad y corrió entre risas hasta mi habitación cerrando la puerta.
Fui a la cocina y miré por la ventana. En el cielo, no muy lejos, la luna sonreía enigmática. Me perdí en el firmamento, hipnotizado por su misterio. Entonces dos sinuosas caricias recorrieron mi espalda y se colaron en los bolsillos del pantalón. Y poco después su cara se apoyó sobre mi hombro.
-¿No vienes?-. Preguntó con un hilo de voz, no quería romper aquel silencio que dominaba la cocina.
-Estaba esperando a coger mi pijama-. Me di la vuelta lentamente y me quedé mirando aquel rostro. Fino y delicado. –Tienes unos ojos increíbles-. Sonreí.
-Eso me dijiste la segunda vez que nos vimos-. Dijo con una sonrisa luminosa. Antes de salir me besó en la comisura, y se marchó pellizcándome en el muslo.
Aquella respuesta, me quedó desconcertado. ¿La segunda? Recuerdo la del circuito de Ciudad Real allá a principios del verano del año anterior… pero la que sería la primera… Traté de hacer memoria mientras caminaba raudo a la habitación y buscaba la ropa que usaba para dormir. Tardé un poco, pero finalmente conseguí dar con ella en medio de ese caos más ordenado.
Estaba desabrochándome el pantalón cuando escuche su risa traviesa junto al vano de la puerta.
-Vaya… eso quería hacerlo yo…-. Sonrió lentamente.
-Otra vez será-. Su mirada me abarcaba por completo. Se mordisqueó el la parte inferior del labio y pasó junto a mi dejándome una caricia que cruzó el culo de este a oeste. -No seas mala-. Me reí y miré como se dejaba caer suavemente sobre la cama. Terminé de colocar la ropa en el armario.
-Ha sido maravilloso pero ahora mismo no siento los pies-. Aguardaba con la cabeza apoyada en las rodillas. Me senté en la cama enfrente a ella. Volvimos a cruzar miradas y sonreímos casi al unísono. –No, no, no-.
-Déjame intentarlo-. Ella negaba con la cabeza. –Se supone que todavía eres mi ayudante, ¿verdad?- Una sonrisa se dibujó en el semblante. –Bueno… te voy a hacer un truco de magia-. Una de sus mágicas sonrisas iluminó su rostro, pero no antes de mostrar su disconformidad con aquellos ojos en blanco.
-Cierra los ojos, y sobretodo ponte cómoda-. Ella se tumbó y cerró los ojos. Me aproximé a por dos velas y de camino apague las luces. –Ahora necesito que dejes la mente en blanco-. Había encendido las velas y colocado sus piernas en mi regazo. -¿preparada?-. Su respuesta no fue mas que un susurro de afirmacion.
Sus pies estaban fríos. Contrastaban mucho con el calor de mis manos. Y aquella sensación la provocó un pequeño escalofrió. Comencé a acariciar aquellas zonas que estaban más cargadas, presionando suavemente con la yema de los dedos. La tensión se fue disipando lentamente. Ella suspiraba en la oscuridad. Después de terminar con el primero. Lo deposité con el mayor de los mimos sobre la cama y continué con el otro.
Escuchaba su respiración, armónica y tranquila. Parecía estar dormida pero mientras seguía concentrado en presionar en los puntos más sensibles, sentí como algo exploraba bajo mi camiseta. Errático. Juguetón. Sugerente. Aquellas caricias también estaban dirigidas a las zonas de mayor sensibilidad y el cosquilleo que producían me hacía estremecer. Unas risitas surgieron desde la penumbra de las velas. Acaricié su gemelo. Logrando estremecerla de nuevo.
Su voz me reclamó en la oscuridad. Gateé sobre la cama hasta quedar a su lado. Apagué las velas y nos metimos en aquella pequeña cama. La abracé atrayendo su cuerpo hacia el mio.
-¿La segunda?-. Posé mis labios en su nuca.
-Si-. Me susurro la respuesta. –Oh… que mono. –Su voz era traviesa, una risita rompió aquel breve silencio.
Sentí como su mano buscaba la mía y después la llevó consigo atrapándola suavemente entre su cuerpo y su mano. Un pequeño rubor se instauró en mis mejillas incrementando ligeramente su temperatura, produciéndola una inocente sonrisa.
-Estos detalles son los que más me gustan de ti, Arturo. Dulces sueños-. Liberó mi mano de la presión que ejercía sobre ella y dejó que la bajase hasta situarla en un punto menos conflictivo.
-Cálidos sueños-. La susurré sugerente, regalándole un sutil suspiro frio que barrio la superficie de su oído, el cuello y el hombro.
 
Se arrimó un poco más atraída por el calor de mi cuerpo y nos sumimos en un sueño conjunto.   

Parte 16