poemas de amor Crazzy Writer's notebook: Racing
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23/2/14

Night adventure.

Circulaba por las calles de la ciudad de Tokio, el sol había caído. La noche había invadido el cielo. ¡Pero cielos, quién lo diría! Entre tanta pantalla y luz seguía pareciendo de día. Por todos sitios, allí donde mirases había alguna pantalla gigante. Era sábado y por las aceras caminaba una ingente cantidad de personas. Adolescentes en su mayoría, todos de uniforme, seguramente a la búsqueda de buenos ratos al abrigo de alguna discoteca o algo. Yo por el contrario, mi diversión quedaba en otra actividad, en mi opinión mucho más estimulante, o al menos eso espero.
Un semáforo horizontal detiene mi paso. Respiro en profundidad, y aunque el interior queda completamente oculto desde el exterior, me pongo un casco para cubrir el rostro. Enciendo la música que baña el interior. Una melodía rápida y fluida. En pocos segundos aquella locura iría conformando poco a poco una realidad. Acelero el motor. Suena horondo a través de los enormes tubos de escape que se descuelgan hasta la parte de atrás. Cambia el semáforo a verde y hundo el pedal hasta tocar tope. El coche responde de inmediato con violencia dejando un chirrido descomunal sobre el asfalto. Varias miradas se vuelven para observar, ignoro sus pensamientos pero tampoco me importan. Ahora estoy pegado contra el asiento mientras las agujas suben. El reto está en no colisionar contra nada y sobre todo que no te pillen los de azul. Sonrío una vez más antes de vaciarme por completo y comenzar a zigzaguear entre el tráfico.
 
En estas circunstancias las luces rojas pierden todo significado. Los cruces son meras loterías en las que solo caben los cálculos y los reflejos. Las calles, a pesar de la anchura, son complicadas por la cantidad de vehículos que van por ellas. Pero precisamente es ahí donde se haya la diversión. Escucho pitidos. Ruedas que deslizan tratando de detener su avance. Algún atisbo de cristales rotos y chapa abollada. Pero no hay daños graves, porque tampoco es que se circule excesivamente rápido. Un nuevo cruce se avecina con el semáforo recién puesto en rojo, el coche al que sigo frena. Me aseguro antes de tirar del freno brevemente para salir al carril contrario y sortearlo a gran velocidad. Aparece un coche tras una furgoneta que iniciaba el giro. El pulso se acelera y el tiempo parece detenerse. Las reacciones son completamente instintivas. Contra volantas mientras pisas los tres pedales al mismo tiempo, recudes marcha y rezas para que salga como has esbozado con velocidad en la mente. Las ruedas patinan generando una vahada de goma evaporada. El coche comienza a deslizar. El camión para en seco y el otro coche lo intenta. Te dá, piensas mientras miras los otros vehículos que circulan por la perpendicular. Entonces pasas limpio incorporándote completamente cruzado a la vía transversal. Alzas un grito de victoria por el éxito de la maniobra, pero este dura poco porque detrás de otro par de coches se encienden de pronto unas luces rojas, junto con el sonido de las sirenas. La policía. Se va poniendo más interesante. Emprende en tu persecución pero parece que se queda atrás con un par de maniobras extrañas. Sales de nuevo a otro cruce, vas perdido virando sin más, de forma aleatoria, buscando la mayor facilidad de maniobra. Vigilas los retrovisores en busca de la policía aunque nada por el momento.

Continuo sorteando coches sin importar el lado, bailando entre los carriles al son de la ciudad. Me veo reflejado en algunos escaparates. Una estela negra que circula a toda velocidad. Parece que estoy en el centro de la ciudad, solo por la creciente población de viandantes y rascacielos repletos de luces y pantallas. Contemplo con cierto miedo como al fondo de la calle se levanta una muralla de viandantes que colapsan mi paso, y no conforme con eso, también se escuchan con cierta nitidez el eco de varias sirenas de la policía que se abren paso entre la circulación. Cruzo el coche sorteando a una pareja de camiones. Hago sonar el claxon del coche y contemplo como aquella muralla se abre abruptamente. Los peatones corren, otros se detienen. Siguen en movimiento unos pocos ajenos a lo que pasa. Me adentro y me fijo en un grupo de colegialas que ha quedado dividido por la separación. Paso fugaz levantando gritos. Miro en el retrovisor como una de ellas sostiene su falda levantada. Escucho el chirrido de los frenos por detrás. Me escapo acelerando más si cabe hasta dejar la aguja en casi ciento veinte por hora. Parece que aquello se termina. Veo al fondo un paso elevado, lo que me hace pensar en la autovía. Piso el freno dejando el coche clavado milímetros antes de la línea. Una nueva sirena se escucha en la calle. Viene rápido. Mis nervios se desmadran al saber que sigo todavía en la persecución. Veo la luz parpadeante reflejada en un escaparate. Acelero el coche aun con el embrague hundido hasta el fondo. De pronto una ambulancia atraviesa el cruce adentrándose en este con cierta duda. Respiro con alivio. El semáforo cambia a verde. Me adentro lo que parece la entrada a ese paso elevado. No sé a dónde conduce pero es lo mismo. Gano velocidad sintiendo la fuerza del par motor. Suena el turbo en cada intervalo de marchas. Silbido y descarga. La circulación parece fluida. Se abren varios carriles. La aguja toca su tope. No quedan números que señalar. Doscientos nada más. Sorteo bailando entre carriles, incluso el arcén. Veo un coche varado en la cuneta, parece a la espera. Arranca tras de mí encendiendo varias luces rojas. No tarda demasiado en colocarse a mi cola. El tráfico vuelve a densificarse obligándome a reducir la velocidad y aumentar el número y rapidez de los quiebros, que no siempre eran posibles. Busco la siguiente salida. Están casi pegados. Regreso a la concurrida ciudad. Parece que les pierdo. Entro en una calle estrecha, sin percatarme de la señal que restringía esa dirección. Varias luces blancas me miran con horror, y al fondo dos patrullas que se acercan. Miro en rededor en busca de una alternativa para librarme. Entonces veo un enorme vano en la pared. Leo parking justo encima. Viro de forma brusca y me adentro en la cueva. Veo pasar las sirenas de largo a través de los retrovisores. Aparco en el primer sitio libre que veo. Apago el motor. Bajo del coche. Cojo las placas del paletero y las coloco en los respectivos lugares con un par de “clic” cada una. Dejo el casco en el maletero y regreso a la calle perdiéndome como otro coche más en aquella increíble ciudad.

4/11/12

The Girl [Despedida, part 3]


Aquel aroma se desvanecía. Ya no era aquel olor dulce sino algo más penetrante. Sin dudar ya no estaba en su coche. ¿Dónde estaba? Escuche unas voces a lo lejos pero no sabia lo que decían. Entre abrí los ojos ladeando la cabeza. Estaba tumbado en una estancia estrecha. Sentada en una silla estaba ella. Su cara reflejaba preocupación, angustia. Traté de incorporarme. Quería ir junto a ella pero todavía me flaqueaban las fuerzas. Alzó la mirada y se acercó.
-¿Cómo te encuentras?- hablaba deprisa. – Me has dado un susto tremendo. Lo siento. Perdóname.- Me abrazó, entonces de nuevo aquel aroma dulce.
-¿Cuánto tiempo he estado K.O?- dije con un susurro ahogado.
-No ha sido más de diez minutos pero se me han hecho eternos-. En ese momento apareció por la puerta un chico joven con el uniforme de emergencias.
-Veo que ya te has recobrado. ¿Cómo te encuentras?-
-Mejor. Gracias.- Se acercó y me tendió una barrita de chocolate.
-Toma, esto te ayudará. Antes de marcharte recuerda firmar los papeles del parte-. Y salió de la sala.
A solas con ella, otra vez, rodeado por sus brazos y envuelto entre su cuerpo. Pensaba para mis adentros. Seguía con el corazón a cien. Pocas veces había estado en situaciones como esa, creo que sólo en el dentista. Ridículo, pensar en esas cosas en este momento. Cuánto humor. 
-¿Te parecería salir de aquí y dar un paseo?- Mi voz seguía siendo un susurro.
Su expresión era puro asombro y sabia en lo que había pensado, pero estaba equivocada. Tenía otra cosa en mente. Tal vez funcionase, tal vez no.
- Pensaba en ir caminando, no se tú pero yo he tenido coche suficiente hasta la salida del sol-. Su rostro recobró aquella primera sonrisa.
-Bueno, vale. ¿Estas en condiciones de caminar?- me soltó poco a poco, y me ayudó a incorporarme de nuevo.
El chocolate había funcionado, ya estaba recuperado físicamente al menos. Salimos a la noche tras firmar los partes. Algo más de las tres marcaba el reloj de su muñeca. Partimos en la dirección opuesta, hacia un pequeño cúmulo boscoso alejado de las luces. Caminábamos en silencio agarrados de la mano. El chasquido de las ramas bajo el manto de agujas. Los motores de fondo. Y sobre nosotros un cielo oscuro salpicado de cientos de estrellas. El corazón seguía frenético. Hacía mucho que una chica no me cogía así. Sentados junto a uno de los pinos, ella se hizo un ovillo sobre mi pecho. Enfrentados. Nos miramos y aguardamos, manteniéndonos la mirada en el silencio. Nuestros labios se curvaron casi a la vez, y el silencio quedó quebrado por las risas. Nos abrazamos y dejamos que el perfume del otro nos llenara los pulmones. Resultaba todo demasiado idílico. Hablamos de cosas triviales. Anécdotas. Leyendas. Misterios. Deseos…
Cuando volvimos a contemplar el cielo ya existían atisbos de claridad en el horizonte. Cuan rápido había pasado el tiempo. Retornamos de nuevo al circuito, también cogidos de la mano. Necesitábamos dormir antes de partir de nuevo, por suerte habían pensado en ello y habían preparado varias casetas con literas para aquellos que deseasen dormir y no quisiesen hacerlo en el coche. Cuando llegamos, parecían estar todas ocupadas. A punto de marcharnos, vimos como una quedaba vacía. Comunicación no verbal, una mirada fue suficiente. Nos tendimos en la cama. Me abrazó y cerró los ojos susurrándome un buenos días al oído. La besé saboreando sus labios por última vez y ambos lo sabíamos. Disfrutamos, y alargamos aquel beso. Después nos sumimos en el subconsciente.
Cuando desperté miré la hora en el teléfono. Las diez menos cuarto. Y como esperaba ella ya se había marchado. Caminé hasta el coche a paso ligero con un bollo y un vaso de cacao. Pensaba y hacia cálculos mientras engullía el desayuno apoyado sobre el capó. Entonces reparé en una pequeña nota que residía pillada por el limpiaparabrisas.
Gracias por esta noche tan especial. Ha sido maravillosa Bss Elisa.
Guardé la nota en el parasol y puse rumbo a casa, donde me esperaban mi familia y dos meses de largo verano. Pero nada de lo que me pudiese deparar igualaría a esta noche.


 Parte 4  [Tres meses despues. Septiembre. ]

7/10/12

The Girl [Inesperado, part 2]

-Mi nombre es Elisa- dijo una voz a mi espalda.
Cuando me di la vuelta aquella chica de ojos inolvidables estaba contemplándome. De nuevo ese contacto visual prolongado.
-Yo soy... Arturo, encantado- me percaté del brillo de sus ojos y aquella curva de sus labios. El corazón me iba a mil pero la mente se había quedado en blanco.
- Eres rápido. Espero que no lo seas en otras… facetas- ahora aquella curva de sus labios había dado paso a una picara sonrisa. Ambos estábamos más cerca, y no se si fue consciente o inconsciente, pero la verdad es que me gustaba.
- Pues…, no lo se…- me encogí de hombros. “Vamos… de perdidos al rio, pídeselo y reza para que no huya entre risas. Ahora o nunca”. Pensé
- …hasta ahora siempre me ha gustado correr. Nunca he topado con un motivo convincente que me haga cambiar de opinión- Mi tono de indiferencia me sorprendió incluso a mí. Que parsimonia, que tranquilidad, ¿de dónde había salido?
-¿Nunca?- Ahora a la sonrisa se le había añadido un matiz a su mirada. – Esa es una palabra muy seria- Me susurro esa última frase al oído con una voz tan fina como el lino. –Puede que… -

Estábamos frente a frente. Perdidos el uno en el otro, dejando el resto de lado. Solo una lejana melodía, creo que “Riders on the storm”, procedente de los altavoces de algún vehiculo cernaco. Sentí una chispa que saltaba del cruce de miradas y prendía en un charco de combustible acumulado con el tiempo. Una llama surgió rauda tornándose en un ardiente calor que pugnaba por ser liberado. Su calor me embriagaba, me invadía y tomaba sin piedad. Me percaté del brillo llameante que tomaba sus ojos y del ligero rubor de sus mejillas. Aquella frase quedó en el aire. Inconclusa. Interrumpida por una aproximación mutua que nos soldó por los labios. Sus manos alrededor de mi cuello. Las mías posadas sobre su cintura. Oxido nitroso por mis venas. Adrenalina. Pasión contenida. La mente por completo anulada. Colapsada ante todo lo que mi cuerpo experimentaba. “Frénate tiempo, frénate. Detén tu continuo fluir y déjanos así”. Pensaba mientras jugábamos con nuestras lenguas. Cuando nos separamos, después de un tiempo que se me antojo demasiado poco, ella volvió a mirarme a los ojos y siguió con su frase.
-…te haya convencido, porque te has tomado tu tiempo-. Su risa sincera. Todavía atrapado por el lazo de sus brazos, evitando el alejamiento, una nueva curva se abría en aquellos labios dulces. Ahora si tenía ganas de correr. Estaba pletórico, capaz de rebasar los límites físicos de la velocidad.
-Si, tienes razón. Has sido muy convincente. Pero quién me asegura que no haya sido mera casualidad-. Había captado la petición y la ligera atracción de sus brazos lo confirmaba. Hundiéndonos de nuevo en aquel mar de sensaciones gratas y adictivas.
-Te invito a dar una vuelta conmigo. Yo piloto-. Aquello me pilló de sorpresa. ¿Cómo? ¿En serio? ¿Acaso me he perdido algo? Aunque me gustaría ver como se las gastaba al volante.
-Acepto la invitación. Veamos que sorpresas guardas bajo el capó-.
- El coche esta ahí, el Nissan 240xs, creo que ya os conocéis- su voz era divertida y cada vez que la miraba descubría algo más que me empujaba hacia ella. 
El coche estaba escoltado por otros tres de procedencia asiática. El color blanco resaltaba bajo los vinilos negros que decoraban los laterales. También resultaba chocante la figurita que colgaba del faldón trasero del coche. ¿Era… Astaroth? ¿La gustaría la demonología?, ¿el manga tal vez?
Se colocó en la derecha, tras meterse abrió la puerta izquierda donde aguardaba el asiento del pasajero y un cinturón de cuatro anclajes. Aposentado y asegurado la contemple de nuevo, sentada con las manos en el volante. El sonido del motor era muchísimo más ligero que el mio, suave, casi como un ronroneo felino.
-¿Preparado?- Me miró por segunda vez, y sonrió.
-Cuando gustes- No, no estaba preparado, después de aquel beso necesitaba liberar adrenalina, no cargarme más.
Salió sin hacer casi ruido. La primera curva se aproximaba y circulábamos a más de ciento cuarenta. No reducía. Ni frenaba. Solo hizo un rápido movimiento con el volante provocando un cambio en las masas del vehiculo. En poco el tren trasero deslizaba sobre la curva. Los neumáticos chillaban de dolor. Humo en nuestra estela. El motor rugía agudo. Los contravolantes eran suaves pero lo suficientemente rápidos para mantener el coche en su trazada a una velocidad de locura. Una a una fue enlazando cada curva del circuito de la misma forma. Cuando se detuvo en el aparcamiento, estaba colapsado por la adrenalina. Desbordado por la situación. Conducía más rápido que yo, mucho más rápido…

-Estas muy pálido, ¿estás bien?- su voz se desvaneció lentamente, al igual que la visión de los alrededores. Negro. Todo negro.

The Girl [Reto al anochecer, part 1]

Antecedentes: Tres años atras en Madrid.

[Mediados de julio, 2011]
 
Acababa de llegar al circuito de Ciudad Real. Ciertamente, no había podido rechazar la oportunidad de acudir a un evento de esa magnitud, donde las sorpresas se limitaban a saber quién ganaba o perdía. Oficialmente no he estado en este lugar (sino haciendo las maletas para venir mañana por la mañana). El ambiente era de lo más similar a una concentración de coches a las que he asistido en unas cuantas ocasiones, algunas como participante y otras como un aficionado más. Pero la gracia de aquel evento residía en que se correría a lo largo de toda la noche, solo interrumpido por una pequeña exhibición de motos y de coches. Según el programa que colgaron en la red, el evento tendría varios sub-eventos. Calentamiento, tandas de vueltas rápidas, mangas de derrapes, exhibiciones y un par de carreras… Ciertamente yo no traía intenciones de correr, porque el Citroën Saxo que pilotaba andaba un poco escaso después del viaje. Aunque bueno… tentaciones tenía de alquilarme uno de los coches del circuito pero creo que evitaré las tentaciones.
Estaba encajado en el bracket con la mirada en el horizonte, con la mente a kilómetros de distancia concentrada en los golpes de bajo de la música propia, cuando una suave voz me atrajo de nuevo al escenario de la competición. Cuando volví la mirada a la fuente de aquella voz, topé con unos ojos de color violeta que me contemplaban con cierta curiosidad.
-¿Puedo preguntarte cuantos caballos tiene tu Saxo?- me mostró una gran sonrisa.
-Si, puedes hacerlo. Pero… ¿con que fin?- Me encogí de hombros pero sin perder de vista aquellos ojos tan atractivos, aunque sabía que podía tomárselo a mal, pero…

-Curiosidad- me susurro y volvió a mostrar una inocente sonrisa.
-Tiene ciento treinta y cinco-. También la susurre la respuesta como si fuera un  secreto. -¿Cuántas veces, si no es indiscreción, te han dicho esta noche que tienes unos ojos increíblemente bellos?- coroné la pregunta imitando su sonrisa inocente.
Se pasó la mano por su larga melena oscura, pero sin apartar la mirada de la mía, tenía la sensación de estar siendo absorbido por ella. Un torrente de adrenalina me inundó. El corazón latía fuerte, y creo que las palpitaciones se podían percibir a pesar de la penumbra que nos rodeaba.
-Eres el primero- Respondió finalmente rompiendo esos segundos de silencio.
-Lástima…- La música que sonaba de fondo se cortó momentáneamente y en su lugar apareció la voz metálica pidiendo a los corredores que tomasen posiciones de nuevo para comenzar la competición de vuelta rápida. Maldije la inoportunidad. –¿Puedo preguntar tu nombre?-. Ella miró en rededor, como buscando algo, y tras cerciorarse se aproximó hacia mi lentamente.
-Si quieres saberlo tendrás que adelantarme primero- Depositó un tímido beso en mis labios y corrió hacia un coche de los que estaba aparcado. Lo rodeo, y montó por la puerta del copiloto.
El coche partió hacia la parrilla y quedó grabado en mi memoria. Un Nissan 240xs, blanco. Un segundo aviso de la voz metálica me sacó de aquel pequeño trance y puse rumbo a la salida. A tres coches de distancia el coche blanco que buscaba. Con el corazón desbocado por la descarga de adrenalina y la emoción de momento recién vivido, estaba dispuesto a todo por saber su nombre. “¿Qué probabilidad…? No. ¿Cuántas…? No. Pero… ¿Qué pregunta estaba buscando?”; “¡Tonto!”. Salto la insulsa voz de la razón.
 
-Ah, no. Esto es un reto en toda norma, y el premio… -. Me autocontesté. Cambie el Cd y dejé que aquella música prohibida me embriagara. Mi sonrisa picara lucia entre los compases. Sin percatarme, había empezado a acelerar en vacío. El motor estaba en cuatro mil revoluciones por minuto atronando por los escapes racing. La señal luminosa se encendió dándome la salida. Partí al circuito dejando el chirriar de la goma contra el asfalto y un gutural rugido a mi tras.

Finalizado el tiempo de la afrenta, volví al lugar donde estuve aparcado la primera vez. Con la música apagada me percate de un sonido de burbujeo procedente del motor. Levante el capó que delataba la alta temperatura del motor para que el aire de la noche ayudara a refrigerarlo. Estaba en mi propio silencio simulado. El reloj no marcaba más de las dos y pico de la mañana y parecía estar siendo una noche mágica, siempre y cuando estuvieses en el sitio indicado. Además ahora pensándolo un poco en frio, se me acercaron algunos interrogantes sobre aquella chica misteriosa de nombre desconocido y ojos tan encantadores y hermosos, ¿Por qué no?

25/1/12

Saturday Night Race

Sobre el bracket del conductor me encontraba, contando cada segundo que el reloj pasaba. Un tímido llavero colgaba con un curioso logo en el reverso. Estaba varado junto a un edificio en el centro de la ciudad a la espera de lo inesperado. Cierto nerviosismo me poseía. Era mi primera vez pero llevaba cientos de noches planeándola al detalle. No dejaba de preguntarse una vocecita en mi interior si de verdad estaba… preparado para algo así, o si por el contrario me estaba apresurando. Las manos, cubiertas parcialmente por unos guantes, reposaban bailarinas sobre el volante. ¿Qué final me depararía aquel día?

Eran las diez de la noche, el cielo estaba oscuro, el sol se había ocultado hacía un buen rato. Aquella cita llevaba planeada desde hacía poco menos de una semana, y desde entonces la esperaba con ganas. Entre mis cavilaciones y divagaciones, dejé inadvertido un segundo coche que se aproximaba desde el final de aquella calle. Aquel misterioso coche se detuvo junto a mi ventanilla y su conductor me hizo unas señas para bajase la ventanilla, tras una breve conversación, me dijo que lo siguiera hasta el emplazamiento real de la cita. Era un Seat León, y por los acabados seguro que una de las versiones deportivas. Pero tenía mis esperanzas en mi propio coche, un Citroën Saxo v16 modificado que me salió por algo más de cinco mil euros. Salí de aquel sitio sin ninguna pinta de vacile, y comencé a seguir al león a través de las oscuras calles de la cuidad. El nerviosismo comenzaba a apoderarse de mí, un hormigueo afloraba con más rabia, y cada vez que las luces de freno se encendían sin motivo alguno, empezaba a mirar por los alrededores. Tras unos largos veinte minutos aparecimos en el puerto de carga ferroviario. Allí una docena de coches aparcados en cortas hileras aguardaban bien a correr, o simplemente para ver como otros competían. El león se detuvo finalmente y yo pare a su lado. Estaba bajándome del coche y una voz efusiva me saludo desde atrás. Me sorprendí gratamente de encontrar una voz conocida en aquel nuevo ambiente, era Álvaro un compañero de clase. También se unió el conductor del león. Tras una informal presentación Álvaro, me explico un poco la dinámica de aquel estilo de competición. Había cuatro participantes por manga, se darían dos vueltas al circuito, siempre y cuando no hubiera algún “imprevisto”, y aquel que pasase primero por la cinta ganaría la manga.



Antes de empezar a correr, paseé observando cada coche. Todos estaban modificados, pero en su mayoría no para correr, o por lo menos no lo aparentaban. Muchos tenían luces bajo el chasis, ruedas blandas de perfil bajo, y kits de ensanche pero pocos tenían modificaciones tan radicales como para ser máquinas de competición. Después de reconocer las máquinas de mis rivales, regresé a mi coche y aguardé junto a él hasta que diera comienzo la carrera. Una misteriosa sensación se adueñaba de mí, como un manto que poco a poco  cubría las pocas ideas que tenía sobre conducción deportiva. Tenía miedo, estaba muy nervioso por el circuito. Cientos de preguntas se me abrían como cortes sobre la piel a los que hubieran echado vinagre. De nuevo aquella vocecita resurgió con nitidez haciéndome preguntas que poco a poco me carcomían igual que una termita un tocon de madera. Una mano se posó en mi hombro acallando por un instante todas las preguntas y voces. Llegó el momento de la verdad. Alguien ajeno a los corredores, que ya se estaban preparando para colocarse en la línea de salida, había trazado el circuito a través de los enormes canjilones de carga esparcidos por aquella vasta superficie. Un chico había colocado una tira de cinta de la policía como marca de salida, y estaban sujetas en los extremos por dos enormes conos naranjas. Me dirigí junto a los otros tres coches hacia la línea de salida. Todos frenaron junto a la línea, pero yo debido al nerviosismo, pasé más de medio coche de la línea de salida. Una marea de voces comenzaron a gritar que marchara para atrás para colocarme a la altura de los demás. Retrocedí con las indicaciones de uno de los pilotos que estaba junto a mí. Me fijé que en cada coche, había dos personas, el piloto y un acompañante. Por lo que había oído por ahí, al parecer los recorridos por esta zona eran complicados y era fácil perderse a través de los canjilones, por lo que cada piloto llevaba durante la carrera a un copiloto que le decía el recorrido. Pero se ve que que al ser nuevo nadie se fiaba de mi forma de conducir, y el único que me conocía también participaba en la carrera. Estaba sorprendido, la verdad me esperaba otra forma, no sé... más espontanea. Pero daba igual, era mi primera carrera al otro lado de la línea de la ley. Unos golpecitos en la ventanilla me hicieron volver la cabeza hacia la ventanilla del copiloto. Una chica aguardaba al otro lado. Al parecer sería ella la valiente que me guiaría a través del entramado de callejuelas del puerto. Su melena era larga y lisa de un color ocre y reflejos miel bajo una luz blanquecina de algunos faros. Se presentó como Elisa. Un nombre muy bonito. Yo también me presenté. Arturo es mi nombre, y seré el piloto que se dejaría llevar hacia donde su voz me guiase. Con todo sobre la mesa, incluidas algunas apuestas, la carrera podía comenzar. Una figura valiente se colocó ente el segundo y el tercer coche. Señalaba, y el coche aceleraba. De uno de mis contrincantes surgió una llamarada acompañada de un fuerte y atronador petardeo. El segundo también mostró los dientes de su montura. Mi turno. Aceleré con la marcha en vacío dejando escapar a través del escape racing un bufido impresionante. Y el cuarto vehículo también hizo lo mismo. Entonces aquella figura levanto los dos brazos, y una voz me dijo que saliera cuando los brazos bajaran, los brazos descendieron y todos los coches partimos destino a la negrura de la noche.

Tras la salida conseguí el tercer puesto, y comiéndole espacio al Toyota que me precedía. Mis faros, inquisitivos, se reflejaban en la parte posterior y de refilón algunos catadióptricos en los laterales. Álvaro no dejaba de moverse evitando encontrar un hueco para poder pasarle y ponerme a la cola del león que mantenía el liderato. Elisa me alertó del primer cambio de dirección, una curva cerrada rodeando un contenedor. Reduje sacando las agujas a la zona roja. El Toyota se alejó ligeramente y entonces lo vi. Pise de nuevo y gire el volante con una mano mientras la otra se mantenía sobre la palanca dispuesta a meter una nueva marcha en el momento óptimo. El sonido era atronador. Pasamos a ras entre el contenedor y el coche de Álvaro, salimos parejos de la curva pero con más par que él, lo dejamos atrás en la siguiente curva marcada con unas flechas fotosensibles. Mi copiloto todavía con la boca abierta, no creía el espacio que acabamos de dejar atrás. Volábamos entre los contenedores a velocidades que jamás creí posibles de no haberlas experimentado. La adrenalina fluía por mis venas como un torrente salvaje de óxido nitroso. Nunca me sentí tan cerca de la vida como en aquel momento, aunque para mi compañera creo que fue todo lo contrario. Ahora las luces del Toyota irradiaban con furia lejana sobre los espejos retrovisores, aunque mi objetivo era otro coche, de oscuro color y ensangrentadas bandas por los laterales. El coche de Álvaro ya no suponía problema, ahora deberíamos sacar segundos de curvas apuradas y trazadas idóneas. Mi copiloto me miraba, seguía indicando los cambios de dirección, no apartaba los ojos de las aristas que parecían acariciar la superficie del saxo mientras este deslizaba por el hormigón pulido. Ahora estábamos a punto de entrar en la segunda vuelta, después de cuatro eternos minutos, el león de mi rival estaba casi a tiro y el resto de rivales estaban desaparecidos de los retrovisores. En la línea de meta, los coches que estaban aparcados con los faros encendidos pasaron por las ventanillas como centellas a escasos centímetros de nosotros. El velocímetro modificado señalaba en el lado diestro de la esfera los doscientos por hora. Los catadióptricos eran pequeños borrones de luz por las ventanillas, los faros del león una meta que debía alcanzar. Sentía como el rebufo abierto por él nos absorbía y catapultaba arañando segmentos a ambas esferas. La primera curva a la vista, el león toco el freno y tomo la curva, yo levante el pie del acelerador y lo apoye en el freno, reduje marcha y deje fluir el coche, situado en ciento treinta tome la curva deslizando con suavidad y comencé a acelerar de nuevo. Con cada trazada y cambio conseguíamos arañar centímetros al león. Tan cerca que mi coche se había convertido en una prolongación suya. Por fin aquello que esperaba. La presión de mis faros sobre su nuca le hizo abrirse demasiado en una curva y conseguí colarme por el interior. Pasado el león ahora era la única preocupación. Hundí el pie en el acelerador, el coche respondió con un bufido y un pequeño petardeo de estilo competición. Ahora empezaba la auténtica prueba. Intente alejarme lo más que pude mientras le durase la sorpresa pero no fue tanto margen como esperaba y no tardó en lanzar su coche contra nosotros en acoso sin igual. Faltaban cerca de cuatrocientos metros de circuito de los cuales menos de la mitad me eran favorables debido a la manejabilidad del coche, pero el otro porcentaje eran doscientos metros de rectas inacabables. En las curvas apuraba al máximo tanto la trazada como velocidad, mi copiloto estaba impactada y pendiente de la fiera que nos seguía de cerca. La meta se veía más y más próxima. La última curva antes de llegar a la recta, la tomamos con un chirrido de fondo producido por los neumáticos traseros. Tras recuperar la pequeña tracción perdida nos lanzamos por la ancha recta. Vi horrorizado como el león ganaba terreno con rapidez. Hundí más el acelerador. Sentí como el par motor nos empotraba en el asiento. La aguja subía  pero no era suficiente. Ambos parejos. Los metros se acababan y con ellos mi oportunidad de ganar. El tiempo era escaso y pocas las oportunidades. Reduje marcha sin más. El motor salió en rugido feroz. La aguja de las revoluciones salió propulsada como por un resorte hasta la zona roja, poco antes de cruzar sobre la cinta amarilla. Ambos coches cruzaron casi al unísono sobre la línea. Las dudas nos envolvían a los dos, ¿Qué coche paso primero? Pero antes de poder dar respuesta a la pregunta varias luces azules aparecieron desde la nada. La policía.

El león salió contra ellos con un rechinar de neumáticos. Yo engrane la marcha atrás y hundí el pie en el pedal y cuando las revoluciones estaban altas gire el volante volteando el coche en un profuso trompo. Uno de los coches patrullas se puso a nuestra cola poco después  de emprender la huida. Las luces azules y los fogonazos llenaban el habitáculo, mi copiloto no dejaba de voltear la cabeza. Un sudor frio me recorría el cuerpo entero. La opción más clara en medio de aquella confusión de coches a la fuga, era intentar perderlos entre los canjilones dada la maniobrabilidad del saxo pero también arriesgado. Comencé a zigzaguear entre las callejuelas estrellas abiertas entre los contenedores, en algunos giros pasábamos a escasos centímetros de las aristas. Parecía que el C4 policial no podía seguir nuestro ritmo y poco a poco nos iba perdiendo distancia. La puerta estaba despejada y partimos hacia ella. Ahora estaba asustado y corría presa del pánico, pero había que admitir que era muy emocionante. Pasamos por la puerta a toda velocidad, con un pequeño derrape con el freno de mano, logramos encarrilarnos de nuevo por la carretera dirección a la ciudad. Parecía que la policía se había rendido pero no estaba del todo seguro. En la oscuridad varias luces azules y naranjas cerraban el paso. Un control. Y por supuesto, habrían pasado tanto el modelo como la matrícula de todos los coches implicados en la carrera, por lo que no era seguro continuar. Con las luces apagadas nos metimos por un pequeño sendero a la espera de poder seguir sin más inconvenientes. Pasaron los eternos minutos sumidos en el intenso silencio y la oscuridad que se filtraba por las ventanillas. No sabíamos el tiempo que allí llevaríamos, encajados en los asientos de competición. La verdad fue un fastidio no saber quién ganó. Pero no estuvo mal la cosa. Una nueva vista al horizonte y todas las luces habían desaparecido. Me ofrecí a acercarla hasta casa pero ella tan solo me pidió que parase en un parque cercano. Conduje hasta la zona, sumido en ese silencio incómodo y pesado, como el de la espera. Ella me lo agradeció y después se perdió en la oscuridad de la noche. me parecio ver como subia a un coche blanco aparcado en la sombra y partieron en la noche. Ya de regreso en la habitacion de mi residencia, hice inventario de aquel intenso día tirado panza arriba en la cama,  y no tarde en quedar bajo un profundo sueño con una pregunta escondida. [Elisa, volveriamos a coincidir?]

A la mañana siguiente en mi casillero de correo encontré un sobre, sin nombre, con una nota en su interior que decia así:
"Enhorabuena."

Continuacion:: Tres años despues. Ciudad Real.