poemas de amor Crazzy Writer's notebook: noche
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1/4/15

Annie [Cabos sueltos, Part 4]

Lo rodeé con mis brazos atrayéndole hacia mí, quería transmitirle ese calor tan pegajoso que de alguna forma extraña había empezado a generar. Sus músculos se destensaron y relajaron a medida que lo besaba por la nuca y avanzaba hacia la oreja. Sentí como un escalofrío le revolvía delicadamente todo el cuerpo al ser barrido por aquel suspiro que le regalé.

-Annie, realmente eres tú-. Susurró mientras buscaba mi mano para besarla. –Aquellos detectives me dijeron que estabas desaparecida, y que no me hiciese muchas ilusiones de volverte a verte-. Sus lágrimas comenzaron a regar sus mejillas sonrosadas.

-Thssssss-. Volví a sellar sus labios con la punta de mis dedos. –Mírame. Tócame. Y veras que soy tan real como tú, que no es ninguna fantasía-. Con cuidado, deshice el lazo con el que lo mantenía abrazado.

Cuando se volvió y nuestras miradas conectaron percibí como su corazón empezaba a acelerarse. Aquel deseo que había instaurado en él crecía a pasos agigantados, al igual que mis ganas de echarme sobre él. Lo veía con otros ojos, y ahora reprimía aquella sensación imperiosa de lanzarme sobre su cuerpo. La bondad que antes solo veía en sus ojos ahora la percibía en la blancura de su alma, y cuanto más la contemplaba más necesidad tenía de corromperla y hacerla mía.  

-L-olo s-si-ien-t-to, pero si-sigo en shock, n-no me me cr-creo que seaas t-tú-. Su ritmo cardiaco seguía incrementando, y más después de aquella sonrisa que le había regalado.

-¿Quieres una prueba?-. Le susurré con una inesperada travesura, una travesura no fingida pero sí sobredimensionada. –De acuerdo-. Volví a sonreír mientras buscaba sus labios y me fundía con ellos.
El tacto cálido de sus labios carnosos pronto se me quedó demasiado escaso, necesitaba ir más allá. Introduje mi lengua en busca de la suya. Sus manos se aferraron sobre mi espalda tanteando espasmódicamente. Su respiración entrecortada por jadeos llenos de intenso placer parecían cada vez ser más desesperados. Quería detenerme pero una fuerza que manaba con violencia desde dentro de mí me impulsaba a seguir disfrutando de aquella alma tan pura. Restregaba suavemente mi cadera contra la suya. Sus jadeos se intensificaron al igual que sus espasmos hasta que de pronto cesaron sin más. El silencio se hizo de pronto en aquella pequeña estancia sumida en la oscuridad, tan solo mi respiración rasgaba aquella horrorosa calma.

-Todavía no es demasiado tarde-. Aquella voz de nuevo. Sentí estremecerme al recordar su estampa. Lo busqué por la habitación pero no lograba dar con él. Sin querer di con una sombra al pie de la puerta. En ese momento sacaba algo de un maletín que tenía a su lado y se aproximó colocándolo junto a la boca de Davey de donde surgió una pequeña bocanada azulada que chocó contra el fondo de aquel tarro. –Si llego a tardar un poco más…-. Comprobó el contenido antes de meterlo de nuevo al maletín. Aquello me dejó perpleja. –Es muy pasional señorita García, si llego a tardar un poco más no tengo nada que recoger-. Su voz revelaba un matiz de enfado. –Pero para llevar solo diez minutos en las viñas del señor como súcubo, y sin apenas una formación…-. Continuó mientras contemplaba aquella habitación, se detuvo brevemente sobre Davey y después posó aquellos ojos dorados sobre los míos. Sentí un escalofrío que me recorrió entera.

-Oh, dios mío-. Me llevé las manos a la boca. Contemplé su cara que exhibía una grotesca mueca que se debatía entre el placer y el sufrimiento. –Pero qué… cómo…-. Aquel rostro se clavó en mi subconsciente más profundo. Sentía como las lágrimas empezaron a inundar mis ojos, y no tardaron en desbordarse por mis mejillas. Me quedé apoyada en la pared sin poder dejar de mirar su cara, el resto parecía haber desaparecido.
Entonces sus manos me tomaron por los hombros, y me levantaron con suavidad. Su pecho se interponía entre aquella pesadilla y mis ojos.
-Tranquilícese. La primera vez es siempre la peor-. Dijo con una voz arrulladora, casi paternal. –Él estará bien, todavía no ha terminado-. Me levantó la cabeza con suavidad y me secó las lágrimas con un pañuelo de seda. –Esto era lo mejor, créame-. Sonrió. –Pero ahora deberíamos marcharnos, esto no deja de ser la escena de un suicido-. Ensanchó la sonrisa sin apartar sus ojos de los míos. –Y nuestros invitados estarán al caer-. Consultó de nuevo su reloj.
-¿¡Suicidio!?-. Pregunté en un susurro. Estaba muy confusa y cada vez que hablaba, aquel sentimiento se extendía más y más. –No entiendo nada, solo le he besado y está muerto-. Volví a derrumbarme entre llantos. –En qué me he convertido-. Sollocé. Me condujo lentamente por toda la habitación hasta llegar al vano de la puerta. –Por qué dices que es un suicidio, y de qué invitados hablas-. Mi voz pastosa por las lágrimas me resultaba casi incomprensible. Volvió a secarme las lágrimas, aunque esta vez solo atajó aquellos regueros salados con los dedos.

-Su transición, Annie, debía llevarse a cabo sin testigos ajenos a esa prueba inicial…-. Su voz parecía envolverme. Sonaba grave y tranquilizadora. –… Por desgracia-. Hizo una pequeña mueca con el labio. –Su amigo alertado por los ruidos trató de ayudaros convirtiéndose en testigo, y la policía lo considera EL asesino-. Hizo énfasis en el pronombre y suspiró dramáticamente. –Esto era lo mejor que podía pasarle, ¿no te parece?-. Dejó ver una tierna sonrisa. –Ahora deberíamos marcharnos antes de que lleguen “los invitados”-. Señaló la ventana a través de la cual empezaban a escucharse varias sirenas. -No creo que se hayan tomado muy a bien que tu amigo asesinase a los dos detectives que llevaban su caso-. Dejó caer en un susurro apenas audible.
Yo guardaba silencio mientras trataba de ordenar todo aquello. Aquella explicación, por llamarla de algún modo parecía casi lógica. Era raro, si lo pensabas… Davey trató de ayudarnos y por culpa de eso, ahora estaba muerto. Le había matado sin apenas darme cuenta de que lo estaba haciendo. Es más, sentí como aquel frenesí me tomaba cuanto más se aceleraba su pulso…
-Pero antes de nada, deberías vestirte-. Rio mientras me separaba un poco de sí. Bajé la mirada y efectivamente. Mi piel lechosa estaba completamente al descubierto. Me ruboricé y traté de taparme con las manos lo máximo posible, lo que le hizo estallar en una carcajada. -Tenga-. Me colgó una prenda por el cuello. –Dese prisa, la espero aquí-. Me dio una pequeña una palmada en la cintura. Lo fulminé con la mirada antes de encerrarme en el baño con un portazo. Qué se había creído esa nube arrogante.
Descolgué aquella prenda suave cuyos extremos ligeros cubrían casi de forma simétrica mis pechos. En mis manos tomó forma un vestido increíblemente bonito. Pero la imagen proyectada en aquella pulida superficie le quitó todo protagonismo a ese vestido. Al otro lado, una chica que lejos de resultarme desconocida, quedaba muy atrás en el tiempo, unos quince años aproximadamente. El pelo oscuro y liso llegaba a cubrir parte de aquellos senos poco desarrollados pero increíblemente firmes que tanto gustaban a los hombres. La piel de aspecto lechoso, con varias pecas distribuidas sobre todo en los pómulos. Me llamó la atención los labios, que aun siendo no muy gruesos, incitaban a ser besados. Era mi yo de último año de instituto, pero cómo era aquello posible.
Unos golpes en la puerta volatilizaron mis pensamientos. Me puse el vestido que poco a poco se fue acomodándose a mis suaves curvas. Ahora el reflejo del espejo era mi yo del baile de graduación. Un suspiro melancólico manó de mis labios y las lágrimas volvieron a descolgarse a través de mis mejillas.
-Todavía sigue ahí-. Dijo el abogado al otro lado de la puerta. –La discreción es nuestra mejor arma, y que nos encuentren aquí no sería lo más idóneo-. Su voz hecha susurro no dejaba oculto el matiz de urgencia.
-Ya salgo-. Dije cerrando la puerta del baño mientras lanzaba una última mirada a aquella habitación que ahora se mostraba sutilmente diferente.
Ángel, aquella nube engorrosa, aguardaba junto a la puerta del apartamento con el maletín colgando de su mano. Extendió la otra tomándome suavemente de la muñeca y me condujo en la oscuridad del pasillo hasta la puerta del ascensor. Sentí como detrás de mí la puerta se cerraba y poco después los cerrojos se iban deslizando lentamente. Uno por uno.
Bajamos en el ascensor. No dejaba de contemplar las manecillas de su reloj. De pronto el ascensor se detuvo. Cuando se abrieron las puertas una de las vecinas aguardaba con sus dos perros. Nada más nos vieron ambos perros se pusieron a ladrar como descosidos obligando a la dueña a sujetar con fuerza ambas correas.
-Vaya, perdonad, no suelen portarse así. No sé qué les pasará esta mañana-. Dijo algo cortada.
-Debe ser que huelen mi miedo-. Escuché la voz saliendo de detrás de mi espalda. –Les tengo un pánico atroz… Desde pequeño-. No podía creerlo. Tan valeroso y frio que parecía aquí mi amiga la nube arrogante y ahora estaba cagadito usándome como si fuese un escudo. No pude contener una sonrisilla, por suerte, las puertas se estaban cerrando.
-Son dos perros patada, no se te iban a comer-. Dije con cierto sarcasmo. No iba a desaprovechar esa oportunidad de poder mofarme de él.
-Si, tienes razón, no comen pero la discreción es fundamental…-. Su voz volvía a esa ligera arrogancia. -Y deberías saber que los animales son los primeros en notar las… presencias sobrenaturales… Y ambos dos, dejamos la humanidad atrás-. En un parpadeo había vuelto a donde estaba, en la esquina opuesta. –por lo que el pánico puede ser una buena excusa para ese tipo de comportamiento de los animales, no dejamos de ser seres del Hades-. Dijo culminando con aquella blanca sonrisa de anuncio de pasta de dientes.
El ascensor volvió a detenerse, esta vez en la planta baja. Cuando salimos del portal, dos patrullas aparecieron en la calle, y las sirenas parecía llegar de todas direcciones.
-Me encanta cuando los invitados se adelantan-. Dijo con ese sarcasmo que ya consideraba parte de él. –Bueno, ante este pequeño imprevisto… improvisaremos-. Se paró y miró buscando algo. Esbozó una exclamación y se dirigió hacia un coche que estaba aparcado a pocos metros.
Dos nuevos coches aparecieron a nuestras espaldas, y los dos anteriores acababan de detenerse junto al portal del edificio del que acabábamos de salir. De ellos bajaron sus ocupantes y uno de ellos se introdujo por la puerta arma en mano.
-Que vamos a hacer ahora, la policía nos ha visto-. Dije soltándome de su mano. Había logrado mantener una pequeña sensación de calma pero ahora al ver que la policía se iba agolpando en la puerta y nos miraban extrañados, aquel espejismo se desvaneció dejando ver la realidad. –Nos van a detener, maldito ente…-. No podía dejar de lado esa sensación de culpabilidad.
-Annie, deje de montar la escena, por favor-. Dijo mirándome a los ojos. –Compórtese-. Uno de los policías empezó a caminar en nuestra dirección.
-Disculpen-. Dijo el policía con una mano apoyada en la culata de su arma reglamentaria. –¿Qué están haciendo a estas horas en este barrio?-.
-Mierda-. Dije derrumbándome sobre el coche. Ángel en cambio alzo las manos en ademan de rendición. Cuando le vi me quede bloqueada, pero que demonios estaba haciendo.
-Si le digo la verdad no se ni en qué barrio estamos, pero salta que no somos de aquí.-. Dijo con una voz inocente mientras señalaba el coche donde estaba apoyada al borde del ataque de nervios. –Y si pudiese encaminarnos hacia Brooklen, se lo iba a agradecer, no quiero que a mi chica la de un ataque de nervios-. Me señaló con cierto aire de dramatismo. –Teme que la roben o algo peor-. Rio para quitarle un poco de tensión. El policía no dejaba de mirarnos a los tres. A mí, con ese vestido provocativo, a él con aquel traje de recién graduado, y al coche que hasta entonces no me di cuenta de que era un Bentley Continental Gt de más de ciento cincuenta mil dólares.
-Lo comprendo, pero entenderán que les pida la identificación, ¿verdad?-. Dijo quitando la mano de la cartuchera, pero seguía iluminándonos con la linterna.
-Me parece correcto. Voy a meter la mano para sacar los pasaportes-. Dijo haciendo el gesto con lentitud mientras el policía volvía a llevarse la mano a la pistola y miraba fijamente su mano, de la que sacó las dos identificaciones. ¿Cómo cuernos lo había hecho? No podía quitarme el asombró de encima. El agente miró ambos documentos sin pestañear, y después de iluminarnos con aquella linterna para corroborar la fotografía.
-Ángel, está a punto de caducarte, no te descuides-. Dijo cuándo se lo devolvió. A lo que el afirmó con la cabeza. Parecía un chico bueno y todo.
-¿Y ahora, como salimos de aquí sin una bala en el cráneo?-. Espetó mientras guardaba la documentación. –Porque no quiero problemas con mi padre, y menos con el suyo-. Volvió a sonreír mientras me señalaba con un gesto de la cabeza.
-Pues tienes que seguir recto cuatro calles más, girar a la derecha tres calles más y después giras a la izquierda dos veces para coger el túnel. Una vez allí…-. Ángel lo interrumpió mientras se daba un golpecito en la frente.
-A la derecha, eso era. Muchas gracias-. Dijo mientras me miraba con una alegría que rayaba el dramatismo. –Me ha salvado el cuello, si llega tarde a casa, su padre me estrangula y me tira a los cocodrilos-. Escuché el pitido indicando que las puertas se abrían y me metí corriendo en el coche. Quería perder de vista a aquel policía. El pulso me iba a mil, y como bien había dicho estaba al borde del ataque de nervios, pero no por el barrio, sino por el asesinato que acababa de cometer.
Él se subió bajo la atenta mirada del agente. Bajo la ventanilla.
-Conduzca con cuidado-. Dijo el agente antes de que el ronroneo del coche tapara su voz.
-Tenga una buena noche-. Respondió antes de salir de allí a toda velocidad, aunque sin rebasar el límite del todo.
Estaba sin habla, pero como demonios podía ser tan arrogante y con ese humor tan condenadamente retorcido. Me quedé mirándole fijamente mientras conducía siguiendo la ruta para salir de la ciudad.
-¡Eres de lo que no hay! ¡Como se puede ser tan, tan...!-. Me quedé sin palabras con la de describirlo. Me llevé las manos a la cabeza en busca de una palabra pero me di por vencida y terminé cruzándome de brazos. –No tienes ni idea de lo mal que lo he pasado, creí que nos detenían, y para colmo le vacilas-. Él me miró y no contuvo la carcajada. Parecía que él si veía la gracia del tema, pero yo no la encontraba por ningún sitio.
-Soy único-. Rio. –También te lo podías haber camelado, porque no quitaba el ojo a lo que esconde ese vestido-. Me sacó la lengua.
-Claaaro, como tiene tanta tela-. Imité esa ironía que tanto le gustaba utilizar. –Y encima se me transparenta-. Me cubrí la zona del pecho y cruce las piernas.
-Da gracias a que era tu talla, porque lo cogí esta mañana deprisa y corriendo-. Dijo mientras una voz femenina leía en alto el mensaje que acababa de llegar a su móvil.
“Saint Nicholas High School. Bangor, Maine. La clase empieza a las 9:00 am. La Señorita García ya está matriculada y la directora Love la espera allí. Intuyo lo que harás, asique tienes menos de 4 horas para llegar. Confío en que estarás allí a tiempo.
N.D. Satán                                                                  4:47”
Dejó el teléfono y en la esquina inferior de la luna apareció una cuenta atrás. Aquello me sorprendió y me preocupó.
-¿Ángel, qué cuernos es eso, y a dónde me llevas?-. Dije sin quitarme de la cabeza la conversación con Nicholas que tuve antes de volver al apartamento de Davey.
-Buenas noches, les habla su piloto. Nuestro destino es Bangor, estado de Maine. Circularemos a una media de 120 millas por hora, y la duración del trayecto será aproximadamente de 3 horas y 40 minutos. Les agradecemos que hayan elegido nuestra compañía. Por favor, Abróchense los cinturones de seguridad y recen a quien sepan-. Bromeó mientras miraba la evolución de mi cara a medida que iba soltando toda esa información. ¿De verdad pretendía llegar a Maine en menos de 4 horas?
-Por qué me llevas a Maine, allí no se me ha perdido nada-. Dije mientras contemplaba con horror como las agujas iban subiendo en el velocímetro.
-Nicholas te ha matriculado en la academia para Súcubos, la directora te aguarda para darte más información. Ahora descansa, que te espera un día duro-. Antes de que pudiera replicarle, posó su mano sobre la mía y al poco me sentí invadida por un fuerte sopor que me condujo directamente a un profundo sueño. Solo intuía una música extraña de fondo y el bramido del motor que crecía paulatinamente hasta quedar convertido en un murmullo constante. Y casi era mejor así. No quería saber lo que pasaba por la cabeza de aquel arrogante pero en cierto modo simpático compañero de viaje.

17/1/15

Cuento antes de dormir.

Erase una vez que se era una pequeña niña que en su cama esperaba.
Llevaba un bonito pijama de rayas de seda aterciopelada.
Aguardaba con impaciencia el momento de ir a dormir.
Nadie sabe por qué o cómo, poco antes de irse a la cama, junto a su ventana una peluda criaturilla de forma indeterminada por las estrecha rendija se colaba. Parecía que le gustaba pasar las noches junto a la niña, acurrucada. Velaba sus sueños y cuando los padres de ella por la puerta aparecían, aquella pelusilla siempre bajo la cama se escondía. Pues su existencia solo aquella chica conocía.
Aunque después a la cama siempre volvía. La miraba con ternura, le encantaban aquellos ojitos curiosos y somnolientos, asique un pequeño cuento de la nada se sacaba.
Aquellas breves líneas suficiente resultaban para trasladar a la pequeña al mundo de Morfeo, entre pentagramas y rimas variadas.
Aquella vocecita al poco se degradaba, quedando la niña perfectamente arropada.
Dulces noches, buenos sueños, y la criaturilla sobre la almohada se quedaba.

14/11/14

Escapada Invernal

Sin casi pensarlo mandó el mensaje con aquella extravagante y furtiva idea que se le había pasado por la cabeza. Ni siquiera le dio el tiempo suficiente para terminar de asentar aquel cúmulo nebuloso con el que trataría de sorprenderla. El mensaje de regreso mantenía ese tono de sorpresa e incredulidad, parecía que la curiosidad felina asomaba ante aquel escueto esbozo de plan.
Antes de cumplir los veinte minutos de plazo, el coche se paraba frente a la parada de autobús donde ella aguardaba con cierta impaciencia.
-¿A dónde vamos a ir?-. Preguntó ofreciendo sus labios para recibir el beso de bienvenida.
-Ah, sorpresa-. Susurró tras depositar varios besos cortos sobre aquella blanda superficie. Y sin tardar mucho más puso de nuevo en marcha el vehículo ignorando las quejas de su pasajera.

La noche ya pesaba sobre toda aquella región a pesar de que los relojes todavía no marcaban ni las nueve de la noche. Poco a poco, y sorteando el tráfico, fueron abandonando las estrechas calles de la urbe para adentrarse en las anchas vías de uno de los polígonos industriales más importantes. A penas se veía coche alguno vagar por aquel lugar donde las industrias y las naves campaban ordenadamente en calles completamente ortogonales. Ella miraba y preguntaba tratando de sonsacar alguna información.
-Hay luna llena-. Dijo mirando a través de la luna mientras esperaba que aquel semáforo le dejara vía libre. –Sería bonito verlo desde el mirador…-. Dejó la frase en suspenso al quedar bañado por la luz verde.
-¡¿Pretendes llevarme al cerro?!-. La chica lo miraba ojiplática, sobretodo porque en aquel lugar siempre solía haber varios coches cuyos ardientes interiores habían tintado los cristales para ocultar a sus ocupantes de la fría noche. Aquella reacción no hizo más que ensancharle aquella sonrisa que lo había tomado un rato antes.
-Frio, frio-. Respondió con aquel tono juguetón que tanto la atraía. –Pero antes de seguir, ¿te apetece coger algo de cena?-. Aquel cambio tan súbito en la conversación logró descolocarla, aunque lo cierto era que ella tampoco había cenado, asique asintió con cierta energía. –Vamos al Mc auto-. Espetó de pronto acompañando la frase con un cambio de dirección completamente inesperado.
Circulaban despacio, él seguía los paneles que había situados en las esquinas de las calles del polígono. Sin duda estaba más perdido que un pulpo fuera del agua, aunque trataba de disimularlo para evitar alguna burla traviesa de su acompañante. Y a punto de admitirlo estaba cuando aquel edificio adornado con una gran “M” apareció a su lado.
Después de recoger aquel pedido, lo dejaron a buen recaudo en el salpicadero del coche cuya tecnología más puntera consistía en un cuenta revoluciones, aquel coche tenía más años que el propio conductor pero aquello no era sino un aliciente para conducir aquel coche hasta el fin del mundo, sentía admiración por cada tuerca y no escondía lo orgulloso que se sentía de él.
Aquel viaje prosiguió a buena marcha por la autovía, alejándose cada vez más de aquella tediosa ciudad en la que ambos vivían resignados a no poder abandonarla, sin importar el motivo que los condujese, ese era uno de los puntos que compartían.
-¿Pero a dónde vamos?-. Volvió a preguntar con cierta sorpresa.
-Solo disfruta-. Dejó como única respuesta, mientras seguía sin apartar la vista de aquella carretera. Entonces ella reparó en uno de los enormes panelones que se aproximaba a una velocidad suficiente como para leer lo que ponía. -¡¿¿Soria??!-. El miedo, y la sorpresa se habían apoderado de su voz, no daba crédito. ¿Realmente había decidido hacer semejante locura?
-Noooo, si eso está a tomar por saco…-. Dijo con una pequeña carcajada. – No te lo voy a decir, solo espero que no te aburras demasiado. El tramo de autovía que coincidía con el trazado que había dibujado en su mente llegaba a su fin, por lo que indicándolo con la intermitencia, de carenciado y sonido tan peculiar comenzó la andadura a través de aquel entramado de sinuosas carreteras entre pinares.
Atravesaron el primer pueblo a buena velocidad, una vez terminado todo aquel conjunto de casas construidas en uno de los meandros del castellano rio Duero, la oscuridad y la soledad volvían a abrazarlos con aquellos gélidos brazos. Comenzaban la ascensión de una de las pendientes más famosas por aquellos lugares. Los halos blancos iluminaban la carretera que tras la subida se habría ante su mirada. Incluso las luces de largo alcance no llegaban a iluminar todo el perímetro que los rodeaba, pero aquello no hacía más que instar más y más a seguir con aquel viaje. El tacómetro bañado en aquel espectral haz verde daba toda la información imprescindible y entre aquella escueta información tan solo dos pequeños relojes mantenían la plena atención del conductor, el cuentakilómetros y el indicador de la gasolina, mientras que la pasajera miraba extasiada por la ventana.
Después de un largo recorrido por aquella carretera estrecha rodeada de pinos que daban una atmosfera típica de película de terror barata, alcanzaron el segundo pueblo donde tras dar un pequeño paseo rápido se detuvieron para bajar al merendero a comer aquellas hamburguesas que habían comprado.
Al poco de bajar, el viento frio empezó a recorrer todo el merendero haciendo que ella empezase a estremecerse.
-Vaya, creo que esto no lo tenía previsto, tal vez debí haberte avisado de que cogieses algo más fuerte de abrigo-. Comentó mientras se lamentaba por aquel patinazo, ya que aquel fallo meteorológico les impediría contemplar la noche tranquilamente como él había planeado. Con el fin de solventarlo presto su cazadora a la chica que trataba de restarle importancia al tema. Terminada aquella rápida cena, subieron, pues todavía tenía una sorpresa más. En lo alto del pueblo había un bar donde a lo largo de los veranos él solía pasar varias tardes a la semana poniendo al día sus asuntos en la red de redes.
 Una agradable conversación entre risas y besos robados, de un lado como del otro, hizo que las manecillas del reloj corriesen más de lo debido, y tras apurar sus bebidas y una pequeña parada, prosiguieron el camino hacia su desconocido destino.
-Derecha o izquierda-. Preguntó de pronto sorprendiendo a la pasajera, la cual respondió por impulso rápido que fuese hacia la derecha. Aquella carretera estaba en mejores condiciones que la otra, además tampoco le inspiraba demasiada confianza, y al tener ambas el factor que más deseaba el conductor que era circular a través del pinar, respetó la elección de su compañera de viaje. Varios kilómetros más tarde y tras rebasar otro pueblo llegaron al destino. El santo lugar de la Virgen del Henar, lugar donde todos los veranos, desde que él tenía memoria, pasaba una tarde con su familia.
El viaje de regreso atravesó los mismos parajes que en la ida. Ella parecía disfrutar con cada metro que recorrían bajo aquel ronco sonido del motor carburado. El viaje se hizo demasiado corto en opinión de ambos ya que antes de darse cuenta él estaba recorriendo hábilmente la calle, marcha atrás, para dejarla junto a su portal. El beso de despedida, casto, fue el colofón final a aquella peripecia que fugazmente había soñado y que al parecer había sorprendido y gustado a su pasajera. Aunque antes de llegar a casa debería recargar el combustible gastado durante el trayecto. Y aquello sería duro ya que a esa hora pocas gasolineras estaban abiertas, pero… aquello es otra historia.  

25/8/14

Annie [Entrevista con el diablo, Parte 1]

La atmosfera que me rodeaba se sentía sombría y tétrica. Avanzábamos con lentitud en una barca de remos a través de una laguna de aguas densas y espesas de las que manaban extraños sonidos y hedores. Cuando atracamos en aquel puerto lúgubre y de madera raída por el paso del tiempo el barquero que nos llevó a la otra orilla tomó mi brazo reteniéndome dentro del barco. Aquello me congeló completamente, el tacto de su mano helada.
-Aguarda-. Dijo con una voz de ultratumba.
El resto del pasaje fue descendiendo en silencio en fila de a uno, cuando el último de la fila hubo bajado el barquero retiró la embarcación varios metros de aquel lugar. Varias criaturas salidas de la nada se abalanzaron con fiereza sobre aquel grupo que ante la sorpresa huyó despavorida en diversas direcciones. Los gritos y los gruñidos hicieron que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo, y más aún al pensar que yo, de no ser por aquel siniestro personaje, hubiese corrido la misma suerte. La curiosidad era tal que reuní el valor para preguntarle.
-¿Por qué?-. Dije con voz temblorosa. –Por qué no me ha dejado allí con ellos-. Pero él pareció ignorarme, tan solo contemplaba con indiferencia aquella matanza de la que pocos lograron escapar. –Qué me diferencia de los demás-. Aguardó en silencio. Y cuando di aquella conversación por terminada miré con asombro como señalaba una carroza que ahora aguardaba junto al embarcadero.
Se aproximó de nuevo con cuidado y una vez atracado el barco me ayudó a descender de él.
-Gracias-. Dije en apenas un susurró mientras me encaminaba hacia aquel carruaje que aguardaba inmóvil. De pronto del otro lado apareció una sombra larga y de tez pálida que abrió la puerta. Aquello me sobresaltó, todavía seguía impactada por la escena que había presenciado apenas unos minutos antes.
-Supongo que será Annie-. Dijo mientras me miraba descaradamente de pies a cabeza. – No debe preocuparse, yo cuidaré de usted hasta destino-. Parecía más cordial que aquel barquero pero resultaba igual de escalofriante. –Ahora le ruego se apresure-. Comentó tendiéndome la mano para subir al interior que se mostraba realmente lujoso.
-Mi nombre es Annie pero no comprendo todo esto-. Estaba confusa, asustada e intrigada. A dónde me llevaría aquel personaje. –A donde tengo que ir, y quién está detrás de todo esto-.
-Veo que no está del todo informada de lo que ha pasado-. Esbozó una sonrisa. –No se preocupe, allí donde la llevo la pondrán al corriente de todo cuanto le ha sucedido. Pero no ha de temer a cuanto sucede aquí-. Trató de tranquilizarme. –Cómo ha podido ver su trato difiere en gran medida del resto, eso debería ponerla sobre cierta pista-. Rio con un matiz muy semejante a la alegría.       
Aquello la verdad me dejó algo más tranquila. Subí y me dejé caer en el asiento de piel. Aquel tacto suave y laido me rodeó. Miré por el ventanuco, todo era oscuridad y penumbra. Y por aquel paisaje yermo me hacía una ligera idea de donde podría estar. El carruaje se puso en marcha y antes de darme cuenta aquella laguna había desaparecido del ventanuco. Me percaté de que nos movíamos a una velocidad bastante elevada, pero lejos de querer cuestionar sobre mi dudoso futuro prefería recordar cómo había llegado allí y porque no lograba acordarme de casi nada.
Traté de esforzarme en hacer memoria pero todo cuanto lograba rescatar eran recuerdos borrosos de algunos cantos y un libro misterioso que encontramos en un mercadillo de New York, lo siguiente que recuerdo era estar en aquel bote rodeado de ánimas mustias y aterradas.
La velocidad disminuyó paulatinamente hasta detenernos en una ciudadela con varios edificios de estética moderna. Resultaba demasiado extraño aquel contraste de vehículos tirados por extraños animales de aspecto fiero y aterrador, y aquellas construcciones de hormigón, acero y cristal similares a los del mundo humano. Aquel pensamiento se me antojó demasiado extraño, pero realmente debía asumir que estaba en otro lugar diferente, fuese el que fuese.
La puerta se abrió de repente contando aquellos pensamientos. Al otro lado, la sombra alargada con una sonrisa.
-Bueno, hemos llegado. Espero que el viaje no se le haya hecho demasiado largo, ahora debe entrar. La están esperando, y no es bueno hacerle esperar-. Rio de nuevo mientras me tendía la mano para ayudarme a bajar.
-Y dónde se supone que hemos llegado, porque ando un poco desorientada, y quiera que no sería un bonito gesto por su parte decirme donde estoy-. Traté de poner una carita de pena acompañado de una sonrisa. Aquello le provocó un estallido de sonoras carcajadas.
-Desde luego como súcubo le espera un futuro de lo más prometedor, querida-. Trató de recuperar la compostura. “Súcubo”, aquel término me sonaba pero terminaba de comprender. –Pero tiene razón. Estamos en la ciudadela de La Perdición, en el infierno-. Mi cara se descompuso en el momento, qué hacía en aquel lugar. –Oh, no. No. No se asuste Anna, no está aquí como condenada…-. Dejó la frase en suspenso. – Y ya he comentado de más, ahora por favor suba-. Su tono cambió. Ahora sonaba realmente preocupado.
Bajé del carruaje y caminé hacia las puertas giratorias por las que no dejaba de pasar gente. Entonces escuche a mi espalda la voz del chofer.
-No tema, seguro que lo consigue. Mucho ánimo-. Alzo la mano antes de dar a las riendas que ataban a las bestias al carruaje.
El edificio estaba abarrotado de personas, muchas de las cuales vestían caros trajes y portaban maletines a juego. Me encaminé hacia la chico que estaba en el puesto de información con intención de pedir indicaciones.
-Hola-. Dije tímida al chico que miraba atentamente la pantalla de un ordenador mientras hablaba por un auricular inalámbrico. Me miró con unos ojos de color verde intenso.
-En qué puedo ayudarla-. Respondió cortante. En ese momento me di cuenta de que no tenía nada que poder decirle para que me ayudase, porque ni siquiera conocía el motivo de mi estancia allí o el nombre de aquel que me convocaba. -¿Señorita?-. Instó de nuevo.
-Leroy, ella es cosa mía-. Dijo una voz suave detrás de mí. –Tendría la bondad de acompañarme, Sra. García-. Me ofreció la mano con un aire muy galán, aunque dejaba entrever una curiosa sonrisa dentro de la formalidad. 
Aquel chico de veinte muchos aguardaba estoico. Al igual que muchos otros, vestía un traje oscuro, con camisa a juego y corbata de color rojo fuego. Me miraba con sus ojos de un color amarrillo dorado.
-Don Nicholas aguarda-. Apremió el chico, como si supiese de quién estaba hablando, pero parecía importante.
-Claro, adelante-. Trataba de disimular mi confusión y mi asombro ante aquel nuevo guía. Él comenzó a caminar mientras trataba de ponerme a su altura. –Sólo una pregunta-. Traté de iniciar una conversación mientras aguardábamos al ascensor.
-De acuerdo pero solo una-. Su seriedad era inmutable. Aquello me puso un poco nerviosa porque realmente tenía cientos de preguntas.
-Verá…-. Traté de comenzar. –Mis recuerdos son demasiado confusos y no consigo comprender el motivo de estar…-. Mantuve cierto silencio para tratar de asimilar lo que diría a continuación porque no dejaba de ser un cierto palo.
-¿En el infierno con un trato tan extraño?-. Terminó la frase. En aquel momento lo miré sorprendía al escuchar mi propio pensamiento. Sus ojos dorados me miraban por encima de sus gafas negras de Dolce Gabana. –Bueno, eso estaba descrito con detalle al pie de página del libro que leyeron su compañera y usted-. Dejó entre ver una imperceptible sonrisa. –Pero deduzco que no llegaron a esa parte, de todas formas ahora le informaran mejor. A fin de cuentas yo solo debo traerla aquí-. El ascensor se detuvo sin hacer el menor atisbo de ruido. Las puertas se abrieron dando lugar a una sala donde aguardaban varias personas cabizbajas y asustadas que mostraban ropas raídas y cadenas gruesas que los mantenían en los bancos. Un poco más adelante una chica joven taquigrafiaba una pila de informes a una velocidad de vértigo.
-Oh, Ángel otra vez por aquí-. La chica mostró una sonrisa encantadora con cierto matiz travieso. Desde luego para ser el infierno no había visto ninguna criatura terrorífica hasta ahora, salvo los animales que tiraban de los carruajes.
-Si, me pregunto si será por la taquígrafa tan guapa que me recibe cuando vengo-.  Dejó caer con voz traviesa acompañado de una fugaz sonrisa antes de recuperar la seriedad y aquella formalidad. –Tiene una convocatoria-. Me señaló con un ligero gesto, aunque yo seguía sin entender nada.
-Entonces querida, mucha suerte porque rara vez pasan la primera prueba-. Susurró con la sonrisa más amable y sincera que había visto nunca, pero no se sabía que podía ocultar y menos estando en el Infierno.
Aquella puerta nos condujo a un inmenso despacho ligeramente sombrío e iluminado con varias velas estratégicas. Al otro lado de una mesa de madera maciza con diversos tallados ornamentales la figura de un señor con una melena oscura recogida en una coleta y barba a juego, leía varios papeles con ayuda de unas gafas, lo que le confería un aire muy apaciguador, aunque… parecía estar ante el mismo diablo.
Mi acompañante carraspeó ligeramente para introducirse.
-Señor, aquí está-. Comentó con voz ceremonial. Su interlocutor levantó la vista y sonrió con agradecimiento.
–Muchas gracias-. Nos miró con detenimiento e indicó que me aproximase. –Por favor señorita…-. Miró de nuevo el papel. –…García, tome asiento-. Entonces miró a mí guía y comentó. –Puede marcharse, no quisiera que llegara tarde a sus otros menesteres-. Él hizo una ligera reverencia con la cabeza y desapareció sin mediar palabra.
Yo me aproximé con cierto miedo porque ahora me quedaba sola ante aquel hombre, por denominarlo de algún modo menos aterrador.
-No tenga miedo, todavía-. Rio con suavidad. –Deduzco por su gesto que puede intuir quién soy-. Yo negué con la cabeza mientas hablaba. –¿No?-. Se extrañó dejando ver cierta diversión ante la situación. –Bueno, soy Nicholas D. Satán. O bueno, más conocido en tu mundo como “Diablo”, “Demonio”, etcétera…-. Gesticulo las comillas. Aquello me dejó boquiabierta y completamente congelada. –Supongo que allí se me pinta de otra forma-. Volvió a reír. –Y tienen razón, pero solo algunos. Lo que pasa que para recibirla he pensado que sería menos incomodo si aparentaba forma humana-. Explicó mientras dejaba los papeles sobre la mesa con cuidado. –Pero vamos al grano, ustedes realizaron un ritual del que seguramente no se acuerde, y que logro superar asombrosamente con éxito-. Aquellas palabras poco a poco me hicieron recordar algunas cosas. –Estaba mirando ahora su historial y resulta de lo más idóneo para el puesto de Súcubo-. Dijo con cierta sonrisa. Mientras contemplaba mi rostro que reflejaba la más absoluta incomprensión.
-No termino de comprenderle, señor…-. Aquello me venía demasiado grande y demasiado seguido, y para mayor gravedad no sabía cómo denominar a mi interlocutor. – ¿Un puesto de trabajo…? yo solo recuerdo a mi compañera con un libro oscuro y hacer el tonto con él, no se lo tome a mal pero… no sé qué quiere de mí-. Me miraba con un gesto difícil de desentrañar pero fuese lo que fuese rezaba para no haberle cabreado. Pero de pronto dejo escapar una pequeña sonrisa.
-Vaya, esa es buena-. Se levantó con cuidado y caminó hacia una de las estanterías de dónde sacó un tomo de color oscuro y lo trajo a la mesa. –Parece que ha realizado algo extraordinario y no se ha dado cuenta-. Pasaba las páginas de aquel libro que reconocí de inmediato, era el mismo que había traído Rachel. Se detuvo en una concreta y señaló a pie de página. – Como puede observar, este rito es una iniciación para convertir a un mortal en un demonio del placer carnal, siempre y cuando se supere el rito-. Señaló los dibujos de los que no hacía falta explicación alguna. –Y usted, al contrario que su compañera, lo pasó con asombroso éxito. Y dado que no es muy usual, he decidido traerla para conocerla y darla la opción de elegir-. Volvió a sentarse mientras contemplaba como por mi rostro se descolgaban algunas lágrimas repletas de confusión, tristeza y enfado conmigo misma por semejante hazaña sexual. –Si decide seguir su vida mortal volverá a su anterior vida olvidando cuanto ha visto y oído, y cuando fallezca volverá aquí aunque no con tanta gentileza-. Me tendió un pañuelo mientras recordaba aquella grotesca escena que me recibió al llegar, lo que me arrancó un fuerte escalofrío.
-Y la otra opción que me queda, supongo que es convertirme en súcubo, no es así-. Dije mirándole a los ojos que llameaban con fuerza.
-Efectivamente. Veo que lo ha comprendido-. Volvió a coger el libro que cerró y dejó en una esquina de la mesa. -Sé que no es una elección fácil de tomar, ya que de ambas formas queda condenada al infierno, pero no de la misma manera-. Siguió explicando con aquella voz profunda y casi hipnótica.
-Y qué implicaría que yo aceptase la transformación-. Pregunté con cierta curiosidad. Y tal como dijo estoy condenada de todo punto, por lo menos conocer todas las condiciones.
-Bueno, en primer lugar adquirirías ciertas… habilidades, el trato no sería el mismo que los “huéspedes” que has visto, ya que entrarías a formar parte de la plantilla de empleados, y si rindes bien en el desempeño de tus funciones te será compensado-. Siguió explicando más contento, aunque lo camuflaba en su seriedad. –Igual que en un trabajo normal, sólo que a perpetuidad-. Sonrió. –Yo te dejo pensarlo unas horas para que valores bien los contras y los pros, reflexiónalo concienzudamente y me das una respuesta. El contrato está preparado, tanto si tomas la decisión de irte, como la de quedarte-. Volvió a mirar el dosier donde parecía tener toda mi vida y volvió a mirarme. –Pero sería una lástima no contar con tus dotes en este equipo-. Lanzó un pequeño suspiro. –En cualquier caso…-. Se levantó del sillón. –Ha sido un placer haberte conocido, Anna García. Ahora Jazmín te llevará a una habitación para que reflexiones. En tres horas vuelvo a recibirte y espero que traigas la respuesta contigo-. Fuimos caminando hacia la puerta.
-Yo también lo espero-. Suspiré pensando en el margen de tiempo y en las dos opciones que me había planteado. –Me alegro de haberle conocido, señor Satán-. El rio con cierta alegría.
-Por favor, Nicholas-. Sonrió mostrando una sonrisa blanca. -Si no queda muy extraño-. Yo asentí con la cabeza mientras salía por la puerta. –Jazmín, por favor, acompañe a la señorita García a la habitación de relax y en tres horas vuelves a traerla al despacho-. Ella asintió y se ofreció a que la siguiera.  


Annie Parte 2: Extraños personajes.   

4/8/14

Extraño final

Contemplo en silencio la hoguera que brilla sinuosa en la chimenea. Siento su calor y su luz sobre la piel. Respiro profundo y escucho aquellos sonidos que me arrullan en la noche. El crepitar de la fogata. El tintineo de los hielos en la copa que blando delicadamente en mi mano. Gemidos ahogados de las cuatro chicas que guardan en mi cama a que decida satisfacer sus fantasías más salvajes.
Aparto la mirada de aquella imagen hipnótica y contemplo, la ciudad a mis pies. El inmenso ventanal del salón muestra pequeñas hormigas blancas y rojas moviéndose a lo largo de aquel terrario abierto. Cada calle. Cada edificio. Cientos de miles de luces que aplasto con un solo dedo desde aquella altura.[Suspiro prolongado] Escucho mi propio suspiro. Uno de esos que escapa de tus actos conscientes, con un significado. No sé si me explico, porque es una sensación algo difícil de hacer entender a un tercero, a no ser… a no ser, claro que haya estado en una situación similar.
Me resulta difícil, de entender. Es complejo… y largo de explicar, aunque algo me dice que voy a tener tiempo de sobra. [Risa]… carezco del pálpito.
-Cielo-. Suena una voz aterciopelada y ligeramente jadeante. –Estamos esperándote, y estamos muy, muy calientes-. Se muerde el labio inferior. Aguarda desnuda mostrándome toda su belleza y perfección. Pero nada.
El magnetismo de la chimenea es infinitamente más fuerte y posesivo.
Tan solo hago un gesto con la mano que permanece libre en ademán de que fuesen empezando sin mí. Después de todo son ellas las que más tardan en correrse y caer extasiadas de placer.
-Ya iré, Michelle-. Susurro a la copa. 
[ · · · ]
En fin… retomando la reflexión, estaba a punto de esbozar la pregunta del millón. Algunos tal vez la hayan deducido. Otros solo especulan acerca del tema. Y los que restan, los más numerosos, aguardan a seguir leyendo estas líneas con el fin de que la desvele. En cualquier caso, y sea cual sea donde se encuentre, la diré. Y recuerden; el millón sigue en juego.
-Por qué si tienes juventud, dinero, fama y mujeres… ¿te sientes tan vacío?-. Susurró a mi oído una voz femenina, igual de sensual y delicada que la primear pero con un matiz muy diferente a esa.
Sus manos se apoyaron en mis hombros y descendió lentamente por mi pecho interponiéndose entre la seda y mi piel. Estaba sorprendido. Muy sorprendido. Porque aquello no lo hubiese dicho mejor ni yo mismo. ¡Qué diablos! Aquello era lo que había pensado exactamente. Aunque lo inquietante del asunto no era tanto la precisión de aquella frase, sino quién era ella. Porque no era Michelle, ni Sharon, ni Rachel, ni Lily.
Traté de volver la mirada pero aquellas manos lo impidieron de una forma tan delicada como firme.
-No, no, no-. Rio juguetona. –Por ahora guardemos el misterio-. Volvió a susurrar en mi oído, acariciándolo con sus labios carnosos, produciéndome un escalofrío. –Oh, disculpa. Lo estabas haciendo muy bien sin mí, no sé por qué me he inmiscuido-. Sus manos desaparecieron de la misma forma de la que llegaron. –Por favor, prosigue-. La voz se desvaneció lentamente en un murmuro.
Aquella experiencia me dejó demasiado descolocado, pero en el fondo tenía toda la razón. Lo tenía todo, aquello que quería se materializaba al poco, pero aun así el vacío era tan abisal que apenas llegaba a vislumbrarse el fondo. Resultaba tan frustrante. Tan… [Silencio prolongado]. Tan deprimente.
Tomé otro trago de la copa y dejé que su contenido regase mi garganta y dejase aquel aroma fuerte en mi boca. La mirada fija de nuevo en las llamas, su crepitar. Parecía que la respuesta a mi pregunta estaba en aquel recinto.
Aquel calor me confortaba, debía admitirlo. Resultaba agradable en aquellos momentos de confusión, donde eres presa fácil de toda clase de dudas. En esos ratos de vulnerabilidad ante el mundo. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, una sacudida que trajo consigo una respuesta.
Tal vez fuese la buena. Tal vez no.
La cura. O tal vez una tirita, para un cáncer terminal.
-¿Y bien?-. Susurró de nuevo aquella voz misteriosa. – ¿Ya tienes tu millón?-. Aquel matiz juguetón volvió a aparecer en su voz.
Tenía la sensación de que era una pregunta de esas que no hay que responder. Cómo se llamaban…
-Retóricas. Preguntas retóricas-. Se aproximó lentamente. –Y no, no lo es-.

Apuré el último trago de la copa. Inspiré mientras traía conmigo aquella tirita. Ahora llegaba el momento. Hasta entonces nunca me había parado a pensarlo fríamente y mientras hacía memoria trayendo pequeños fragmentos de recuerdos perdidos a lo largo de una vida de lo más alocada y repleta de desenfreno. Y entre ellos, vislumbré su imagen postrada en la cama del hospital, consumida por el cáncer. Varias lagrimas descolgarse a través de mis mejillas. Trato de sacar voz para responder pero en medio de aquella palabra sentí resquebrajarme deformando mi voz en un balbuceo prácticamente incomprensible. Pero aquella voz volvió de nuevo.
-El calor de tu madre-. Dijo convencida. –Pero tranquilo, he venido para llevarte con ella-. Un beso se depositó en mi frente.
La copa resbaló estallando en mil fragmentos sobre la alfombra. Poco después escuché distorsionados en la distancia varios gritos histéricos de aquellas cuatro chicas que me contemplaban completamente desnudas y perladas en sudor.  


15/5/14

[900 palabras contadas]

Bueno, con esa imagen en mente… /se pone sus gafas de lectura, se acomoda en el sillón, aclara su garganta antes de tomar aire y mirar a la chica que delante aguarda\.
Érase una vez que se era, en una extraña y lejana ciudad un misterioso joven que al calendario de mirar no dejaba. Algo en él lo inquietaba. Se movía levemente, mecido por el suave viento que se colaba por una de las ventanas abiertas. Un viento que arrastraba el aroma típico de mediados de febrero. El...


[-Vaya. Febrero, que casualidad-].
/Corta el relato. Mira por encima de sus gafas. Sonríe, sabe lo que ha pasado por la cabeza de su oyente\ ¡¿casualidad?! /Niega con la cabeza\. No es más que una historia de un viejo libro. /Blande el tomo en sus manos, pero con mimo\. Cualquier parecido con la realidad es un mero espejismo. /Devuelve la mirada al libro. Pero mantiene aquella sonrisa misteriosa y enigmática\ A ver... Por donde iba... ¡Ah! /Toma aire de nuevo para proseguir su historia\.

El chico lo miraba con fijeza mientras escuchaba de fondo la voz del profesor de turno. Monótona, monocorde. Apagada y distorsionada por una distancia infinita. Apenas lo escuchaba, no era más que un susurro en lo más profundo de su mente. Una vaga melodía.

Inspiro sin apenas notarlo cuando percibió un delicado aroma, aunque sin llegar a saber de qué o quién lo desprendía. Solo miraba su número. Aquel número que colgaba burlón en la superficie plateada de aquel calendario.
El ruido de la campana lo devolvió con brusquedad a aquella patética realidad en la que navegaba sin rumbo. Y menos aquel día. Caminaba lentamente. No tenía prisa por llegar a casa, nadie lo esperaba. 

Tenía comida en la nevera con una nota de su madre con unas delicadas notas del menú que tendría para aquel día. "ensalada mixta al gusto". Pero fue en medio de su silenciosa comida cuando el teléfono vibro sobre la mesa. Aparecía en la pantalla el reflejo de un nombre y un número de teléfono. La conocía. Pero le extrañaba e intrigaba sobremanera lo que aquella llamada podría depararle. Un viernes sin plan alguno era sinónimo de una improvisación de lo más arriesgada.
-Nunca...-. Dijo al poco de estar hablando con ella. -Vaya, es una lástima. Deberías verlo, es increíble. Me parece algo digno de compartir-.
-...- Guardo  silencio mientras miraba sus gestos reflejados en la ventana.
-me encantaría llevarte-. Dijo con cierta sorpresa para sí.
-...-
-¿¡¿¡¿¡Esta tarde!?!?!?-. Aquello le pillo por completa sorpresa. Aquello tenía cientos. No. Miles de connotaciones ocultas. Y hoy precisamente.
-...-.
-...-.
-Bueno, de acuerdo. A las siete-.

Estaba consternado. No se lo podía creer. Aquello era raro. Y una locura, todo sea dicho de paso. El tiempo fluia, alargándose y estirándose como si fuese una goma elástica sin límite de rotura. Cada minuto eran mil y un pensamientos. Finalmente llegó el momento. La hora de partida.

Recogió a su pasajera. Quedaba un largo camino por delante. La autovía comenzaba a extenderse ante ellos. Conducía deprisa, pero sin rebasar los límites marcados. Sonaba solo la música de fondo. Rápida y rítmica. El resto solo silencio. Alguna mirada, fugaz. Retrovisor. Pasajero. Carretera. Velocímetro. Llegó su salida y la tomaron lentamente para comenzar la ascensión hasta una vieja vía forestal. La recorrieron entre botes, baches, algún zigzag mientras la tarde caía sobre ellos.

El pinar. Aquel terreno donde aquellos arboles típicos campaban a sus anchas. Creciendo. Adornando. Dando vida. Creando una atmosfera extraña. Dejaron el coche junto a un pino, cerca de un pequeño claro. El no quería extraviarlo, aunque conociese bien aquel lugar. Comenzaron a pasear. En silencio. Escuchando solo sus pisadas en medio de la nada. El viento ululaba entre los troncos. Movía las copas entrelazadas. Ella corría y saltaba como un cervatillo. El aguardaba a distancia mientras en silencio pensaba. Recordaba más bien.

Llegaron a un lugar donde quedaba emplazada una vieja mina abandonada. Se sentaron mirando los últimos rayos de la tarde esconderse en el horizonte. El frio los envolvía. El sentía pequeños escalofríos. Se sentó junto a ella mirando el horizonte. La rodeo la cintura y siguió en silencio escuchando la naturaleza que los rodeaba. El pinar. Ella habló, daba una ligera opinión de aquello que nunca había visto y que tanta intriga despertaba. No en balde ella era una gatita muy curiosa. El frio arreciaba. Tras la muerte del sol se levantaron de nuevo. Caminaron de regreso.
Allí estaban de nuevo. En el claro. El coche aguardaba en la noche. Él, antes de partir, tomó una foto de un recuerdo que olvidaría aquella misma noche si pudiese. Dejando aquello como recordatorio de algo raro que vivió. Un relato que invento en una noche de verano mientras luchaba por caer rendido ante el sueño. Regresaron al coche. Bajaron despacio. Condujeron en tinieblas por el camino hasta llegar a la carretera por la que retornaron a la ciudad de nuevo.
Tras dejar a su pasajera en el lugar de encuentro reanudo su marcha mientras veía salpicado el cristal del llanto de las nubes de aquel “catorce-de-febrero”.

/Sonríe, mientras cierra el libro. Mira por encima de sus gafas a la chica que lo escucha, aguarda en silencio\.
Y con esto, colorín colorado este cuento se ha acabado. /Ríe en el sillón\. Disculpa si te he aburrido, a veces se hace más largo de lo conveniente. /Sonríe, aunque niega con la cabeza\ ¿Qué te ha parecido?  /Cierra el maltrecho libro y lo guarda con delicadeza en una inmensa estantería\.

5/3/14

Alterne


Te veo ahí tumbada, sobre el negro y frio metal, mostrando todas las curvas que te conforman. Aquellas partes cubiertas por delicadas rejillas estimulan mi curiosidad con avidez aunque no tanto como aquellas que ocultas con travesura, comburente en el interior de mis entrañas.
Provocas mis ansias por conocer tu interior. Me aproximo hacia ti. Retiro con cuidado la cubierta que tapa el puente, lo cruzo con suavidad al otro lado mientras siento en mis manos las rectificaciones de tu electrizante carácter.
¿De dónde viene? Me pregunto, esa curiosidad se ha tornado en un ácido corrosivo que me quema lentamente. Sucumbo a ti al desaflojar cada botón que cierra tu ropa. Sin prisa. Lentamente, sintiendo cada giro entre mis dedos. Intuyendo lo existente al otro lado a través de las oquedades de la rejilla, veo que algo se mueve en tu interior, pero qué, vuelvo a cuestionar.
Difícil me resulta pero tras algo de perseverancia derrito las últimas conexiones de tu ropa, dejando al descubierto aquel misterioso interior. Un collar rojizo metalizado, cobre tal vez, aunque no me atrevo a aventurar. Miro aquel adorno del que cuelgan tres puntas entrelazadas dos a dos entre sí. ¿¡Triangulo!? Digo para mí.
Tu corazón queda desvelado. Órgano generador. Gira y gira electrificando su alrededor. Me imantas con violencia, atrayéndome hacia ti. Demasiado fuerte es el campo. No me puedo resistir pero con ayuda de la prensa logro salir, cubriéndote de nuevo y olvidándome de ti.  

23/2/14

Night adventure.

Circulaba por las calles de la ciudad de Tokio, el sol había caído. La noche había invadido el cielo. ¡Pero cielos, quién lo diría! Entre tanta pantalla y luz seguía pareciendo de día. Por todos sitios, allí donde mirases había alguna pantalla gigante. Era sábado y por las aceras caminaba una ingente cantidad de personas. Adolescentes en su mayoría, todos de uniforme, seguramente a la búsqueda de buenos ratos al abrigo de alguna discoteca o algo. Yo por el contrario, mi diversión quedaba en otra actividad, en mi opinión mucho más estimulante, o al menos eso espero.
Un semáforo horizontal detiene mi paso. Respiro en profundidad, y aunque el interior queda completamente oculto desde el exterior, me pongo un casco para cubrir el rostro. Enciendo la música que baña el interior. Una melodía rápida y fluida. En pocos segundos aquella locura iría conformando poco a poco una realidad. Acelero el motor. Suena horondo a través de los enormes tubos de escape que se descuelgan hasta la parte de atrás. Cambia el semáforo a verde y hundo el pedal hasta tocar tope. El coche responde de inmediato con violencia dejando un chirrido descomunal sobre el asfalto. Varias miradas se vuelven para observar, ignoro sus pensamientos pero tampoco me importan. Ahora estoy pegado contra el asiento mientras las agujas suben. El reto está en no colisionar contra nada y sobre todo que no te pillen los de azul. Sonrío una vez más antes de vaciarme por completo y comenzar a zigzaguear entre el tráfico.
 
En estas circunstancias las luces rojas pierden todo significado. Los cruces son meras loterías en las que solo caben los cálculos y los reflejos. Las calles, a pesar de la anchura, son complicadas por la cantidad de vehículos que van por ellas. Pero precisamente es ahí donde se haya la diversión. Escucho pitidos. Ruedas que deslizan tratando de detener su avance. Algún atisbo de cristales rotos y chapa abollada. Pero no hay daños graves, porque tampoco es que se circule excesivamente rápido. Un nuevo cruce se avecina con el semáforo recién puesto en rojo, el coche al que sigo frena. Me aseguro antes de tirar del freno brevemente para salir al carril contrario y sortearlo a gran velocidad. Aparece un coche tras una furgoneta que iniciaba el giro. El pulso se acelera y el tiempo parece detenerse. Las reacciones son completamente instintivas. Contra volantas mientras pisas los tres pedales al mismo tiempo, recudes marcha y rezas para que salga como has esbozado con velocidad en la mente. Las ruedas patinan generando una vahada de goma evaporada. El coche comienza a deslizar. El camión para en seco y el otro coche lo intenta. Te dá, piensas mientras miras los otros vehículos que circulan por la perpendicular. Entonces pasas limpio incorporándote completamente cruzado a la vía transversal. Alzas un grito de victoria por el éxito de la maniobra, pero este dura poco porque detrás de otro par de coches se encienden de pronto unas luces rojas, junto con el sonido de las sirenas. La policía. Se va poniendo más interesante. Emprende en tu persecución pero parece que se queda atrás con un par de maniobras extrañas. Sales de nuevo a otro cruce, vas perdido virando sin más, de forma aleatoria, buscando la mayor facilidad de maniobra. Vigilas los retrovisores en busca de la policía aunque nada por el momento.

Continuo sorteando coches sin importar el lado, bailando entre los carriles al son de la ciudad. Me veo reflejado en algunos escaparates. Una estela negra que circula a toda velocidad. Parece que estoy en el centro de la ciudad, solo por la creciente población de viandantes y rascacielos repletos de luces y pantallas. Contemplo con cierto miedo como al fondo de la calle se levanta una muralla de viandantes que colapsan mi paso, y no conforme con eso, también se escuchan con cierta nitidez el eco de varias sirenas de la policía que se abren paso entre la circulación. Cruzo el coche sorteando a una pareja de camiones. Hago sonar el claxon del coche y contemplo como aquella muralla se abre abruptamente. Los peatones corren, otros se detienen. Siguen en movimiento unos pocos ajenos a lo que pasa. Me adentro y me fijo en un grupo de colegialas que ha quedado dividido por la separación. Paso fugaz levantando gritos. Miro en el retrovisor como una de ellas sostiene su falda levantada. Escucho el chirrido de los frenos por detrás. Me escapo acelerando más si cabe hasta dejar la aguja en casi ciento veinte por hora. Parece que aquello se termina. Veo al fondo un paso elevado, lo que me hace pensar en la autovía. Piso el freno dejando el coche clavado milímetros antes de la línea. Una nueva sirena se escucha en la calle. Viene rápido. Mis nervios se desmadran al saber que sigo todavía en la persecución. Veo la luz parpadeante reflejada en un escaparate. Acelero el coche aun con el embrague hundido hasta el fondo. De pronto una ambulancia atraviesa el cruce adentrándose en este con cierta duda. Respiro con alivio. El semáforo cambia a verde. Me adentro lo que parece la entrada a ese paso elevado. No sé a dónde conduce pero es lo mismo. Gano velocidad sintiendo la fuerza del par motor. Suena el turbo en cada intervalo de marchas. Silbido y descarga. La circulación parece fluida. Se abren varios carriles. La aguja toca su tope. No quedan números que señalar. Doscientos nada más. Sorteo bailando entre carriles, incluso el arcén. Veo un coche varado en la cuneta, parece a la espera. Arranca tras de mí encendiendo varias luces rojas. No tarda demasiado en colocarse a mi cola. El tráfico vuelve a densificarse obligándome a reducir la velocidad y aumentar el número y rapidez de los quiebros, que no siempre eran posibles. Busco la siguiente salida. Están casi pegados. Regreso a la concurrida ciudad. Parece que les pierdo. Entro en una calle estrecha, sin percatarme de la señal que restringía esa dirección. Varias luces blancas me miran con horror, y al fondo dos patrullas que se acercan. Miro en rededor en busca de una alternativa para librarme. Entonces veo un enorme vano en la pared. Leo parking justo encima. Viro de forma brusca y me adentro en la cueva. Veo pasar las sirenas de largo a través de los retrovisores. Aparco en el primer sitio libre que veo. Apago el motor. Bajo del coche. Cojo las placas del paletero y las coloco en los respectivos lugares con un par de “clic” cada una. Dejo el casco en el maletero y regreso a la calle perdiéndome como otro coche más en aquella increíble ciudad.