poemas de amor Crazzy Writer's notebook: coches
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15/5/14

[900 palabras contadas]

Bueno, con esa imagen en mente… /se pone sus gafas de lectura, se acomoda en el sillón, aclara su garganta antes de tomar aire y mirar a la chica que delante aguarda\.
Érase una vez que se era, en una extraña y lejana ciudad un misterioso joven que al calendario de mirar no dejaba. Algo en él lo inquietaba. Se movía levemente, mecido por el suave viento que se colaba por una de las ventanas abiertas. Un viento que arrastraba el aroma típico de mediados de febrero. El...


[-Vaya. Febrero, que casualidad-].
/Corta el relato. Mira por encima de sus gafas. Sonríe, sabe lo que ha pasado por la cabeza de su oyente\ ¡¿casualidad?! /Niega con la cabeza\. No es más que una historia de un viejo libro. /Blande el tomo en sus manos, pero con mimo\. Cualquier parecido con la realidad es un mero espejismo. /Devuelve la mirada al libro. Pero mantiene aquella sonrisa misteriosa y enigmática\ A ver... Por donde iba... ¡Ah! /Toma aire de nuevo para proseguir su historia\.

El chico lo miraba con fijeza mientras escuchaba de fondo la voz del profesor de turno. Monótona, monocorde. Apagada y distorsionada por una distancia infinita. Apenas lo escuchaba, no era más que un susurro en lo más profundo de su mente. Una vaga melodía.

Inspiro sin apenas notarlo cuando percibió un delicado aroma, aunque sin llegar a saber de qué o quién lo desprendía. Solo miraba su número. Aquel número que colgaba burlón en la superficie plateada de aquel calendario.
El ruido de la campana lo devolvió con brusquedad a aquella patética realidad en la que navegaba sin rumbo. Y menos aquel día. Caminaba lentamente. No tenía prisa por llegar a casa, nadie lo esperaba. 

Tenía comida en la nevera con una nota de su madre con unas delicadas notas del menú que tendría para aquel día. "ensalada mixta al gusto". Pero fue en medio de su silenciosa comida cuando el teléfono vibro sobre la mesa. Aparecía en la pantalla el reflejo de un nombre y un número de teléfono. La conocía. Pero le extrañaba e intrigaba sobremanera lo que aquella llamada podría depararle. Un viernes sin plan alguno era sinónimo de una improvisación de lo más arriesgada.
-Nunca...-. Dijo al poco de estar hablando con ella. -Vaya, es una lástima. Deberías verlo, es increíble. Me parece algo digno de compartir-.
-...- Guardo  silencio mientras miraba sus gestos reflejados en la ventana.
-me encantaría llevarte-. Dijo con cierta sorpresa para sí.
-...-
-¿¡¿¡¿¡Esta tarde!?!?!?-. Aquello le pillo por completa sorpresa. Aquello tenía cientos. No. Miles de connotaciones ocultas. Y hoy precisamente.
-...-.
-...-.
-Bueno, de acuerdo. A las siete-.

Estaba consternado. No se lo podía creer. Aquello era raro. Y una locura, todo sea dicho de paso. El tiempo fluia, alargándose y estirándose como si fuese una goma elástica sin límite de rotura. Cada minuto eran mil y un pensamientos. Finalmente llegó el momento. La hora de partida.

Recogió a su pasajera. Quedaba un largo camino por delante. La autovía comenzaba a extenderse ante ellos. Conducía deprisa, pero sin rebasar los límites marcados. Sonaba solo la música de fondo. Rápida y rítmica. El resto solo silencio. Alguna mirada, fugaz. Retrovisor. Pasajero. Carretera. Velocímetro. Llegó su salida y la tomaron lentamente para comenzar la ascensión hasta una vieja vía forestal. La recorrieron entre botes, baches, algún zigzag mientras la tarde caía sobre ellos.

El pinar. Aquel terreno donde aquellos arboles típicos campaban a sus anchas. Creciendo. Adornando. Dando vida. Creando una atmosfera extraña. Dejaron el coche junto a un pino, cerca de un pequeño claro. El no quería extraviarlo, aunque conociese bien aquel lugar. Comenzaron a pasear. En silencio. Escuchando solo sus pisadas en medio de la nada. El viento ululaba entre los troncos. Movía las copas entrelazadas. Ella corría y saltaba como un cervatillo. El aguardaba a distancia mientras en silencio pensaba. Recordaba más bien.

Llegaron a un lugar donde quedaba emplazada una vieja mina abandonada. Se sentaron mirando los últimos rayos de la tarde esconderse en el horizonte. El frio los envolvía. El sentía pequeños escalofríos. Se sentó junto a ella mirando el horizonte. La rodeo la cintura y siguió en silencio escuchando la naturaleza que los rodeaba. El pinar. Ella habló, daba una ligera opinión de aquello que nunca había visto y que tanta intriga despertaba. No en balde ella era una gatita muy curiosa. El frio arreciaba. Tras la muerte del sol se levantaron de nuevo. Caminaron de regreso.
Allí estaban de nuevo. En el claro. El coche aguardaba en la noche. Él, antes de partir, tomó una foto de un recuerdo que olvidaría aquella misma noche si pudiese. Dejando aquello como recordatorio de algo raro que vivió. Un relato que invento en una noche de verano mientras luchaba por caer rendido ante el sueño. Regresaron al coche. Bajaron despacio. Condujeron en tinieblas por el camino hasta llegar a la carretera por la que retornaron a la ciudad de nuevo.
Tras dejar a su pasajera en el lugar de encuentro reanudo su marcha mientras veía salpicado el cristal del llanto de las nubes de aquel “catorce-de-febrero”.

/Sonríe, mientras cierra el libro. Mira por encima de sus gafas a la chica que lo escucha, aguarda en silencio\.
Y con esto, colorín colorado este cuento se ha acabado. /Ríe en el sillón\. Disculpa si te he aburrido, a veces se hace más largo de lo conveniente. /Sonríe, aunque niega con la cabeza\ ¿Qué te ha parecido?  /Cierra el maltrecho libro y lo guarda con delicadeza en una inmensa estantería\.

23/2/14

Night adventure.

Circulaba por las calles de la ciudad de Tokio, el sol había caído. La noche había invadido el cielo. ¡Pero cielos, quién lo diría! Entre tanta pantalla y luz seguía pareciendo de día. Por todos sitios, allí donde mirases había alguna pantalla gigante. Era sábado y por las aceras caminaba una ingente cantidad de personas. Adolescentes en su mayoría, todos de uniforme, seguramente a la búsqueda de buenos ratos al abrigo de alguna discoteca o algo. Yo por el contrario, mi diversión quedaba en otra actividad, en mi opinión mucho más estimulante, o al menos eso espero.
Un semáforo horizontal detiene mi paso. Respiro en profundidad, y aunque el interior queda completamente oculto desde el exterior, me pongo un casco para cubrir el rostro. Enciendo la música que baña el interior. Una melodía rápida y fluida. En pocos segundos aquella locura iría conformando poco a poco una realidad. Acelero el motor. Suena horondo a través de los enormes tubos de escape que se descuelgan hasta la parte de atrás. Cambia el semáforo a verde y hundo el pedal hasta tocar tope. El coche responde de inmediato con violencia dejando un chirrido descomunal sobre el asfalto. Varias miradas se vuelven para observar, ignoro sus pensamientos pero tampoco me importan. Ahora estoy pegado contra el asiento mientras las agujas suben. El reto está en no colisionar contra nada y sobre todo que no te pillen los de azul. Sonrío una vez más antes de vaciarme por completo y comenzar a zigzaguear entre el tráfico.
 
En estas circunstancias las luces rojas pierden todo significado. Los cruces son meras loterías en las que solo caben los cálculos y los reflejos. Las calles, a pesar de la anchura, son complicadas por la cantidad de vehículos que van por ellas. Pero precisamente es ahí donde se haya la diversión. Escucho pitidos. Ruedas que deslizan tratando de detener su avance. Algún atisbo de cristales rotos y chapa abollada. Pero no hay daños graves, porque tampoco es que se circule excesivamente rápido. Un nuevo cruce se avecina con el semáforo recién puesto en rojo, el coche al que sigo frena. Me aseguro antes de tirar del freno brevemente para salir al carril contrario y sortearlo a gran velocidad. Aparece un coche tras una furgoneta que iniciaba el giro. El pulso se acelera y el tiempo parece detenerse. Las reacciones son completamente instintivas. Contra volantas mientras pisas los tres pedales al mismo tiempo, recudes marcha y rezas para que salga como has esbozado con velocidad en la mente. Las ruedas patinan generando una vahada de goma evaporada. El coche comienza a deslizar. El camión para en seco y el otro coche lo intenta. Te dá, piensas mientras miras los otros vehículos que circulan por la perpendicular. Entonces pasas limpio incorporándote completamente cruzado a la vía transversal. Alzas un grito de victoria por el éxito de la maniobra, pero este dura poco porque detrás de otro par de coches se encienden de pronto unas luces rojas, junto con el sonido de las sirenas. La policía. Se va poniendo más interesante. Emprende en tu persecución pero parece que se queda atrás con un par de maniobras extrañas. Sales de nuevo a otro cruce, vas perdido virando sin más, de forma aleatoria, buscando la mayor facilidad de maniobra. Vigilas los retrovisores en busca de la policía aunque nada por el momento.

Continuo sorteando coches sin importar el lado, bailando entre los carriles al son de la ciudad. Me veo reflejado en algunos escaparates. Una estela negra que circula a toda velocidad. Parece que estoy en el centro de la ciudad, solo por la creciente población de viandantes y rascacielos repletos de luces y pantallas. Contemplo con cierto miedo como al fondo de la calle se levanta una muralla de viandantes que colapsan mi paso, y no conforme con eso, también se escuchan con cierta nitidez el eco de varias sirenas de la policía que se abren paso entre la circulación. Cruzo el coche sorteando a una pareja de camiones. Hago sonar el claxon del coche y contemplo como aquella muralla se abre abruptamente. Los peatones corren, otros se detienen. Siguen en movimiento unos pocos ajenos a lo que pasa. Me adentro y me fijo en un grupo de colegialas que ha quedado dividido por la separación. Paso fugaz levantando gritos. Miro en el retrovisor como una de ellas sostiene su falda levantada. Escucho el chirrido de los frenos por detrás. Me escapo acelerando más si cabe hasta dejar la aguja en casi ciento veinte por hora. Parece que aquello se termina. Veo al fondo un paso elevado, lo que me hace pensar en la autovía. Piso el freno dejando el coche clavado milímetros antes de la línea. Una nueva sirena se escucha en la calle. Viene rápido. Mis nervios se desmadran al saber que sigo todavía en la persecución. Veo la luz parpadeante reflejada en un escaparate. Acelero el coche aun con el embrague hundido hasta el fondo. De pronto una ambulancia atraviesa el cruce adentrándose en este con cierta duda. Respiro con alivio. El semáforo cambia a verde. Me adentro lo que parece la entrada a ese paso elevado. No sé a dónde conduce pero es lo mismo. Gano velocidad sintiendo la fuerza del par motor. Suena el turbo en cada intervalo de marchas. Silbido y descarga. La circulación parece fluida. Se abren varios carriles. La aguja toca su tope. No quedan números que señalar. Doscientos nada más. Sorteo bailando entre carriles, incluso el arcén. Veo un coche varado en la cuneta, parece a la espera. Arranca tras de mí encendiendo varias luces rojas. No tarda demasiado en colocarse a mi cola. El tráfico vuelve a densificarse obligándome a reducir la velocidad y aumentar el número y rapidez de los quiebros, que no siempre eran posibles. Busco la siguiente salida. Están casi pegados. Regreso a la concurrida ciudad. Parece que les pierdo. Entro en una calle estrecha, sin percatarme de la señal que restringía esa dirección. Varias luces blancas me miran con horror, y al fondo dos patrullas que se acercan. Miro en rededor en busca de una alternativa para librarme. Entonces veo un enorme vano en la pared. Leo parking justo encima. Viro de forma brusca y me adentro en la cueva. Veo pasar las sirenas de largo a través de los retrovisores. Aparco en el primer sitio libre que veo. Apago el motor. Bajo del coche. Cojo las placas del paletero y las coloco en los respectivos lugares con un par de “clic” cada una. Dejo el casco en el maletero y regreso a la calle perdiéndome como otro coche más en aquella increíble ciudad.

18/11/13

Penssamientos Effimeros

Sentir como tu pulso se acelera sin razón.
 
Queriendo seguir el ritmo cardiaco del motor.
 
Ver ese pequeño tramo negro entre la alineación de blancas rayas.
 
Cruzándose, bailando al son de una música, tan rápida como tu paso.
 
Oculto en la más densa noche.
 
Corres.
 
Corres.
 
Suben los números.
 
Bajan las agujas.
  Caminan por el lado diestro de las esferas.
 
Huyes de tus pensamientos que quedan atrás en el tiempo y la distancia.
 
Durante efímeros segundos nada existe.
 
Nada importa.
 
Solo la trazada que dibujas en la noche.
 
Cortina breve abierta en la lluvia.
 
Las gotas destrozadas por tu paso. 
Estrelladas en la luna y barridos sus despojos después. 

24/4/13

The Girl [Fugaz, part 12]

Caminaba esquivando a la gente mientras mantenía la mirada fija en él. Su paso era demasiado rápido y me iba sacando distancia con cada paso que daba. Estaba saliendo del recinto, a punto de pasar por los arcos de seguridad, cuando yo todavía estaba cruzando el patio interior. Una parte de mi estaba enfadada conmigo misma, la otra desconcertada. Tanto tiempo pensando en él y cuando te habla cometes semejante patinazo, pensaba. Mis pasos eran cortos y rápidos. Cuando salí a la calle vi con horror como un coche partía velozmente. Su conductor hundió el pedal del acelerador logrando pasar el semáforo poco antes de la luz roja, desapareciendo tras la esquina de un edifico. Mi corazón se detuvo en aquel mismo instante. Los ojos se inundaron dejando escapar una pequeña lágrima.
 


Reanude mi paso en dirección a la parada de autobús. Ahora mismo no tenia ganas de nada y menos de salir. Todo aquello se esfumó como la vahada oscura del escape de aquel vehículo fugado. Ahora mismo era un conglomerado de sentimientos confrontados, quería llorar, reír, gritar, correr, hundirme en la negrura de aquel mundo a parte de mis recuerdos. Un sonido ronco y pesado pasó a mi lado destrozándome los oídos y los pensamientos. El autobús acababa de pasar a mi lado. Comencé a correr, aún estaba algo lejos de la parada y necesitaba llegar a casa cuanto antes. El conductor debió de verme por el retrovisor porque mantuvo las puertas abiertas hasta que logré alcanzarlo.
Mi respiración estaba entrecortada, no podía cubrir mi propia demanda de aire, el conductor me miró con una pequeña sonrisa. Desde luego la carrera fue intensa. Después de varios intentos logré picar mi tarjeta. Comencé a caminar tambaleante por el habitáculo, buscando un sitio apartado donde poder aislarme. No había dado tres pasos cuando me fijé en una sombra rojiza reflejada en el cristal. Estaba cabizbajo, con la mirada concentrada en un punto del suelo. Me acerqué a él con curiosidad. Muchas preguntas se me estrellaron de repente.
-{Ese chico… había estado jugando conmigo a ese juego de mesa.}- pensé – {Se parece tanto a él. ¿Cómo lo llamó la chica esa? No lo recuerdo. Pero Lidia dijo que era el que había tratado de hablarme antes de…}-.
-…era una posibilidad muy alta. Te has arriesgado mucho, era obvio que después de tanto tiempo tuviese novio. Debiste buscarla… tenias medios y conocimientos… pero por qué…- Murmuraba para sí concentrado en ese punto del suelo del bus.
-¿Arturo?- Pregunté aproximándome a él. Tenía la sensación de que fuese él pero no estaba segura. El chico cortó su monologo y levantó ligeramente la mirada. –Lo siento…-. Las palabras se me atrancaron en la garganta.
-No pasa nada, Elisa, era algo inevitable-. Su mirada seguía perdida.
-…esperándote… tanto tiempo…-. Estábamos frente a frente. -…tenía tantas ganas de verte.- Entonces levantó la mirada.
El bus frenó bruscamente. La inercia completó el recorrido restante hasta encontrarme con el tacto suave de sus labios. Aquellos dos monólogos inconexos dejaron de tener sentido. Fuimos engullidos por el silencio y la sorpresa. Eran tal y como los recordaba de aquel último beso antes de dormir aquella noche tan lejana. Entonces sentí como sus brazos envolvían mi espalda lentamente. Nos miramos en silencio un rato.
-En qué parada te bajas, Arturo- Continuaba abrazándome, como temiendo que me esfumase como el humo.
-En fuente dorada, ¿Tú a dónde vas?- su expresión irradiaba curiosidad.
-Yo me iba para la estación de buses para llegar a casa-. Su parada se aproximaba y no podía perderlo de nuevo.
-¿Eres de algún pueblo?-. Miró por la ventanilla para cerciorarse de dónde se encontraba.
-Vivo en Medina del campo.- Algo me decía que aquella pregunta no era tan inocente como aparentaba.
El autobús fue reduciendo la velocidad hasta detenerse en fuente dorada. Se acabó, ese fue el fin de nuestro fortuito encuentro.
-Está bien saberlo. Me despido, espero poder verte pronto. Elisa-. Me abrazó con fuerza y dejó un beso demasiado corto en mis labios antes de bajarse.

-Pero… pero…- tantas preguntas y un tiempo tan escaso. Pensé rápidamente en la pregunta que más información podría darme en el menor tiempo posible. -¿Te veré mañana?- dije antes de que las puertas se cerrasen de nuevo. Entonces vi como negaba con la cabeza. Y el matiz de su mirada corroboraba aquella afirmación. Pero antes de que el bus se volviese a poner en marcha puede reconocer aquella sonrisa traviesa con la que tantas veces había soñado.

:: Parte 13 ::

4/4/13

The Girl [Accidente, part 9]

Desperté sobresaltado. Sentía como algunas estelas caían por mi frente. Estaba atrapado por sus brazos. Una noche más. Ya se había convertido en una costumbre. Y no lo soportaba. Traté de zafarme de aquella jaula con el mayor de los sigilos, y a priori funciono. Camine en medio de aquella noche tratando de recordar aquello que me había sacado del sueño pero sin resultado. Las caricias del frio se hacían más perceptibles en aquellas partes ahogadas por el sudor. Al pasar por delante del reloj me fije que sus agujas oscuras marcaban aproximadamente las cuatro de la mañana. Recorrí los últimos metros antes de llegar al baño y me encerré en la ducha.
El caer del agua ardiente alivió un poco aquella sensación. El agua fluía llevándose consigo aquellos rastros pegajosos. Vaciaba mi mente de aquellas ideas que no eran necesarias en aquel momento. Una noche de verano. Coche extranjero de blanco satinado. Figurita demoniaca danzarina. Metro. Compañeras de piso. Chicas misteriosas. Sentimientos extraviados…
Salí de la ducha envuelto en una improvisada túnica. Me dirigí a la cocina y allí miré por la ventana al deshabitado paraje nocturno de la ciudad. Solo los haces de las farolas sobre el pavimento mojado. Y si te fijabas bien, podías distinguir las gotas de agua que cruzaban por los halos anaranjados.
De pronto, una estela intermitente atravesó la calle a una velocidad de vértigo. Solo se escuchaba el motor tras de sí. El Samur, nunca descansa pendiente veinticuatro horas de cualquier emergencia que pueda surgir. Desmayos. Accidentes domésticos. Atracos. Colisiones…
Entonces se encendió una luz. Recordé fugazmente el sueño. Una colisión, una fuerte colisión en medio de una recta. Tres coches en la noche, implicados en un choque por alcance. Un coche naranja perseguía veloz a un segundo, un compacto de color rojo metalizado. Quería cogerlo a toda costa. Pero el perseguidor no se percató del coche blanco al que su presa perseguía a su vez. El blanco y el rojo jugaban entre ellos. Las distancias eran mínimas, y al frenar de forma repentina el primero de todos… se produjo. Pillándome a mí en medio de los otros dos vehículos. El peor parado de todos.   
-Pequeñín, ¿estás bien?- Unos brazos volvieron a apresarme enlazándose por la cintura. Me atrajeron hacia su cuerpo que se aplasto con el mio. La voz mostraba preocupación en su tono.
-No, estoy bien Alicia- Mi voz era un susurro. Miraba su reflejo en el cristal. Aquel rostro delicado. Su melena despeinada. Y aquella calle vacía.
-Volvamos a la cama- Aquella frase quedo reforzada por un pequeño beso en el cuello. Entonces otro flas se apoderó de mi.
-Voy a prepararme un vaso de cola cao. ¿Te apetece uno?-. No quería regresar. Me alejé de la ventana y camine hacia la nevera.
-No, gracias. No tardes, ¿vale?- Sus manos deshicieron el nudo y partieron dejando una estela de caricias en su marcha. Escuche sus pasos alearse a la habitación.
Me vestí con lo primero que vi. Me daba igual el qué o el color, simplemente deseaba estar en la calle. Me llamaba. Tome el casco que estaba en el sillón y las llaves. Ansiaba la calle a cualquier precio. Salí a la terraza y me descolgué los dos pisos hasta llegar a la calle. De pequeño me dio por el parkour y cuando me castigaban solía salir de la misma forma. Y daba gracias por ello.
Caminé arrastrando la moto un par de manzanas y después me deslice bajo la lluvia lentamente. Concentrado en el ronco ronroneo de aquella bestia. Escuchaba mi voz una y otra vez repitiendo la misma frase.
-{Se ha terminado el cola cao y he ido a por un bote}-.


 Parte 10

1/4/13

The Girl [Recuerdos, part 8]


El sol ya había desaparecido cuando salía de la facultad. El último examen, al fin. Después de largos días encerrado entre los muros de aquel edificio se hacia agradable sentir el gélido tacto del aire sobre la cara. Una fina llovizna bañaba las calles y contra ella un paraguas hacia mas bien el efecto contrario al que estaba destinado. Caminaba a paso ligero hacia la parada de metro.
A medida que descendía por la escalinata se hacia más perceptible el calor que manaba de los motores de aquellos enormes gusanos subterráneos. Llevaba casi cuatro años viviendo en Madrid y sin embargo nunca dejaría de sorprenderme todo aquel entramado de túneles que se extendía como un mundo paralelo. Recorrí el estrecho andén lentamente siguiendo el ritmo que manaba tímidamente de mis cascos. Esperando, como tantos otros estudiantes. Un panel luminoso no muy alejado anunciaba que faltaban tres minutos para la llegada del próximo tren. Había tenido suerte.
En mi cabeza, las ideas se agolpaban en la linde de los pensamientos inconscientes, como todos aquellos estudiantes. A menudo durante los trayectos muchas veces dedicaba tiempo a pensar en esas asociaciones que mi torturada mente generaba. Y durante los últimos días, a parte de los exámenes, otras cosas rondaban mi cabeza pero tenían un denominador común. El mismo nombre: Alicia.
Un traqueteo metálico en la lejanía se aproximó con velocidad cortando mis pensamientos. El tren había efectuado la entrada en la estación, y a través de los cristales no era complicado deducir que tocaría ir de pies. Acoplado como buenamente me dejaron. Un silbato de sonido metálico advirtió del cierre de puertas y poco después abandonamos la estación con un suave zumbido. El chirriar de las ruedas y el esporádico “clacleo” de las soldaduras no hicieron mas que inducirme lentamente en el trance mientras miraba perdidamente un punto del angosto vagón.
Yo compartía piso con Alicia pero nos conocimos hace un par de años, por casualidad. Ciertamente no me sorprendió cuando me dijo que se pagaba los estudios trabajando como modelo. Ella era una chica de una belleza impresionante. Su pelo anaranjado contrastaba mucho con sus ojos grises azulados y su piel morena. Aquella combinación conseguía que cualquier chico cayese presa de sus encantos. Pero aquella mirada intensa ahora estaba apagada y triste. Y eso me preocupaba. Aunque lo que más miedo me daba era aquella actitud tan cariñosa con la que me trataba, y al sumar que dormía conmigo hacia saltar todas las alarmas. Surgían preguntas. Te abordaban, más bien. Por qué yo. ¿Sería por desesperación? Y otras paranoias semejantes.
Pensando, casi me pasé la parada pero tuve buenos reflejos y conseguí salir del vagón a tiempo. Caminando de nuevo regresé a la fría superficie. Todavía quedaba un pequeño trecho antes de llegar al portal. Caminaba solo, no había nadie más por la calle. Casi escuchaba el eco de las finas gotas en el suelo. Entonces lo vi. Blanco y afilado. Iluminado bajo la luz anaranjada de una farola alejada. Voló mi imaginación rauda por los recuerdos. La asociación fue inmediata.
Gracias por esta noche tan especial. Ha sido maravillosa Bss. Elisa
Boquiabierto me acerqué lentamente. ¿Sería verdad? Después de buscarla durante el verano. Pero entonces me fijé en la matrícula y no coincidía con aquel coche que estuve persiguiendo aquella noche. Pero aquel recuerdo no se desvaneció, sino que permaneció hasta que caí profundamente dormido aquella noche.

4/11/12

The Girl [Despedida, part 3]


Aquel aroma se desvanecía. Ya no era aquel olor dulce sino algo más penetrante. Sin dudar ya no estaba en su coche. ¿Dónde estaba? Escuche unas voces a lo lejos pero no sabia lo que decían. Entre abrí los ojos ladeando la cabeza. Estaba tumbado en una estancia estrecha. Sentada en una silla estaba ella. Su cara reflejaba preocupación, angustia. Traté de incorporarme. Quería ir junto a ella pero todavía me flaqueaban las fuerzas. Alzó la mirada y se acercó.
-¿Cómo te encuentras?- hablaba deprisa. – Me has dado un susto tremendo. Lo siento. Perdóname.- Me abrazó, entonces de nuevo aquel aroma dulce.
-¿Cuánto tiempo he estado K.O?- dije con un susurro ahogado.
-No ha sido más de diez minutos pero se me han hecho eternos-. En ese momento apareció por la puerta un chico joven con el uniforme de emergencias.
-Veo que ya te has recobrado. ¿Cómo te encuentras?-
-Mejor. Gracias.- Se acercó y me tendió una barrita de chocolate.
-Toma, esto te ayudará. Antes de marcharte recuerda firmar los papeles del parte-. Y salió de la sala.
A solas con ella, otra vez, rodeado por sus brazos y envuelto entre su cuerpo. Pensaba para mis adentros. Seguía con el corazón a cien. Pocas veces había estado en situaciones como esa, creo que sólo en el dentista. Ridículo, pensar en esas cosas en este momento. Cuánto humor. 
-¿Te parecería salir de aquí y dar un paseo?- Mi voz seguía siendo un susurro.
Su expresión era puro asombro y sabia en lo que había pensado, pero estaba equivocada. Tenía otra cosa en mente. Tal vez funcionase, tal vez no.
- Pensaba en ir caminando, no se tú pero yo he tenido coche suficiente hasta la salida del sol-. Su rostro recobró aquella primera sonrisa.
-Bueno, vale. ¿Estas en condiciones de caminar?- me soltó poco a poco, y me ayudó a incorporarme de nuevo.
El chocolate había funcionado, ya estaba recuperado físicamente al menos. Salimos a la noche tras firmar los partes. Algo más de las tres marcaba el reloj de su muñeca. Partimos en la dirección opuesta, hacia un pequeño cúmulo boscoso alejado de las luces. Caminábamos en silencio agarrados de la mano. El chasquido de las ramas bajo el manto de agujas. Los motores de fondo. Y sobre nosotros un cielo oscuro salpicado de cientos de estrellas. El corazón seguía frenético. Hacía mucho que una chica no me cogía así. Sentados junto a uno de los pinos, ella se hizo un ovillo sobre mi pecho. Enfrentados. Nos miramos y aguardamos, manteniéndonos la mirada en el silencio. Nuestros labios se curvaron casi a la vez, y el silencio quedó quebrado por las risas. Nos abrazamos y dejamos que el perfume del otro nos llenara los pulmones. Resultaba todo demasiado idílico. Hablamos de cosas triviales. Anécdotas. Leyendas. Misterios. Deseos…
Cuando volvimos a contemplar el cielo ya existían atisbos de claridad en el horizonte. Cuan rápido había pasado el tiempo. Retornamos de nuevo al circuito, también cogidos de la mano. Necesitábamos dormir antes de partir de nuevo, por suerte habían pensado en ello y habían preparado varias casetas con literas para aquellos que deseasen dormir y no quisiesen hacerlo en el coche. Cuando llegamos, parecían estar todas ocupadas. A punto de marcharnos, vimos como una quedaba vacía. Comunicación no verbal, una mirada fue suficiente. Nos tendimos en la cama. Me abrazó y cerró los ojos susurrándome un buenos días al oído. La besé saboreando sus labios por última vez y ambos lo sabíamos. Disfrutamos, y alargamos aquel beso. Después nos sumimos en el subconsciente.
Cuando desperté miré la hora en el teléfono. Las diez menos cuarto. Y como esperaba ella ya se había marchado. Caminé hasta el coche a paso ligero con un bollo y un vaso de cacao. Pensaba y hacia cálculos mientras engullía el desayuno apoyado sobre el capó. Entonces reparé en una pequeña nota que residía pillada por el limpiaparabrisas.
Gracias por esta noche tan especial. Ha sido maravillosa Bss Elisa.
Guardé la nota en el parasol y puse rumbo a casa, donde me esperaban mi familia y dos meses de largo verano. Pero nada de lo que me pudiese deparar igualaría a esta noche.


 Parte 4  [Tres meses despues. Septiembre. ]

7/10/12

The Girl [Inesperado, part 2]

-Mi nombre es Elisa- dijo una voz a mi espalda.
Cuando me di la vuelta aquella chica de ojos inolvidables estaba contemplándome. De nuevo ese contacto visual prolongado.
-Yo soy... Arturo, encantado- me percaté del brillo de sus ojos y aquella curva de sus labios. El corazón me iba a mil pero la mente se había quedado en blanco.
- Eres rápido. Espero que no lo seas en otras… facetas- ahora aquella curva de sus labios había dado paso a una picara sonrisa. Ambos estábamos más cerca, y no se si fue consciente o inconsciente, pero la verdad es que me gustaba.
- Pues…, no lo se…- me encogí de hombros. “Vamos… de perdidos al rio, pídeselo y reza para que no huya entre risas. Ahora o nunca”. Pensé
- …hasta ahora siempre me ha gustado correr. Nunca he topado con un motivo convincente que me haga cambiar de opinión- Mi tono de indiferencia me sorprendió incluso a mí. Que parsimonia, que tranquilidad, ¿de dónde había salido?
-¿Nunca?- Ahora a la sonrisa se le había añadido un matiz a su mirada. – Esa es una palabra muy seria- Me susurro esa última frase al oído con una voz tan fina como el lino. –Puede que… -

Estábamos frente a frente. Perdidos el uno en el otro, dejando el resto de lado. Solo una lejana melodía, creo que “Riders on the storm”, procedente de los altavoces de algún vehiculo cernaco. Sentí una chispa que saltaba del cruce de miradas y prendía en un charco de combustible acumulado con el tiempo. Una llama surgió rauda tornándose en un ardiente calor que pugnaba por ser liberado. Su calor me embriagaba, me invadía y tomaba sin piedad. Me percaté del brillo llameante que tomaba sus ojos y del ligero rubor de sus mejillas. Aquella frase quedó en el aire. Inconclusa. Interrumpida por una aproximación mutua que nos soldó por los labios. Sus manos alrededor de mi cuello. Las mías posadas sobre su cintura. Oxido nitroso por mis venas. Adrenalina. Pasión contenida. La mente por completo anulada. Colapsada ante todo lo que mi cuerpo experimentaba. “Frénate tiempo, frénate. Detén tu continuo fluir y déjanos así”. Pensaba mientras jugábamos con nuestras lenguas. Cuando nos separamos, después de un tiempo que se me antojo demasiado poco, ella volvió a mirarme a los ojos y siguió con su frase.
-…te haya convencido, porque te has tomado tu tiempo-. Su risa sincera. Todavía atrapado por el lazo de sus brazos, evitando el alejamiento, una nueva curva se abría en aquellos labios dulces. Ahora si tenía ganas de correr. Estaba pletórico, capaz de rebasar los límites físicos de la velocidad.
-Si, tienes razón. Has sido muy convincente. Pero quién me asegura que no haya sido mera casualidad-. Había captado la petición y la ligera atracción de sus brazos lo confirmaba. Hundiéndonos de nuevo en aquel mar de sensaciones gratas y adictivas.
-Te invito a dar una vuelta conmigo. Yo piloto-. Aquello me pilló de sorpresa. ¿Cómo? ¿En serio? ¿Acaso me he perdido algo? Aunque me gustaría ver como se las gastaba al volante.
-Acepto la invitación. Veamos que sorpresas guardas bajo el capó-.
- El coche esta ahí, el Nissan 240xs, creo que ya os conocéis- su voz era divertida y cada vez que la miraba descubría algo más que me empujaba hacia ella. 
El coche estaba escoltado por otros tres de procedencia asiática. El color blanco resaltaba bajo los vinilos negros que decoraban los laterales. También resultaba chocante la figurita que colgaba del faldón trasero del coche. ¿Era… Astaroth? ¿La gustaría la demonología?, ¿el manga tal vez?
Se colocó en la derecha, tras meterse abrió la puerta izquierda donde aguardaba el asiento del pasajero y un cinturón de cuatro anclajes. Aposentado y asegurado la contemple de nuevo, sentada con las manos en el volante. El sonido del motor era muchísimo más ligero que el mio, suave, casi como un ronroneo felino.
-¿Preparado?- Me miró por segunda vez, y sonrió.
-Cuando gustes- No, no estaba preparado, después de aquel beso necesitaba liberar adrenalina, no cargarme más.
Salió sin hacer casi ruido. La primera curva se aproximaba y circulábamos a más de ciento cuarenta. No reducía. Ni frenaba. Solo hizo un rápido movimiento con el volante provocando un cambio en las masas del vehiculo. En poco el tren trasero deslizaba sobre la curva. Los neumáticos chillaban de dolor. Humo en nuestra estela. El motor rugía agudo. Los contravolantes eran suaves pero lo suficientemente rápidos para mantener el coche en su trazada a una velocidad de locura. Una a una fue enlazando cada curva del circuito de la misma forma. Cuando se detuvo en el aparcamiento, estaba colapsado por la adrenalina. Desbordado por la situación. Conducía más rápido que yo, mucho más rápido…

-Estas muy pálido, ¿estás bien?- su voz se desvaneció lentamente, al igual que la visión de los alrededores. Negro. Todo negro.

The Girl [Reto al anochecer, part 1]

Antecedentes: Tres años atras en Madrid.

[Mediados de julio, 2011]
 
Acababa de llegar al circuito de Ciudad Real. Ciertamente, no había podido rechazar la oportunidad de acudir a un evento de esa magnitud, donde las sorpresas se limitaban a saber quién ganaba o perdía. Oficialmente no he estado en este lugar (sino haciendo las maletas para venir mañana por la mañana). El ambiente era de lo más similar a una concentración de coches a las que he asistido en unas cuantas ocasiones, algunas como participante y otras como un aficionado más. Pero la gracia de aquel evento residía en que se correría a lo largo de toda la noche, solo interrumpido por una pequeña exhibición de motos y de coches. Según el programa que colgaron en la red, el evento tendría varios sub-eventos. Calentamiento, tandas de vueltas rápidas, mangas de derrapes, exhibiciones y un par de carreras… Ciertamente yo no traía intenciones de correr, porque el Citroën Saxo que pilotaba andaba un poco escaso después del viaje. Aunque bueno… tentaciones tenía de alquilarme uno de los coches del circuito pero creo que evitaré las tentaciones.
Estaba encajado en el bracket con la mirada en el horizonte, con la mente a kilómetros de distancia concentrada en los golpes de bajo de la música propia, cuando una suave voz me atrajo de nuevo al escenario de la competición. Cuando volví la mirada a la fuente de aquella voz, topé con unos ojos de color violeta que me contemplaban con cierta curiosidad.
-¿Puedo preguntarte cuantos caballos tiene tu Saxo?- me mostró una gran sonrisa.
-Si, puedes hacerlo. Pero… ¿con que fin?- Me encogí de hombros pero sin perder de vista aquellos ojos tan atractivos, aunque sabía que podía tomárselo a mal, pero…

-Curiosidad- me susurro y volvió a mostrar una inocente sonrisa.
-Tiene ciento treinta y cinco-. También la susurre la respuesta como si fuera un  secreto. -¿Cuántas veces, si no es indiscreción, te han dicho esta noche que tienes unos ojos increíblemente bellos?- coroné la pregunta imitando su sonrisa inocente.
Se pasó la mano por su larga melena oscura, pero sin apartar la mirada de la mía, tenía la sensación de estar siendo absorbido por ella. Un torrente de adrenalina me inundó. El corazón latía fuerte, y creo que las palpitaciones se podían percibir a pesar de la penumbra que nos rodeaba.
-Eres el primero- Respondió finalmente rompiendo esos segundos de silencio.
-Lástima…- La música que sonaba de fondo se cortó momentáneamente y en su lugar apareció la voz metálica pidiendo a los corredores que tomasen posiciones de nuevo para comenzar la competición de vuelta rápida. Maldije la inoportunidad. –¿Puedo preguntar tu nombre?-. Ella miró en rededor, como buscando algo, y tras cerciorarse se aproximó hacia mi lentamente.
-Si quieres saberlo tendrás que adelantarme primero- Depositó un tímido beso en mis labios y corrió hacia un coche de los que estaba aparcado. Lo rodeo, y montó por la puerta del copiloto.
El coche partió hacia la parrilla y quedó grabado en mi memoria. Un Nissan 240xs, blanco. Un segundo aviso de la voz metálica me sacó de aquel pequeño trance y puse rumbo a la salida. A tres coches de distancia el coche blanco que buscaba. Con el corazón desbocado por la descarga de adrenalina y la emoción de momento recién vivido, estaba dispuesto a todo por saber su nombre. “¿Qué probabilidad…? No. ¿Cuántas…? No. Pero… ¿Qué pregunta estaba buscando?”; “¡Tonto!”. Salto la insulsa voz de la razón.
 
-Ah, no. Esto es un reto en toda norma, y el premio… -. Me autocontesté. Cambie el Cd y dejé que aquella música prohibida me embriagara. Mi sonrisa picara lucia entre los compases. Sin percatarme, había empezado a acelerar en vacío. El motor estaba en cuatro mil revoluciones por minuto atronando por los escapes racing. La señal luminosa se encendió dándome la salida. Partí al circuito dejando el chirriar de la goma contra el asfalto y un gutural rugido a mi tras.

Finalizado el tiempo de la afrenta, volví al lugar donde estuve aparcado la primera vez. Con la música apagada me percate de un sonido de burbujeo procedente del motor. Levante el capó que delataba la alta temperatura del motor para que el aire de la noche ayudara a refrigerarlo. Estaba en mi propio silencio simulado. El reloj no marcaba más de las dos y pico de la mañana y parecía estar siendo una noche mágica, siempre y cuando estuvieses en el sitio indicado. Además ahora pensándolo un poco en frio, se me acercaron algunos interrogantes sobre aquella chica misteriosa de nombre desconocido y ojos tan encantadores y hermosos, ¿Por qué no?

31/8/12

Estelas...

El cielo estaba despejado. Lleno de cientos de miles de ínfimos puntos luminosos, algunos fijas y otros no. Era verano y la noche era ligeramente calurosa. El sonido de los grillos, el olor llegado de hierba recién cortada, ligeros soplos de aire que acarician tu cara.


Varias estelas ascendieron desde el bosque, cruzando el cielo dejando tras de sí una estela plateada que se desvanecía decenas de metros por detrás de su paso. Aquellas estelas se desvanecieron con el tiempo pero dejando grabado su paso por la Tierra.

Las líneas centrales de la carretera se cruzaban ante los halos azulados de los cuatro. El zumbar de sus motores reverberaba en la tranquilidad de aquella clara noche. Los límites de roca caliza y hormigón ululaban durante sus aproximaciones a lo largo de las curvas. La noche parecía ser de lo más apta para circular por aquella olvidada carretera a gran velocidad. Terminado aquel angosto tramo se abría una extensión de espeso bosque cruzado por aquella carretera. Las cuatro estelas peleaban por ser la que dominara. Pocos sabían lo que pasaba por la cabeza de sus pilotos. Los escasos conductores que por allí pasaban no osaban internarse en su traza, pues en segundos quedaban reducidos a la nada. Antes de salir a la autovía una nueva estela se había adjuntado, no había parangón con las otras cuatro pero allí en la cola aguantaba lanzando luces rojas y azuladas. Entrados todos en la autovía, con la nueva dificultad que implicaba, los fugados zigzagueaban entre el tráfico, ajenos a lo que allí acontecía. Algunos pitaban o daban flases, otros se mantenian neutrales. Dos vehículos nuevos de policía se unieron a la persecución saliendo por delante pero su velocidad no llegaba para superar a estas fugaces estrellas. Con los neones encendidos para identificarse desde el aire. Un helicóptero los seguía de cerca. El esfuerzo del zoom para coger a sus conductores, frustrado por la opacidad de los cristales. Aquella velocidad inhumana, aquellos planos en los que solo se veían rastros de colores procedentes de las luces, y cada vez más alejados los parpadeos intermitentes de los coches patrulla, incapaces de seguir a sus perseguidos, cesaron en su empeño por querer detenerlos. De nuevo, perdidas en una carretera olvidada aquellas estelas luminosas, ahora blancas, parecieron despegar del suelo por el que circulaban y elevarse hasta fundirse con el mar de estrellas fugaces que asolaba el cielo en aquellos momentos, sin sospechar sus ocupantes que una sombra los contemplaba atónito desde un roble, en una ladera no muy lejana.





 

6/5/12

Machine


En el cielo los colores se mezclaban y cambiaban mientras el astro rey comenzaba a ocultarse lentamente por los boscosos montes del oeste. Llevaba cinco años, y por fin lo tenía acabado y lista para insuflarle la vida. Estaba impaciente porque el Sol diera su último atisbo de vida hasta el día siguiente. Su corazón latía ansioso por que acabara aquella molesta luz que le impedía salir. Miraba, expectante, desde una pequeña ventana. Estaba sentado en una vieja silla de madera, mirando de reojo a través de un enorme espejo el reflejo de un gran bulto tapado con una sabana de raso. Se levantó de su asiento y se estiró haciendo crujir un gran número de huesos, esa espera le estaba matando. No podía esperar más tiempo. Empezó a pasear esquivando libros tirados y desgastados. Múltiples herramientas oxidadas por la humedad y el tiempo. Se abría paso a través de la cortina de polvo que inundaba la habitación. Extendió su blanca mano hasta acariciar la sábana blanca que lo cubría y volvió a mirar a través del espejo que la luz estaba desapareciendo, ahora más rápidamente. Una inquietante sonrisa se dibujó en su pálida tez. Ya faltaba menos. Se volvió hacia su silla y terminó de ver aquel crepúsculo morado con los oscuros bosques al contraluz del sol.
Un negro tizón fue ganando terreno al morado rojizo y al naranja amarillento que quedaba después de la estrella brillante. Algún tímido puntito blanco hizo su aparición en la negrura celeste. Y mirando a través del único ventanuco de la estancia, el susodicho personaje volvió a sonreír, pero esta vez dejando entrever unos blanquísimos dientes, la eterna espera mereció la pena, pues el destino le brindó una sorpresa. Miraba por todo el cielo. Buscando.  Asegurándose bien antes de celebrarlo por lo alto, pero no consiguió encontrar aquello que andaba buscando. Perfecto, se dijo para sí. Tal y como había pensado; luna nueva. Se dirigió otra vez hacia aquel objeto que guardaba con tanta ansia debajo de una sabana y dijo.
-Bien pequeño, tu hora a llegado, noche cerrada y luna nueva, tu momento de demostrarme lo qué vales y de lo que estas echo- Una sonora carcajada inundo toda la estancia.

Se dirigió a una enorme puerta despejando el camino de cualquier posible obstáculo que impidiera el avance de su pequeño, después desatrancó la puerta de madera y tiró de ella con todas sus fuerzas, esta al principio se resistió pero poco a poco fue cediendo con un fuerte chirrido de las oxidadas bisagras que permitían su apertura. El frio de la noche se filtró camuflándose con la gélida temperatura de la estancia, y la oscuridad se dejó sentir en su cara. Que sensación más agradable. Corrió por la sala. Agarró la sabana e hizo una breve pausa, sin duda para dar emoción, tomo aire y lo soltó de golpe a la vez que tiraba de la sabana. Esta acaricio el contorno de la cosa a la que tapaba y a la vez que se deslizaba por su impoluta y suave piel metalizada, susurraba. Con una agilidad sobre humana, cogió las llaves que daban acceso al interior de su criatura y se introdujo en la cavidad donde se situaban los mandos de aquella máquina infernal. Introdujo las llaves en la abertura y la llave quedó perfectamente acoplada a esta. El corazón le latía a mil por hora y por su circuito sanguíneo ya corría más adrenalina que sangre, estaba inquieto en el asiento.
-Muy bien… el momento culmen. ¡Ahora yo con este sutil movimiento te dotare de la chispa que te dará la vida- su voz sonaba penetrante y profunda, parecía leer una frase de un libro de conjuros de negra magia.
Acto seguido de la parte posterior del armazón de metal, surgió el bufido de la criatura, que inundo la estancia y sus alrededores en decena de metros a la redonda. Llevaba dos años leyendo a cerca de aquellas extrañas cosas en algunos libros que estaban ahora repartidos por toda la estancia. Preparándose para cuando consiguiera revivirla. Con extremo cuidado procedió a mover un aro de una de las palancas, esta se deslizó suavemente y detrás del mando de dirección aparecieron un montón de luces y números, otro punto más y dos enormes aureolas azuladas iluminaron todo lo que se encontraba por delante del morro en una distancia de unos cien metros, y también se iluminó en la parte trasera, no con una luz blanca sino de un color rojo y de menor intensidad. En el suelo, tres pedales. Al principio de encontrarla, no sabía para qué servían y supuso que la gente que las utilizaban disponía de tres piernas pero después de leer mucho descubrió su funcionamiento. El pedal situado más a la derecha se encargaba de suministrar combustible al corazón de la bestia, el del centro para detener su movimiento, y el de la izquierda del todo se utilizaba junto con una palanca situada al lado derecho del conductor, para hacer que la maquina corriera más o menos a través de una serie de engranajes. Bien lo teórico estaba sabido, incluso había leído cosas a cerca de técnicas para poder controlar a la fiera a altas velocidades. Una vez repasados los conocimientos llegó el momento de pisar los pedales y probar lo que aquel misterioso artefacto era capaz de hacer.
Piso el pedal de la derecha y el ronroneo que surgía de la máquina de forma continua se transformo en un rugido hondo que puso los pelos de punta del que se encontraba a los mandos. Volvió a pisarle pero no sucedió lo que decían los libros sino que la bestia volvió a rugir. Después de unos segundos recordó la palanca y el tercer pedal. Engrano una marcha y después volvió a pisar el acelerador. El artilugio arranco de forma violenta catapultando al conductor contra el asiento acolchado. Una de las agujas comenzó a subir hasta unos números marcados en rojo, y a la vez que subía el sonido que emanaba del motor se iba agudizando, pero llego al límite y el motor comenzó a reverberar, pidiendo un nuevo engranaje. De nuevo repitió la operación que hizo la primera vez. El motor enmudeció por un momento pero después recupero la voz, primero grave y después a medida que la aguja volvía a subir se agudizaba. Esta vez, estuvo más atento y escuchó la petición de la bestia. Ahora la segunda aguja marcaba otra serie de números, pero esta al contrario que la otra no caía como como la otra que caía hasta los números más bajos, sino que seguía más o menos desde la última cifra y, al contrario de la otra, marcaba de veinte en veinte hasta el doscientos veinte.
Después de manipularlo de forma torpe en los primeros intentos, fue cogiendo confianza y ganando destreza por momentos. El tiempo se sentía pasar despacio cuando estaba a los mandos, pero después de un rato que se le antojo largo, decidió que ya tenía control suficiente sobre ella y pensó que era la hora de divertirse.