poemas de amor Crazzy Writer's notebook: policiaco
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28/1/12

La confesión


Para cuando TÚ estés leyendo esto, seas quien seas, seguramente ya estaré muerto. Aquí queda mi confesión por escrito y TÚ serás mi confidente. Hace una semana compre una pistola de nueve milímetros, y a la noche siguiente me adentré en un tranquilo barrio, deje el coche aparcado en la zona más oscura de la calle y entre en una de sus casas. Allí, vacíe uno de los cargadores en la cabeza de su dueño y único habitante.
Seguramente os preguntareis, o no,  ¿qué debió hacer aquel asesino pobre diablo, para que una persona aparentemente normal le vacíe trece balas sobre el cráneo? Bien, aquel misterioso personaje me hundió la vida. Extermino aquello que yo más quería sobre la tierra. Ese hombre diez años atrás… Asesinó descuartizó a mi mujer, que esperaba una niña, torturo a mi hermano vertiendo ácidos sobre su cara y abriéndolo en canal. Y a mí cuñado que lo tenía prendido con unas resistencias al rojo en sus muñecas, le obligo a mirar mientras cometía todas aquellas barbaries. Todo por que sí simple y llana diversión. Y no bastante con salir indemne al cerrar el caso por falta de pruebas, hace siete años que recibo puntualmente todos los meses, el mismo día, un sobre entregado en mano con tres fotos polardroit polaroid de sus cuerpos mutilados y destrozados además de una nota con una huella digital dactilar lisa ensangrentada. Dio igual las veces que me murara de casa y de ciudad, siempre la recibía. Hasta que hace una semana, por cosa de azar, me enteré de donde vivía aquel monstruo y acabe con su vida. Ya hace una semana de aquello y llevo una semana siete noches viendo su fría sonrisa en mis sueños, hasta el día de hoy que volví a cogerla, todavía ensangrentada, para usarla una última vez. Aquí queda escrito mi mayor pecado, sabiendo que iré al infierno por ello, pero con la conciencia el alma tranquila.

    Fdo: un suicida





16/1/12

El humo desprendido por los cigarrillos

El humo desprendido por los cigarrillos formaba una densa nube alrededor de una de las mesas en torno a la cual cientos de ojos quedaban pendientes. Pequeñas figuras yacían en uno de los bordes, contemplando la impasible lucha que se libraba a escasos centímetros de ellas. Otras, aquellas que todavía en pie quedaban, esperaban su turno para ser movidas. El silencio reinaba en aquella sala. Nadie decía nada. Ni siquiera un murmullo se atrevía a salir de nuestras bocas. La concentración era absoluta y demasiado importante como para quebrarla. De pronto un sonido nos sobresaltó a todos. Un golpe seco. El quejido de la mesa de mármol bajo el peso de la mano grande y robusta, acompañado de feroces maldiciones llenas furia en un idioma extraño, del contrincante de inmensas dimensiones.
Los pocos que teníamos acceso directo a la mesa, contemplamos el tablero y la posición las piezas que quedaban en pie. Algunos murmullos se levantaron. Tal y como aquel temía, su rey quedó por completo acorralado. Una enorme figura con forma de muralla, cortaba el paso del rey, mientras que dos peones le hacían muerte bajo la protección de un caballero y un consejero. El resto de posibilidades quedaban anuladas por la posición de su propia corte. El negro sobre el blanco, otra vez. Al otro lado de la mesa, una joven. De aspecto tranquilo, le avisó el jaque mate sin inmutarse ante el bufido de aquel que consideraba por completo derrotado. Nunca me consideré buen jugador de ajedrez, es más lo encuentro aburrido. Por muy milenario y misterioso que sea su origen.
Terminada aquella sanguinaria batalla era la hora de regresar de nuevo a casa. Tras la rugosa y vieja puerta el ambiente era frio y húmedo. La noche quedaba bien entrada y a lo lejos llegaban los ecos del reloj del ayuntamiento dando las doce campanadas de la medianoche. Otro día más en aquella pequeña villa alejada de la mano del creador. Pateé por las calles mientras aquella humedad congelada barría mi cara y enfriaba mis ideas. Tras varios minutos de intensa calma, solo rota por el crujir de la nieve bajo mis pies, llegué al hostal en el que me alojaba. Los pasillos eran estrechos, oscuros y olían a una mezcla de humedad, carcoma y orina. Pero mi sueldo de funcionario no daba para más. Tras pelear con la puerta de mi habitación, me adentre en la oscuridad que en ella reinaba, y me tendí en la cama. Le di mil vueltas a la partida, memorizada al segundo, no era la partida lo que más me llamaba la atención. Pensando y pensando me fui sumiendo lentamente en un profundo sopor del que no conseguí librarme hasta primera hora de la mañana. Tras cambiarme de ropa, y darme una fría ducha en el único baño del hostal, salí a la calle enfundado en mi gabardina y cubierto mi rostro por un sombrero oscuro. El viento te cortaba como afiladas cuchillas, y el sol quedaba oculto tras blancas nubes que amenazaban nieves para no más tarde del medio día. Entré en mi pequeño despacho, como cada mañana, a la espera de algún caso que la policía fuera incapaz de resolver o de algún marido engañado que buscaba las pruebas que ya intuía. El último caso cerrado aportó cerca de diez mil dólares, todo un pellizco. Por lo que ahora tocaba esperar y rellenar algunos papeles. Meras formalidades que la policía requería para llevarte la pista de lo bueno que eras en tu trabajo. Rodeado de papeles el escritorio y harto de escribir decidí tomarme un pequeño y fugaz descanso. Busqué entre los cajones y di con un pequeño tesoro que gustaba mi compañero para ocasiones más especiales, pero bueno... un poquito no haría mal. Saqué del cajón un pequeño baso, y una botella chata de transparente cristal. Vertí en él una pequeña cantidad de líquido transparente y volví a guardar la botella. De nuevo en la mesa, junto a la máquina de escribir, di un pequeño trago a esa bebida. El sabor era fuerte, pero terminaba dejándote un gusto dulzón en la boca, no entendía como mi compañero podía beber semejante mejunje. Enterrado en los papeles de nuevo, y machacando las duras teclas de mi máquina de escribir, con su envolvente ruido taquigráfico, me desentendí del resto del mundo.
Unos golpes desviaron mis ojos de las teclas, alguien tras la puerta reclamaba la atención del que dentro se encontraba. Y no era mi compañero porque él poseía un juego de llaves. Me levanté poseído por la curiosidad. El cristal traslúcido dejaba entrever una figura que aguardaba con impaciencia. Una chica, embozada en un grueso abrigo de lana. La ofrecí asiento, pero ella prefirió quedarse de pie por el momento. Su cara me sonaba, pero no sabía de qué. Se quitó el abrigo, dejando ver ropa más ceñida y de colores apagados. Me senté al otro lado del escritorio a la espera de que empezara su historia. Después de colgar el abrigo se sentó lentamente con las piernas entre lazadas, y las manos sobre su regazo.
-¿Qué puedo hacer por usted?- decidí forzar la conversación. Ella me miro con aquellos atractivos ojos azul intenso, y tomo aire.
- Mi nombre es Violeta, y creo que han asesinado mi padre. He oído que usted es un gran detective, y mucha gente lo ha confirmado. Además parece un hombre discreto, y tiene cara de buena persona. He traído toda la información que me ha sido posible sin llamar demasiado la atención. Y espero que usted pueda ayudarme.- Su voz era dulce y suave, aunque era cierto que existía una gran tristeza y desolación escondida en aquella voz de acento inglés forzado, parecido al mío supongo.
-Bien, de acuerdo, investigaré la desaparición de su padre. Pero para ello me tendrá que contar hasta el detalle más ínfimo que se le ocurra.- Me sorprendió el tono calmado de mi propia voz, sin duda era un caso que daría problemas pero que no podía negarme a resolver. Mi propia moral lo impedía. 
–Comencemos desde el principio, si le parece. Por cierto, mi nombre es Héctor.- A ella se le escapo una pequeña sonrisa, breve y casi invisible.
-Bien. Mi padre y yo vivimos en Ginebra. Tras el fallecimiento de mi madre, él se encerró en las matemáticas, supongo que para mantener la mente lejos de su recuerdo. Es un gran matemático, lo que nos permitió mudarnos a Nueva York cuando le ofrecieron un trabajo en unos laboratorios de investigación. Trabajó para la armada en numerosos proyectos que escapan a mí conocimiento, en el más sólido de los silencios, incluso me llevó a colegios donde estaba interna durante el curso. Cuando terminé, me gradué en la universidad de Nueva York, pero parecía que se había olvidado de mi existencia. Él seguía absorto en sus trabajos. Nos distanciamos cada vez más, incluso llegué a marcharme de su lado y el no hizo el menor intento por evitarlo. Ya hace cuatro años de aquello, pero hace cosa de dos semanas recibí esta carta de condolencias, donde explican escuetamente el accidente mortal que ha sufrido mi padre-. Algunas lágrimas recorrían aquel rostro marmóreo esculpido con la mayor de las delicadezas.

Sacó del bolso un sobre blanco con sellos oficiales. Y me lo pasó a través de la mesa. Lo observé desde la distancia, después lo tome y miré en su interior. Una carta fechada el 16 de Noviembre 1954, escrita sobre un papel blanco de bastante buena calidad. Con caligrafía cuidada y palabras escogidas con el mayor de los cuidados. La sintaxis compleja creaba dificultades para comprender lo que decía, pero a pesar del cuidado con el que estaba escrito, tras leer la carta, se apreciaba como algo no encajaba en aquel escrito pero no sabía decir el por qué. La puerta se abrió con estruendo y ambos volvimos la mirada. Junto a ella, mi compañero. Su apariencia no era la de un detective precisamente, más bien como el de alguien al que han pegado una fuerte paliza. Se quedó paralizado, contemplando a la chica que aguardaba en la silla. Creo que él también quedó encandilado por su misterioso atractivo. Y ante el silencio que se adivinaba cercano, intervine.

-Este es mi compañero, Sean. Y… por lo que veo viene de incognito-. No pude evitar una sonrisa que poco a poco se fue pintando en mi rosto. -Parte del trabajo de un detective, y no es el más agradable de todos, se lo aseguro- me levante y le tendí la nota. –Hay algunas cosas que no terminan de encajarme pero no sé por qué, echa un ojo y dime qué ves-.
Sean se colocó las gafas para leer y dio un barrido con la mirada. Después en una hoja comenzó a escribir bajo la estupefacta mirada de ambos. Me dejó el papel que había escrito y nos explicó el codigo de cifrado del mensaje que ocultaba. Por lo que no era difícil intuir que esa carta no era lo que aparentaba. Pero lo que en esa nota se decía, tenía connotaciones peores que la muerte. Al parecer el buen matemático, incluso en el mayor de los anonimatos, era conocido. La carta. El mensaje. Los proyectos. La lucha que ahora se libraba entre las dos potencias más poderosas del globo. Ahora con el mensaje de la mano, Violeta  (así dijo que se llamaba) temblaba con la cara desencajada por el horror. Alguien la quería, y no por amor. En ese momento me surgió una pregunta, ahora recordaba donde había visto aquella cara.
-¿Usted jugó ayer al ajedrez?- Las piezas se ordenaban poco a poco. A su aire, pero ya casi estaba completo y no pintaba nada bien. Ni para ella ni para ninguno de nosotros. Ella me miró con los ojos desorbitados. –Sí, jugué ayer. Gané utilizando una táctica que aprendí de mi padre.- Entonces abrió más los ojos al recordar a su contrincante Mijaíl Chigorin gran GM ruso. Mi siguiente pregunta, aun de respuesta conocida, era necesaria asique no demoré demasiado la cuestión. –Y… esa técnica la conocía alguien más aparte de usted y su padre- Ella movió la cabeza con ademán negativo y después hablo entre susurros. –Esa estrategia la diseño mi padre, basándose en una teoría matemática-.
Bueno ya estaba la imagen pintada sobre el lienzo. Si su padre trabajó para la armada en algún código o arma, seguro que pretenden usarla contra los rusos en esta guerra que se advierte inminente. Y seguramente provocaron aquel accidente y fingieron su muerte para secuestrarlo. Y con la tecnología que hay ahora… no habrá sido difícil dar con su hija. Posiblemente la buscan como punto de presión para el matemático y que este les dé el código. Por lo que hay que sacarla del país y esconderla, pero seguro que ya están aquí. Posiblemente aquel ataque de furia no fuera más que una señal. Porque al fin de cuentas, esa técnica era como su sello de identidad. Y en aquella sala podía haber perfectamente doscientas o trescientas personas, y seguro que agentes del KGB camuflados o algo del estilo. La cosa no pintaba nada bien y ahora estaba metido de lleno en aquella “partida” de ese odioso juego llamado Ajedrez.


9/9/10

Caso Nevada 58-C-622

Estaba sentado en el sillón de su salón. Completamente a oscuras. En sus manos sentía el cálido y viscoso tacto de la sangre. En su cabeza solo había imágenes y sensaciones. A lo lejos se escuchaban varias sirenas que se acercaban a toda velocidad. A los pocos minutos unos ruidos de frenazos indicaban que ya estaban aquí. Pero él seguía sentado en su sillón sintiendo aquella sustancia entre sus manos…
La policía al otro lado de la puerta, se acercaba cuidadosamente a la casa. – Le habla la policía, por favor salga de la casa con las manos en alto- rogó uno de los policías por el megáfono, pero no hubo respuesta. Después de esperar poco más de tres minutos en los que se respiraba el seco ambiente de las tierras del desierto de Nevada. El policía dio la orden de entrada y dos grupos de tres policías se dirigieron a las puestas de la casa. A pesar de la hora, este despliegue de luces rojas y azules junto al sonido de las sirenas había hecho surgir a un montón de vecinos que miraban desde una distancia prudencial y murmuraban entre ellos.

El primer grupo encargado de la puerta principal, después de asegurar un pequeño perímetro, echo la puerta abajo y entraron en el edificio, y lo que allí encontraron no lo olvidarían nunca. Un pestilente hedor embargaba la casa, no se sabía muy bien de qué, pero era horrible. Uno de los policías salió corriendo de la casa, el olor le había puesto el estomago a morir. Los otros dos que se quedaron, algo más experimentados, registraron la casa abriéndose paso con sus armas, una recortada y una 9 mm. Registraron la casa esperándose cualquier cosa, cuando llegaron a la estancia del salón, buscaron el interruptor. La luz se encendió a regañadientes, dejando ver lo que en su interior había. La estancia estaba amueblada de forma abundante, lo que dificultaba la visión de sendos policías. En el suelo se podía ver a duras penas, sobre la alfombra, un reguero de sangre. En un sillón encontraron a un hombre de mediana edad, al que habían abierto en canal, dejando todos sus órganos visibles. Los intestinos caían al suelo como culebras enormes. Y su cabeza, completamente desfigurada, desprendía un hedor a carne quemada, seguramente por alguna sustancia química, miraba en una dirección concreta. En esa dirección, otro hombre de unos cuarenta y cinco, estaba atado al sillón. Contemplando aquella macabra escena. Los dos policías quedaron completamente congelados. Sin duda alguna era lo más macabro que habían visto a lo largo de su historia en el cuerpo de la policía. Uno de ellos consiguió articular a la radio que llevaba en el hombro –Pedid una ambulancia y avisad a la científica- Después desataron al hombre del sillón y lo llevaron a fuera.

En los alrededores de la casa, la policía había conseguido disuadir a los curiosos. La ambulancia llegó rápido, y atendió tanto al hombre del sillón como a los dos policías que habían quedado bastante impactados. Cuando llegó la policía científica, entró en la casa. Estuvieron reuniendo pruebas, y registrando el resto de la casa. En el frigorífico de la cocina en una de las baldas superiores reposaba un cubo con un montón de trocitos de lo que un dia fue una persona. El autor de esta masacre sin duda estaba loco, pero a pesar de este estropicio no se encontraron sus huellas en ninguna parte. Lo que hacía suponer que aparte de los conocimientos de anatomía, sabia bastante de los procedimientos de la policía.

Ya en la comisaria, mientras el grupo que entró en la casa hacia verdaderos esfuerzos por olvidar aquella vivencia, otros dos policías estaban en el hospital intentando hablar con el otro hombre que encontraron en el salón. Pero lo que allí les dijeron no fue mejor, a ese hombre le habían cortado la lengua con unas tijeras y después lo ataron al sillón con unas cadenas que después calentaron, provocándole unas quemaduras de cuarto grado en las muñecas. Por lo que el interrogatorio no sería posible.
En el depósito de la policía estaba esperando el cadáver del otro hombre a ser reconocido, pero le habían borrado las huellas dactilares con acido, el mismo ácido que el asesino le vertió en la cara. El forense acudió a la ficha dental, pero también llegó a un callejón sin salida. Era un tipo que aparte de loco, sabia como evitar la identificación del cuerpo. Finalmente acudió al ADN, pero el fiambre no estaba en la base, o se habían tomado la molestia de borrarlo. Pero tenía más trabajo por hacer, como recomponer el cuerpo que encontraron en la nevera, cosa que le llevaría como mínimo un mes, contando con que sus dos ayudantes estuvieran en condiciones de ayudarle, porque después de ver el otro cadáver salieron corriendo al baño.
Mientras dos policías analizaban las pruebas que encontraron en la casa. Un juego de cuchillos de carnicero sin huellas, utilizados para trocear el otro cuerpo, las cadenas con las que ataron al otro al sillón… pero todo lo que encontraron en la casa estaba limpio de huellas.
El hombre que alertó a la policía desde una cabina telefónica, para evitar llamar desde su casa, dando el nombre de uno de los cadáveres que ahora reposaba en una fría mesa del depositó bajo una sábana blanca, estuvo en su salón disfrutando de su trabajo. Contemplando a la policía mientras trabajaba en la casa que había visitado la noche anterior. Incluso llegó a eyacular mientras destrozaba el cuerpo todavía vivo de la mujer, mientras su marido contemplaba la escena. La sensación que recorría su cuerpo mientras cometía todas aquellas atrocidades era… placentera... se sentía como si hubiera echado el mejor polvo de su vida. El subidon de adrenalina que recorría su cuerpo cuando tras abrir a su tercera, sintió el tacto de sus órganos entre sus manos enguantadas en látex en presencia del hermano del objeto de sus atrocidades fue el culmen de sus sensaciones, que según describió en su diario: “fue una verdadera catarsis para mis sentidos, jamás me he sentido tan vivo como aquella noche, mientas torturaba a aquel hombre cortándole la lengua con las tijeras del pescado, atándole con las cadenas y después calentadas a través de un pequeño soplete de cocina…, o mientras troceaba con el hacha de la carne a su mujer embarazada mientras el miraba… o cuando abrí en canal a su hermano y lo desfiguré pulverizando sobre su rostro el acido que se emplea en las baterías de los coches… pero lo mejor de todo es que jamás sabrán quién lo hizo y por qué”.
Corría la tercera semana desde el hallazgo de los cuerpos cuando en la comisaria se recibió la noticia de que el único testigo que pudo ver al asesino había muerto de madrugada, debido a la gravedad de sus heridas físicas como psicológicas. Eso dejó el caso a punto de quedar almacenado en el extenso almacén de la policía federal donde se guardaban los casos sin resolver. Pero una semana después de la noticia del hospital se halló entre las pruebas una pequeña gota de semen, que podría proceder del asesino. Con la prueba del ADN, consiguieron la identidad de aquel personaje, pero según los datos del censo había muerto de una intoxicación alimenticia. La policía consiguió un permiso de exhumación, y cuando fueron a desenterrar el cadáver encontraron en el féretro una pila de carne y huesos en descomposición. Dejando el caso cerrado, como el caso más macabro en la historia del estado de Nevada. Pero el autor de semejante carnicería, sigue aun disfrutando de plena libertad, mientras algunos policías ya retirados continúan, en secreto, intentando vanamente resolver aquel siniestro caso .

4167 - PTT

Mirando a través del teleobjetivo. Camuflado en la azotea de un edificio no muy alto pero si lo suficiente para cubrir mis espaldas y darme una buena visión del campo, donde un montón de borregos desfilan ignorando mi presencia. Me apodaban el fantasma pues hago mi trabajo sin dejar señales… sin preguntas…


Un Mercedes 220C negro entra en el campo con su lento avanzar, seguro que blindado pero me da igual, mis pequeños bien tratados lo traviesan todo y después se desvanecen, proyectiles de fabricación casera, punta reforzada lo penetran todo. “Ven pequeño no te escondas” una cabeza asoma por la ventanilla de de cristal reforzado. Mi dedo en el arma se funde… siento lo que siente… en mi cabeza el latido de mi corazón… la respiración hace temblar un poco la mirilla pero estoy acostumbrado… miro una ultima vez antes de contener el aliento y poner las ultimas fuerzas… -Piuf- suena en el cañón a la vez que el ocupante del mercedes cae tendido en la parte de atrás del vehículo, una aureola de sangre y sesos adoernan el cristal traseo. Griterío a mis pies… las ovejas han perdido a su pastor y no saben actuar… seres racionales nos llamaban los antiguos pensadores… masa, se llaman ahora… todos por donde el carisma se mueve, dice a todos igual. Yo el fantasma les he liberado… pero no me llevare el merito, se lo cedo a mi sucesor…

Una bala silba… la arteria carótida queda abierta… y mi final se acerca… después de superar el millar de trabajos cumplidos con éxito… una bala fugaz de un policía novato con dedo fácil… asustado por el suceso a acabado con mi vida. Pero el prado no llorará al liberador… sino al esclavizador… al débil que aprovechando los malos momentos ha hechizado a los demás con brillantes palabras y buenas acciones, todas finjidas.



Cuyo cuerpo reposa sin más en un cetro de oro acristalado con inscripción de añoranza y cientos de flores que dan la imagen equivocada de su verdadera persona cuya mayor virtud era la hipocresia...