poemas de amor Crazzy Writer's notebook: dark
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12/9/14

Annie [Sueños, Part 3]

No dejaba de darle vueltas a las cuatro últimas horas de mi vida. Aquel nuevo estadio resultaba difícil de asimilar, y no era extraño porque en aquel lapso, habían sucedido demasiadas cosas entre las que se encontraban mi implicación involuntaria en un crimen, el más sanguinario del condado, y había sido detenido como principal sospechoso. Y según había podido entender, el estado de las víctimas era espeluznante. Aunque lo peor de todo era que entre ellas estaba la chica que lograba que mi corazón se pusiese del revés… y… claro, también estaba ese abogado aparecido de la nada y con ese halo tan, tan… espectral.
Caminaba con cierta presura por aquellas calles solitarias todavía con los visibles efectos de la lluvia reciente. La temperatura había descendido notablemente y aquel leve viento que barría las calles te penetraba hasta los huesos. Aquella conversación que mantuve con aquel abogado no dejaba de resonar en el fondo de mi cabeza, como en un segundo plano, hasta que sin saber muy bien por qué, aquella frase que me dijo poco antes de marcharse surgió al primer plano pero no recordaba las palabras exactamente. Me detuve junto a un escaparate rejado, y contemplé mi reflejo y un poco más de soslayo lo que contenía. “Sienta los vínculos de la antigua Roma.” rezaba un gran letrero. “No obstaculice el paso.” Indicaba uno más pequeño en la parte inferior. Aquella frase ahora flotaba nítida en mi memoria esperando a ser leída con total claridad.
-Piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Me repetí una segunda vez en apenas un susurró, aunque seguía sin tener sentido alguno. –Pero… qué diablos quería decir… sería tal vez una de esas frases escritas en alguna novela romanticona que habría leído. Sí, eso es Dave, una novela romántica. Deja de darle vueltas-. Reanudé el camino y además con paso apresurado porque aún quedaba un trecho antes de llegar a mi apartamento, y vagar solo a esas horas no era lo más indicado en una ciudad como aquella.
El portal se apareció tras quince minutos, parecía que venía de un mal sueño y que seguramente despertaría al poco bañado en sudor al borde de mi cama. Mi mente había, de alguna manera, creado una especie de muralla para encerrar aquellas horas de pesadilla. Subí al ascensor y me dejé sumir en aquel silencio sub-realista. La campanilla anunció la llegada al piso marcado. Inspiré con profundidad convencido de que todo había regresado a la normalidad, y aquella imagen del pasillo repleto de agentes de policía y forenses nunca había existido. La calma lo invadía, bañado por la penumbra, parecía normal. Escuché como se escapaba un suspiro de mi boca pero aquel sonido se cortó súbitamente a la velocidad de la luz.
Un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo produciéndome un fuerte latigazo. El muro se desmoronaba con violencia y estruendo devolviéndome aquella realidad que había tratado en vano de desterrar. Al encenderse la luz vi como la puerta del apartamento de Annie y su compañera Rachel estaba cruzada por varias cintas amarillas que impedían el acceso. Aquel mensaje que se mostraba a lo largo de todo el precinto fue como un cañonazo.
-Escena de un crimen, no pasar-. Me susurré. De nuevo aquel escalofrío y aquella sensación de irrealidad. No lograba asimilar todo aquello, deseaba huir en aquel instante. Sin pensarlo apenas corrí hasta la puerta de mi apartamento sin poder dejar de ver aquella cinta amarilla con aquel mensaje en negro fundido. Encaje la llave tras varios intentos fallidos, abalanzándome sobre la puerta me guarecí en mi pequeño apartamento, cerrandola con fuerza tras de mí.
La respiración se me había acelerado produciendo que esta se entrecortara de forma ruidosa. El silencio seguía siendo sepulcral, alimentando aquella sensación de irrealidad e intranquilidad. Caminé lentamente hasta la habitación a la vez que dejaba caer las escasas prendas que me habían dejado poner antes de detenerme. Aquellos recuerdos seguían martirizándome.
Inspire con fuerza y contuve la respiración cuanto pude. Los sonidos se amortiguaron mientras sentía aquella necesidad imperiosa de soltar aquella bocanada de aire. Finalmente lo expulsé mientras me decía a mi mismo en voz alta que aquello seguía siendo producto de una pesadilla demasiado lograda y que mañana despertaría sin más escuchando los cantos adorables de mis vecinas mientras se duchaban.
Me tumbé en la cama haciendo crujir con estrepito los muelles que conformaban el colchón. Miraba al techo mientras me recogía en un diminuto ovillo y me tapaba hasta prácticamente soterrarme por completo entre las mantas. Tenía aquella infantil necesidad de construir un nuevo fuerte para protegerme de aquel mundo que me rodeaba. Cerré los ojos con fuerza y traté de liberar mi mente de toda clase de pensamientos. Dejarla sumida en un silencio tan grotesco como el que se escuchaba más allá de las mantas. Aquel proceso de hermetizado parecía sencillo, pero no tardé en toparme con aquellos pensamientos que se arraigan en lo más profundo de tu psique y de los que deshacerse resulta muy complicado. Aquellos datos retenidos de forma inconsciente a lo largo de nuestro día a día. Sonidos, olores, imágenes…
Todos aquellos recuerdos referentes a Annie.
-Annie-. Suspire en un susurró para mí. Su rostro se dibujó lentamente en mi pensamiento que poco a poco se fue tornando en una de aquellas monstruosas fotos que aquel detective me había mostrado en repetidas ocasiones. Sentí un reguero salino descolgarse por mi mejilla.
[-Una estudiante de diseño de último año-.] Recordé la voz de Voretto. [-Y no escuchó absolutamente nada… permítame que mantenga un escepticismo elevado, Sr Smith. Eso parece ser bastante doloroso, ¿no cree?-]. Fragmentos. Y más fragmentos de aquella conversación.
[-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-]. La imagen de aquel abogado atravesó mi mente de forma fugaz. Formalidad…
[-¡Dave!-] La radiante sonrisa de Anníe diluyó aquellas horrendas fotos que aún permanecían revoloteando por mi mente. [Me gusta cuando sonríes, Davey, te ves muy adorable.] El recuerdo de su voz me hizo estremecer entre las mantas.
[-Continúe… nos tiene sobre ascuas-.] De nuevo la voz del abogado restalló con aquel tono de sutil burla.
[-Ignórales cielo-.] Su voz aterciopelada se dejó escuchar nuevamente. [-No temas, estoy aquí para protegerte. Yo sé que no sólo eres inocente sino que trataste de ayudarnos a las dos-.] Sentí un abrazo cálido que me rodeó y atrajo hacia un pequeño oasis donde la hostilidad de mis propios recuerdos era menor.
-Anníe, te extraño. No me hago a la idea de no volver a verte-. Susurré a las mantas. –Qué fue lo que realmente sucedió-. Rogué al vacío una respuesta coherente a las experiencias vividas.
-Tranquilo Davey, lo sé. Por eso estoy aquí, contigo-. Respondió un susurro junto a mi odio. Una voz familiar pero extraña al mismo tiempo. Y de nuevo aquella suave atracción contra algo que yacía al otro lado de las mantas.
A pesar de lo que procedería ante aquella voz y ese abrazo llegados de la nada, no estaba alarmado sino todo lo contrario. Estaba calmado, tranquilo, a gusto. Aunque parecía que ese estadio no era del todo mío. Abrí los ojos esperando encontrar aquella oscuridad densa y solitaria con la que había convivido desde que había llegado de comisaria pero para mi sorpresa, esta había sido sustituida por una cálida penumbra, donde se adivinaban ciertas briznas de jazmín y otras hiervas exóticas de oriente.
-Respira hondo, Davey. Ha sido muy duro-. Repitió aquella voz descendiendo las mantas levemente, generando una corriente fría que barrio mi cuerpo, y dejando descubierta mi cabeza hasta la nuca donde dejo reposar sus labios carnosos. Su calor no tardó en contagiarse por todo mi cuerpo como un veneno.
-Annie, ¿de verdad eres tú y no un mero sueño alimentado por mi deseo de volver a verte?-. Susurré débilmente a causa de aquel bienestar que se hacía poseedor de mi cuerpo y mente.
- Tshhhhhh-. Unos dedos cruzaron mis labios dejándolos sellados con suavidad a pesar de lo afilado de su terminación. –Lo que cuenta es que estoy aquí contigo…-. A cada palabra que escuchaba estaba más y más convencido de que realmente era ella. Deseaba que realmente fuese ella. –Porque eso es lo que deseas, ¿verdad?-. Su otra mano jugueteaba entre los mechones revueltos de mi pelo humedecido.
-Sí-. Respondí de forma automática. –Te deseo, Annie-. Estaba completamente convencido de que era ella quien estaba a mi lado, no cabía la más mínima duda.
Escuché una risita cargada de travesura a la vez que una sonrisa se marcaba en mi nuca. El cosquilleo de una fina hilera de besos y succiones hizo que mi piel se erizase por completo mientras me estremecía mecido por un indescriptible placer.

15/5/14

[900 palabras contadas]

Bueno, con esa imagen en mente… /se pone sus gafas de lectura, se acomoda en el sillón, aclara su garganta antes de tomar aire y mirar a la chica que delante aguarda\.
Érase una vez que se era, en una extraña y lejana ciudad un misterioso joven que al calendario de mirar no dejaba. Algo en él lo inquietaba. Se movía levemente, mecido por el suave viento que se colaba por una de las ventanas abiertas. Un viento que arrastraba el aroma típico de mediados de febrero. El...


[-Vaya. Febrero, que casualidad-].
/Corta el relato. Mira por encima de sus gafas. Sonríe, sabe lo que ha pasado por la cabeza de su oyente\ ¡¿casualidad?! /Niega con la cabeza\. No es más que una historia de un viejo libro. /Blande el tomo en sus manos, pero con mimo\. Cualquier parecido con la realidad es un mero espejismo. /Devuelve la mirada al libro. Pero mantiene aquella sonrisa misteriosa y enigmática\ A ver... Por donde iba... ¡Ah! /Toma aire de nuevo para proseguir su historia\.

El chico lo miraba con fijeza mientras escuchaba de fondo la voz del profesor de turno. Monótona, monocorde. Apagada y distorsionada por una distancia infinita. Apenas lo escuchaba, no era más que un susurro en lo más profundo de su mente. Una vaga melodía.

Inspiro sin apenas notarlo cuando percibió un delicado aroma, aunque sin llegar a saber de qué o quién lo desprendía. Solo miraba su número. Aquel número que colgaba burlón en la superficie plateada de aquel calendario.
El ruido de la campana lo devolvió con brusquedad a aquella patética realidad en la que navegaba sin rumbo. Y menos aquel día. Caminaba lentamente. No tenía prisa por llegar a casa, nadie lo esperaba. 

Tenía comida en la nevera con una nota de su madre con unas delicadas notas del menú que tendría para aquel día. "ensalada mixta al gusto". Pero fue en medio de su silenciosa comida cuando el teléfono vibro sobre la mesa. Aparecía en la pantalla el reflejo de un nombre y un número de teléfono. La conocía. Pero le extrañaba e intrigaba sobremanera lo que aquella llamada podría depararle. Un viernes sin plan alguno era sinónimo de una improvisación de lo más arriesgada.
-Nunca...-. Dijo al poco de estar hablando con ella. -Vaya, es una lástima. Deberías verlo, es increíble. Me parece algo digno de compartir-.
-...- Guardo  silencio mientras miraba sus gestos reflejados en la ventana.
-me encantaría llevarte-. Dijo con cierta sorpresa para sí.
-...-
-¿¡¿¡¿¡Esta tarde!?!?!?-. Aquello le pillo por completa sorpresa. Aquello tenía cientos. No. Miles de connotaciones ocultas. Y hoy precisamente.
-...-.
-...-.
-Bueno, de acuerdo. A las siete-.

Estaba consternado. No se lo podía creer. Aquello era raro. Y una locura, todo sea dicho de paso. El tiempo fluia, alargándose y estirándose como si fuese una goma elástica sin límite de rotura. Cada minuto eran mil y un pensamientos. Finalmente llegó el momento. La hora de partida.

Recogió a su pasajera. Quedaba un largo camino por delante. La autovía comenzaba a extenderse ante ellos. Conducía deprisa, pero sin rebasar los límites marcados. Sonaba solo la música de fondo. Rápida y rítmica. El resto solo silencio. Alguna mirada, fugaz. Retrovisor. Pasajero. Carretera. Velocímetro. Llegó su salida y la tomaron lentamente para comenzar la ascensión hasta una vieja vía forestal. La recorrieron entre botes, baches, algún zigzag mientras la tarde caía sobre ellos.

El pinar. Aquel terreno donde aquellos arboles típicos campaban a sus anchas. Creciendo. Adornando. Dando vida. Creando una atmosfera extraña. Dejaron el coche junto a un pino, cerca de un pequeño claro. El no quería extraviarlo, aunque conociese bien aquel lugar. Comenzaron a pasear. En silencio. Escuchando solo sus pisadas en medio de la nada. El viento ululaba entre los troncos. Movía las copas entrelazadas. Ella corría y saltaba como un cervatillo. El aguardaba a distancia mientras en silencio pensaba. Recordaba más bien.

Llegaron a un lugar donde quedaba emplazada una vieja mina abandonada. Se sentaron mirando los últimos rayos de la tarde esconderse en el horizonte. El frio los envolvía. El sentía pequeños escalofríos. Se sentó junto a ella mirando el horizonte. La rodeo la cintura y siguió en silencio escuchando la naturaleza que los rodeaba. El pinar. Ella habló, daba una ligera opinión de aquello que nunca había visto y que tanta intriga despertaba. No en balde ella era una gatita muy curiosa. El frio arreciaba. Tras la muerte del sol se levantaron de nuevo. Caminaron de regreso.
Allí estaban de nuevo. En el claro. El coche aguardaba en la noche. Él, antes de partir, tomó una foto de un recuerdo que olvidaría aquella misma noche si pudiese. Dejando aquello como recordatorio de algo raro que vivió. Un relato que invento en una noche de verano mientras luchaba por caer rendido ante el sueño. Regresaron al coche. Bajaron despacio. Condujeron en tinieblas por el camino hasta llegar a la carretera por la que retornaron a la ciudad de nuevo.
Tras dejar a su pasajera en el lugar de encuentro reanudo su marcha mientras veía salpicado el cristal del llanto de las nubes de aquel “catorce-de-febrero”.

/Sonríe, mientras cierra el libro. Mira por encima de sus gafas a la chica que lo escucha, aguarda en silencio\.
Y con esto, colorín colorado este cuento se ha acabado. /Ríe en el sillón\. Disculpa si te he aburrido, a veces se hace más largo de lo conveniente. /Sonríe, aunque niega con la cabeza\ ¿Qué te ha parecido?  /Cierra el maltrecho libro y lo guarda con delicadeza en una inmensa estantería\.

5/3/14

Alterne


Te veo ahí tumbada, sobre el negro y frio metal, mostrando todas las curvas que te conforman. Aquellas partes cubiertas por delicadas rejillas estimulan mi curiosidad con avidez aunque no tanto como aquellas que ocultas con travesura, comburente en el interior de mis entrañas.
Provocas mis ansias por conocer tu interior. Me aproximo hacia ti. Retiro con cuidado la cubierta que tapa el puente, lo cruzo con suavidad al otro lado mientras siento en mis manos las rectificaciones de tu electrizante carácter.
¿De dónde viene? Me pregunto, esa curiosidad se ha tornado en un ácido corrosivo que me quema lentamente. Sucumbo a ti al desaflojar cada botón que cierra tu ropa. Sin prisa. Lentamente, sintiendo cada giro entre mis dedos. Intuyendo lo existente al otro lado a través de las oquedades de la rejilla, veo que algo se mueve en tu interior, pero qué, vuelvo a cuestionar.
Difícil me resulta pero tras algo de perseverancia derrito las últimas conexiones de tu ropa, dejando al descubierto aquel misterioso interior. Un collar rojizo metalizado, cobre tal vez, aunque no me atrevo a aventurar. Miro aquel adorno del que cuelgan tres puntas entrelazadas dos a dos entre sí. ¿¡Triangulo!? Digo para mí.
Tu corazón queda desvelado. Órgano generador. Gira y gira electrificando su alrededor. Me imantas con violencia, atrayéndome hacia ti. Demasiado fuerte es el campo. No me puedo resistir pero con ayuda de la prensa logro salir, cubriéndote de nuevo y olvidándome de ti.  

23/2/14

Night adventure.

Circulaba por las calles de la ciudad de Tokio, el sol había caído. La noche había invadido el cielo. ¡Pero cielos, quién lo diría! Entre tanta pantalla y luz seguía pareciendo de día. Por todos sitios, allí donde mirases había alguna pantalla gigante. Era sábado y por las aceras caminaba una ingente cantidad de personas. Adolescentes en su mayoría, todos de uniforme, seguramente a la búsqueda de buenos ratos al abrigo de alguna discoteca o algo. Yo por el contrario, mi diversión quedaba en otra actividad, en mi opinión mucho más estimulante, o al menos eso espero.
Un semáforo horizontal detiene mi paso. Respiro en profundidad, y aunque el interior queda completamente oculto desde el exterior, me pongo un casco para cubrir el rostro. Enciendo la música que baña el interior. Una melodía rápida y fluida. En pocos segundos aquella locura iría conformando poco a poco una realidad. Acelero el motor. Suena horondo a través de los enormes tubos de escape que se descuelgan hasta la parte de atrás. Cambia el semáforo a verde y hundo el pedal hasta tocar tope. El coche responde de inmediato con violencia dejando un chirrido descomunal sobre el asfalto. Varias miradas se vuelven para observar, ignoro sus pensamientos pero tampoco me importan. Ahora estoy pegado contra el asiento mientras las agujas suben. El reto está en no colisionar contra nada y sobre todo que no te pillen los de azul. Sonrío una vez más antes de vaciarme por completo y comenzar a zigzaguear entre el tráfico.
 
En estas circunstancias las luces rojas pierden todo significado. Los cruces son meras loterías en las que solo caben los cálculos y los reflejos. Las calles, a pesar de la anchura, son complicadas por la cantidad de vehículos que van por ellas. Pero precisamente es ahí donde se haya la diversión. Escucho pitidos. Ruedas que deslizan tratando de detener su avance. Algún atisbo de cristales rotos y chapa abollada. Pero no hay daños graves, porque tampoco es que se circule excesivamente rápido. Un nuevo cruce se avecina con el semáforo recién puesto en rojo, el coche al que sigo frena. Me aseguro antes de tirar del freno brevemente para salir al carril contrario y sortearlo a gran velocidad. Aparece un coche tras una furgoneta que iniciaba el giro. El pulso se acelera y el tiempo parece detenerse. Las reacciones son completamente instintivas. Contra volantas mientras pisas los tres pedales al mismo tiempo, recudes marcha y rezas para que salga como has esbozado con velocidad en la mente. Las ruedas patinan generando una vahada de goma evaporada. El coche comienza a deslizar. El camión para en seco y el otro coche lo intenta. Te dá, piensas mientras miras los otros vehículos que circulan por la perpendicular. Entonces pasas limpio incorporándote completamente cruzado a la vía transversal. Alzas un grito de victoria por el éxito de la maniobra, pero este dura poco porque detrás de otro par de coches se encienden de pronto unas luces rojas, junto con el sonido de las sirenas. La policía. Se va poniendo más interesante. Emprende en tu persecución pero parece que se queda atrás con un par de maniobras extrañas. Sales de nuevo a otro cruce, vas perdido virando sin más, de forma aleatoria, buscando la mayor facilidad de maniobra. Vigilas los retrovisores en busca de la policía aunque nada por el momento.

Continuo sorteando coches sin importar el lado, bailando entre los carriles al son de la ciudad. Me veo reflejado en algunos escaparates. Una estela negra que circula a toda velocidad. Parece que estoy en el centro de la ciudad, solo por la creciente población de viandantes y rascacielos repletos de luces y pantallas. Contemplo con cierto miedo como al fondo de la calle se levanta una muralla de viandantes que colapsan mi paso, y no conforme con eso, también se escuchan con cierta nitidez el eco de varias sirenas de la policía que se abren paso entre la circulación. Cruzo el coche sorteando a una pareja de camiones. Hago sonar el claxon del coche y contemplo como aquella muralla se abre abruptamente. Los peatones corren, otros se detienen. Siguen en movimiento unos pocos ajenos a lo que pasa. Me adentro y me fijo en un grupo de colegialas que ha quedado dividido por la separación. Paso fugaz levantando gritos. Miro en el retrovisor como una de ellas sostiene su falda levantada. Escucho el chirrido de los frenos por detrás. Me escapo acelerando más si cabe hasta dejar la aguja en casi ciento veinte por hora. Parece que aquello se termina. Veo al fondo un paso elevado, lo que me hace pensar en la autovía. Piso el freno dejando el coche clavado milímetros antes de la línea. Una nueva sirena se escucha en la calle. Viene rápido. Mis nervios se desmadran al saber que sigo todavía en la persecución. Veo la luz parpadeante reflejada en un escaparate. Acelero el coche aun con el embrague hundido hasta el fondo. De pronto una ambulancia atraviesa el cruce adentrándose en este con cierta duda. Respiro con alivio. El semáforo cambia a verde. Me adentro lo que parece la entrada a ese paso elevado. No sé a dónde conduce pero es lo mismo. Gano velocidad sintiendo la fuerza del par motor. Suena el turbo en cada intervalo de marchas. Silbido y descarga. La circulación parece fluida. Se abren varios carriles. La aguja toca su tope. No quedan números que señalar. Doscientos nada más. Sorteo bailando entre carriles, incluso el arcén. Veo un coche varado en la cuneta, parece a la espera. Arranca tras de mí encendiendo varias luces rojas. No tarda demasiado en colocarse a mi cola. El tráfico vuelve a densificarse obligándome a reducir la velocidad y aumentar el número y rapidez de los quiebros, que no siempre eran posibles. Busco la siguiente salida. Están casi pegados. Regreso a la concurrida ciudad. Parece que les pierdo. Entro en una calle estrecha, sin percatarme de la señal que restringía esa dirección. Varias luces blancas me miran con horror, y al fondo dos patrullas que se acercan. Miro en rededor en busca de una alternativa para librarme. Entonces veo un enorme vano en la pared. Leo parking justo encima. Viro de forma brusca y me adentro en la cueva. Veo pasar las sirenas de largo a través de los retrovisores. Aparco en el primer sitio libre que veo. Apago el motor. Bajo del coche. Cojo las placas del paletero y las coloco en los respectivos lugares con un par de “clic” cada una. Dejo el casco en el maletero y regreso a la calle perdiéndome como otro coche más en aquella increíble ciudad.

18/11/13

Penssamientos Effimeros

Sentir como tu pulso se acelera sin razón.
 
Queriendo seguir el ritmo cardiaco del motor.
 
Ver ese pequeño tramo negro entre la alineación de blancas rayas.
 
Cruzándose, bailando al son de una música, tan rápida como tu paso.
 
Oculto en la más densa noche.
 
Corres.
 
Corres.
 
Suben los números.
 
Bajan las agujas.
  Caminan por el lado diestro de las esferas.
 
Huyes de tus pensamientos que quedan atrás en el tiempo y la distancia.
 
Durante efímeros segundos nada existe.
 
Nada importa.
 
Solo la trazada que dibujas en la noche.
 
Cortina breve abierta en la lluvia.
 
Las gotas destrozadas por tu paso. 
Estrelladas en la luna y barridos sus despojos después. 

4/10/13

Sueños lucidos.

El mundo onírico. La estancia de los sueños. Cuan curiosa alegoría, símil perpetuo, terreno del subconsciente durmiente. Terreno del eterno. Misteriosa realidad subyacente…
Caminaba. Vagaba sin rumbo recorriendo la Tenebrosa. No sabía cómo viajé hasta aquella solida negrura, rota sólo por algún tenue y fugaz destello. La temperatura bajaba a medida que permanecía en aquel lugar. Mis respiraciones… aceleradas por el miedo que me invadía, se convertían lentamente en densas nubes que ascendían por la oscuridad. Un pasillo fue cobrando forma. Cuestionaba, preguntaba el cómo y el por qué sin percatarme de que en aquel entorno no existían sus respuestas. Palpaba las paredes rugosas, y tan frías como el suelo que descalzo pisaba. Escuchaba. Percibía susurros afilados que me agredían desde la nada. Voces extrañas y deformes que hablaban en idiomas desconocidos. Las paredes se estrechaban. Más y más. El agobio no se apiadaba y me poseía con violencia. La respiración se entrecortaba, como si el oxígeno me faltase. Una rendija de luz brillante a ras de suelo me cegó, tan solo iluminó mis pálidos pies descalzos. Una puerta se intuía, tanteaba con el dorso de la mano en busca del pomo pero en vez de aquel elemento topé con un dolor agudo y fugaz. Una astilla. Inspiré, estaba en un callejón sin salida, las paredes continuaban aproximándose, lentamente pero sin cesar. Presión, podía sentir la presión sobre mi cuerpo. Inspire profunde de nuevo, tenía miedo. Pánico. Terror. Y poco tiempo. Con la astilla aun hundida en ¿¡Pata!? ¡Era una pata, peluda como la de un animal! Pero ya pensaría en eso después, ahora sólo quería cruzar la puerta que se agrandaba por segundos, ¿o era yo quién menguaba? Empujé contra aquella superficie que entre mí se interpondría, la luz parecía más cómoda que aquella oscuridad que me envolvía. Una manta. ¿Pelo?
Una luz brillante me acogió dejando mi visión anulada. Jadeaba sin saber por qué, no recordaba de dónde venía o por qué había cruzado aquel umbral. Caminaba sobre cuatro patas. La vista se recuperaba poco a poco y comenzaba a distinguir algunas sombras procedentes del entorno, pero no colores. Habían desaparecido, tornándose en una escala de gris. Un fresco olor penetró por mi nariz, no lo identificaba pero era muy agradable. El tacto blando del suelo ligeramente humedecido, y poco después una voz. Era femenina, dulce, y me llamaba… una y otra vez. Empecé a caminar atraído por la delicadeza con la que me incitaba estar a su lado. Su pelo corto y de un aparente color gris asomaba por encima de una pequeña colina. ¡Hierba, es hierba cortada! Pero quién era ella. No la recordaba pero si la conocía, estaba sentada con las piernas cruzadas en la ladera de la colina. Me miraba con aquellos ojos grises brillante. Seguía llamándome, insistiendo que fuese a su lado. El sol ya caía en el horizonte, ella me mantenía acurrucado en su regazo y pasaba sus manos por mi pelaje, justo detrás de las orejas. Me gustaba. Y se lo hacía entender de la mejor forma posible acariciando sus piernas con la almohadilla de mis patas y la sentía estremecer. Me hablaba y aunque a duras penas la entendía yo era incapaz de articular palabras, solo algunos suaves gruñidos. Sus labios se posaron sobre mi cabeza. Me cogió entre sus manos y nos miramos a los ojos. Ya había anochecido, el atardecer fue de lo más bonito y extraño había visto hasta entonces. Pero de la misma forma que vino…se fue.
Cuando abrí los ojos estaba mal tirado, maltrecho sintiendo como me vaciaba lentamente. Un líquido viscoso manaba a raudales de mí. No tenía sentido preguntarse el qué era o cómo, sabía que no había respuesta. Todo a mí alrededor se ralentizaba, cobraba lentitud, mientras menguaban poco a poco. Entonces una aguja se abrió paso a través de mi frágil cuerpo. El dolor insufrible hizo que mis ojos se abriesen una vez más. ¿Estaba dormido o despierto? Pero tampoco tenía sentido.
Desperté entre fríos sudores enterrado por las mantas, y entonces supe que todas aquellas vivencias tan reales no habían sido más que un producto del onírico mundo de los sueños inconscientes. Aunque no recordase ninguno.

4/4/12

X [part 3]

Tronabamos por las oscuras carreteras rumbo a casa. Absortos en los últimos acontecimientos. Superaba con creces la barrera de los doscientos cuarenta kilómetros por hora. Estaba invadido por aquellas sustancias que todavía duraban tras varios dias de lujuria desenfrenada. De pronto de la oscuridad surgió una nueva figura que se atravesó en mi trayectoria fugaz.  El sonido producido por aquel objeto contra el frontal del coche a más de doscientos por hora fue aterrador. Contemple con atroz horror como la chapa que se situaba delante de mí se plegaba como si de un acordeón se tratase. Sentí como la parte posterior despegaba y ganaba altura por la enorme energía cinética. Salí disparado contra la luna pero el cinturón de cuatro anclajes detuvo mi movimiento de forma brusca. Escuche como si algo dentro de mí estallase por la fuerza del impacto. Noté con nitidez cada vuelta de campana, vi como el interior del habitáculo se plegaba y deformaba sobre mí. Las lunas se hicieron añicos, sentí cada corte de esos diminutos proyectiles sobre mi cuerpo reventado. Quedé boca abajo viendo los regueros de aquel fluido rojo. Observé como las imágenes se iban emborronando y aquella oscuridad, aliada en un principio, se convirtió en mi peor enemiga. Fui  invadido por una sensación de frio, soledad, miedo. Presentía que mi final estaba próximo, sin ninguna razón comencé a reírme de forma entrecortada, ¿Quién imaginaba aquel final para mí?, aunque bueno… era evidente que algún día aquella velocidad sería mi punto y aparte. Con mucho esfuerzo escuche fuera de mi ataúd. Unos pasos se acercaban lentamente, y me pareció escuchar el eco que dejaban sus tacones. Pero nunca llegue a saberlo con certeza. Antes de que llegara yo había exhalado mi último aliento, y al contrario de la creencia yo… no tenía la boca abierta aunque si los ojos cerrados.

Aquel día, en una columna perdida de un diario local.

“…en el kilómetro 206 de una autovía había acontecido un aparatoso accidente, en el que una persona resultó fallecida a altas horas de la madrugada. Los equipos de emergencia encontraron en la escena un reguero de piezas y charcos de fluidos internos procedentes de un vehículo que salían  de la carretera a través de un agujero abierto en los separadores de hormigón. El vehículo, de color oscuro y sin logotipo alguno, quedó completamente desfigurado en el choque. Tras  cuatro horas de trabajo por parte de los equipos de emergencia dieron por imposible recuperar los restos mortales de su conductor. Se cree que fue debido por exceso de velocidad…”

[¿FIN?]  

X [part 2]

Refugiado en la oscuridad que inundaba la sala principal de mi guarida. Tirado en un viejo colchón, contemplaba en silencio las imágenes ficticias que mi mente proyectaba en el negro techo. Preguntas. “ISIs”. Situaciones hipotéticas que se hubieran desarrollado de no haber perdido el poco temple que conservaba. La noción del tiempo  que llevaba allí oculto desde aquella noche se habia esfumado como mis propias bahadas de vapor. Cansado y sumido en la más profunda de las decepciones, me levante. Paseé por la sala, atravesando aquella oscuridad. El amueblado era muy escaso. La mayoria eran oscuros y desgastados por el paso de los años. Los desconchones en las paredes formaban parte de la lúgubre decoración. Y junto al único acceso, un enorme bulto oscuro de piel satinada y aristas afiladas, contemplaba con ligera preocupación la deplorable evolución emocional de su compañero de piso. Junto a él una pequeña colección de bronces y platas, recuerdos de los intentos fallidos por progresar. Todos cubiertos por una capa de polvo, señal de olvido en el que habían caído. Vagué por la sala hasta una pequeña puerta de madera que se abrió con un quejumbroso chirrido inundando toda la sala. Ante mí, un pequeño baño. Camine hasta la ducha pesadamente y me desvestí. Abrí el paso del agua caliente y me adentre lentamente. El agua caliente comenzó a resbalar sobre mí, llevándose con ella algunas de las preguntas que me carcomían. Al cabo de un tiempo que se me antojo una eternidad salli de nuevo. Me plante frete al espejo y este me devolvió una distorsionada imagen de mí mismo. Enormes grietas de araña extendían sus brazos por su superficie pulida. Entonces vi las pequeñas salpicaduras granates sobre el punto de origen. Observe a través de aquella imagen la cubierta manchada sobre mi puño derecho. Pensé. Recordé. O al menos lo intenté. Pero las vivencias de aquella madrugada estaban por completo bloqueadas. ¿Tan ofuscado y ciego estaba?                                  
Regrese de nuevo a mi colchón, con la intención de reconciliarme con Morfeo. Necesitaba dormir un poco y dejar por un momento todas aquellas ideas de lado. Me sumía en un profundo sueño casi sin sentir como perdía la noción de mi propia consciencia. El silencio y la oscuridad me rodeaban. Todo estaba en calma. Sin aparente motivo la bestia comenzó a gritar con aquel estridente sonido suyo. Abrí los ojos, intensos haces de luz iluminaban la estancia de forma intermintente, cegándome por completo.  En medio de aquel kaos contemple como una figura emprendía con furia contra la bestia. Un sonido sordo lleno la sala. Como de chapa reventada, seguido por el desvaído sonido de la alarma del coche. Después, aquella figura se volvió y comenzó a acercarse lentamente dejando tras de sí el eco de unos tacones. No podía apartar los ojos del amasijo de hierros al que había reducido mi coche. Estaba asustado, furioso, lleno de sed por vengarle. Aquella figura se detuvo delante de mí, estiró sus brazos y me levanto como si nada. Aquellos ojos me escrutaban sin piedad. Intente zafarme de ella pero todo fue en balde. Empezó a hablarme con una voz dulce pero en un idioma que no conocía. Cuando terminó su breve exposición, volvió a mirarme. Me aproximo a ella y me susurró unas palabras al oído. Antes de dejarme de nuevo en el suelo, con mucha suavidad depositó sobre mi mejilla, muy cerca de la comisura, un tímido beso. Una cálida sonrisa y un nuevo fogonazo de brillante luz antes de esfumarse por completo. Devuelto bruscamente a la oscuridad, contemple de nuevo los alrededores. Me quedé impactado al ver de nuevo aquel enorme bulto oscuro de satinada piel, como si nada hubiera sucedido. Estaba confuso por lo que acababa de vivir, ¿lo había soñado, o había sido real?, aunque por otro lado, muchos “ISIs” habían desaparecido. Me vestí rápidamente con lo primero que encontré. Cogí las llaves de mi pequeño y salimos de nuevo rumbo desconocido.
Aquella ultima frase que ella me había susurrado al oído no dejaba  de dar vueltas por mi cabeza, ¿Qué sentido tenían aquellas palabras, a qué venia todo aquello?

Volvíamos a tronar por las vacías carreteras rumbo indefinido, con la única información de cuatrocientos kilómetros a la redonda. Contemplé el reloj de mi muñeca, la una de la madrugada. Ahora superaba con creces la barrera de los doscientos kilómetros por hora. Estaba impaciente por volver a encontrarme con aquella mirada. Dejarme invadir por aquella música y ese aroma de incienso y especias. Y volver a compartir con ella todo lo que aquella noche nos pasó. Repetirla una y otra vez. De pronto de la oscuridad surgió una figura que me resulto imposible de sortear pero pareció desvanecerse, como el humo o como una pequeña brizna de niebla,  a nuestro veloz paso. Después de aquel pequeño susto reduje ligeramente la velocidad. ¿Qué demonios estaba pasando? Eso era tremendamente raro. Traté de dejar en silencio mi mente y concentrarme de nuevo en la carretera. La aguja seguía  por encima de doscientos aunque ahora más cerca de numero. A lo lejos una salida de la autovía por la que volaba. Tome la salida y nos sumergimos en una nueva carretera de la que tenía un vago recuerdo. Parecía que estábamos en el camino correcto. Tras un rato de circular por aquella carretera di con un pequeño camino de tierra, además en la intersección de la gravilla y el negro asfalto había unas rodadas que se cruzaban entre los carriles, como si algún otro coche hubiese salido de allí a demasiada velocidad, uno de tracción trasera. De nuevo un pequeño tic en mi pecho, como en aquella salida. Viré por el camino y acalle lo más posible el ruido del motor, aun asi podia escucharse claramente quebrando el silencio circundante. No tarde demasiado en topar con aquel edificio abandonado. Lo vi, ahora sin aquella densa niebla, un viejo piso en medio de ningún lugar, con una gran puerta metálica. Ahora estaba cerrada, o eso parecía. Me acerque algo titubeante. La puerta se abrió con un leve quejido. ¿Habría alertado aquel sonido a la moradora de aquel lugar?
Subí por aquellas escaleras. Me adentre en la oscuridad de aquella inmensa sala. Pero… no parecía la misma. Todos aquellos adornos y objetos decorativos habían desaparecido. O bueno habían sido sustituidos por otros más viejos y desgastados, y aquel olor dulzón del incienso y especias había sido comido por el olor de la humedad. Además ahora hacia más frio. Respire y solté el aire con mucha lentitud, era como haber regresado a mi guarida. En el aire algo me llamó la atención. La presencia de un pequeño perfume. Tremendamente familiar, y no tarde en dar con aquella familiaridad. Una sonrisa se me dibujó en el rostro sin ni siquiera darme cuenta. Avance lentamente sorteando el nuevo mobiliario. Definitivamente era como mi cueva, y casi lo prefería. De pronto tope con un sonido diferente al de la madera. Y sin mirar sabía con lo que acababa de topar. Mi cazadora, mi cazadora de cuero negro. Baje la vista lentamente. En el sofá, una figura delgada estaba echa un ovillo, arrebujada en ella con el fin de luchar contra aquel frio que invadía aquella sala. A pesar de aquella oscuridad conseguí ver las facciones tensas y forzadas de su cara. Aquella chica misteriosa, de pelos revueltos de color oscuro y de inocente aspecto parecía estar siendo acosada en sueños, y admito que eso no es nada agradable. Lo se por experiencia. Busque por aquella estancia alguna puerta, y no fue difícil dar con una. Al otro lado había una pequeña cama, si podíamos denominarlo así. Regrese de nuevo a la estancia principal y la tomé en mis brazos.
La transporte cuidadosamente hasta la cama, pero antes de llegar ella pareció despertarse. Nuestras miradas se cruzaron. Aquellos ojos marrones verdosos, profundos y de intensa mirada parecieron hipnotizarme.
-Has vuelto-dijo en un susurro pero me sobresaltó.
-Si- Mi voz también era un susurro. –He vuelto para estar contigo otra vez-. La devolví al suelo con suavidad, ella estiro los brazos y me acogió en un largo abrazo.
-Sigues igual de frio...- La mire a los ojos una vez más, y en ellos vi un pequeño brillo, al igual que en sus mejillas había un ligero coloreado.
Entonces ese nuevo cruce de mirados nos aproximó lentamente sin ser conscientes de ello. Mis manos se depositaron sobre su cintura. Las suyas se cruzaron pasado mi cuello y se entrelazaron. Su piel era suave y cálida. Nuestros labios se juntaron lentamente.
Primero solo fue el roce de sus labios carnosos con los míos agrietados por el frio helador de la noche. Sentí como algo comenzaba a fluir por mi circuito sanguíneo. Y era mucho mejor que la adrenalina. Nuestras bocas se fueron abriendo dejando salir lo que custodiaban. Aquel sabor, a fémina, sería inolvidable. El jugueteo de nuestros apéndices bucales en un terreno definido por neutral. Parecíamos fundidos e inseparables, pero entonces yo tome la iniciativa primero. Recorrí su cara en busca de un punto más sensible en el que poder atacar a mi victima. Descendí hasta su cuello y allí emprendí de nuevo. Ella fue más rápida y sentí en mi cuello un cosquilleo que bajaba, también se detuvo alli, pero en el lado opuesto. Note el cálido y húmedo tacto de su lengua. Sus labios juguetones creando las fronteras, y una ligera succión. Una nueva carga de aquella sustancia con la que parecía sentirme más salvaje. El frio de aquella estancia comenzó a retroceder cobarde. Ella también parecía haber aumentado su temperatura corporal. Sus manos se soltaron del lazo que había creado y descendieron dejando tras de si una estela de suaves caricias. Las mías por el contrario estaban aferradas a su cintura, pero no tardaron en recibir la orden adecuada. Dieron con la junta en su ropa. Se adentraron con suavidad y fueron trepando con una lentitud pasmosa. Ella se estremecía y retorcía con cada milímetro que mis manos tomaban. Ahora estaba dando comienzo un pique en el cual había que demostrar al rival cual era mejor, por lo que la intimidación no era opción. Ella tomo la dirección opuesta. Me vi sorprendido cuando ella dio con el cinturón y lo desabrochó con dulzura y mañas apabullantes. Suelto el seguro, sentí como mis vaqueros sufrían el efecto de la gravedad. Mientras el flujo de besos no había cesado. Ella tomaba ya cuatro campamentos sobre mi cuello, yo solo dos. Pero decidí tomar otra táctica. Deje que mis dientes, también formasen parte del equipo de combate. Mordisquitos. Ella titubeó en su siguiente movimiento, por lo que ahora yo tenia la delantera. Había colonizado ya la espalda, estaba en busca de aquella cinta que marcaba el sujetador, pero… Oh! sorpresa no estaba. Se me escapo una sonrisa malvada, y ella se percató de mi descubrimiento, porque recobró terreno y trepó por mi pecho, y con sus manos también subió la tela de mi camiseta. Ahora, de un fugaz vistazo fuera de sus ojos o su cuerpo, vi como la habitación había tomado una nueva y suave iluminación. Mis manos ahora más cálidas, recorrieron el tórax hasta dar con aquellos senos suaves y tan agradables al tacto, ocultos bajo aquella camiseta. Volvimos a mirarnos a los ojos y dos sonrisitas copaban nuestros labios. Sus uñas ya paseaban sobre la parte sensible de mi pecho, juguetonas, provocativas. Y aquello me despertó una nueva sensación que hasta entonces no me había percatado de su existencia, una presión comenzó a hacerse notar en mi pantalón. Estaba tan desbordado por aquellas sensaciones que muchas de ellas se pasaron por alto, pero que ella percibió con claridad su significado. Volví la mirada a sus manos por un segundo y después regresé a sus ojos. Ella volvió a hundir su boca en la mía. De nuevo nuestras lenguas jugaban. Tan absorbido por la pasión estaba que no note como la tela de mi camiseta se rasgaba lentamente.
-No se a ti pero a mi hay cosas que me estorban- me susurró al odio. Entonces me percate que mi camiseta estaba a mis pies divida en dos trozos casi simétricos.
- Jo. No es justo, me has quitado la camiseta y tú sigues con ese camisón tan elegante-. Me desprendí de las botas y aguardé el descuido.
Ella se sentó en la cama y me invitó a quedarme a su lado. De pronto se sentó a horcajadas sobre mí.  Y empujo mi cuerpo hasta dar con mi espalda en el colchon. Nuestras entrepiernas encajaban a la perfección, creo que se percató de que algo crecía bajo su peso. Lentamente comenzó a quitarse esa peculiar prenda de ropa que la cubría y la dejó sobre mi pecho, dejando su cuerpo completamente desnudo.
-¿Mejor?- dijo ella exhibiendo una picara sonrisa. Yo era incapaz de articular palabra. Comenzó a inclinarse lentamente hasta situar sus pechos a la altura de mis labios. Sin duda estaba sin habla. – Esto al igual que mi cuello también puedes morderlo y chuparlo-.
Creía que iba a estallar. Mi excitación parecía salirse ya de las tablas. Pero no pude evitar hacer lo que me pedía. Comencé a pasear la punta de mi lengua por aquella sensible zona, pero no tarde en animarme a seguir la misma estrategia que en su cuello. Ella parecía estremecerse ante mis pequeños y suaves mordiscos, como si una corriente eléctrica la recorriese. Pero trate de acallar esos pequeños espasmos paseando mis manos por su espalda lentamente y parecía que la leí el pensamiento.
Tumbado en la cama con su figura descubierta sobre mi. Ahora era la parte inferior la que requería el segundo asalto. Mis manos recorrieron sus curvas, sin dejarse ningún recodo por asegurar. El primer asalto parecía que ella había quedado por encima. Tras esta primera fase de meros divertimentos daba comienzo una segunda fase. Llegue al comienzo de los muslos y fui tanteando lentamente, pero ella decidió seguir en el punto más alto. Sus manos se paseaban recreándose en mi pecho, mientras seguía jugando con mi lengua, de pronto vio un nuevo punto de ataque. Se acercó a la oreja y lanzo contra ella un ligero soplo de aire. Me estremecí, incluso me levante con ella encima. Un escalofrío me recorrió desde la oreja hasta el pie. Ella se asustó y se  aferro más fuerte. Estaba claro que aquella posición me era desventajosa, por lo que la deje en la cama, y coloque mi peso sobre ella. La tome de las muñecas e hice de mis manos sus esposas. La contemple. Ella me miraba, el rubor había aumentado considerablemente, estaba extrañada porque no conseguía dar con mi próximo movimiento. Comencé una nueva cadena de besos, esta vez descendieron desde la curvatura de sus firmes y leves pechos, llegando al vientre, y un nuevo salto. Los muslos resultaban más apetitosos. Entonces fue ella quién se estremeció, pero no podía soltarse de las amarras que la sostenían. Pero craso error no contar con que aun podía mover las piernas ni con su increíble flexibilidad. No tenia escapatoria, estaba acorralado. Entonces en un desesperado intento trate de subir pero demasiado tarde. Ella hecho un lazo con sus piernas, mi cuerpo estaba demasiado bajo, y con una maña impresionante dio la vuelta a la tortilla. Ahora era mi espalda la que estaba apoyada en el colchón. Y su cuerpo, casi celestial disfrutaba de la luz de aquellas misteriosas velas. Aquella figura se veía todavía más hermosa y sensual si cabía.
-Ahora estoy más cómoda- dijo con aquella voz dulce y termino con una sonrisa malévola.
 
-Se ve, se ve. ¿Qué vas a hacerme?- dije. El tono de voz ya no era gélido, sino una mezcla de jadeo agotador.

-Bueno, tú no lo has hecho nada mal, pero ahora me toca a mi- susurro en mi oído mientras hundía aquellos firmes pechos en mi cara. Comenzó a descender hasta sentarse en mis rodillas y entonces fue bajando el pantalón. Ella no puedo evitar observar aquella elevación que se escondía debajo del bóxer. Entonces volvió a llevar sus manos hasta mi cintura y comenzó a bajar aquella fina prende de licra negra, dejando al descubierto mi parte más sensible. El punto de no retorno había quedado atrás hacía kilómetros y ambos estábamos dispuestos a llegar al culmen, al nirvana... Ella volvió a sentarse sobre mi vientre y se tumbó sobre mí. El tacto de su piel, sus pechos, sus posaderas bajo mis manos. Ahora estábamos los dos desnudos. Ambos teníamos un gran calor interno deseoso por salir. Nos sonreímos y ella tomó posiciones, yo hice lo propio. Sentí como ese nuevo apéndice se abría paso a través de ella, como su clítoris se amoldaba a mi pene. Ella comenzó a moverse lentamente en un vaivén, solo las caderas, mientras mis manos trepaban hasta volver a los pechos, blanditos, suaves, agradables al tacto. Parecía que por ahora todo iba bien. Tan solo ligeros jadeos, por parte de ambos, y aquellas sustancias volvían a hacer acoplo de mi flujo sanguíneo. No sabia cuantos llevaba ya cuando cambió  el ritmo del movimiento, nuestros jadeos subieron de nivel. Una fuerza, pasión creo que la llaman, se apodero de mí en ese instante. Hasta entonces inmanente a la situación. La tome por la cintura y cambiamos las tornas, al parecer él también quería participar. Ahora era ella quien reposaba en la cama y era yo quien descargaba suavemente aquella fuerza que me invadía desde el comienzo de la noche. Sus gritos cambiaron de intensidad a la vez que yo reducía el intervalo de mis penetraciones. Costaba más de lo que pensaba en un principio, pero no le di importancia alguna, de pronto sentí como sus manos que recorrían mi espalda empezaron a hundir sus uñas suavemente. Un nuevo efluente recorría la tubería, atraído por aquella voz celestial producto del coito, pero me veía incapaz  de retenerlo. Lo trate de aguantar hasta que fuera ella quien cayese, pero al parecer yo había topado con mi tope, ya no daba más. Aconteciendo la explosión de aquel efluente pálido y viscoso que la dio el empujón para sumirla en el orgasmo. Yo me tumbé extenuado sobre ella, pero perecía seguir con ganas de más. Se volteó, dejándome de nuevo apoyado en la cama.

-Te has portado. No ha sido el mejor pero ya le iras cogiendo el punto. Ahora vamos a tomarnos un respiro y después si quieres, repetimos-. Ella deposito un beso en mi pecho.
-Por supuesto, esto solo ha sido la primera -. La rodeé con mis bracos y la acerque de nuevo a mi aspirando aquel nuevo aroma que nos envolvía a ambos.  

Parte 3

18/3/12

X [part 1]

Las agujas juguetonas de mi reloj marcaban las cuatro de la mañana. Había recibido una extraña invitación cuatro horas antes que me convocaba a una misteriosa reunión en un punto desconocido de algún mapa. Conduje a través de la niebla, sorteando a los osados que atrevieronse a salir aquella noche de niebla cerrada, a más de ciento ochenta. Era una distancia grande que salvar en pocas horas pero llegue al lugar dentro del límite establecido. Cuatrocientos kilómetros a través de largos ríos negros en poco menos de tres horas. Finalmente los faros de mi maquina encontraron un pequeño camino que conducía a lo que parecía ser un almacén abandonado. Creía haber llegado a mi destino. Las explosiones de los pistones que resonaban a través de los dos escapes quedaron en silencio ante la puerta. Grande, metálica y de siniestro aspecto. Volví a leer la invitación. La letra era perfecta, clara y sencilla.
-“Déjate guiar. Promethea”-.
Cerré la puerta con un estruendo metálico de chapa que resonó por todos los alrededores. La puerta estaba abierta, y dado que tenía invitación me adentre en aquel misterioso lugar. Subí por unas escaleras que me condujeron a una sala grande. La decoración era extraña. Por todos lados decenas de estanterías pero ningún libro en ellas. El sonido de un instrumento llenaba la estancia con su melodía serena, aunque no conseguí encontrar su origen. El incienso llenaba mis pulmones produciéndome una sensación de relajación que jamás había sentido antes. En el suelo cojines y un pequeño diván de terciopelo. Una voz resonó en mi cabeza, melódica y suave.
-Ponte cómodo, estas como en tu casa-.
Decidí hacer lo que tan amablemente me pidieron y deje caer suavemente mi cuerpo sobre el diván. Mire en rededor y por el único vano de la estancia, precedido por unas finas cortinas blancas, observe que la noche seguía avanzando lentamente. Una nueva presencia entró sigilosa. A pesar de la situación no estaba en estado de alarma, sino todo lo contrario. Aquella figura femenina se fue acercando. Y acercando. A escasos centímetros de mi rostro, volvió a hablar. Su voz me acaricio hasta llegar a mis oídos.
-Cierto es lo que he oído de ti- Su cara lucia una misteriosa sonrisa que me resultaba por momentos más y más atractiva, pero nada se exteriorizaba.
-¿y… que has oído de mí, misteriosa Promethea?- mi voz era fría como el hielo, pero siempre amable.
Ella se separó un poco, me rodeo y poso sus manos, increíblemente suaves, sobre mis hombros anchos. Con suavidad me quitó la fina cazadora de piel y la poso en unos cojines. De regreso cogió dos vasos pequeños y me tendió uno de ellos. El tacto cálido de la porcelana abraso mis manos congeladas por el frio de la noche. Se sentó junto a mí. Y hablamos hasta las primeras luces del alba. La conversación pasaba de tema en tema. Yo no podía apartar mi mirada de aquellos ojos verdosos precedidos por unas delicadas gafas. Me tenía cautivado, quién lo diría, pero no me importaba en absoluto. Estaba cómodo, me sentía perfecto acurrucado por aquella música, la luz desprendida por varias velas repartidas por aquella sala, cada vez más parecida al Olimpo griego, y por su presencia cada vez más cerca de mí persona.

Me vi sorprendido cuando apoyo su cabeza en mi pecho y se recostó junto a mí en aquel diván de tacto tan agradable. Sentí mientras seguíamos hablando como su mano tanteaba la mía, me aferro la muñeca y aguardó unos segundos en silencio. Después se volvió y nuestros rostros volvieron a estar peligrosamente cerca. Aquella mano fue trepando por mi brazo lentamente, produciéndome un tenue cosquilleo por todo el brazo. Aquella mano juguetona terminó posándose en el lugar donde tendría cabida esperar los latidos de un corazón que no llegaban a resonar. Entonces acercó más su angelical rostro, avanzaba lentamente pero segura. Parecía esperar algo. (¿Tal vez que yo diera un paso también?). Estaba ingerido por un terror, un profundo “ISI” cada vez más notorio y que no tardaría en salir a la superficie. Me aparte como pude, cayendo del diván y rompiendo aquella atmosfera que nos envolvía. Invadido por una adrenalina diferente a la que me embargaba de forma natural. Presa de un pánico atroz corrí escaleras abajo. Abrí la portezuela de mi fortaleza y volteé la bestia con un atronador rugido levantando toda una densa capa de tierra a mi tras y desapareciendo entre la niebla. Ella contemplaba desde la ventana y escuchaba el rugir de la bestia a través de la niebla. Cuando creyó haber dejado de escuchar aquel sonido alejándose a toda velocidad, volvió la mirada a dentro y sin querer posó la mirada sobre la cazadora de su recién fugado invitado. En voz alta se sorprendió diciendo.
-Es cierto lo que sobre ti escuche. No solo eres un ser sin corazón… sino que temes que este vuelva a latir otra vez. Pero... nos volveremos a ver… Dark Driver-.
Finalmente apago las velas con un pequeño movimiento de mano dejando la estancia sumida en la oscuridad, solo quebrada por la luz del amanecer y el eco todavía audible del motor de la bestia alejándose a toda velocidad.


Parte 2