poemas de amor Crazzy Writer's notebook: Extraño
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16/2/15

Había una vez...

... en un lejano y apartado lugar un cachorrillo que acurrucadillo esperaba a que los últimos atisbos del sol terminasen de desaparecer
Adoraba las noches. Le encantaban. La oscuridad que lo rodeaba le producía una deliciosa sensación a la vez que paseaba sigiloso a través del bosque tenebroso
Los grillos callaban a su paso para proseguir tras asegurarse de que su sinfonía no seria interrumpida de nuevo.
Caminaba hacia la laguna, donde quedaba ensimismado contemplando aquella preciosa bola plata que lo miraba tierno desde arriba
Miles. Millones de puntitos luminosos acompañaban aquella noche a la luna.
Tumbado panza arriba contemplaba el movimiento de los astros. Un baile mas raro de lo normal. Pero en vez de cuestionar tan solo se limito a ver como conformaban una figura femenina que se agrandaba lentamente. Tanto que casi pasaba inadvertido
Aquel pobre diablillo quedo hipnotizado por la luz que desprendía aquel ser que había cobrado forma ante sus ojos. Pero era demasiado tarde para huir.
Las manos de aquella chica lo sostenían y aproximaban hacia su cuerpo.
Se miraron fijamente durante largo rato. Sin hacer o decir nada. Solo aquellos ojos verdes que lo escrutaban con curiosidad y cariño.
Lo aproximo de nuevo hasta posar su hocico en su nariz. La beso y le dijo.
Buenas noches cachorrito. Descansa. Hasta mañana.
Y tras darle un abrazo muy largo. Lo dejo en el suelo.
Poco a poco aquella chica se fue desvaneciendo a medida que se adentraba en el lago.
Y mas allá las luces del alba anunciaban un nuevo día.


FiN

12/9/14

Annie [Sueños, Part 3]

No dejaba de darle vueltas a las cuatro últimas horas de mi vida. Aquel nuevo estadio resultaba difícil de asimilar, y no era extraño porque en aquel lapso, habían sucedido demasiadas cosas entre las que se encontraban mi implicación involuntaria en un crimen, el más sanguinario del condado, y había sido detenido como principal sospechoso. Y según había podido entender, el estado de las víctimas era espeluznante. Aunque lo peor de todo era que entre ellas estaba la chica que lograba que mi corazón se pusiese del revés… y… claro, también estaba ese abogado aparecido de la nada y con ese halo tan, tan… espectral.
Caminaba con cierta presura por aquellas calles solitarias todavía con los visibles efectos de la lluvia reciente. La temperatura había descendido notablemente y aquel leve viento que barría las calles te penetraba hasta los huesos. Aquella conversación que mantuve con aquel abogado no dejaba de resonar en el fondo de mi cabeza, como en un segundo plano, hasta que sin saber muy bien por qué, aquella frase que me dijo poco antes de marcharse surgió al primer plano pero no recordaba las palabras exactamente. Me detuve junto a un escaparate rejado, y contemplé mi reflejo y un poco más de soslayo lo que contenía. “Sienta los vínculos de la antigua Roma.” rezaba un gran letrero. “No obstaculice el paso.” Indicaba uno más pequeño en la parte inferior. Aquella frase ahora flotaba nítida en mi memoria esperando a ser leída con total claridad.
-Piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Me repetí una segunda vez en apenas un susurró, aunque seguía sin tener sentido alguno. –Pero… qué diablos quería decir… sería tal vez una de esas frases escritas en alguna novela romanticona que habría leído. Sí, eso es Dave, una novela romántica. Deja de darle vueltas-. Reanudé el camino y además con paso apresurado porque aún quedaba un trecho antes de llegar a mi apartamento, y vagar solo a esas horas no era lo más indicado en una ciudad como aquella.
El portal se apareció tras quince minutos, parecía que venía de un mal sueño y que seguramente despertaría al poco bañado en sudor al borde de mi cama. Mi mente había, de alguna manera, creado una especie de muralla para encerrar aquellas horas de pesadilla. Subí al ascensor y me dejé sumir en aquel silencio sub-realista. La campanilla anunció la llegada al piso marcado. Inspiré con profundidad convencido de que todo había regresado a la normalidad, y aquella imagen del pasillo repleto de agentes de policía y forenses nunca había existido. La calma lo invadía, bañado por la penumbra, parecía normal. Escuché como se escapaba un suspiro de mi boca pero aquel sonido se cortó súbitamente a la velocidad de la luz.
Un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo produciéndome un fuerte latigazo. El muro se desmoronaba con violencia y estruendo devolviéndome aquella realidad que había tratado en vano de desterrar. Al encenderse la luz vi como la puerta del apartamento de Annie y su compañera Rachel estaba cruzada por varias cintas amarillas que impedían el acceso. Aquel mensaje que se mostraba a lo largo de todo el precinto fue como un cañonazo.
-Escena de un crimen, no pasar-. Me susurré. De nuevo aquel escalofrío y aquella sensación de irrealidad. No lograba asimilar todo aquello, deseaba huir en aquel instante. Sin pensarlo apenas corrí hasta la puerta de mi apartamento sin poder dejar de ver aquella cinta amarilla con aquel mensaje en negro fundido. Encaje la llave tras varios intentos fallidos, abalanzándome sobre la puerta me guarecí en mi pequeño apartamento, cerrandola con fuerza tras de mí.
La respiración se me había acelerado produciendo que esta se entrecortara de forma ruidosa. El silencio seguía siendo sepulcral, alimentando aquella sensación de irrealidad e intranquilidad. Caminé lentamente hasta la habitación a la vez que dejaba caer las escasas prendas que me habían dejado poner antes de detenerme. Aquellos recuerdos seguían martirizándome.
Inspire con fuerza y contuve la respiración cuanto pude. Los sonidos se amortiguaron mientras sentía aquella necesidad imperiosa de soltar aquella bocanada de aire. Finalmente lo expulsé mientras me decía a mi mismo en voz alta que aquello seguía siendo producto de una pesadilla demasiado lograda y que mañana despertaría sin más escuchando los cantos adorables de mis vecinas mientras se duchaban.
Me tumbé en la cama haciendo crujir con estrepito los muelles que conformaban el colchón. Miraba al techo mientras me recogía en un diminuto ovillo y me tapaba hasta prácticamente soterrarme por completo entre las mantas. Tenía aquella infantil necesidad de construir un nuevo fuerte para protegerme de aquel mundo que me rodeaba. Cerré los ojos con fuerza y traté de liberar mi mente de toda clase de pensamientos. Dejarla sumida en un silencio tan grotesco como el que se escuchaba más allá de las mantas. Aquel proceso de hermetizado parecía sencillo, pero no tardé en toparme con aquellos pensamientos que se arraigan en lo más profundo de tu psique y de los que deshacerse resulta muy complicado. Aquellos datos retenidos de forma inconsciente a lo largo de nuestro día a día. Sonidos, olores, imágenes…
Todos aquellos recuerdos referentes a Annie.
-Annie-. Suspire en un susurró para mí. Su rostro se dibujó lentamente en mi pensamiento que poco a poco se fue tornando en una de aquellas monstruosas fotos que aquel detective me había mostrado en repetidas ocasiones. Sentí un reguero salino descolgarse por mi mejilla.
[-Una estudiante de diseño de último año-.] Recordé la voz de Voretto. [-Y no escuchó absolutamente nada… permítame que mantenga un escepticismo elevado, Sr Smith. Eso parece ser bastante doloroso, ¿no cree?-]. Fragmentos. Y más fragmentos de aquella conversación.
[-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-]. La imagen de aquel abogado atravesó mi mente de forma fugaz. Formalidad…
[-¡Dave!-] La radiante sonrisa de Anníe diluyó aquellas horrendas fotos que aún permanecían revoloteando por mi mente. [Me gusta cuando sonríes, Davey, te ves muy adorable.] El recuerdo de su voz me hizo estremecer entre las mantas.
[-Continúe… nos tiene sobre ascuas-.] De nuevo la voz del abogado restalló con aquel tono de sutil burla.
[-Ignórales cielo-.] Su voz aterciopelada se dejó escuchar nuevamente. [-No temas, estoy aquí para protegerte. Yo sé que no sólo eres inocente sino que trataste de ayudarnos a las dos-.] Sentí un abrazo cálido que me rodeó y atrajo hacia un pequeño oasis donde la hostilidad de mis propios recuerdos era menor.
-Anníe, te extraño. No me hago a la idea de no volver a verte-. Susurré a las mantas. –Qué fue lo que realmente sucedió-. Rogué al vacío una respuesta coherente a las experiencias vividas.
-Tranquilo Davey, lo sé. Por eso estoy aquí, contigo-. Respondió un susurro junto a mi odio. Una voz familiar pero extraña al mismo tiempo. Y de nuevo aquella suave atracción contra algo que yacía al otro lado de las mantas.
A pesar de lo que procedería ante aquella voz y ese abrazo llegados de la nada, no estaba alarmado sino todo lo contrario. Estaba calmado, tranquilo, a gusto. Aunque parecía que ese estadio no era del todo mío. Abrí los ojos esperando encontrar aquella oscuridad densa y solitaria con la que había convivido desde que había llegado de comisaria pero para mi sorpresa, esta había sido sustituida por una cálida penumbra, donde se adivinaban ciertas briznas de jazmín y otras hiervas exóticas de oriente.
-Respira hondo, Davey. Ha sido muy duro-. Repitió aquella voz descendiendo las mantas levemente, generando una corriente fría que barrio mi cuerpo, y dejando descubierta mi cabeza hasta la nuca donde dejo reposar sus labios carnosos. Su calor no tardó en contagiarse por todo mi cuerpo como un veneno.
-Annie, ¿de verdad eres tú y no un mero sueño alimentado por mi deseo de volver a verte?-. Susurré débilmente a causa de aquel bienestar que se hacía poseedor de mi cuerpo y mente.
- Tshhhhhh-. Unos dedos cruzaron mis labios dejándolos sellados con suavidad a pesar de lo afilado de su terminación. –Lo que cuenta es que estoy aquí contigo…-. A cada palabra que escuchaba estaba más y más convencido de que realmente era ella. Deseaba que realmente fuese ella. –Porque eso es lo que deseas, ¿verdad?-. Su otra mano jugueteaba entre los mechones revueltos de mi pelo humedecido.
-Sí-. Respondí de forma automática. –Te deseo, Annie-. Estaba completamente convencido de que era ella quien estaba a mi lado, no cabía la más mínima duda.
Escuché una risita cargada de travesura a la vez que una sonrisa se marcaba en mi nuca. El cosquilleo de una fina hilera de besos y succiones hizo que mi piel se erizase por completo mientras me estremecía mecido por un indescriptible placer.

31/8/14

Annie [Personajes extraños, Parte 2]

Un portazo rompió el silencio de aquella angosta y fría sala.
-Por favor… respete los derechos de mi cliente-.
Un hombre alto atravesó la sala. Rodeó la mesa metálica y dejó su maletín de cuero negro sobre ella. Miraba a ambos detectives con aquellos ojos fríos precedido por unas finas gafas de montura al aire. El cruce de miradas fue largo, el silencio eterno. Enojo y asombro nacían de la mirada de los detectives. Por fin, el más joven de los dos decidió quebrar aquel insulso silencio.
-Quién es usted. Y qué hace aquí-. Increpó mostrando su descontento. –Si ni siquiera esta…- La frase quedó incompleta ante el codazo de su compañero. Pero una sutil sonrisa se había instalado en el rostro del recién llegado.
-Soy el abogado que le han asignado… y dado que MI cliente tiene unos derechos… que menos que otorgárselos-. Hizo una pausa mientras tomaba asiento junto a mí.-… E interrogarlo, sin estar presente su abogado, no creo que sea plato de gusto para sus jefes… ni para el mío-. Su risa reverberó por toda la sala. –Bueno… ya hemos postergado esta charla más de lo debido. ¿Les parece si continuamos?-. Sugirió el abogado mirando de nuevo a los dos detectives.
Tras una fugaz mirada cómplice ambos tomaron asiento aceptando con resignación los argumentos del abogado. Estaban dispuestos a continuar con aquellas preguntas cuyas respuestas estaba deseando olvidar. El temor se adueñaba de mí, aquella pesadilla no hacia más que repetirse una y otra vez en mis recuerdos. Estábamos sumidos en el silencio hasta que la voz de Voretto, el más veterano de los detectives, cobró vida de nuevo.
-Bien… cuéntenos los hechos otra vez-. Se frotó los ojos que delataban un alto grado de cansancio, aun así me escrutaba en busca de algún indicio de mentira. Alguna contradicción. Dado que mi relato no sonaba demasiado creíble.  
-Bueno… estaba viendo la televisión en mi piso cuando de pronto escuché unos ruidos extraños al otro lado de la pared. Parecían canticos pero no sabría como describirlos…-. Mi abogado me miró con cierto interés, era la primera vez que me dirigía una mirada pero hubiese preferido que nunca lo hubiese hecho. Aquella mirada consiguió estremecer mi alma, no había nada de humano en ella.
-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-. Apremió el abogado con una voz tranquila y suave.
-…Eh…-. Aquel estremecimiento había cortado los débiles hilos de aquella historia de la que no estaba convencido de si había sido o no real.   
-Los canticos, Sr Smith-. Se reclinó ligeramente mientras entrelazaba sus manos delante de su boca.
-Ah… si, estuvieron unos minutos cantando en una lengua extraña pero al poco se callaron y se hizo un silencio sepulcral. Una calma llenó el edificio pero no era una calma corriente...-. Inspiré, tratando de buscar los términos más adecuados para expresarme. -...era una calma que te atormenta, te taladraba y sobrecogía, no pueden hacerse una idea-. El compañero de Voretto me miraba con atención. Las lágrimas habían comenzado a deslizarse por mis mejillas. Voretto sin embargo no perdía de vista al abogado que seguía sin inmutar un ápice sus facciones elegantes y juveniles.  Guardé silencio mientras luchaba por mantener la serenidad.
-Continúe… nos tiene sobre ascuas-. Una sonrisa sarcástica surgió ligera en sus labios perfectos.

-Dios... no, no puedo-. Me dejé caer sobre la silla, recordar aquella parte de la historia era lo peor, aquellas escenas se habían grabado a juego en mi subconsciente, a pesar de mis múltiples intentos por olvidarlas. -No me hagan pasar por este trago otra vez, se lo ruego-. Aquella atmosfera se me había echado encima, su frialdad e impersonalidad era demasiado dura para mi desgaste emocional.
-Venga hijo. Sabemos que es duro, pero es necesario-. Se Levantó y dejó caer su mano suavemente sobre mi hombro como muestra de apoyo. Podía percibir la compasión y pena en su mirada.

Entonces se escucho el crujir de un sobre. El compañero de Voretto extendió unas fotos con furia sobre la mesa.
-Mira… Mira las fotos, joder. Como demonios se puede hacer algo así sin que nadie se entere. ¿Espera que nos creamos esa historia fantástica que nos ha contado antes?-. Los puños se estrellaban con fuerza.
No me hacían falta aquellas fotos. Sin mirar nada sabía lo que en ellas se había retratado, tal vez con menos dureza, de lo que yo recordaba. 
-Por favor, mantenga la compostura. Así no va a conseguir que mi cliente responda a sus preguntas-. Miró al detective con una ligera sonrisa en el rostro. Se inclinó levemente sobre las fotos para soltar poco después un largo silbido. -Sin duda alguien se lo pasó en grande-. Parecía completamente inmunizado ante la brutalidad que se exponía en aquellas fotos. –Por favor, prosiga-. Me instó.
-B-bue-no, estaba en medio de aquel fuerte silencio cuando de pronto vi como varios rayos iluminaban parte del cielo, aunque no era un rayo normal…-. Me quedé dudoso en volver a comentar aquello, la verdad es que resultaba demasiado increíble. Guardé un poco de silencio y proseguí muy a mi pesar. –Eran de color verde y además no cayeron desde el cielo, sino… que... ascendieron desde el suelo-. El siniestro abogado me miraba con cierto asombro pero sin perder aquel matiz de diversión. - Y la luz se cortó, en un principio creí que eran los plomos pero cuando los comprobé estaban todos bien, aunque ciertamente me sentía como en un sueño-. Guardé silencio al ver la cara de disconformidad del detective. -Si, como en esa clase de sueños que parece que estas despierto pero no lo estas-. Me quedé un momento en blanco y de pronto recordé la palabra. -Un sueño lúcido-. Di un respingo en la silla.
-Eso no tiene demasiado sentido-. Se encogió de hombros. -Pero pase-. Volvió a interrumpir el compañero de Voretto. –Sigamos con las chicas-. Se reclinó en la silla tratando de imitar la postura de su compañero que seguía sin perder de vista al abogado, que escuchaba atentamente mientras su mano jugaba con la estilográfica.
-Mi mis-s vecinas…-. El recuerdo de aquellas chicas me sobrecogió. Las había visto esa misma mañana bajando con aquella elegancia y travesura. Eran muy activas todas ellas, y era muy fácil entablar conversación con ellas. –Bueno… lo cierto es… que eran muy activas…-. Tragué saliva mientras mi mente reproducía la frase que diría a continuación, acompañado de los archivos acústicos de aquellas noches en las que se escuchaban sus gemidos hasta altas horas de la madrugada. –Y no resultaba raro escucharlas hasta las tantas de la mañana pero… pero lo de esta noche… … aquellos sonidos no eran como los que estaba acostumbrado a escuchar… eran todavía más intensos... mucho más-. Me ruboricé al recordarlo de nuevo. -Parecían casi salvajes, tanto que yo mismo llegué a… a… eso-. Lancé una fugaz mirada hacia el pantalón y creo que si comprendieron. -Con solo escucharlas. Ignoraba cuanto tiempo había durado todo aquello pero todo aquel escandalo terminó de la misma forma en que había comenzado…-.
-Con aquel rayo verde… sí-. Remató Voretto con resignación y sarcasmo. Ahora el abogado tomaba algunas anotaciones en una libreta personal de tamaño reducido. Bajo aquellos fluorescentes que emitían aquella luz pálida luz hubiese jurado que los ojos de aquel que se presentó como mi abogado brillaban de una forma llameante. –Y entonces… Sr Smith, dice usted que se masturbó mientras escuchaba a sus vecinas mantener relaciones sexuales-. Hubo un silencio muy violento, antes de que siguiese con la segunda parte de aquella  frase. –También lo hizo mientras las desmembraban y las masacraban, Sr Smith-. Aquella curvatura implicaba que mi historia no hacía más que inculparme más y más.     
-Ni siquiera llegué a tocarme, fue como estar viviendo un sueño erótico, la misma sensación. Y le repito que no se escuchó absolutamente nada fuera de aquel frenesí sexual-. Estaba empezando a sudar y a tiritar. Las acusaciones. Las fotos. La atmosfera. Y lo peor de todo, aquel abogado. Todo aquello estaba destrozando mi sistema nervioso y no creo que pudiese reprimir por mucho más tiempo el ataque de nervios.
-Nos está asegurando entonces que aunque a la chica la atravesaron el vientre desde dentro. ¿No se escuchó ni el más mínimo quejido?-. El compañero de Voretto negaba con la cabeza.
-Eso sin contar con la otra chica desaparecida… -. Añadió el otro detective.
–¡Pero se ha fijado en cómo estaba la habitación, si había salpicaduras por toda la casa en un radio de nueve metros, techo incluido!-. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
-¡¡CLARO QUE SÍ, AGENTE!!. TODAVÍA NO ME HE PODIDO OLVIDAR DE AQUEL GROTESCO ESCENARIO. QUÍEN CREÉ QUE LES AVISÓ, ¿EL RATONCITO PÉREZ?-. Estallé a voz en grito levantándome tan súbitamente que en el proceso tiré la silla, que cayó con un gran estruendo. -ME TIENTEN HARTO, ¡¡TODOS!! NO TIENEN LA MÁS MINIMA NOCIÓN DE SENSIBILIDAD. Y CREANME... MÁS GANAS DE ATRAPARLE TENGO YO QUE USTEDES-. Sentía como me ardía todo el cuerpo, el palpito acelerado subiendo por mi cuello hasta estallar en mi craneo. -LA CHICA DESAPARECIDA DE LA QUE HABLAN, SE LLAMA ANNA GARCÍA, Y ESTABA ENAMORADO DE ELLA HASTA LAS TRANCAS... PERO ¡¡NO!! EL ARTÍFICE DE SEMEJANTE BARBARIE HA TENIDO QUE SER POR UN ARREBATO DE CELOS ANTE LA INGENTE CANTIDAD DE TIOS MACIZOS QUE ELLAS TRAIAN A CASA Y LAS TRATABAN COMO JUGUETES SEXUALES. ESTOY HARTO... harto, haaarto...-. Aquella reacción les cogió por sorpresa. Tanto, que el más joven no dudó en echar mano de la pistola. Ambos me miraban estupefactos, incluso el abogado se retiró levemente. Entonces sentí como todas mis fuerzas me abandonaron de pronto, haciendo que me tambalease antes de quedarme completamente a oscuras.
[· · ·]
-Sr Smith, ¿se encuentra mejor?-. Aquella voz. La tranquilidad, y la profundidad de su tono. Me estremecí a imaginar su rostro. –Ya ha pasado todo. No tiene nada de qué preocuparse. Tras traerle a la enfermería he estado hablando con el detective Voretto y quiero transmitirle sus disculpas, pero hace varios años tuvo un caso similar que todavía sigue activo y dadas las fuertes similitudes… ya sabe-. Hizo un pequeño guiño.
-¿Entonces?…-. Pregunté con curiosidad ante aquellas palabras. –¿Ya está? ¿Me puedo marchar?-. Mi voz estaba cansada, tanto como el resto de mi cuerpo. Miré mi ropa todavía salpicada de sangre por la inútil reanimación.
-Así es Sr Smith, no creo que volvamos a vernos-. Su risa sonó sincera, mientras arreglaba su corbata y terminaba de recoger su maletín. –Lamento mucho la pérdida de su compañera sentimental, piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Tendió su mano que estreche con firmeza como despedida.
-No tiene pinta de ser un abogado de oficio asique supongo que no tardaré en recibir la factura con sus honorarios, verdad-. Pregunté mientras nuestras manos se separaban. Sentí su mirada recorriéndome con aquella expresión divertida. Aunque no detectaba lo cómico de la situación.
-Nada, no debe preocuparse por eso. Está todo solucionado-. Su sonrisa me tranquilizó ligeramente y me intrigó aún más. Había comenzado a caminar hacia la puerta pero entonces se detuvo en seco. –¡Ah! Aguarde, casi se me olvida-. Regresó a la mesa y sacó unos papeles del maletín. –Debe usted firmar estos documentos de la declaración. Casi se me olvida-. Dejó los papeles sobre la mesa y me tendió aquella cara estilográfica con la que había estado jugando en el interrogatorio.   
-Gracias por la ayuda que me ha prestado, pero no se su nombre…-. Pregunté al tomar la estilográfica, aunque pareció no haber prestado atención a mi pregunta.
Después de dejar grabada mi firma en aquel papel y rubricarlo él, volvió a guardarlos en el maletín y salió por la puerta dejando tras de sí un halo de elegancia y ligera arrogancia.
 
Ya en la calle, pude sentí el frio helador de aquella noche. Metí las manos en el bolso y entonces una de mis manos tropezó con un tarjeta de bordes afilados. La extraje de este y acudí a la triste luz de una farola.
 
-Ángel Cruz. Abogado-. Leí para mí mismo. Entonces las preguntas regresaron a mi cabeza, quién lo había enviado. Y qué había sido de Annie…
 

4/8/14

Extraño final

Contemplo en silencio la hoguera que brilla sinuosa en la chimenea. Siento su calor y su luz sobre la piel. Respiro profundo y escucho aquellos sonidos que me arrullan en la noche. El crepitar de la fogata. El tintineo de los hielos en la copa que blando delicadamente en mi mano. Gemidos ahogados de las cuatro chicas que guardan en mi cama a que decida satisfacer sus fantasías más salvajes.
Aparto la mirada de aquella imagen hipnótica y contemplo, la ciudad a mis pies. El inmenso ventanal del salón muestra pequeñas hormigas blancas y rojas moviéndose a lo largo de aquel terrario abierto. Cada calle. Cada edificio. Cientos de miles de luces que aplasto con un solo dedo desde aquella altura.[Suspiro prolongado] Escucho mi propio suspiro. Uno de esos que escapa de tus actos conscientes, con un significado. No sé si me explico, porque es una sensación algo difícil de hacer entender a un tercero, a no ser… a no ser, claro que haya estado en una situación similar.
Me resulta difícil, de entender. Es complejo… y largo de explicar, aunque algo me dice que voy a tener tiempo de sobra. [Risa]… carezco del pálpito.
-Cielo-. Suena una voz aterciopelada y ligeramente jadeante. –Estamos esperándote, y estamos muy, muy calientes-. Se muerde el labio inferior. Aguarda desnuda mostrándome toda su belleza y perfección. Pero nada.
El magnetismo de la chimenea es infinitamente más fuerte y posesivo.
Tan solo hago un gesto con la mano que permanece libre en ademán de que fuesen empezando sin mí. Después de todo son ellas las que más tardan en correrse y caer extasiadas de placer.
-Ya iré, Michelle-. Susurro a la copa. 
[ · · · ]
En fin… retomando la reflexión, estaba a punto de esbozar la pregunta del millón. Algunos tal vez la hayan deducido. Otros solo especulan acerca del tema. Y los que restan, los más numerosos, aguardan a seguir leyendo estas líneas con el fin de que la desvele. En cualquier caso, y sea cual sea donde se encuentre, la diré. Y recuerden; el millón sigue en juego.
-Por qué si tienes juventud, dinero, fama y mujeres… ¿te sientes tan vacío?-. Susurró a mi oído una voz femenina, igual de sensual y delicada que la primear pero con un matiz muy diferente a esa.
Sus manos se apoyaron en mis hombros y descendió lentamente por mi pecho interponiéndose entre la seda y mi piel. Estaba sorprendido. Muy sorprendido. Porque aquello no lo hubiese dicho mejor ni yo mismo. ¡Qué diablos! Aquello era lo que había pensado exactamente. Aunque lo inquietante del asunto no era tanto la precisión de aquella frase, sino quién era ella. Porque no era Michelle, ni Sharon, ni Rachel, ni Lily.
Traté de volver la mirada pero aquellas manos lo impidieron de una forma tan delicada como firme.
-No, no, no-. Rio juguetona. –Por ahora guardemos el misterio-. Volvió a susurrar en mi oído, acariciándolo con sus labios carnosos, produciéndome un escalofrío. –Oh, disculpa. Lo estabas haciendo muy bien sin mí, no sé por qué me he inmiscuido-. Sus manos desaparecieron de la misma forma de la que llegaron. –Por favor, prosigue-. La voz se desvaneció lentamente en un murmuro.
Aquella experiencia me dejó demasiado descolocado, pero en el fondo tenía toda la razón. Lo tenía todo, aquello que quería se materializaba al poco, pero aun así el vacío era tan abisal que apenas llegaba a vislumbrarse el fondo. Resultaba tan frustrante. Tan… [Silencio prolongado]. Tan deprimente.
Tomé otro trago de la copa y dejé que su contenido regase mi garganta y dejase aquel aroma fuerte en mi boca. La mirada fija de nuevo en las llamas, su crepitar. Parecía que la respuesta a mi pregunta estaba en aquel recinto.
Aquel calor me confortaba, debía admitirlo. Resultaba agradable en aquellos momentos de confusión, donde eres presa fácil de toda clase de dudas. En esos ratos de vulnerabilidad ante el mundo. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, una sacudida que trajo consigo una respuesta.
Tal vez fuese la buena. Tal vez no.
La cura. O tal vez una tirita, para un cáncer terminal.
-¿Y bien?-. Susurró de nuevo aquella voz misteriosa. – ¿Ya tienes tu millón?-. Aquel matiz juguetón volvió a aparecer en su voz.
Tenía la sensación de que era una pregunta de esas que no hay que responder. Cómo se llamaban…
-Retóricas. Preguntas retóricas-. Se aproximó lentamente. –Y no, no lo es-.

Apuré el último trago de la copa. Inspiré mientras traía conmigo aquella tirita. Ahora llegaba el momento. Hasta entonces nunca me había parado a pensarlo fríamente y mientras hacía memoria trayendo pequeños fragmentos de recuerdos perdidos a lo largo de una vida de lo más alocada y repleta de desenfreno. Y entre ellos, vislumbré su imagen postrada en la cama del hospital, consumida por el cáncer. Varias lagrimas descolgarse a través de mis mejillas. Trato de sacar voz para responder pero en medio de aquella palabra sentí resquebrajarme deformando mi voz en un balbuceo prácticamente incomprensible. Pero aquella voz volvió de nuevo.
-El calor de tu madre-. Dijo convencida. –Pero tranquilo, he venido para llevarte con ella-. Un beso se depositó en mi frente.
La copa resbaló estallando en mil fragmentos sobre la alfombra. Poco después escuché distorsionados en la distancia varios gritos histéricos de aquellas cuatro chicas que me contemplaban completamente desnudas y perladas en sudor.