poemas de amor Crazzy Writer's notebook: espectros
Mostrando entradas con la etiqueta espectros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espectros. Mostrar todas las entradas

1/4/15

Annie [Cabos sueltos, Part 4]

Lo rodeé con mis brazos atrayéndole hacia mí, quería transmitirle ese calor tan pegajoso que de alguna forma extraña había empezado a generar. Sus músculos se destensaron y relajaron a medida que lo besaba por la nuca y avanzaba hacia la oreja. Sentí como un escalofrío le revolvía delicadamente todo el cuerpo al ser barrido por aquel suspiro que le regalé.

-Annie, realmente eres tú-. Susurró mientras buscaba mi mano para besarla. –Aquellos detectives me dijeron que estabas desaparecida, y que no me hiciese muchas ilusiones de volverte a verte-. Sus lágrimas comenzaron a regar sus mejillas sonrosadas.

-Thssssss-. Volví a sellar sus labios con la punta de mis dedos. –Mírame. Tócame. Y veras que soy tan real como tú, que no es ninguna fantasía-. Con cuidado, deshice el lazo con el que lo mantenía abrazado.

Cuando se volvió y nuestras miradas conectaron percibí como su corazón empezaba a acelerarse. Aquel deseo que había instaurado en él crecía a pasos agigantados, al igual que mis ganas de echarme sobre él. Lo veía con otros ojos, y ahora reprimía aquella sensación imperiosa de lanzarme sobre su cuerpo. La bondad que antes solo veía en sus ojos ahora la percibía en la blancura de su alma, y cuanto más la contemplaba más necesidad tenía de corromperla y hacerla mía.  

-L-olo s-si-ien-t-to, pero si-sigo en shock, n-no me me cr-creo que seaas t-tú-. Su ritmo cardiaco seguía incrementando, y más después de aquella sonrisa que le había regalado.

-¿Quieres una prueba?-. Le susurré con una inesperada travesura, una travesura no fingida pero sí sobredimensionada. –De acuerdo-. Volví a sonreír mientras buscaba sus labios y me fundía con ellos.
El tacto cálido de sus labios carnosos pronto se me quedó demasiado escaso, necesitaba ir más allá. Introduje mi lengua en busca de la suya. Sus manos se aferraron sobre mi espalda tanteando espasmódicamente. Su respiración entrecortada por jadeos llenos de intenso placer parecían cada vez ser más desesperados. Quería detenerme pero una fuerza que manaba con violencia desde dentro de mí me impulsaba a seguir disfrutando de aquella alma tan pura. Restregaba suavemente mi cadera contra la suya. Sus jadeos se intensificaron al igual que sus espasmos hasta que de pronto cesaron sin más. El silencio se hizo de pronto en aquella pequeña estancia sumida en la oscuridad, tan solo mi respiración rasgaba aquella horrorosa calma.

-Todavía no es demasiado tarde-. Aquella voz de nuevo. Sentí estremecerme al recordar su estampa. Lo busqué por la habitación pero no lograba dar con él. Sin querer di con una sombra al pie de la puerta. En ese momento sacaba algo de un maletín que tenía a su lado y se aproximó colocándolo junto a la boca de Davey de donde surgió una pequeña bocanada azulada que chocó contra el fondo de aquel tarro. –Si llego a tardar un poco más…-. Comprobó el contenido antes de meterlo de nuevo al maletín. Aquello me dejó perpleja. –Es muy pasional señorita García, si llego a tardar un poco más no tengo nada que recoger-. Su voz revelaba un matiz de enfado. –Pero para llevar solo diez minutos en las viñas del señor como súcubo, y sin apenas una formación…-. Continuó mientras contemplaba aquella habitación, se detuvo brevemente sobre Davey y después posó aquellos ojos dorados sobre los míos. Sentí un escalofrío que me recorrió entera.

-Oh, dios mío-. Me llevé las manos a la boca. Contemplé su cara que exhibía una grotesca mueca que se debatía entre el placer y el sufrimiento. –Pero qué… cómo…-. Aquel rostro se clavó en mi subconsciente más profundo. Sentía como las lágrimas empezaron a inundar mis ojos, y no tardaron en desbordarse por mis mejillas. Me quedé apoyada en la pared sin poder dejar de mirar su cara, el resto parecía haber desaparecido.
Entonces sus manos me tomaron por los hombros, y me levantaron con suavidad. Su pecho se interponía entre aquella pesadilla y mis ojos.
-Tranquilícese. La primera vez es siempre la peor-. Dijo con una voz arrulladora, casi paternal. –Él estará bien, todavía no ha terminado-. Me levantó la cabeza con suavidad y me secó las lágrimas con un pañuelo de seda. –Esto era lo mejor, créame-. Sonrió. –Pero ahora deberíamos marcharnos, esto no deja de ser la escena de un suicido-. Ensanchó la sonrisa sin apartar sus ojos de los míos. –Y nuestros invitados estarán al caer-. Consultó de nuevo su reloj.
-¿¡Suicidio!?-. Pregunté en un susurro. Estaba muy confusa y cada vez que hablaba, aquel sentimiento se extendía más y más. –No entiendo nada, solo le he besado y está muerto-. Volví a derrumbarme entre llantos. –En qué me he convertido-. Sollocé. Me condujo lentamente por toda la habitación hasta llegar al vano de la puerta. –Por qué dices que es un suicidio, y de qué invitados hablas-. Mi voz pastosa por las lágrimas me resultaba casi incomprensible. Volvió a secarme las lágrimas, aunque esta vez solo atajó aquellos regueros salados con los dedos.

-Su transición, Annie, debía llevarse a cabo sin testigos ajenos a esa prueba inicial…-. Su voz parecía envolverme. Sonaba grave y tranquilizadora. –… Por desgracia-. Hizo una pequeña mueca con el labio. –Su amigo alertado por los ruidos trató de ayudaros convirtiéndose en testigo, y la policía lo considera EL asesino-. Hizo énfasis en el pronombre y suspiró dramáticamente. –Esto era lo mejor que podía pasarle, ¿no te parece?-. Dejó ver una tierna sonrisa. –Ahora deberíamos marcharnos antes de que lleguen “los invitados”-. Señaló la ventana a través de la cual empezaban a escucharse varias sirenas. -No creo que se hayan tomado muy a bien que tu amigo asesinase a los dos detectives que llevaban su caso-. Dejó caer en un susurro apenas audible.
Yo guardaba silencio mientras trataba de ordenar todo aquello. Aquella explicación, por llamarla de algún modo parecía casi lógica. Era raro, si lo pensabas… Davey trató de ayudarnos y por culpa de eso, ahora estaba muerto. Le había matado sin apenas darme cuenta de que lo estaba haciendo. Es más, sentí como aquel frenesí me tomaba cuanto más se aceleraba su pulso…
-Pero antes de nada, deberías vestirte-. Rio mientras me separaba un poco de sí. Bajé la mirada y efectivamente. Mi piel lechosa estaba completamente al descubierto. Me ruboricé y traté de taparme con las manos lo máximo posible, lo que le hizo estallar en una carcajada. -Tenga-. Me colgó una prenda por el cuello. –Dese prisa, la espero aquí-. Me dio una pequeña una palmada en la cintura. Lo fulminé con la mirada antes de encerrarme en el baño con un portazo. Qué se había creído esa nube arrogante.
Descolgué aquella prenda suave cuyos extremos ligeros cubrían casi de forma simétrica mis pechos. En mis manos tomó forma un vestido increíblemente bonito. Pero la imagen proyectada en aquella pulida superficie le quitó todo protagonismo a ese vestido. Al otro lado, una chica que lejos de resultarme desconocida, quedaba muy atrás en el tiempo, unos quince años aproximadamente. El pelo oscuro y liso llegaba a cubrir parte de aquellos senos poco desarrollados pero increíblemente firmes que tanto gustaban a los hombres. La piel de aspecto lechoso, con varias pecas distribuidas sobre todo en los pómulos. Me llamó la atención los labios, que aun siendo no muy gruesos, incitaban a ser besados. Era mi yo de último año de instituto, pero cómo era aquello posible.
Unos golpes en la puerta volatilizaron mis pensamientos. Me puse el vestido que poco a poco se fue acomodándose a mis suaves curvas. Ahora el reflejo del espejo era mi yo del baile de graduación. Un suspiro melancólico manó de mis labios y las lágrimas volvieron a descolgarse a través de mis mejillas.
-Todavía sigue ahí-. Dijo el abogado al otro lado de la puerta. –La discreción es nuestra mejor arma, y que nos encuentren aquí no sería lo más idóneo-. Su voz hecha susurro no dejaba oculto el matiz de urgencia.
-Ya salgo-. Dije cerrando la puerta del baño mientras lanzaba una última mirada a aquella habitación que ahora se mostraba sutilmente diferente.
Ángel, aquella nube engorrosa, aguardaba junto a la puerta del apartamento con el maletín colgando de su mano. Extendió la otra tomándome suavemente de la muñeca y me condujo en la oscuridad del pasillo hasta la puerta del ascensor. Sentí como detrás de mí la puerta se cerraba y poco después los cerrojos se iban deslizando lentamente. Uno por uno.
Bajamos en el ascensor. No dejaba de contemplar las manecillas de su reloj. De pronto el ascensor se detuvo. Cuando se abrieron las puertas una de las vecinas aguardaba con sus dos perros. Nada más nos vieron ambos perros se pusieron a ladrar como descosidos obligando a la dueña a sujetar con fuerza ambas correas.
-Vaya, perdonad, no suelen portarse así. No sé qué les pasará esta mañana-. Dijo algo cortada.
-Debe ser que huelen mi miedo-. Escuché la voz saliendo de detrás de mi espalda. –Les tengo un pánico atroz… Desde pequeño-. No podía creerlo. Tan valeroso y frio que parecía aquí mi amiga la nube arrogante y ahora estaba cagadito usándome como si fuese un escudo. No pude contener una sonrisilla, por suerte, las puertas se estaban cerrando.
-Son dos perros patada, no se te iban a comer-. Dije con cierto sarcasmo. No iba a desaprovechar esa oportunidad de poder mofarme de él.
-Si, tienes razón, no comen pero la discreción es fundamental…-. Su voz volvía a esa ligera arrogancia. -Y deberías saber que los animales son los primeros en notar las… presencias sobrenaturales… Y ambos dos, dejamos la humanidad atrás-. En un parpadeo había vuelto a donde estaba, en la esquina opuesta. –por lo que el pánico puede ser una buena excusa para ese tipo de comportamiento de los animales, no dejamos de ser seres del Hades-. Dijo culminando con aquella blanca sonrisa de anuncio de pasta de dientes.
El ascensor volvió a detenerse, esta vez en la planta baja. Cuando salimos del portal, dos patrullas aparecieron en la calle, y las sirenas parecía llegar de todas direcciones.
-Me encanta cuando los invitados se adelantan-. Dijo con ese sarcasmo que ya consideraba parte de él. –Bueno, ante este pequeño imprevisto… improvisaremos-. Se paró y miró buscando algo. Esbozó una exclamación y se dirigió hacia un coche que estaba aparcado a pocos metros.
Dos nuevos coches aparecieron a nuestras espaldas, y los dos anteriores acababan de detenerse junto al portal del edificio del que acabábamos de salir. De ellos bajaron sus ocupantes y uno de ellos se introdujo por la puerta arma en mano.
-Que vamos a hacer ahora, la policía nos ha visto-. Dije soltándome de su mano. Había logrado mantener una pequeña sensación de calma pero ahora al ver que la policía se iba agolpando en la puerta y nos miraban extrañados, aquel espejismo se desvaneció dejando ver la realidad. –Nos van a detener, maldito ente…-. No podía dejar de lado esa sensación de culpabilidad.
-Annie, deje de montar la escena, por favor-. Dijo mirándome a los ojos. –Compórtese-. Uno de los policías empezó a caminar en nuestra dirección.
-Disculpen-. Dijo el policía con una mano apoyada en la culata de su arma reglamentaria. –¿Qué están haciendo a estas horas en este barrio?-.
-Mierda-. Dije derrumbándome sobre el coche. Ángel en cambio alzo las manos en ademan de rendición. Cuando le vi me quede bloqueada, pero que demonios estaba haciendo.
-Si le digo la verdad no se ni en qué barrio estamos, pero salta que no somos de aquí.-. Dijo con una voz inocente mientras señalaba el coche donde estaba apoyada al borde del ataque de nervios. –Y si pudiese encaminarnos hacia Brooklen, se lo iba a agradecer, no quiero que a mi chica la de un ataque de nervios-. Me señaló con cierto aire de dramatismo. –Teme que la roben o algo peor-. Rio para quitarle un poco de tensión. El policía no dejaba de mirarnos a los tres. A mí, con ese vestido provocativo, a él con aquel traje de recién graduado, y al coche que hasta entonces no me di cuenta de que era un Bentley Continental Gt de más de ciento cincuenta mil dólares.
-Lo comprendo, pero entenderán que les pida la identificación, ¿verdad?-. Dijo quitando la mano de la cartuchera, pero seguía iluminándonos con la linterna.
-Me parece correcto. Voy a meter la mano para sacar los pasaportes-. Dijo haciendo el gesto con lentitud mientras el policía volvía a llevarse la mano a la pistola y miraba fijamente su mano, de la que sacó las dos identificaciones. ¿Cómo cuernos lo había hecho? No podía quitarme el asombró de encima. El agente miró ambos documentos sin pestañear, y después de iluminarnos con aquella linterna para corroborar la fotografía.
-Ángel, está a punto de caducarte, no te descuides-. Dijo cuándo se lo devolvió. A lo que el afirmó con la cabeza. Parecía un chico bueno y todo.
-¿Y ahora, como salimos de aquí sin una bala en el cráneo?-. Espetó mientras guardaba la documentación. –Porque no quiero problemas con mi padre, y menos con el suyo-. Volvió a sonreír mientras me señalaba con un gesto de la cabeza.
-Pues tienes que seguir recto cuatro calles más, girar a la derecha tres calles más y después giras a la izquierda dos veces para coger el túnel. Una vez allí…-. Ángel lo interrumpió mientras se daba un golpecito en la frente.
-A la derecha, eso era. Muchas gracias-. Dijo mientras me miraba con una alegría que rayaba el dramatismo. –Me ha salvado el cuello, si llega tarde a casa, su padre me estrangula y me tira a los cocodrilos-. Escuché el pitido indicando que las puertas se abrían y me metí corriendo en el coche. Quería perder de vista a aquel policía. El pulso me iba a mil, y como bien había dicho estaba al borde del ataque de nervios, pero no por el barrio, sino por el asesinato que acababa de cometer.
Él se subió bajo la atenta mirada del agente. Bajo la ventanilla.
-Conduzca con cuidado-. Dijo el agente antes de que el ronroneo del coche tapara su voz.
-Tenga una buena noche-. Respondió antes de salir de allí a toda velocidad, aunque sin rebasar el límite del todo.
Estaba sin habla, pero como demonios podía ser tan arrogante y con ese humor tan condenadamente retorcido. Me quedé mirándole fijamente mientras conducía siguiendo la ruta para salir de la ciudad.
-¡Eres de lo que no hay! ¡Como se puede ser tan, tan...!-. Me quedé sin palabras con la de describirlo. Me llevé las manos a la cabeza en busca de una palabra pero me di por vencida y terminé cruzándome de brazos. –No tienes ni idea de lo mal que lo he pasado, creí que nos detenían, y para colmo le vacilas-. Él me miró y no contuvo la carcajada. Parecía que él si veía la gracia del tema, pero yo no la encontraba por ningún sitio.
-Soy único-. Rio. –También te lo podías haber camelado, porque no quitaba el ojo a lo que esconde ese vestido-. Me sacó la lengua.
-Claaaro, como tiene tanta tela-. Imité esa ironía que tanto le gustaba utilizar. –Y encima se me transparenta-. Me cubrí la zona del pecho y cruce las piernas.
-Da gracias a que era tu talla, porque lo cogí esta mañana deprisa y corriendo-. Dijo mientras una voz femenina leía en alto el mensaje que acababa de llegar a su móvil.
“Saint Nicholas High School. Bangor, Maine. La clase empieza a las 9:00 am. La Señorita García ya está matriculada y la directora Love la espera allí. Intuyo lo que harás, asique tienes menos de 4 horas para llegar. Confío en que estarás allí a tiempo.
N.D. Satán                                                                  4:47”
Dejó el teléfono y en la esquina inferior de la luna apareció una cuenta atrás. Aquello me sorprendió y me preocupó.
-¿Ángel, qué cuernos es eso, y a dónde me llevas?-. Dije sin quitarme de la cabeza la conversación con Nicholas que tuve antes de volver al apartamento de Davey.
-Buenas noches, les habla su piloto. Nuestro destino es Bangor, estado de Maine. Circularemos a una media de 120 millas por hora, y la duración del trayecto será aproximadamente de 3 horas y 40 minutos. Les agradecemos que hayan elegido nuestra compañía. Por favor, Abróchense los cinturones de seguridad y recen a quien sepan-. Bromeó mientras miraba la evolución de mi cara a medida que iba soltando toda esa información. ¿De verdad pretendía llegar a Maine en menos de 4 horas?
-Por qué me llevas a Maine, allí no se me ha perdido nada-. Dije mientras contemplaba con horror como las agujas iban subiendo en el velocímetro.
-Nicholas te ha matriculado en la academia para Súcubos, la directora te aguarda para darte más información. Ahora descansa, que te espera un día duro-. Antes de que pudiera replicarle, posó su mano sobre la mía y al poco me sentí invadida por un fuerte sopor que me condujo directamente a un profundo sueño. Solo intuía una música extraña de fondo y el bramido del motor que crecía paulatinamente hasta quedar convertido en un murmullo constante. Y casi era mejor así. No quería saber lo que pasaba por la cabeza de aquel arrogante pero en cierto modo simpático compañero de viaje.

12/9/14

Annie [Sueños, Part 3]

No dejaba de darle vueltas a las cuatro últimas horas de mi vida. Aquel nuevo estadio resultaba difícil de asimilar, y no era extraño porque en aquel lapso, habían sucedido demasiadas cosas entre las que se encontraban mi implicación involuntaria en un crimen, el más sanguinario del condado, y había sido detenido como principal sospechoso. Y según había podido entender, el estado de las víctimas era espeluznante. Aunque lo peor de todo era que entre ellas estaba la chica que lograba que mi corazón se pusiese del revés… y… claro, también estaba ese abogado aparecido de la nada y con ese halo tan, tan… espectral.
Caminaba con cierta presura por aquellas calles solitarias todavía con los visibles efectos de la lluvia reciente. La temperatura había descendido notablemente y aquel leve viento que barría las calles te penetraba hasta los huesos. Aquella conversación que mantuve con aquel abogado no dejaba de resonar en el fondo de mi cabeza, como en un segundo plano, hasta que sin saber muy bien por qué, aquella frase que me dijo poco antes de marcharse surgió al primer plano pero no recordaba las palabras exactamente. Me detuve junto a un escaparate rejado, y contemplé mi reflejo y un poco más de soslayo lo que contenía. “Sienta los vínculos de la antigua Roma.” rezaba un gran letrero. “No obstaculice el paso.” Indicaba uno más pequeño en la parte inferior. Aquella frase ahora flotaba nítida en mi memoria esperando a ser leída con total claridad.
-Piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Me repetí una segunda vez en apenas un susurró, aunque seguía sin tener sentido alguno. –Pero… qué diablos quería decir… sería tal vez una de esas frases escritas en alguna novela romanticona que habría leído. Sí, eso es Dave, una novela romántica. Deja de darle vueltas-. Reanudé el camino y además con paso apresurado porque aún quedaba un trecho antes de llegar a mi apartamento, y vagar solo a esas horas no era lo más indicado en una ciudad como aquella.
El portal se apareció tras quince minutos, parecía que venía de un mal sueño y que seguramente despertaría al poco bañado en sudor al borde de mi cama. Mi mente había, de alguna manera, creado una especie de muralla para encerrar aquellas horas de pesadilla. Subí al ascensor y me dejé sumir en aquel silencio sub-realista. La campanilla anunció la llegada al piso marcado. Inspiré con profundidad convencido de que todo había regresado a la normalidad, y aquella imagen del pasillo repleto de agentes de policía y forenses nunca había existido. La calma lo invadía, bañado por la penumbra, parecía normal. Escuché como se escapaba un suspiro de mi boca pero aquel sonido se cortó súbitamente a la velocidad de la luz.
Un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo produciéndome un fuerte latigazo. El muro se desmoronaba con violencia y estruendo devolviéndome aquella realidad que había tratado en vano de desterrar. Al encenderse la luz vi como la puerta del apartamento de Annie y su compañera Rachel estaba cruzada por varias cintas amarillas que impedían el acceso. Aquel mensaje que se mostraba a lo largo de todo el precinto fue como un cañonazo.
-Escena de un crimen, no pasar-. Me susurré. De nuevo aquel escalofrío y aquella sensación de irrealidad. No lograba asimilar todo aquello, deseaba huir en aquel instante. Sin pensarlo apenas corrí hasta la puerta de mi apartamento sin poder dejar de ver aquella cinta amarilla con aquel mensaje en negro fundido. Encaje la llave tras varios intentos fallidos, abalanzándome sobre la puerta me guarecí en mi pequeño apartamento, cerrandola con fuerza tras de mí.
La respiración se me había acelerado produciendo que esta se entrecortara de forma ruidosa. El silencio seguía siendo sepulcral, alimentando aquella sensación de irrealidad e intranquilidad. Caminé lentamente hasta la habitación a la vez que dejaba caer las escasas prendas que me habían dejado poner antes de detenerme. Aquellos recuerdos seguían martirizándome.
Inspire con fuerza y contuve la respiración cuanto pude. Los sonidos se amortiguaron mientras sentía aquella necesidad imperiosa de soltar aquella bocanada de aire. Finalmente lo expulsé mientras me decía a mi mismo en voz alta que aquello seguía siendo producto de una pesadilla demasiado lograda y que mañana despertaría sin más escuchando los cantos adorables de mis vecinas mientras se duchaban.
Me tumbé en la cama haciendo crujir con estrepito los muelles que conformaban el colchón. Miraba al techo mientras me recogía en un diminuto ovillo y me tapaba hasta prácticamente soterrarme por completo entre las mantas. Tenía aquella infantil necesidad de construir un nuevo fuerte para protegerme de aquel mundo que me rodeaba. Cerré los ojos con fuerza y traté de liberar mi mente de toda clase de pensamientos. Dejarla sumida en un silencio tan grotesco como el que se escuchaba más allá de las mantas. Aquel proceso de hermetizado parecía sencillo, pero no tardé en toparme con aquellos pensamientos que se arraigan en lo más profundo de tu psique y de los que deshacerse resulta muy complicado. Aquellos datos retenidos de forma inconsciente a lo largo de nuestro día a día. Sonidos, olores, imágenes…
Todos aquellos recuerdos referentes a Annie.
-Annie-. Suspire en un susurró para mí. Su rostro se dibujó lentamente en mi pensamiento que poco a poco se fue tornando en una de aquellas monstruosas fotos que aquel detective me había mostrado en repetidas ocasiones. Sentí un reguero salino descolgarse por mi mejilla.
[-Una estudiante de diseño de último año-.] Recordé la voz de Voretto. [-Y no escuchó absolutamente nada… permítame que mantenga un escepticismo elevado, Sr Smith. Eso parece ser bastante doloroso, ¿no cree?-]. Fragmentos. Y más fragmentos de aquella conversación.
[-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-]. La imagen de aquel abogado atravesó mi mente de forma fugaz. Formalidad…
[-¡Dave!-] La radiante sonrisa de Anníe diluyó aquellas horrendas fotos que aún permanecían revoloteando por mi mente. [Me gusta cuando sonríes, Davey, te ves muy adorable.] El recuerdo de su voz me hizo estremecer entre las mantas.
[-Continúe… nos tiene sobre ascuas-.] De nuevo la voz del abogado restalló con aquel tono de sutil burla.
[-Ignórales cielo-.] Su voz aterciopelada se dejó escuchar nuevamente. [-No temas, estoy aquí para protegerte. Yo sé que no sólo eres inocente sino que trataste de ayudarnos a las dos-.] Sentí un abrazo cálido que me rodeó y atrajo hacia un pequeño oasis donde la hostilidad de mis propios recuerdos era menor.
-Anníe, te extraño. No me hago a la idea de no volver a verte-. Susurré a las mantas. –Qué fue lo que realmente sucedió-. Rogué al vacío una respuesta coherente a las experiencias vividas.
-Tranquilo Davey, lo sé. Por eso estoy aquí, contigo-. Respondió un susurro junto a mi odio. Una voz familiar pero extraña al mismo tiempo. Y de nuevo aquella suave atracción contra algo que yacía al otro lado de las mantas.
A pesar de lo que procedería ante aquella voz y ese abrazo llegados de la nada, no estaba alarmado sino todo lo contrario. Estaba calmado, tranquilo, a gusto. Aunque parecía que ese estadio no era del todo mío. Abrí los ojos esperando encontrar aquella oscuridad densa y solitaria con la que había convivido desde que había llegado de comisaria pero para mi sorpresa, esta había sido sustituida por una cálida penumbra, donde se adivinaban ciertas briznas de jazmín y otras hiervas exóticas de oriente.
-Respira hondo, Davey. Ha sido muy duro-. Repitió aquella voz descendiendo las mantas levemente, generando una corriente fría que barrio mi cuerpo, y dejando descubierta mi cabeza hasta la nuca donde dejo reposar sus labios carnosos. Su calor no tardó en contagiarse por todo mi cuerpo como un veneno.
-Annie, ¿de verdad eres tú y no un mero sueño alimentado por mi deseo de volver a verte?-. Susurré débilmente a causa de aquel bienestar que se hacía poseedor de mi cuerpo y mente.
- Tshhhhhh-. Unos dedos cruzaron mis labios dejándolos sellados con suavidad a pesar de lo afilado de su terminación. –Lo que cuenta es que estoy aquí contigo…-. A cada palabra que escuchaba estaba más y más convencido de que realmente era ella. Deseaba que realmente fuese ella. –Porque eso es lo que deseas, ¿verdad?-. Su otra mano jugueteaba entre los mechones revueltos de mi pelo humedecido.
-Sí-. Respondí de forma automática. –Te deseo, Annie-. Estaba completamente convencido de que era ella quien estaba a mi lado, no cabía la más mínima duda.
Escuché una risita cargada de travesura a la vez que una sonrisa se marcaba en mi nuca. El cosquilleo de una fina hilera de besos y succiones hizo que mi piel se erizase por completo mientras me estremecía mecido por un indescriptible placer.

31/8/14

Annie [Personajes extraños, Parte 2]

Un portazo rompió el silencio de aquella angosta y fría sala.
-Por favor… respete los derechos de mi cliente-.
Un hombre alto atravesó la sala. Rodeó la mesa metálica y dejó su maletín de cuero negro sobre ella. Miraba a ambos detectives con aquellos ojos fríos precedido por unas finas gafas de montura al aire. El cruce de miradas fue largo, el silencio eterno. Enojo y asombro nacían de la mirada de los detectives. Por fin, el más joven de los dos decidió quebrar aquel insulso silencio.
-Quién es usted. Y qué hace aquí-. Increpó mostrando su descontento. –Si ni siquiera esta…- La frase quedó incompleta ante el codazo de su compañero. Pero una sutil sonrisa se había instalado en el rostro del recién llegado.
-Soy el abogado que le han asignado… y dado que MI cliente tiene unos derechos… que menos que otorgárselos-. Hizo una pausa mientras tomaba asiento junto a mí.-… E interrogarlo, sin estar presente su abogado, no creo que sea plato de gusto para sus jefes… ni para el mío-. Su risa reverberó por toda la sala. –Bueno… ya hemos postergado esta charla más de lo debido. ¿Les parece si continuamos?-. Sugirió el abogado mirando de nuevo a los dos detectives.
Tras una fugaz mirada cómplice ambos tomaron asiento aceptando con resignación los argumentos del abogado. Estaban dispuestos a continuar con aquellas preguntas cuyas respuestas estaba deseando olvidar. El temor se adueñaba de mí, aquella pesadilla no hacia más que repetirse una y otra vez en mis recuerdos. Estábamos sumidos en el silencio hasta que la voz de Voretto, el más veterano de los detectives, cobró vida de nuevo.
-Bien… cuéntenos los hechos otra vez-. Se frotó los ojos que delataban un alto grado de cansancio, aun así me escrutaba en busca de algún indicio de mentira. Alguna contradicción. Dado que mi relato no sonaba demasiado creíble.  
-Bueno… estaba viendo la televisión en mi piso cuando de pronto escuché unos ruidos extraños al otro lado de la pared. Parecían canticos pero no sabría como describirlos…-. Mi abogado me miró con cierto interés, era la primera vez que me dirigía una mirada pero hubiese preferido que nunca lo hubiese hecho. Aquella mirada consiguió estremecer mi alma, no había nada de humano en ella.
-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-. Apremió el abogado con una voz tranquila y suave.
-…Eh…-. Aquel estremecimiento había cortado los débiles hilos de aquella historia de la que no estaba convencido de si había sido o no real.   
-Los canticos, Sr Smith-. Se reclinó ligeramente mientras entrelazaba sus manos delante de su boca.
-Ah… si, estuvieron unos minutos cantando en una lengua extraña pero al poco se callaron y se hizo un silencio sepulcral. Una calma llenó el edificio pero no era una calma corriente...-. Inspiré, tratando de buscar los términos más adecuados para expresarme. -...era una calma que te atormenta, te taladraba y sobrecogía, no pueden hacerse una idea-. El compañero de Voretto me miraba con atención. Las lágrimas habían comenzado a deslizarse por mis mejillas. Voretto sin embargo no perdía de vista al abogado que seguía sin inmutar un ápice sus facciones elegantes y juveniles.  Guardé silencio mientras luchaba por mantener la serenidad.
-Continúe… nos tiene sobre ascuas-. Una sonrisa sarcástica surgió ligera en sus labios perfectos.

-Dios... no, no puedo-. Me dejé caer sobre la silla, recordar aquella parte de la historia era lo peor, aquellas escenas se habían grabado a juego en mi subconsciente, a pesar de mis múltiples intentos por olvidarlas. -No me hagan pasar por este trago otra vez, se lo ruego-. Aquella atmosfera se me había echado encima, su frialdad e impersonalidad era demasiado dura para mi desgaste emocional.
-Venga hijo. Sabemos que es duro, pero es necesario-. Se Levantó y dejó caer su mano suavemente sobre mi hombro como muestra de apoyo. Podía percibir la compasión y pena en su mirada.

Entonces se escucho el crujir de un sobre. El compañero de Voretto extendió unas fotos con furia sobre la mesa.
-Mira… Mira las fotos, joder. Como demonios se puede hacer algo así sin que nadie se entere. ¿Espera que nos creamos esa historia fantástica que nos ha contado antes?-. Los puños se estrellaban con fuerza.
No me hacían falta aquellas fotos. Sin mirar nada sabía lo que en ellas se había retratado, tal vez con menos dureza, de lo que yo recordaba. 
-Por favor, mantenga la compostura. Así no va a conseguir que mi cliente responda a sus preguntas-. Miró al detective con una ligera sonrisa en el rostro. Se inclinó levemente sobre las fotos para soltar poco después un largo silbido. -Sin duda alguien se lo pasó en grande-. Parecía completamente inmunizado ante la brutalidad que se exponía en aquellas fotos. –Por favor, prosiga-. Me instó.
-B-bue-no, estaba en medio de aquel fuerte silencio cuando de pronto vi como varios rayos iluminaban parte del cielo, aunque no era un rayo normal…-. Me quedé dudoso en volver a comentar aquello, la verdad es que resultaba demasiado increíble. Guardé un poco de silencio y proseguí muy a mi pesar. –Eran de color verde y además no cayeron desde el cielo, sino… que... ascendieron desde el suelo-. El siniestro abogado me miraba con cierto asombro pero sin perder aquel matiz de diversión. - Y la luz se cortó, en un principio creí que eran los plomos pero cuando los comprobé estaban todos bien, aunque ciertamente me sentía como en un sueño-. Guardé silencio al ver la cara de disconformidad del detective. -Si, como en esa clase de sueños que parece que estas despierto pero no lo estas-. Me quedé un momento en blanco y de pronto recordé la palabra. -Un sueño lúcido-. Di un respingo en la silla.
-Eso no tiene demasiado sentido-. Se encogió de hombros. -Pero pase-. Volvió a interrumpir el compañero de Voretto. –Sigamos con las chicas-. Se reclinó en la silla tratando de imitar la postura de su compañero que seguía sin perder de vista al abogado, que escuchaba atentamente mientras su mano jugaba con la estilográfica.
-Mi mis-s vecinas…-. El recuerdo de aquellas chicas me sobrecogió. Las había visto esa misma mañana bajando con aquella elegancia y travesura. Eran muy activas todas ellas, y era muy fácil entablar conversación con ellas. –Bueno… lo cierto es… que eran muy activas…-. Tragué saliva mientras mi mente reproducía la frase que diría a continuación, acompañado de los archivos acústicos de aquellas noches en las que se escuchaban sus gemidos hasta altas horas de la madrugada. –Y no resultaba raro escucharlas hasta las tantas de la mañana pero… pero lo de esta noche… … aquellos sonidos no eran como los que estaba acostumbrado a escuchar… eran todavía más intensos... mucho más-. Me ruboricé al recordarlo de nuevo. -Parecían casi salvajes, tanto que yo mismo llegué a… a… eso-. Lancé una fugaz mirada hacia el pantalón y creo que si comprendieron. -Con solo escucharlas. Ignoraba cuanto tiempo había durado todo aquello pero todo aquel escandalo terminó de la misma forma en que había comenzado…-.
-Con aquel rayo verde… sí-. Remató Voretto con resignación y sarcasmo. Ahora el abogado tomaba algunas anotaciones en una libreta personal de tamaño reducido. Bajo aquellos fluorescentes que emitían aquella luz pálida luz hubiese jurado que los ojos de aquel que se presentó como mi abogado brillaban de una forma llameante. –Y entonces… Sr Smith, dice usted que se masturbó mientras escuchaba a sus vecinas mantener relaciones sexuales-. Hubo un silencio muy violento, antes de que siguiese con la segunda parte de aquella  frase. –También lo hizo mientras las desmembraban y las masacraban, Sr Smith-. Aquella curvatura implicaba que mi historia no hacía más que inculparme más y más.     
-Ni siquiera llegué a tocarme, fue como estar viviendo un sueño erótico, la misma sensación. Y le repito que no se escuchó absolutamente nada fuera de aquel frenesí sexual-. Estaba empezando a sudar y a tiritar. Las acusaciones. Las fotos. La atmosfera. Y lo peor de todo, aquel abogado. Todo aquello estaba destrozando mi sistema nervioso y no creo que pudiese reprimir por mucho más tiempo el ataque de nervios.
-Nos está asegurando entonces que aunque a la chica la atravesaron el vientre desde dentro. ¿No se escuchó ni el más mínimo quejido?-. El compañero de Voretto negaba con la cabeza.
-Eso sin contar con la otra chica desaparecida… -. Añadió el otro detective.
–¡Pero se ha fijado en cómo estaba la habitación, si había salpicaduras por toda la casa en un radio de nueve metros, techo incluido!-. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
-¡¡CLARO QUE SÍ, AGENTE!!. TODAVÍA NO ME HE PODIDO OLVIDAR DE AQUEL GROTESCO ESCENARIO. QUÍEN CREÉ QUE LES AVISÓ, ¿EL RATONCITO PÉREZ?-. Estallé a voz en grito levantándome tan súbitamente que en el proceso tiré la silla, que cayó con un gran estruendo. -ME TIENTEN HARTO, ¡¡TODOS!! NO TIENEN LA MÁS MINIMA NOCIÓN DE SENSIBILIDAD. Y CREANME... MÁS GANAS DE ATRAPARLE TENGO YO QUE USTEDES-. Sentía como me ardía todo el cuerpo, el palpito acelerado subiendo por mi cuello hasta estallar en mi craneo. -LA CHICA DESAPARECIDA DE LA QUE HABLAN, SE LLAMA ANNA GARCÍA, Y ESTABA ENAMORADO DE ELLA HASTA LAS TRANCAS... PERO ¡¡NO!! EL ARTÍFICE DE SEMEJANTE BARBARIE HA TENIDO QUE SER POR UN ARREBATO DE CELOS ANTE LA INGENTE CANTIDAD DE TIOS MACIZOS QUE ELLAS TRAIAN A CASA Y LAS TRATABAN COMO JUGUETES SEXUALES. ESTOY HARTO... harto, haaarto...-. Aquella reacción les cogió por sorpresa. Tanto, que el más joven no dudó en echar mano de la pistola. Ambos me miraban estupefactos, incluso el abogado se retiró levemente. Entonces sentí como todas mis fuerzas me abandonaron de pronto, haciendo que me tambalease antes de quedarme completamente a oscuras.
[· · ·]
-Sr Smith, ¿se encuentra mejor?-. Aquella voz. La tranquilidad, y la profundidad de su tono. Me estremecí a imaginar su rostro. –Ya ha pasado todo. No tiene nada de qué preocuparse. Tras traerle a la enfermería he estado hablando con el detective Voretto y quiero transmitirle sus disculpas, pero hace varios años tuvo un caso similar que todavía sigue activo y dadas las fuertes similitudes… ya sabe-. Hizo un pequeño guiño.
-¿Entonces?…-. Pregunté con curiosidad ante aquellas palabras. –¿Ya está? ¿Me puedo marchar?-. Mi voz estaba cansada, tanto como el resto de mi cuerpo. Miré mi ropa todavía salpicada de sangre por la inútil reanimación.
-Así es Sr Smith, no creo que volvamos a vernos-. Su risa sonó sincera, mientras arreglaba su corbata y terminaba de recoger su maletín. –Lamento mucho la pérdida de su compañera sentimental, piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Tendió su mano que estreche con firmeza como despedida.
-No tiene pinta de ser un abogado de oficio asique supongo que no tardaré en recibir la factura con sus honorarios, verdad-. Pregunté mientras nuestras manos se separaban. Sentí su mirada recorriéndome con aquella expresión divertida. Aunque no detectaba lo cómico de la situación.
-Nada, no debe preocuparse por eso. Está todo solucionado-. Su sonrisa me tranquilizó ligeramente y me intrigó aún más. Había comenzado a caminar hacia la puerta pero entonces se detuvo en seco. –¡Ah! Aguarde, casi se me olvida-. Regresó a la mesa y sacó unos papeles del maletín. –Debe usted firmar estos documentos de la declaración. Casi se me olvida-. Dejó los papeles sobre la mesa y me tendió aquella cara estilográfica con la que había estado jugando en el interrogatorio.   
-Gracias por la ayuda que me ha prestado, pero no se su nombre…-. Pregunté al tomar la estilográfica, aunque pareció no haber prestado atención a mi pregunta.
Después de dejar grabada mi firma en aquel papel y rubricarlo él, volvió a guardarlos en el maletín y salió por la puerta dejando tras de sí un halo de elegancia y ligera arrogancia.
 
Ya en la calle, pude sentí el frio helador de aquella noche. Metí las manos en el bolso y entonces una de mis manos tropezó con un tarjeta de bordes afilados. La extraje de este y acudí a la triste luz de una farola.
 
-Ángel Cruz. Abogado-. Leí para mí mismo. Entonces las preguntas regresaron a mi cabeza, quién lo había enviado. Y qué había sido de Annie…
 

4/8/14

Extraño final

Contemplo en silencio la hoguera que brilla sinuosa en la chimenea. Siento su calor y su luz sobre la piel. Respiro profundo y escucho aquellos sonidos que me arrullan en la noche. El crepitar de la fogata. El tintineo de los hielos en la copa que blando delicadamente en mi mano. Gemidos ahogados de las cuatro chicas que guardan en mi cama a que decida satisfacer sus fantasías más salvajes.
Aparto la mirada de aquella imagen hipnótica y contemplo, la ciudad a mis pies. El inmenso ventanal del salón muestra pequeñas hormigas blancas y rojas moviéndose a lo largo de aquel terrario abierto. Cada calle. Cada edificio. Cientos de miles de luces que aplasto con un solo dedo desde aquella altura.[Suspiro prolongado] Escucho mi propio suspiro. Uno de esos que escapa de tus actos conscientes, con un significado. No sé si me explico, porque es una sensación algo difícil de hacer entender a un tercero, a no ser… a no ser, claro que haya estado en una situación similar.
Me resulta difícil, de entender. Es complejo… y largo de explicar, aunque algo me dice que voy a tener tiempo de sobra. [Risa]… carezco del pálpito.
-Cielo-. Suena una voz aterciopelada y ligeramente jadeante. –Estamos esperándote, y estamos muy, muy calientes-. Se muerde el labio inferior. Aguarda desnuda mostrándome toda su belleza y perfección. Pero nada.
El magnetismo de la chimenea es infinitamente más fuerte y posesivo.
Tan solo hago un gesto con la mano que permanece libre en ademán de que fuesen empezando sin mí. Después de todo son ellas las que más tardan en correrse y caer extasiadas de placer.
-Ya iré, Michelle-. Susurro a la copa. 
[ · · · ]
En fin… retomando la reflexión, estaba a punto de esbozar la pregunta del millón. Algunos tal vez la hayan deducido. Otros solo especulan acerca del tema. Y los que restan, los más numerosos, aguardan a seguir leyendo estas líneas con el fin de que la desvele. En cualquier caso, y sea cual sea donde se encuentre, la diré. Y recuerden; el millón sigue en juego.
-Por qué si tienes juventud, dinero, fama y mujeres… ¿te sientes tan vacío?-. Susurró a mi oído una voz femenina, igual de sensual y delicada que la primear pero con un matiz muy diferente a esa.
Sus manos se apoyaron en mis hombros y descendió lentamente por mi pecho interponiéndose entre la seda y mi piel. Estaba sorprendido. Muy sorprendido. Porque aquello no lo hubiese dicho mejor ni yo mismo. ¡Qué diablos! Aquello era lo que había pensado exactamente. Aunque lo inquietante del asunto no era tanto la precisión de aquella frase, sino quién era ella. Porque no era Michelle, ni Sharon, ni Rachel, ni Lily.
Traté de volver la mirada pero aquellas manos lo impidieron de una forma tan delicada como firme.
-No, no, no-. Rio juguetona. –Por ahora guardemos el misterio-. Volvió a susurrar en mi oído, acariciándolo con sus labios carnosos, produciéndome un escalofrío. –Oh, disculpa. Lo estabas haciendo muy bien sin mí, no sé por qué me he inmiscuido-. Sus manos desaparecieron de la misma forma de la que llegaron. –Por favor, prosigue-. La voz se desvaneció lentamente en un murmuro.
Aquella experiencia me dejó demasiado descolocado, pero en el fondo tenía toda la razón. Lo tenía todo, aquello que quería se materializaba al poco, pero aun así el vacío era tan abisal que apenas llegaba a vislumbrarse el fondo. Resultaba tan frustrante. Tan… [Silencio prolongado]. Tan deprimente.
Tomé otro trago de la copa y dejé que su contenido regase mi garganta y dejase aquel aroma fuerte en mi boca. La mirada fija de nuevo en las llamas, su crepitar. Parecía que la respuesta a mi pregunta estaba en aquel recinto.
Aquel calor me confortaba, debía admitirlo. Resultaba agradable en aquellos momentos de confusión, donde eres presa fácil de toda clase de dudas. En esos ratos de vulnerabilidad ante el mundo. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, una sacudida que trajo consigo una respuesta.
Tal vez fuese la buena. Tal vez no.
La cura. O tal vez una tirita, para un cáncer terminal.
-¿Y bien?-. Susurró de nuevo aquella voz misteriosa. – ¿Ya tienes tu millón?-. Aquel matiz juguetón volvió a aparecer en su voz.
Tenía la sensación de que era una pregunta de esas que no hay que responder. Cómo se llamaban…
-Retóricas. Preguntas retóricas-. Se aproximó lentamente. –Y no, no lo es-.

Apuré el último trago de la copa. Inspiré mientras traía conmigo aquella tirita. Ahora llegaba el momento. Hasta entonces nunca me había parado a pensarlo fríamente y mientras hacía memoria trayendo pequeños fragmentos de recuerdos perdidos a lo largo de una vida de lo más alocada y repleta de desenfreno. Y entre ellos, vislumbré su imagen postrada en la cama del hospital, consumida por el cáncer. Varias lagrimas descolgarse a través de mis mejillas. Trato de sacar voz para responder pero en medio de aquella palabra sentí resquebrajarme deformando mi voz en un balbuceo prácticamente incomprensible. Pero aquella voz volvió de nuevo.
-El calor de tu madre-. Dijo convencida. –Pero tranquilo, he venido para llevarte con ella-. Un beso se depositó en mi frente.
La copa resbaló estallando en mil fragmentos sobre la alfombra. Poco después escuché distorsionados en la distancia varios gritos histéricos de aquellas cuatro chicas que me contemplaban completamente desnudas y perladas en sudor.  


5/3/14

Alterne


Te veo ahí tumbada, sobre el negro y frio metal, mostrando todas las curvas que te conforman. Aquellas partes cubiertas por delicadas rejillas estimulan mi curiosidad con avidez aunque no tanto como aquellas que ocultas con travesura, comburente en el interior de mis entrañas.
Provocas mis ansias por conocer tu interior. Me aproximo hacia ti. Retiro con cuidado la cubierta que tapa el puente, lo cruzo con suavidad al otro lado mientras siento en mis manos las rectificaciones de tu electrizante carácter.
¿De dónde viene? Me pregunto, esa curiosidad se ha tornado en un ácido corrosivo que me quema lentamente. Sucumbo a ti al desaflojar cada botón que cierra tu ropa. Sin prisa. Lentamente, sintiendo cada giro entre mis dedos. Intuyendo lo existente al otro lado a través de las oquedades de la rejilla, veo que algo se mueve en tu interior, pero qué, vuelvo a cuestionar.
Difícil me resulta pero tras algo de perseverancia derrito las últimas conexiones de tu ropa, dejando al descubierto aquel misterioso interior. Un collar rojizo metalizado, cobre tal vez, aunque no me atrevo a aventurar. Miro aquel adorno del que cuelgan tres puntas entrelazadas dos a dos entre sí. ¿¡Triangulo!? Digo para mí.
Tu corazón queda desvelado. Órgano generador. Gira y gira electrificando su alrededor. Me imantas con violencia, atrayéndome hacia ti. Demasiado fuerte es el campo. No me puedo resistir pero con ayuda de la prensa logro salir, cubriéndote de nuevo y olvidándome de ti.  

18/11/13

Penssamientos Effimeros

Sentir como tu pulso se acelera sin razón.
 
Queriendo seguir el ritmo cardiaco del motor.
 
Ver ese pequeño tramo negro entre la alineación de blancas rayas.
 
Cruzándose, bailando al son de una música, tan rápida como tu paso.
 
Oculto en la más densa noche.
 
Corres.
 
Corres.
 
Suben los números.
 
Bajan las agujas.
  Caminan por el lado diestro de las esferas.
 
Huyes de tus pensamientos que quedan atrás en el tiempo y la distancia.
 
Durante efímeros segundos nada existe.
 
Nada importa.
 
Solo la trazada que dibujas en la noche.
 
Cortina breve abierta en la lluvia.
 
Las gotas destrozadas por tu paso. 
Estrelladas en la luna y barridos sus despojos después. 

4/10/13

Sueños lucidos.

El mundo onírico. La estancia de los sueños. Cuan curiosa alegoría, símil perpetuo, terreno del subconsciente durmiente. Terreno del eterno. Misteriosa realidad subyacente…
Caminaba. Vagaba sin rumbo recorriendo la Tenebrosa. No sabía cómo viajé hasta aquella solida negrura, rota sólo por algún tenue y fugaz destello. La temperatura bajaba a medida que permanecía en aquel lugar. Mis respiraciones… aceleradas por el miedo que me invadía, se convertían lentamente en densas nubes que ascendían por la oscuridad. Un pasillo fue cobrando forma. Cuestionaba, preguntaba el cómo y el por qué sin percatarme de que en aquel entorno no existían sus respuestas. Palpaba las paredes rugosas, y tan frías como el suelo que descalzo pisaba. Escuchaba. Percibía susurros afilados que me agredían desde la nada. Voces extrañas y deformes que hablaban en idiomas desconocidos. Las paredes se estrechaban. Más y más. El agobio no se apiadaba y me poseía con violencia. La respiración se entrecortaba, como si el oxígeno me faltase. Una rendija de luz brillante a ras de suelo me cegó, tan solo iluminó mis pálidos pies descalzos. Una puerta se intuía, tanteaba con el dorso de la mano en busca del pomo pero en vez de aquel elemento topé con un dolor agudo y fugaz. Una astilla. Inspiré, estaba en un callejón sin salida, las paredes continuaban aproximándose, lentamente pero sin cesar. Presión, podía sentir la presión sobre mi cuerpo. Inspire profunde de nuevo, tenía miedo. Pánico. Terror. Y poco tiempo. Con la astilla aun hundida en ¿¡Pata!? ¡Era una pata, peluda como la de un animal! Pero ya pensaría en eso después, ahora sólo quería cruzar la puerta que se agrandaba por segundos, ¿o era yo quién menguaba? Empujé contra aquella superficie que entre mí se interpondría, la luz parecía más cómoda que aquella oscuridad que me envolvía. Una manta. ¿Pelo?
Una luz brillante me acogió dejando mi visión anulada. Jadeaba sin saber por qué, no recordaba de dónde venía o por qué había cruzado aquel umbral. Caminaba sobre cuatro patas. La vista se recuperaba poco a poco y comenzaba a distinguir algunas sombras procedentes del entorno, pero no colores. Habían desaparecido, tornándose en una escala de gris. Un fresco olor penetró por mi nariz, no lo identificaba pero era muy agradable. El tacto blando del suelo ligeramente humedecido, y poco después una voz. Era femenina, dulce, y me llamaba… una y otra vez. Empecé a caminar atraído por la delicadeza con la que me incitaba estar a su lado. Su pelo corto y de un aparente color gris asomaba por encima de una pequeña colina. ¡Hierba, es hierba cortada! Pero quién era ella. No la recordaba pero si la conocía, estaba sentada con las piernas cruzadas en la ladera de la colina. Me miraba con aquellos ojos grises brillante. Seguía llamándome, insistiendo que fuese a su lado. El sol ya caía en el horizonte, ella me mantenía acurrucado en su regazo y pasaba sus manos por mi pelaje, justo detrás de las orejas. Me gustaba. Y se lo hacía entender de la mejor forma posible acariciando sus piernas con la almohadilla de mis patas y la sentía estremecer. Me hablaba y aunque a duras penas la entendía yo era incapaz de articular palabras, solo algunos suaves gruñidos. Sus labios se posaron sobre mi cabeza. Me cogió entre sus manos y nos miramos a los ojos. Ya había anochecido, el atardecer fue de lo más bonito y extraño había visto hasta entonces. Pero de la misma forma que vino…se fue.
Cuando abrí los ojos estaba mal tirado, maltrecho sintiendo como me vaciaba lentamente. Un líquido viscoso manaba a raudales de mí. No tenía sentido preguntarse el qué era o cómo, sabía que no había respuesta. Todo a mí alrededor se ralentizaba, cobraba lentitud, mientras menguaban poco a poco. Entonces una aguja se abrió paso a través de mi frágil cuerpo. El dolor insufrible hizo que mis ojos se abriesen una vez más. ¿Estaba dormido o despierto? Pero tampoco tenía sentido.
Desperté entre fríos sudores enterrado por las mantas, y entonces supe que todas aquellas vivencias tan reales no habían sido más que un producto del onírico mundo de los sueños inconscientes. Aunque no recordase ninguno.

27/4/13

El embrujo [II]

Un sudor frio manaba de mi cuerpo. Tenía muchísimo calor. El dolor se extendía desde mi pecho como una hiedra. Era insoportable pero no me entrenaron para quejarme. Debía dar con algún lugar seguro. Las piernas me fallaron y ambos caímos al suelo. Era una locura seguir por los caminos en estas condiciones. Mire en rededor. No muy lejos había un pequeño cúmulo de cavernas y parecían seguras. Traté de erguirme, me llevo varios intentos pero terminamos por llegar a nuestro refugio improvisado. Entonces caí rendido ante el desgaste producido por los esfuerzos. Las fuerzas manaban a la vez que lo hacia la sangre que me llenaba. Mientras un pesado cansancio adormecía mi maltrecho cuerpo, trataba de reunir toda la información que era capaz de recordar a cerca de aquellos seres.
{ Según las leyendas de algunos lugares los Lugzans son seres que se alimentan de las almas, rompiendo el equilibrio que ambas partes mantienen. Y no conformes con eso, después corrompen los cuerpos de sus victimas, más propensos al pecado, de formas inimaginables. Su infinita belleza atrae a todo aquello que se les antoja, son de naturaleza caprichosa y no entienden de especies o razas. Resistirse a sus divinos poderes es objeto de que te deseen más y por tanto mayor es su empeño. }
Unos ruidos trataban de sacarme de aquel sopor inevitable. Me forcé a abrir los ojos. La luz procedente de una pequeña hoguera me cegó casi por completo. Una sombra muy borrosa me sacudía levemente. Hablaba pero no lograba entender aquello que decía. Sentí como poco a poco me iba desprendiendo de la pequeña armadura que me protegía. Cuando logró quitar la parte encargada de cubrir mi pecho, un grito ahogado de horror salió de sus labios. Aquel zarpazo se había infectado y la gangrena se extendía rápidamente, de eso era consciente. No me quedaba mucho de vida, claro que con una Lugzan a mi lado mi muerte era cuestión de tiempo.
Cada vez más débil. Deliraba en mis pensamientos, fruto del dolor. Tenía la sensación de estar sobre brasas pero mi cuerpo era estremecido por fortísimos espasmos de frio en un vano intento de mantener el calor. Entonces aquella sombra me examinó de nuevo. Sus manos eran suaves pero estaban heladas, aunque no podría asegurarlo, palpó cerca de aquella laceración que recorría mi pecho en diagonal arrancándome un aullido de dolor. Entonces tras una meditación profunda, no sin dejar de mirar mi denigrante estado, se fue aproximando lentamente a mi rostro. Traté de retroceder alejándome de su rostro, pero sus manos detuvieron el poco movimiento del que gozaba. Nuestros labios se unieron, no podía dejar de contemplar su mirada. Aquellos ojos verdes, un verde esmeralda, intenso. Sentí como algo dentro de mí se revolvía con violencia. Mi alma. Pero aquella lucha era inútil. Perdí la consciencia completamente. Todo quedo sumido en un negro profundo y solido. Suerte para mí porque lo peor aun quedaba por llegar. La incertidumbre de todas aquellas cosas que podría hacer con mi cuerpo agonizante.  

 
El embrujo parte 1

24/2/13

¿Por quién doblan las campanas?

[relato rescatado de una memoria USB con fecha de Enero del 2012]

 

Un tenue y siniestro sonido llena las sigilosas calles de un perdido pueblo, en un remoto lugar. Doblan las camapanas. Su tañido, continuo alerta a los moradores de aquel lugar. Triste es el sonido que el pendon arranca de la corona de metal.

-¿por quien doblan las campanas?- se preguntan.
 
El cielo es gris, casi negro. Espesas capas de nubes tapan la luz del sol. El frio es glacial, y el viento perecía cortar las partes descubiertas. La gente se abriga y sale a la calle. Aquellos curiosos se acercan a la iglesia, foco de aquel sonido tubular.
-¿por quien doblan las camapanas?- siguen las dudas...
 
Una escueta figura, de naranja vestida, llora sin cesar. Un enorme coche negro aguarda en marcha. Un feretro tras las lunas. Negro, en madera lacada.
-¿por quien doblan las campanas?- le preguntan a la dama de naranja.
 
Ella guarda silencio. Pero yo os respondere:
 
Suenan las campanas por mi. Yaciéndo boca arriba en el interior del cajon, tapado con una sabana y arropado por el cuero acolchado. En su interior, guarda un cuerpo destrozado por una ilusión convertida en obsesion.

14/2/13

UnCatorceDeFebrero...

[Relato escrito en el autobus C2 de regreso a casa]
 [bajo la inspiracion del grupo BFMV]

Camino sobre los adoquines de la ciudad. El sol brilla y deslumbra mis ojos claros. Deambulo perdido sin destino concreto. Solo paso tras paso. Sintiendo el frio, hoy por algun motivo más acentuado al ver a otras gentes armadas de rosas y claveles. ¡Claro!, catorce de febrero. San valentin. Ahora recuerdo. Por la manaña me invadió un escalofrio, y mi humor sólo empeoraba a medida que me dirigia a clase pero desconocia el por qué, hasta ahora. Qué tiene este dia. Qué le diferencia de los restantes 364. Pensaba mientras caminaba. Era pronto, demasiado pronto para regresar a mis pequeñas y ocuras cuatro paredes. No queria tener prisa pero seguía caminando a toda velocidad.
Mi noción del tiempo yacia perdida.
Ni hambre, ni sueños poseia.
Un cadaver caminante parecía 
carente de emociones de puertas afuera
sólo frío sin sentído

Aunque dentro, parecía librarse la confrontación de confrontaciones. Quieres algo pero no te ves con ello, no por el echo de no tenerlo sino por miedo a romperlo. Como un libro. Un instrumento. Cosas demasiado valiosas como para correr riesgos.

De la nada un grito.
Un estridente sonido
Abres los ojos y lo miro
Lo veo, tambaleante.
¿por qué te las detenido?
Sigo mi camino