poemas de amor Crazzy Writer's notebook: love
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15/5/14

[900 palabras contadas]

Bueno, con esa imagen en mente… /se pone sus gafas de lectura, se acomoda en el sillón, aclara su garganta antes de tomar aire y mirar a la chica que delante aguarda\.
Érase una vez que se era, en una extraña y lejana ciudad un misterioso joven que al calendario de mirar no dejaba. Algo en él lo inquietaba. Se movía levemente, mecido por el suave viento que se colaba por una de las ventanas abiertas. Un viento que arrastraba el aroma típico de mediados de febrero. El...


[-Vaya. Febrero, que casualidad-].
/Corta el relato. Mira por encima de sus gafas. Sonríe, sabe lo que ha pasado por la cabeza de su oyente\ ¡¿casualidad?! /Niega con la cabeza\. No es más que una historia de un viejo libro. /Blande el tomo en sus manos, pero con mimo\. Cualquier parecido con la realidad es un mero espejismo. /Devuelve la mirada al libro. Pero mantiene aquella sonrisa misteriosa y enigmática\ A ver... Por donde iba... ¡Ah! /Toma aire de nuevo para proseguir su historia\.

El chico lo miraba con fijeza mientras escuchaba de fondo la voz del profesor de turno. Monótona, monocorde. Apagada y distorsionada por una distancia infinita. Apenas lo escuchaba, no era más que un susurro en lo más profundo de su mente. Una vaga melodía.

Inspiro sin apenas notarlo cuando percibió un delicado aroma, aunque sin llegar a saber de qué o quién lo desprendía. Solo miraba su número. Aquel número que colgaba burlón en la superficie plateada de aquel calendario.
El ruido de la campana lo devolvió con brusquedad a aquella patética realidad en la que navegaba sin rumbo. Y menos aquel día. Caminaba lentamente. No tenía prisa por llegar a casa, nadie lo esperaba. 

Tenía comida en la nevera con una nota de su madre con unas delicadas notas del menú que tendría para aquel día. "ensalada mixta al gusto". Pero fue en medio de su silenciosa comida cuando el teléfono vibro sobre la mesa. Aparecía en la pantalla el reflejo de un nombre y un número de teléfono. La conocía. Pero le extrañaba e intrigaba sobremanera lo que aquella llamada podría depararle. Un viernes sin plan alguno era sinónimo de una improvisación de lo más arriesgada.
-Nunca...-. Dijo al poco de estar hablando con ella. -Vaya, es una lástima. Deberías verlo, es increíble. Me parece algo digno de compartir-.
-...- Guardo  silencio mientras miraba sus gestos reflejados en la ventana.
-me encantaría llevarte-. Dijo con cierta sorpresa para sí.
-...-
-¿¡¿¡¿¡Esta tarde!?!?!?-. Aquello le pillo por completa sorpresa. Aquello tenía cientos. No. Miles de connotaciones ocultas. Y hoy precisamente.
-...-.
-...-.
-Bueno, de acuerdo. A las siete-.

Estaba consternado. No se lo podía creer. Aquello era raro. Y una locura, todo sea dicho de paso. El tiempo fluia, alargándose y estirándose como si fuese una goma elástica sin límite de rotura. Cada minuto eran mil y un pensamientos. Finalmente llegó el momento. La hora de partida.

Recogió a su pasajera. Quedaba un largo camino por delante. La autovía comenzaba a extenderse ante ellos. Conducía deprisa, pero sin rebasar los límites marcados. Sonaba solo la música de fondo. Rápida y rítmica. El resto solo silencio. Alguna mirada, fugaz. Retrovisor. Pasajero. Carretera. Velocímetro. Llegó su salida y la tomaron lentamente para comenzar la ascensión hasta una vieja vía forestal. La recorrieron entre botes, baches, algún zigzag mientras la tarde caía sobre ellos.

El pinar. Aquel terreno donde aquellos arboles típicos campaban a sus anchas. Creciendo. Adornando. Dando vida. Creando una atmosfera extraña. Dejaron el coche junto a un pino, cerca de un pequeño claro. El no quería extraviarlo, aunque conociese bien aquel lugar. Comenzaron a pasear. En silencio. Escuchando solo sus pisadas en medio de la nada. El viento ululaba entre los troncos. Movía las copas entrelazadas. Ella corría y saltaba como un cervatillo. El aguardaba a distancia mientras en silencio pensaba. Recordaba más bien.

Llegaron a un lugar donde quedaba emplazada una vieja mina abandonada. Se sentaron mirando los últimos rayos de la tarde esconderse en el horizonte. El frio los envolvía. El sentía pequeños escalofríos. Se sentó junto a ella mirando el horizonte. La rodeo la cintura y siguió en silencio escuchando la naturaleza que los rodeaba. El pinar. Ella habló, daba una ligera opinión de aquello que nunca había visto y que tanta intriga despertaba. No en balde ella era una gatita muy curiosa. El frio arreciaba. Tras la muerte del sol se levantaron de nuevo. Caminaron de regreso.
Allí estaban de nuevo. En el claro. El coche aguardaba en la noche. Él, antes de partir, tomó una foto de un recuerdo que olvidaría aquella misma noche si pudiese. Dejando aquello como recordatorio de algo raro que vivió. Un relato que invento en una noche de verano mientras luchaba por caer rendido ante el sueño. Regresaron al coche. Bajaron despacio. Condujeron en tinieblas por el camino hasta llegar a la carretera por la que retornaron a la ciudad de nuevo.
Tras dejar a su pasajera en el lugar de encuentro reanudo su marcha mientras veía salpicado el cristal del llanto de las nubes de aquel “catorce-de-febrero”.

/Sonríe, mientras cierra el libro. Mira por encima de sus gafas a la chica que lo escucha, aguarda en silencio\.
Y con esto, colorín colorado este cuento se ha acabado. /Ríe en el sillón\. Disculpa si te he aburrido, a veces se hace más largo de lo conveniente. /Sonríe, aunque niega con la cabeza\ ¿Qué te ha parecido?  /Cierra el maltrecho libro y lo guarda con delicadeza en una inmensa estantería\.

12/9/13

The girl [De paseo por el centro, part 18]

Llevábamos recorrido un trecho del camino turístico que había planeado como punto y final a mi visita a Madrid. Aquel fin de semana había sido sin dudar el mejor desde hacía mucho, mucho tiempo. Claro que todavía quedaba una larga subida antes de llegar a las vacaciones de verano pero en este momento prefería mantener la cabeza en el momento presente y disfrutarlo. Después de dejar atrás la puerta del Sol, con los testimonios fotográficos del Kilómetro cero, el símbolo de la ciudad, el oso y el madroño, y algunas estatuas conmemorativas, a parte del lugar en sí, nos encaminamos hacia otro de los monumentos. La fuente de la Cibeles, lugar en el que acaban todas las celebraciones futbolísticas posibles. No tardé en desenfundar su cámara y dejar la prueba de que yo también estuve allí pero él todavía guardaba una pequeña sorpresa en aquel lugar.
-En el ayuntamiento tienen un mirador a través del cual se puede apreciar la inmensidad de la ciudad-. Sugirió. –Seguro que puedes sacar buenas fotos-.
-Tengo curiosidad por ver esa imagen-. Mis ojos se centraron en el ayuntamiento que quedaba de frente a la fuente y nos encaminamos a buen paso hacia sus gigantescas puertas.
Cuando salimos al mirador una suave brisa nos azotó en el rostro. Había bastante gente, en su mayoría extranjeros, que también buscaban llevarse un buen recuerdo de la capital.
-Vaya… es impresionante-. Exclamé aproximándome a la baranda, mientras le arrastraba a mi lado.
-Sí, la verdad es que sí. Es uno de los lugares más bonitos para contemplar la ciudad. Pero a mi hay otro que me gusta un poco más que este-. Entonces señaló un edificio que asomaba por encima del resto. Dos torres estrechas unidas en el techo creando la ilusión de ser el rostro de una persona. –O también debe haber una vista bastante curiosa desde allí-. Guio mi cuerpo hasta situarlo en línea con la vista parcial de una de las torres inclinadas que se asomaba con timidez.
Ambos nos quedamos en silencio contemplando la vida de la ciudad. Los coches, los taxis, los autobuses, las personas convertidas en hormigas pequeñas. Una última vista antes de regresar a la calle de nuevo. Y una foto de ambos con la ciudad de fondo.
Después del ayuntamiento, la siguiente parada estaba prevista en el parque del retiro, pasando frente a la puerta de Alcalá. A medida que avanzábamos calle arriba empezamos a sentir los ojos vigilantes de aquella inmensa construcción. Era imponente pasar a su lado. Tras una breve parada para una pequeña historia y unas fotos reanudábamos el camino para adentrarnos en los parajes del Retiro.
-Bienvenida al pulmón de Madrid-. Comentó mientras me tomaba de la mano. Miraba a los alrededores hasta que finalmente nuestras miradas se cruzaron.
-Me recuerda un poco al campo grande de Valladolid. Aunque no sé si allí los árboles son tan grandes-. ME arrimé un poco más a él.
-Bueno… tenemos un estanque con barcas… ¿quieres subir a una?-. Señaló el estanque que comenzaba a vislumbrarse en la distancia. Allí podían verse numerosas barcas de remos navegando erráticamente, cruzando aquellas aguas verdosas. –Pero eso si… no te caigas al agua-. Reí al ver su expresión.
-Lo siento mucho Arturo, pero yo y los transportes acuáticos no nos llevamos, otra cosa podría aceptarla sin problemas. Barcas… no, gracias-. Después de sacar algunas fotos de las barcas y de las estatuas que había al otro lado del estanque tiré de él con suavidad para alejarnos del estanque.
-Bueno… podemos adentrarnos un poco en los caminos que cruzan el parque, y experimentar un poco de naturaleza-. Dijo con cierta sugerencia. Miré hacia uno de los senderos laterales. Los centenarios árboles se retorcían por encima de nosotros tras sus cercas de arbustos. El manto de césped verde que los rodeaba resultaba increíblemente tentador. Parecía invitarte a descansar junto a los troncos. Volvimos a cruzar miradas cómplices y nos adentramos lentamente en una de aquellas sendas que iban adentrándonos en una privacidad extraña. Caminamos alejándonos de las vías más transitadas. Nos retiramos a una pequeña parcela de césped verde y fresco. Nos tumbamos a recuperar el aliento y recobrarnos un poco del calor que empezaba a apretar desde el cielo azul celeste.   
Aguardamos en mutua compañía, escuchando los sonidos que nos rodeaban de forma esporádica, aunque yo estaba más concentrada en sentir cómo su mano paseaba lentamente por mi rostro. Apartando lentamente algunos mechones que la cubrían y proseguía con el paseo.
-Asique esto era la otra opción diferente al paseo… ¿eh?-. Susurré de pronto.
-Si… mucho me temo que sí. ¿Esperabas otra cosa?-. Preguntó con un fuerte atisbo de duda.
-Bueno… contigo es difícil esperarse algo concreto…-. Reí entre dientes. Me fui acurrucando sobre su pecho. –Siempre consigues venir por el ángulo muerto, y eso es una cosa que en un chico es poco corriente. Y me gusta eso… y por ese motivo no te voy a contestar-. Asomé la lengua en un gesto infantil.
Su expresión me resultó irresistible. Mis reflejos hicieron acto de presencia logrando sellar nuestros labios antes de que volviese a subir la guardia. Mientras ejercía una ligera presión sobre sus labios su mano se enredó sobre mi pelo y tiró de mi cuerpo hasta dejarlo sobre el suyo. Sus caricias me deshacían en un placentero mar de sensaciones, pero aquello Arturo ya parecía saberlo. Su sonrisa lo confirmaba. Aguardamos unos minutos más así.
-Sabes, Arturo que cuando te levantes estarás verde, ¿verdad?-. Comenté mientras me incorporaba y le tendía el brazo para ayudarle a incorporarse.
-Por desgracia… pero ya sabes… todo tiene un precio-. Respondió mientras comprobaba, con alegría, que aquellas manchas de las que hablábamos no habían impregnado sus pantalones vaqueros. –Pero… no siempre es un alto precio-. Le palmeé en el culo.
-¿Cuál es nuestra siguiente parada, Virgilio?-. Sonreí con inocencia.
-Pues vamos a pasar por la única representación del diablo de Madrid-. Dijo con una voz fúnebre y grave. –Asique seguidme de cerca y no os perderéis en estos caminos malditos-. Antes de que diese un paso crucé mis brazos por su abdomen y lo apresé con el resto de mi cuerpo.
-De acuerdo-. Le besé la nuca y deshice la presión para continuar por las sendas hacia la estatua del ángel caído, situado en una de las avenidas del parque y muy próximos a la famosa cuesta Moyano.
Caminamos un poco desorientados pero finalmente dimos con aquella fuente. En un cruce de dos avenidas principales del parque, tal y como había predicho. Brillando bajo el sol estaba la piedra negra tallada con la figura retorcida de Lucifer. Resultaba demasiado siniestro y atractivo al mismo tiempo, además el resto de la fuente estaba custodiada por horribles rostros que trataban de ahuyentar a las almas errantes de los viandantes. Nos detuvimos un poco contemplándola y proseguimos hacia el fin de aquel tour por el centro de Madrid.
-Bueno, ya solo nos queda ver “la cuesta de los libros”. Aquí siempre puedes encontrar alguna pequeña joya y no suelen ser libros demasiado caros-. Caminábamos con paso muy lento mientras nos fijábamos en cada uno de los puestos a la caza de algo que llamara nuestra atención pero a esa hora ya casi no quedaba nada curioso.
-En ese caso… miremos, todavía es algo pronto para volver-. Sonrió. Mientras se acercaba a uno de los puestos donde había varios comics y comenzaba a mirar algunos de ellos. Yo mientras me perdí varios puestos más abajo en busca de un detallito.
Después de un largo rato perdida entre los libros de aquellos puestecitos sus brazos me sorprendieron en un delicado abrazo.

-¿Que tal van las compras?-. susurro en mi oído. -¿Alguna cosilla interesante?-
-Si-. Y le mostré un par de libros que había adquirido tras un rápido paseo por todo los puestos. -Muchas gracias por este paseo. Me lo he pasado muy bien-. Sus ojos marrones me contemplaron sonrientes.
-Bueno, qué te apetece comer… como los presos… eliges la última comida-. Me quedé un poco pensativa, la verdad no había pensado en nada.
-Me dejare sorprender, eres un buen cocinero asique prepares lo que prepares seguro que me gustará-. Le devolví la sonrisa.
-Entones… partamos hacia casa. No me gustaría que perdieses el bus y te quedases aquí… ¿o tal vez si?-. Dijo en con un aire juguetón en su voz mientras nos encaminábamos hacia la estación de metro de Atocha.

Ultimo Capitulo

20/8/13

The girl [Apuestas arriesgadas, part 17]

El tiempo había volado, como era su costumbre cada vez que estábamos juntos, sin percatarnos de ello. Tras vagar por diversas tiendas de lo más variopinto, hacer una parada en un pequeño restaurante y un repaso más fugaz a algunas tiendas más, optamos por volver a ese pequeño piso en el que residía. Cargamos el par de bolsas que portábamos en el angosto maletero del saxo y emprendimos el regreso atravesando la circulación de aquella ciudad a velocidades vertiginosas bajo aquella música, rápida y animada, y la atenta mirada de aquellos ojos marrones. Las ventajas de las pequeñas dimensiones. Aunque seguía con aquel extraño pensamiento pero sin resultados positivos. Cuando cruzamos la puerta el reloj de la entrada nos recibió con la melodía de las ocho de la tarde.

-Vaya… ¿ya son las ocho?- su voz se levantó con sorpresa mientras dejaba su bolsa en el salón.
-Eso parece-. No pude evitar sonreír. –Es increíble lo rápido que se puede pasar una mañana entre los muros de un gran centro comercial. ¿No te parece?-. Ella asintió con energía. -¿Qué película te apetece ver?-. 
También dejé mi par de bolsas y me encaminé hacia la habitación para cambiarme de ropa. Ella se había quedado en el salón mirando la enorme lista de películas que la había entregado. Salí al poco con la ropa dirección al baño.
-Alguna película que te llame la atención, Elisa-. Pregunté curioso.
-Si pero a decir verdad he visto varias que me gustaría ver. Estoy un poco indecisa…-. Levantó los ojos del papel y me miró.
-Bueno, entonces mientras te decides y pones cómoda voy a darme una ducha exprés-. A punto de entrar en el baño un fugaz pensamiento cruzó por mi mente al ver el toallero. –¡Oh!…- ella se asomó por el arco del pasillo. -Casi se me olvida la toalla-. No pude contener una risita al ver su expresión.
Tras coger una toalla me adentré en el chorro de agua caliente y comencé a esparcir el jabón. Estaba deseoso de ver la película que había elegido, y hacerlo a su vera. Cuando salí del baño ella se había cambiado de ropa y se estaba acomodando en el sofá.
-Bueno, después de una intensa indecisión creo que vamos a ver…-. Dejo ver una sonrisa misteriosa. -…Una de suspense y, la verdad, el titulo… incita. “La soga”, ¿te parece?-.
-Perfecta, además no la he visto pero mi hermano me ha dicho que es un puntazo-. Señale el asiento contiguo donde reposaban sus pies. -¿Puedo?-. 
-Claro, pero ponte aquí mejor. Estaremos más… cómodos-. Se apartó un poco dejándome el sitio donde estaba su cabeza, mientras lo acariciaba con lentitud. Una ligera curvatura picarona dejó un pequeño atisbo de luz en mi mente.
-Ideal. Espero que te guste la peli-. Me senté, y no tardó en dar comienzo con los créditos, como toda película antigua.
La neoyorquina ciudad amanecía rápidamente. Algunos coches circulando. En una azotea de un rascacielos. Un ático situado en un buen vecindario. Y un grito ahogado que se apagaba lentamente mientras su dueño exhalaba su último aliento.
Envueltos en la oscuridad, a lo largo de la película ella fue de forma muy sutil acurrucándose sobre mi pecho y rodeándome poco a poco con sus brazos. Y yo, aunque menos sutil, también posicioné mis manos en lugares estratégicos. Una mano enredada en algunos mechones de su larga melena próximo a su cuello y otra en la junta entre la camiseta de tirantes y su short. El final se intuía cercano. Demasiado, tal vez. En New York sonaban los ecos de las sirenas de la policía mientras los subtítulos ayudaban a comprender los murmullos del fondo de la calle. Mientras, la vista de la ciudad se iba alejando poco a poco sumida en la noche.
-Oh…-. El asombro brillaba en el fondo de sus ojos. Se revolvió para mirarme desde abajo. –Es genial. Lástima de final-. Dijo con una sonrisa. Entonces sentí su mano paseando por mi cuello. Haciéndome estremecer. 
-Sí, mi hermano tenía razón-. Susurré mientras apagaba el televisor, sintiendo aquella caricia lenta y prolongada. Sonreí al ver aquella mirada sugerente que me dirigía. Poco a poco recorté distancia con su rostro. – ¿Sabes?… sigo dando vueltas a esa primera vez, pero no consigo dar con ella, ¿alguna pista?-. Aquella mirada se fue iluminando hasta brillar con travesura, al igual que la nueva curvatura de sus labios.
-Es tarde… y ha sido un largo día-. Su mano descendió hasta situarse suavemente bajo el mentón. –…Te parece que recojamos los restos de la cena y después nos vayamos a la cama-. Su mirada se desvió fugazmente hacia los restos que reposaban sobre la mesita de café.
-A la cama. Que no a dormir… tú y los detalles lingüísticos-. Volvimos a  aguantarnos la mirada en silencio. Ella no pudo evitar iluminarme con una alegre sonrisa.
-Si… creo que me lo estas pegando-. Ensanchó aún más su sonrisa.
Después de limpiar la cena ella me tomó de la mano y nos encaminamos a la habitación.
-Ponte cómodo-. Me dejó en la cama. –Bien, asique una pista, ¿eh?-. Se quedó pensativa mientras miraba por la habitación en busca de algo que no tardó en encontrar. Sus manos encendieron las velas –Y… ¿con qué prenda la vas a comprar?-. El olor de vainilla invadió la habitación. Caminó hacia la pared sumiendo la habitación en penumbra a merced de las velas.
-¡¿Comprar?! ¿Prenda?-. La sorpresa  invadió mi rostro sin ningún cuidado. –A qué te refieres-. Ella se fue aproximando lentamente hacia la cama donde poco antes me había tumbado.
-Veras… unos amigos de mi prima jugaban a los acertijos por la noche reunidos en una de las habitaciones…-. Se sentó a mi lado apoyándose sobre mi pecho sin perder el contacto visual en ningún momento. –Pero… las pistas…-. Siguió recostándose lentamente sobre mí y descendiendo su voz de forma muy sensual. -…había que comprarlas con prendas. Camisetas, calcetines, zapatillas…-. Hizo una pausa breve. -… ropa interior…-. Me acarició el pómulo con suavidad.
-Vaya… tan tímida que parecía-. La rodeé con mis brazos. –Entonces… cuanto me costará dar con aquella primera vez-. Mantuve el contacto con sus hipnotizadores ojos.
-Bueno… ya que será una historia un poco larga… te pediré una prenda… peligrosa-. Su sonrisa se iba ensanchando a medida que mi torso quedaba al descubierto.
-¿A qué llamas una prenda peligrosa?-. Miré mí atuendo compuesto por una fina camiseta y un pantalón largo. Obviando la ropa interior. 
-Pues… una prenda peligrosa sería… por ejemplo…-. Su mano descendió y tiró con suavidad del elástico del pantalón reiteradamente. –Además así estaríamos igualados, ya que…-. Señaló su short de licra negra. –Esto es similar a los bóxers que llevas-. Sonrió con un poco de malicia.
-En ese caso… me rindo y me resigno al pago en pos de la curiosidad-. Dije dejando los ojos en blanco mientras comenzaba a bajar el pantalón.
-Ah, no, cielo. De eso me encargaré yo, a fin de cuentas… es mi…-. Un matiz pícaro asomó en su mirada. -…divertida comisión-. Sus manos descendieron raudas y no tardaron en descender con lentitud aquella prenda convertida en moneda de cambio. Su risa resonó dulce y siniestra en la penumbra. Rodeó mi cuello con sus brazos y terminó de acomodarse sobre mis piernas. Simuló que se aclaraba la garganta suavemente.
-Érase una vez hace cuatro años, en esta misma ciudad, una chica a punto de cumplir los dieciséis que había acompañado a su novio, cinco años mayor, a una quedada con varios amigos de éste…-. En ese momento aquello empezó a cobrar forma en mi mente. Se acababa de liberar el recuerdo de aquella noche, provocándome una sonrisa inconsciente.-…había casi media docena de coches parecidos a los de su novio, y continuaban llegando más, pero ella estaba más pendiente de otra cosa. Aquello no estaba bien y lo sabía. Entonces de la oscuridad apareció algo que sí reclamó su atención. Vio pasear a un chico pelirrojo y de cabello corto, parecía concentrado observando cada coche…-. Mientras narraba sentí como su pecho se apretaba suavemente contra el mío, fruto de la atracción ejercida por el lazo de sus brazos. -…Y después de aquella rápida inspección regresó a su coche sin más. Se notaba que era su primera vez…-. Nuestros rostros estaban muy próximos, y el tono de su voz se suavizó un poco más. Su perfume dulce me invadió llenándome los pulmones. Su rostro había cobrado un matiz de irrealidad a la luz caprichosa de las velas. 
-Si, ya me acuerdo de aquello. Anda que no ha llovido desde entonces-. Mi voz surgió de mis labios como un susurro. –Y al final de aquella noche me encontré con varias preguntas rondándome… y a día de hoy alguna sigue sin respuesta…-. Volví a enfocar mi mirada en aquellos ojos de reflejos cálidos.
-Ah, ¿sí? Preguntas como cuales, Arturo.- Preguntó con un fuerte atisbo de curiosidad.
-Qué te impulsó a guiarme en aquella carrera y jugarte el tipo…-.
-Vaya… que directo-. Rio. –Cómo iba diciendo… algo en aquel chico le llamó muchísimo la atención, y no sólo aquel “juguete” que traía consigo-. Gesticulo las comillas. –Asique presa de la curiosidad, y una misteriosa atracción hacia él se encaminó sin pensarlo hacia su coche. Su presentación, algo tímida la sacó una sonrisa… tal vez el modo tan extraño de la sintaxis o su pinta de malote-. Se encogió de hombros. -Quién sabe. Su forma de pilotar durante la carrera, la cautivó. Esa ambición combinada con la destreza y la temeridad. Nunca olvidaría la adrenalina corriendo por sus venas instada por aquella música rápida y vivida. Tentándola. Aquella chica estaba nerviosa porque algo se había despertado. Aquel chico de pelo rojizo había encendido una chispa en su interior y aquello, por su situación, la incomodaba. Grabó en sus recuerdos los interminables minutos de pesado silencio exterior, tras escapar de la policía por poco, y las voces de su interior. Algo la incitaba, quería hacerlo pero una sombra se lo impedía, su novio-. Elisa me mantenía aquel contacto visual a lo que no tardó en sumar una sonrisa misteriosa.
-Qué tenía ganas de hacerle a aquel chico-. Pregunté con curiosidad.
-Esto…-. Susurró a mis labios. El sabor de sus labios entonces estalló en los míos. Su tacto. –Pensó que nunca más lo volvería a ver… Pero una noche, inesperadamente volvió a escuchar aquellas melodías. Reconoció aquel juguete aparcado y también a su conductor… pelirrojo-. Aquel beso atravesó la barrera de mis labios buscando la humedad y la consistencia de aquello que protegían. Unas caricias habían empezado a recorrer mí cuello. Sin poder ocultar por más tiempo la erección que me acosaba desde hacía tiempo. Aquel beso se detuvo. Su risita traviesa resonó en los alrededores. Podía notar el rubor de mis mejillas otra vez.     
-No sabría decirte qué me gusta más ahora mismo-. Me susurró de nuevo. –Si notar tu excitación…-. Recortó la escasa distancia entre nuestros sexos. -…o el rubor que tiñe tus mejillas cuando te excitas-. Pasó sus pulgares por mis mejillas ruborizadas y descendió de nuevo hasta acariciar mi pecho.
-Bueno… no sé qué decir…- Mis manos seguían apoyadas en la cama. Pero nuestros rostros estaban aún más próximos. Mi voz era un susurro. Sus ojos marrones fueron adentrándose en los míos. Escrutando mis pensamientos lentamente. Su mano se había enredado en mi pelo y lo revolvía con delicadeza. Estaba siendo pirateado y era incapaz de lanzar ninguna contramedida. Entonces el silencio se rompió con su voz suave, susurrándome a los labios.
-Podrías revelarme qué hay en esa cajita, por ejemplo-. Señaló la pequeña caja que había traído de extranjis de la cocina. Mis labios se curvaron mostrando una sonrisa traviesa.
-¿Quieres una pista?-. Enarqué las cejas. Ella sonrió con la misma travesura.-Espero que sea de tu agrado-. Mis manos fueron ascendiendo lentamente recorriendo su espalda en suaves caricias mientras buscaba la prenda en cuestión. La camiseta ascendía arrastrada por mis brazos cuando escuche su risita amortiguada al llegar a la zona alta de su espalda.
-No, no. Creo que tendrá que ser otra prenda…-. cantó divertida con aquella voz suave. Nuestros torsos aprisionados haciéndonos sentir las curvas del otro. Sus piernas habían rodeado mi cintura y la apretaban con una fuerza impulsiva, haciendo más notorias las palpitaciones de la erección. Su mano buscó detrás de uno de los cojines y dejó caer aquella pieza sobre mi rostro. –¿Es esta la prenda que buscabas?-. Mostró unos ojitos dulces e inocentes. 
-Eh… creo que si…-. Mi expresión semioculta por el sujetador estaba envuelta por la sorpresa y la excitación. La risa inundó la oscura estancia. Estaba ligeramente superado, había que admitir que había sido un buen golpe. –Entonces… qué prenda pagaras por la pista-. Ella sonrió con inocencia mientras deshacía el lazo de mi cuello.
-La camiseta… porque no tengo muchas más que ofrecerte. Espero que sea una pista muy buena, Arturito-. Aquella sonrisa fue cobrando matices muy traviesos. Y aquel matiz fue demasiado gráfico para mí. -Vaya… presiento que acabas de darte cuenta de las implicaciones que conlleva-. Su risa inocente volvió a sonar en la habitación. Su camiseta fue levantando el sitio mostrando las discretas líneas de su torso hasta que finalmente cayó sobre la cama.
-Bien…Para la pista…deberemos inter…intercambiar po…posiciones, y además… has de cerrar los ojos pues para…para esta pista solo requerirás…de tu…tu…tacto-. Mi rubor se hizo más notorio. Sus ojos brillaron divertidos y excitados. Casi podía leer en ellos, “Qué tramas, cosita linda”.
-Eres un chico muy travieso…-. Acarició la punta de mi nariz. Intercambiamos las posiciones lentamente y tras asegurarme de que sus ojos estaban cerrados, tomé una unidad de aquella cajita y deslicé su húmedo tacto hasta la junta de sus labios. Su primer impulso fue abrir los ojos pero antes de que pudiera ver algo los cubrí con la mano. Mi voz susurrada se deslizó hasta su oído.
-Muérdelo con suavidad-. Los labios de Elisa se retiraron con cuidado mostrando sus dientes blancos que se hundieron en el cuerpo de aquella fruta. Degustó en silencio, atrapando cada matiz y cotejándolo en su base de datos.
–Eres muy retorcido, y original, todo hay que decirlo… no me lo esperaba pero… es una frambuesa-. Una sonrisa de victoria se dibujó de forma casi instantánea.
Sentí como algo recorría mi cuerpo pero me percaté tarde del matiz pícaro que había tomado su sonrisa. Sorprendido caí sobre su cuerpo. Sus piernas y brazos me aprisionaron a traición contra su torso desnudo. Sus labios me hundieron en un ardiente y húmedo beso. Los sonidos que se desprendían de nuestros labios hicieron que el sonido de tela desgarrada pasara desapercibido. Una ráfaga de aire frío recorrió mi espalda perlada en sudor haciéndome estremecer aunque en mi interior ardiese.
-Qué apasionada…-. Dije sorprendido. Ella lucía una sonrisa muy divertida ante el rubor más acusado en mis mejillas.
-Oh, resultas tan adorable-. Un delicado beso selló mis labios. —Apasionada… y no sabes hasta qué punto-. Susurró. Poco después aquel casto beso fue transmutando en uno más profundo y apasionado. Nos perdimos degustando el sabor del otro. Estaba tan abstraído por aquel beso que no me percaté que habíamos intercambiado las posiciones de nuevo hasta no abrir de nuevo los ojos.
-¿Y ahora…?-. Preguntó mientras se recostaba sobre mi cuerpo. Aquella sensación. Ese calor pegajoso del tacto piel con piel. El atractivo aroma que se desprendía de ambos cuerpos ebrios de hormonas. Sus manos reposaban sobre mi pecho y acariciaban mi cuello con el borde de las uñas produciéndome un fuerte cosquilleo.
-El fervor me incita a llegar al final pero hay otra parte que piensa que es muy apresurado…-. La abracé con fuerza extendiendo mis brazos a lo largo de su espalda. –Y me importas mucho como para jugarlo a cara o cruz. ¿Tú quieres seguir?-.
Un pequeño silencio quedó entre nosotros. Su rostro bailaba irreal a la luz de las velas. Ambos perlados en sudor, jadeantes e increíblemente excitados.
-También eres una fantasía convertida en realidad, y aunque también me parezca apresurado, creo que eres… el príncipe de mi cuento-. Deslizó un poco por mi pecho hasta dejar otro casto beso sobre mis labios. Después se posó en mi cuello y succionó con suavidad en la base del cuello. 

Parte 18

15/6/13

The girl [Sugerencias implicitas, part 15]

La noche había caído demasiado temprano, casi sin darnos cuenta el cielo se había oscurecido y teñido de aquel color anaranjado imitando el color de las luces que la iluminaban. Muy pocas estrellas llegaban a ser visibles aunque todavía no había luz alguna capaz de eclipsar la sonrisa que ella mostraba o rivalizar mínimamente con la luz de sus ojos marrones. Hacía escasos minutos que habíamos salido del metro. Caminábamos despacio a lo largo de la calle solitaria. Los pasos acompasados y los cuerpos fundidos por un abrazo mutuo hasta que topamos con el portal.
-La idea del paseo me ha gustado mucho…- comenzó a decir suavemente.-…aunque me pregunto que hubieses hecho en el caso de que hubiese elegido la primera opción…-. Terminando con una sonrisa suspicaz.
-Está claro, ¿no?-. Enarqué las cejas. Ella negó con la cabeza y balanceándose ligeramente, dejando ver una sonrisa risueña. -¿¡No!?-. Abrí los ojos. Su sonrisa se ensanchó ante lo ridículo de mi expresión.
-No, ni idea… pero me lo vas a decir-. Sentenció mientras me acorralaba contra uno de los muros lentamente. –O sino… Arturito, abstente a las consecuencias…-. Imitó una risa malvada.
-Me abstengo, me abstengo-. La miraba fijamente. Leyendo el trasfondo de sus ojos. –Aunque… si tienes un poco de paciencia…-. Miré hacia arriba como si nada… ignorando el hecho de que ya estaba tocando la pared.
-¿¡Paciencia!?-. Se sorprendió. –Vale… pero recuérdalo…-. Dejo ver una sonrisa que hizo que mi curiosidad por aquello que tramaba y que no había conseguido desvelar, se multiplicase de forma exponencial.
Entramos en la oscuridad del portal y aguardamos a que aquel minúsculo ascensor nos trasladase hasta la tercera planta.
-Bueno… ya estamos de regreso-. Comenté mientras ambos entrabamos por el vano. -¿Te apetece ver una peli?-.
Ella me miró desde la penumbra del pasillo. Tenía una ceja arqueada.
-Arturo, es pasada la una de la madrugada, y no se tú pero yo esta mañana tuve clase. Asique… yo me voy a la cama, estoy destrozada-. Culminó con una inocente expresión.
-Bueno… si estas cansada, lo suyo sería que durmieses…-. Dije comprensivo mientras me aproximaba a ella.
Yo aquella mañana si tuve clase pero solo fue un par de horas a media mañana, y no eran asignaturas que digamos pesadas. Pero claro, ella… si había tenido clase, y no solo eso sino además después del viaje anduvimos a través de medio Madrid. Ella trató de contener una pequeña carcajada.
-Yo no he dicho que vaya a dormir…-. Su dedo índice paseaba lentamente por su labio inferior. -…sino que me voy a la cama-. Me esquivó con agilidad y corrió entre risas hasta mi habitación cerrando la puerta.
Fui a la cocina y miré por la ventana. En el cielo, no muy lejos, la luna sonreía enigmática. Me perdí en el firmamento, hipnotizado por su misterio. Entonces dos sinuosas caricias recorrieron mi espalda y se colaron en los bolsillos del pantalón. Y poco después su cara se apoyó sobre mi hombro.
-¿No vienes?-. Preguntó con un hilo de voz, no quería romper aquel silencio que dominaba la cocina.
-Estaba esperando a coger mi pijama-. Me di la vuelta lentamente y me quedé mirando aquel rostro. Fino y delicado. –Tienes unos ojos increíbles-. Sonreí.
-Eso me dijiste la segunda vez que nos vimos-. Dijo con una sonrisa luminosa. Antes de salir me besó en la comisura, y se marchó pellizcándome en el muslo.
Aquella respuesta, me quedó desconcertado. ¿La segunda? Recuerdo la del circuito de Ciudad Real allá a principios del verano del año anterior… pero la que sería la primera… Traté de hacer memoria mientras caminaba raudo a la habitación y buscaba la ropa que usaba para dormir. Tardé un poco, pero finalmente conseguí dar con ella en medio de ese caos más ordenado.
Estaba desabrochándome el pantalón cuando escuche su risa traviesa junto al vano de la puerta.
-Vaya… eso quería hacerlo yo…-. Sonrió lentamente.
-Otra vez será-. Su mirada me abarcaba por completo. Se mordisqueó el la parte inferior del labio y pasó junto a mi dejándome una caricia que cruzó el culo de este a oeste. -No seas mala-. Me reí y miré como se dejaba caer suavemente sobre la cama. Terminé de colocar la ropa en el armario.
-Ha sido maravilloso pero ahora mismo no siento los pies-. Aguardaba con la cabeza apoyada en las rodillas. Me senté en la cama enfrente a ella. Volvimos a cruzar miradas y sonreímos casi al unísono. –No, no, no-.
-Déjame intentarlo-. Ella negaba con la cabeza. –Se supone que todavía eres mi ayudante, ¿verdad?- Una sonrisa se dibujó en el semblante. –Bueno… te voy a hacer un truco de magia-. Una de sus mágicas sonrisas iluminó su rostro, pero no antes de mostrar su disconformidad con aquellos ojos en blanco.
-Cierra los ojos, y sobretodo ponte cómoda-. Ella se tumbó y cerró los ojos. Me aproximé a por dos velas y de camino apague las luces. –Ahora necesito que dejes la mente en blanco-. Había encendido las velas y colocado sus piernas en mi regazo. -¿preparada?-. Su respuesta no fue mas que un susurro de afirmacion.
Sus pies estaban fríos. Contrastaban mucho con el calor de mis manos. Y aquella sensación la provocó un pequeño escalofrió. Comencé a acariciar aquellas zonas que estaban más cargadas, presionando suavemente con la yema de los dedos. La tensión se fue disipando lentamente. Ella suspiraba en la oscuridad. Después de terminar con el primero. Lo deposité con el mayor de los mimos sobre la cama y continué con el otro.
Escuchaba su respiración, armónica y tranquila. Parecía estar dormida pero mientras seguía concentrado en presionar en los puntos más sensibles, sentí como algo exploraba bajo mi camiseta. Errático. Juguetón. Sugerente. Aquellas caricias también estaban dirigidas a las zonas de mayor sensibilidad y el cosquilleo que producían me hacía estremecer. Unas risitas surgieron desde la penumbra de las velas. Acaricié su gemelo. Logrando estremecerla de nuevo.
Su voz me reclamó en la oscuridad. Gateé sobre la cama hasta quedar a su lado. Apagué las velas y nos metimos en aquella pequeña cama. La abracé atrayendo su cuerpo hacia el mio.
-¿La segunda?-. Posé mis labios en su nuca.
-Si-. Me susurro la respuesta. –Oh… que mono. –Su voz era traviesa, una risita rompió aquel breve silencio.
Sentí como su mano buscaba la mía y después la llevó consigo atrapándola suavemente entre su cuerpo y su mano. Un pequeño rubor se instauró en mis mejillas incrementando ligeramente su temperatura, produciéndola una inocente sonrisa.
-Estos detalles son los que más me gustan de ti, Arturo. Dulces sueños-. Liberó mi mano de la presión que ejercía sobre ella y dejó que la bajase hasta situarla en un punto menos conflictivo.
-Cálidos sueños-. La susurré sugerente, regalándole un sutil suspiro frio que barrio la superficie de su oído, el cuello y el hombro.
 
Se arrimó un poco más atraída por el calor de mi cuerpo y nos sumimos en un sueño conjunto.   

Parte 16

9/6/13

The girl [De visita, part 14]

[Tres semanas más tarde. Mediados Abril]
 
Miré el reloj. El segundero, rojo metálico, se deslizaba a través de la esfera negra. Entonces dos brazos me apresaron en un abrazo, interrumpiendo mis abstractos pensamientos.
-Peque, estas muy distraído desde hace unos días, ¿en qué piensas?- Su voz cobró aquel matiz cariñoso, suave y delicado. Sus labios casi acariciaban mi oreja. –O en quién… porque hace mucho que no veía esa mirada en esos ojazos marrones-.
En aquel momento, aquella alarma volvió a dispararse. Ella estaba demasiado cerca, su actitud volvía a ser cariñosa, demasiado cariñosa. Me levanté poco a poco hasta que el nudo quedó desecho.
-En nada…- Mi resignación era más que perceptible, aquella actitud suya estaba empezando a agobiarme. Volví a consultar el reloj. Faltaban cinco minutos. Serian muy largos. –Voy a la dársena, ¿tienes los billetes? Tu autobús sale en diez minutos. Y yo tengo tareas pendientes-.
-Mi autobús sale a las siete y cuarto, te lo llevo diciendo desde que hemos salido de casa pero como me ignoras…- Dijo tomándome de la mano. Se acomodó el corto vestido y comenzamos a caminar entre la gente.
-¿No pretenderás que te lleve de la manita?-. Una pose tan dramática y exagerada lo hizo pasar por broma. Ella se quedó pensativa. Apareció una mirada picara. Un brillo llamativo. Entonces tiró de mí y me pegó a su cuerpo.
-No quiero perderme-. De pronto aquel rostro fue la definición de inocencia.  Aquellos ojos grises me miraban deslumbrantes y sus labios, carnosos y de apariencia tan jugosa, temblaban en un pequeño puchero. 
En aquella inmensa dársena repleta de autobuses, maletas y gente, trataba de localizar el bus en cuestión. Era de la compañía ALSA, y aquel dato era poco útil porque debía haber cerca de diez autobuses de la compañía, sólo en ese lado. Miraba con cuidado, leía en los letreros luminosos y en las hojas de las lunas.
-Es ese-. Señalé un autobús que no quedaba muy lejos.
-No puede ser el mio, sale a y cuarto. No me engañes, chico malo-. Y me golpeo suavemente en el hombro.
-Alicia… por casualidad… ¿cambiaste la hora?- Una involuntaria sonrisa se dibujó en mi rostro. Su expresión se desencajo en el acto.
-¡Mierda! Que si es-. Alicia arrancó a correr arrastrando su maleta.
No tardó en perderse entre la multitud de gente que pasaba. Me quedé apoyado en una de las maquinas de picoteo observando aquel enorme vehículo y en el largo trayecto que le esperaba. Resultaba un tanto irónico encontrarse en aquella situación después del intercambio verbal que ambos mantuvimos en casa. Seguía con aquella sonrisa en mi semblante distraído, hasta que el móvil sonó en mi bolsillo.
Miré en la pantalla la notificación de un nuevo mensaje.
“Ya hemos llegado, estamos aparcados en la plataforma 18, aquí te espero. Bss. 19:12”.
Guardé el teléfono y tras una pequeña mirada a los indicadores de las dársenas comencé a caminar esquivando al resto de la gente que caminaba en sentido opuesto. Mi paso es rápido de forma normal pero dada mis ganas de volver a verla, y más después de tres largas semanas, rozaba la categoría de fugaz. Me detuve junto al autobús y miré a los alrededores. Buscándola. Aunque no conseguía distinguirla con tanta gente. Tanteé el móvil con la mano mientras continuaba mirando por los alrededores.
-¿Qué tienes planeado, Arturo?- Sobresalió una voz por uno de los flancos del autobús. Me volteé sobre los talones y allí estaba. Elisa.
-Algo mágico-. Mi voz fue suave y sugerente. Había que darle un poco de emoción. Un saludo cálido nos unió a ambos antes de emprender las preguntas típicas mientras nos encaminábamos al coche cogidos de la mano.
-El viaje a sido largo, aunque no tanto como estas semanas-. Y apoyó su cabeza en mi hombro. –Y… ¿revelaras tu truco…?-. Aquella mirada estaba a punto de desarmarme por completo pero había que resistir.
-¡Oh…! ¿¡qué clase de mago sería si revelase mis trucos!?-. Me llevé las manos a la cabeza en un gesto exagerado de sorpresa. –Pero…-. Mirando al cielo azul trataba de hacerme el interesante.-…a mi ayudante… si podría contárselos-.
-¿Y ese puesto esta vacante?-. Nos detuvimos en medio de la acera.
-Por desgracia… si, esta vacante… ¿quieres ese puesto tan arriesgado?-. Entonces vi aquella primera sonrisa. Aquel mismo matiz travieso que me enamoró aquella noche en el circuito.
-Si, pero sólo si tú eres mi mago-. Y nuestros labios volvieron a encontrarse. Tan dulces como los que recordaba. Más apasionados que entonces.
El saxo aguardaba encajonado en un pequeño sitio. Su pintura lucia brillante al sol. Su pequeño tamaño y lo discreto de su fisonomía le hacía ideal para desplazarse por aquella inmensa ciudad.
Estábamos sentados, con aquella música mía tan peculiar manando de los altavoces. El motor ya ronroneaba a la espera de poder partir. Cuando su mano se posó sobre la mía. Su mirada era indescriptible. Mi corazón estaba desbocado al borde de la zona roja. Sentía el pulso en cada recodo de mi cuerpo. Y su voz, suave como siempre, quebró la música con aquel matiz juguetón.
-Bueno… he aceptado ser la ayudante del mago, ¿qué planes tienes para mi?-.
-Pufs… en primer lugar salir de este sitio tan apretado…-. Comprobé los retrovisores midiendo la escasa distancia tras los limites del coche. La precaria dirección asistida me permitía mover el volante con una mano, mientras la otra seguía presa de la suya. Pero estaba claro que nos llevaría varias maniobras salir de allí. -Después… no se, estoy entre llevarte a ver sitios curiosos de la ciudad o dar un paseo. ¿Qué te apetecería hacer?-. Ella se rio. Y valoró las dos posibles respuestas.
Tras cinco minutos de maniobras logré sacarlo y encarrilarnos por Méndez Álvaro. El coche se deslizaba suave y ligero. Sin llegar a detenernos en ningún semáforo. Todos en verde. Lo cual arañaba segundos al reloj, y uno de los secretos de mi rapidez en ciudad, y en circuito. Seis minutos más tarde estábamos junto a la puerta del garaje, cinco menos de lo que estimaba el gps. Después de bajar por la rampa y estacionar. Ella se quedó mirándome bajo la fría luz de los alógenos del techo.
-¿En qué piensas Elisa?-. Pregunté acariciándola la mejilla. Ella cogió mi mano y la retuvo.
-Creo.. que es la primera vez que subo en tu coche…-.
-Cierto… -. Mi voz era un susurro, no quería quebrar la magia de ese momento. –Te acuerdas en el circuito…-. Una lágrima por su mejilla, hizo que aquella frase quedase inconclusa. Y aquella luz que brillaba en sus ojos se eclipsó.
-Como iba a olvidarlo si me diste un susto de muerte…- También su voz quedó invadida por aquella tristeza. Solo diez minutos que marcaron aquella noche. Aquella imagen.
-No me refería a eso, sino… -. Entonces dejé en su mano un trozo de papel plegado. Estaba un poco amarillo y algo sucio por el tiempo. Aquella tristeza se disipó al reconocer su propia letra.
-¡Anda!… pero si es...-. Afirme con la cabeza y una media sonrisa. –Y todo este tiempo la llevabas en el parasol…-. Una sonrisa difícil de clasificar se fue implantando en su rostro.
-Era lo único que demostraba que aquella noche no fue un mero sueño… de que tú, eras real como todo lo que vivimos, y no solo un producto demasiado logrado de mi imaginación-.
Otra lágrima descendió por su mejilla, pero la intercepté antes de que recorriese más camino. Entonces de improviso ella se me echó encima. Me abrazó y nos fundimos en un beso. Pero no un beso corriente, sino de esos que te van dejando sin aliento. El tiempo se detuvo. Solo estábamos ella, yo y el pequeño habitáculo del saxo. Yo seguía amarrado por el cinturón con escaso margen de movimiento pero la abrace y llevé mis manos hasta su cintura. Un tiempo eterno en sensaciones pero corto en la realidad.  
Tras subir su maleta a casa, regresamos de nuevo a la calle, donde el sol aun permanecía radiante. Había muchos sitios que ver, y que la quería enseñar. Armados con el bono-metro caminamos juntos y poco a poco nos sumergimos en aquella sub ciudad para comenzar nuestro pequeño tour y las sorpresas que aguardaban.

Parte 15

5/5/13

The girl [En contacto , part 13]

Antes de llegar a la parada del trasbordo para llegar a la estación de buses, me había colocado los cascos y me había dejado inundar por aquellos compases orientales. Tres paradas más allá de fuente dorada, en plaza España. Bajé del autobús, tenía tiempo hasta que llegase el otro autobús asique me quedé mirando como aquel adorno central rotaba sobre sí mismo a gran velocidad. Cierto era que podría irme andando, la estación no quedaba lejos pero ya que existía la opción de hacer aquel trayecto, algo siniestro, gratis no iba a dejarlo pasar.
Recordaba a Arturo con ese pelo de tintes rojizos más corto, y con varias briznas de perilla estilo chivo en la barbilla. Era muy mono entonces pero ahora con el pelo algo más largo recogido en aquella coleta y esa nueva perilla bajo el labio… lo era más todavía. Y aquella mirada... seguía igual que cuando le vi por primera vez, sin duda fue lo que me impulsó hacia él, aquel matiz inocente que despunta con cada mirada.
El autobús estaba dando la vuelta asique dejé a aquella enorme bola del mundo dando vueltas y caminé lentamente hacia el poste de la parada. Una vez sentada en la parte de atrás del autobús me dedique a esperar escuchando mi música. Distraída miraba a los transeúntes cuando uno entre toda aquella gente me llamó la atención. Aquellos andares. Aquel peinado. La ropa elegante. Un escalofrio recorrio mi espalda al recordarlo. Pero antes de poder cerciorarme el bus arrancó en la dirección opuesta a la que él caminaba. Recorrimos lentamente las sinuosas calles de Valladolid hasta llegar a la estación. Descendí de aquel enorme bus gusano y me adentre en la dársena.
El sol había empezado a ocultarse al otro lado de los edificios y la temperatura caía con él. Aquella climatología acabaría conmigo, tan pronto te asfixiabas de calor como podías morir de frio. Dichosa ciudad. Las manos empezaban a entumecerse por aquel viento cortante que recorría la dársena de buses.
-{¿Cuánto más tardaría el bus?}- me preguntaba cada poco tiempo, aunque las canciones me ayudaban a contabilizar el tiempo. Sin querer, volví a pensar en Arturo. Estaba a mi lado, imaginé que me abrazaba en un intento por protegerme del viento. Casi pude sentir su mano sobre la mía.
-{Estaba loca de atar}- Sentí una curvatura en mis labios. Se ensanchaba lentamente. Y también me percate de un cálido rubor en mis mejillas. Me seguía preguntando por aquella sonrisa que esbozó antes de que el bus reanudase su marcha. – {Qué habría pensado, qué pretendía, que intenciones escondería tras aquella mirada inocentona}-. Entonces aquella mano imaginaria me instó a meter mis manos congeladas en los bolsillos de la cazadora.
Entonces, mi mano izquierda topó con una textura diferente al tacto habitual. Saqué aquel ente extraño de su escondite. Era una hoja doblada cuidadosamente con una precisión milimétrica. La desdoblé lentamente y comencé a leer las líneas que contenía con una letra diminuta pero legible.
 
“Ya te fugaste una vez sin dejar rastro alguno,
sólo aquellas sensaciones y recuerdos
propios de un fugaz y efímero sueño.
No cometeré dos veces el mismo error.
685 136 023.
Bss. Arturo.”
-{Arturo rodeado de aquel halo de misterio que te envolvía sin darte cuenta… pero cuándo…}- entonces aquella risita picarona cobró todo su sentido. No pude contener la risa que reverberó siniestra por toda la estación. Era increíble.
El autobús hizo su aparición a través de la reja de entrada y lentamente se fue encaminando al espacio que tenía reservado. Su velocidad decreció hasta dar con las ruedas en sus topes. La puerta se abrió y empezó a descender la poca gente que había en su interior. La escasa gente que había repartida por la estación se fue concentrando poco a poco alrededor de aquel autobús, a la espera de poder subir y guarecerse de aquel frio cortante. Yo seguía pensando en Arturo y en el hecho de que no lo vería al día siguiente, y probablemente en unos cuantos días. Aunque esta vez, al menos tenia su número de móvil.
Después de pagar el billete busqué un sitio oscuro en el cual poder concentrarme en mi música y algunos pensamientos arbitrarios durante el trayecto hasta mi casa. Me desplomé sin ganas en uno de los asientos de ventanilla y me abroché el cinturón.
El autobús comenzó a retroceder con aquel pitido agudo. Y entonces volví a verlo.. Estaba sentado en un banco, al otro lado de las puertas metálicas que separaban la zona de llegadas y salidas con la dársena de buses. -{¿Dimitri?}- Pero antes de poder cerciorarme bien, la posición del autobús imposibilito aquella respuesta. Partimos hacia la salida lentamente. Entonces volví a sentir el trocito de papel y anoté el número en la lista de contactos y entonces se me iluminaron los ojos.
-Esta vez no desapareceré-. Dije en un susurro para mi misma. Y de nuevo aquella sonrisa y ese palpito fuerte en mi pecho.

Empecé a tantear la pantalla del telefono, escuchando los "taks" que emitía con cada letra.