poemas de amor Crazzy Writer's notebook: oscuridad
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25/8/14

Annie [Entrevista con el diablo, Parte 1]

La atmosfera que me rodeaba se sentía sombría y tétrica. Avanzábamos con lentitud en una barca de remos a través de una laguna de aguas densas y espesas de las que manaban extraños sonidos y hedores. Cuando atracamos en aquel puerto lúgubre y de madera raída por el paso del tiempo el barquero que nos llevó a la otra orilla tomó mi brazo reteniéndome dentro del barco. Aquello me congeló completamente, el tacto de su mano helada.
-Aguarda-. Dijo con una voz de ultratumba.
El resto del pasaje fue descendiendo en silencio en fila de a uno, cuando el último de la fila hubo bajado el barquero retiró la embarcación varios metros de aquel lugar. Varias criaturas salidas de la nada se abalanzaron con fiereza sobre aquel grupo que ante la sorpresa huyó despavorida en diversas direcciones. Los gritos y los gruñidos hicieron que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo, y más aún al pensar que yo, de no ser por aquel siniestro personaje, hubiese corrido la misma suerte. La curiosidad era tal que reuní el valor para preguntarle.
-¿Por qué?-. Dije con voz temblorosa. –Por qué no me ha dejado allí con ellos-. Pero él pareció ignorarme, tan solo contemplaba con indiferencia aquella matanza de la que pocos lograron escapar. –Qué me diferencia de los demás-. Aguardó en silencio. Y cuando di aquella conversación por terminada miré con asombro como señalaba una carroza que ahora aguardaba junto al embarcadero.
Se aproximó de nuevo con cuidado y una vez atracado el barco me ayudó a descender de él.
-Gracias-. Dije en apenas un susurró mientras me encaminaba hacia aquel carruaje que aguardaba inmóvil. De pronto del otro lado apareció una sombra larga y de tez pálida que abrió la puerta. Aquello me sobresaltó, todavía seguía impactada por la escena que había presenciado apenas unos minutos antes.
-Supongo que será Annie-. Dijo mientras me miraba descaradamente de pies a cabeza. – No debe preocuparse, yo cuidaré de usted hasta destino-. Parecía más cordial que aquel barquero pero resultaba igual de escalofriante. –Ahora le ruego se apresure-. Comentó tendiéndome la mano para subir al interior que se mostraba realmente lujoso.
-Mi nombre es Annie pero no comprendo todo esto-. Estaba confusa, asustada e intrigada. A dónde me llevaría aquel personaje. –A donde tengo que ir, y quién está detrás de todo esto-.
-Veo que no está del todo informada de lo que ha pasado-. Esbozó una sonrisa. –No se preocupe, allí donde la llevo la pondrán al corriente de todo cuanto le ha sucedido. Pero no ha de temer a cuanto sucede aquí-. Trató de tranquilizarme. –Cómo ha podido ver su trato difiere en gran medida del resto, eso debería ponerla sobre cierta pista-. Rio con un matiz muy semejante a la alegría.       
Aquello la verdad me dejó algo más tranquila. Subí y me dejé caer en el asiento de piel. Aquel tacto suave y laido me rodeó. Miré por el ventanuco, todo era oscuridad y penumbra. Y por aquel paisaje yermo me hacía una ligera idea de donde podría estar. El carruaje se puso en marcha y antes de darme cuenta aquella laguna había desaparecido del ventanuco. Me percaté de que nos movíamos a una velocidad bastante elevada, pero lejos de querer cuestionar sobre mi dudoso futuro prefería recordar cómo había llegado allí y porque no lograba acordarme de casi nada.
Traté de esforzarme en hacer memoria pero todo cuanto lograba rescatar eran recuerdos borrosos de algunos cantos y un libro misterioso que encontramos en un mercadillo de New York, lo siguiente que recuerdo era estar en aquel bote rodeado de ánimas mustias y aterradas.
La velocidad disminuyó paulatinamente hasta detenernos en una ciudadela con varios edificios de estética moderna. Resultaba demasiado extraño aquel contraste de vehículos tirados por extraños animales de aspecto fiero y aterrador, y aquellas construcciones de hormigón, acero y cristal similares a los del mundo humano. Aquel pensamiento se me antojó demasiado extraño, pero realmente debía asumir que estaba en otro lugar diferente, fuese el que fuese.
La puerta se abrió de repente contando aquellos pensamientos. Al otro lado, la sombra alargada con una sonrisa.
-Bueno, hemos llegado. Espero que el viaje no se le haya hecho demasiado largo, ahora debe entrar. La están esperando, y no es bueno hacerle esperar-. Rio de nuevo mientras me tendía la mano para ayudarme a bajar.
-Y dónde se supone que hemos llegado, porque ando un poco desorientada, y quiera que no sería un bonito gesto por su parte decirme donde estoy-. Traté de poner una carita de pena acompañado de una sonrisa. Aquello le provocó un estallido de sonoras carcajadas.
-Desde luego como súcubo le espera un futuro de lo más prometedor, querida-. Trató de recuperar la compostura. “Súcubo”, aquel término me sonaba pero terminaba de comprender. –Pero tiene razón. Estamos en la ciudadela de La Perdición, en el infierno-. Mi cara se descompuso en el momento, qué hacía en aquel lugar. –Oh, no. No. No se asuste Anna, no está aquí como condenada…-. Dejó la frase en suspenso. – Y ya he comentado de más, ahora por favor suba-. Su tono cambió. Ahora sonaba realmente preocupado.
Bajé del carruaje y caminé hacia las puertas giratorias por las que no dejaba de pasar gente. Entonces escuche a mi espalda la voz del chofer.
-No tema, seguro que lo consigue. Mucho ánimo-. Alzo la mano antes de dar a las riendas que ataban a las bestias al carruaje.
El edificio estaba abarrotado de personas, muchas de las cuales vestían caros trajes y portaban maletines a juego. Me encaminé hacia la chico que estaba en el puesto de información con intención de pedir indicaciones.
-Hola-. Dije tímida al chico que miraba atentamente la pantalla de un ordenador mientras hablaba por un auricular inalámbrico. Me miró con unos ojos de color verde intenso.
-En qué puedo ayudarla-. Respondió cortante. En ese momento me di cuenta de que no tenía nada que poder decirle para que me ayudase, porque ni siquiera conocía el motivo de mi estancia allí o el nombre de aquel que me convocaba. -¿Señorita?-. Instó de nuevo.
-Leroy, ella es cosa mía-. Dijo una voz suave detrás de mí. –Tendría la bondad de acompañarme, Sra. García-. Me ofreció la mano con un aire muy galán, aunque dejaba entrever una curiosa sonrisa dentro de la formalidad. 
Aquel chico de veinte muchos aguardaba estoico. Al igual que muchos otros, vestía un traje oscuro, con camisa a juego y corbata de color rojo fuego. Me miraba con sus ojos de un color amarrillo dorado.
-Don Nicholas aguarda-. Apremió el chico, como si supiese de quién estaba hablando, pero parecía importante.
-Claro, adelante-. Trataba de disimular mi confusión y mi asombro ante aquel nuevo guía. Él comenzó a caminar mientras trataba de ponerme a su altura. –Sólo una pregunta-. Traté de iniciar una conversación mientras aguardábamos al ascensor.
-De acuerdo pero solo una-. Su seriedad era inmutable. Aquello me puso un poco nerviosa porque realmente tenía cientos de preguntas.
-Verá…-. Traté de comenzar. –Mis recuerdos son demasiado confusos y no consigo comprender el motivo de estar…-. Mantuve cierto silencio para tratar de asimilar lo que diría a continuación porque no dejaba de ser un cierto palo.
-¿En el infierno con un trato tan extraño?-. Terminó la frase. En aquel momento lo miré sorprendía al escuchar mi propio pensamiento. Sus ojos dorados me miraban por encima de sus gafas negras de Dolce Gabana. –Bueno, eso estaba descrito con detalle al pie de página del libro que leyeron su compañera y usted-. Dejó entre ver una imperceptible sonrisa. –Pero deduzco que no llegaron a esa parte, de todas formas ahora le informaran mejor. A fin de cuentas yo solo debo traerla aquí-. El ascensor se detuvo sin hacer el menor atisbo de ruido. Las puertas se abrieron dando lugar a una sala donde aguardaban varias personas cabizbajas y asustadas que mostraban ropas raídas y cadenas gruesas que los mantenían en los bancos. Un poco más adelante una chica joven taquigrafiaba una pila de informes a una velocidad de vértigo.
-Oh, Ángel otra vez por aquí-. La chica mostró una sonrisa encantadora con cierto matiz travieso. Desde luego para ser el infierno no había visto ninguna criatura terrorífica hasta ahora, salvo los animales que tiraban de los carruajes.
-Si, me pregunto si será por la taquígrafa tan guapa que me recibe cuando vengo-.  Dejó caer con voz traviesa acompañado de una fugaz sonrisa antes de recuperar la seriedad y aquella formalidad. –Tiene una convocatoria-. Me señaló con un ligero gesto, aunque yo seguía sin entender nada.
-Entonces querida, mucha suerte porque rara vez pasan la primera prueba-. Susurró con la sonrisa más amable y sincera que había visto nunca, pero no se sabía que podía ocultar y menos estando en el Infierno.
Aquella puerta nos condujo a un inmenso despacho ligeramente sombrío e iluminado con varias velas estratégicas. Al otro lado de una mesa de madera maciza con diversos tallados ornamentales la figura de un señor con una melena oscura recogida en una coleta y barba a juego, leía varios papeles con ayuda de unas gafas, lo que le confería un aire muy apaciguador, aunque… parecía estar ante el mismo diablo.
Mi acompañante carraspeó ligeramente para introducirse.
-Señor, aquí está-. Comentó con voz ceremonial. Su interlocutor levantó la vista y sonrió con agradecimiento.
–Muchas gracias-. Nos miró con detenimiento e indicó que me aproximase. –Por favor señorita…-. Miró de nuevo el papel. –…García, tome asiento-. Entonces miró a mí guía y comentó. –Puede marcharse, no quisiera que llegara tarde a sus otros menesteres-. Él hizo una ligera reverencia con la cabeza y desapareció sin mediar palabra.
Yo me aproximé con cierto miedo porque ahora me quedaba sola ante aquel hombre, por denominarlo de algún modo menos aterrador.
-No tenga miedo, todavía-. Rio con suavidad. –Deduzco por su gesto que puede intuir quién soy-. Yo negué con la cabeza mientas hablaba. –¿No?-. Se extrañó dejando ver cierta diversión ante la situación. –Bueno, soy Nicholas D. Satán. O bueno, más conocido en tu mundo como “Diablo”, “Demonio”, etcétera…-. Gesticulo las comillas. Aquello me dejó boquiabierta y completamente congelada. –Supongo que allí se me pinta de otra forma-. Volvió a reír. –Y tienen razón, pero solo algunos. Lo que pasa que para recibirla he pensado que sería menos incomodo si aparentaba forma humana-. Explicó mientras dejaba los papeles sobre la mesa con cuidado. –Pero vamos al grano, ustedes realizaron un ritual del que seguramente no se acuerde, y que logro superar asombrosamente con éxito-. Aquellas palabras poco a poco me hicieron recordar algunas cosas. –Estaba mirando ahora su historial y resulta de lo más idóneo para el puesto de Súcubo-. Dijo con cierta sonrisa. Mientras contemplaba mi rostro que reflejaba la más absoluta incomprensión.
-No termino de comprenderle, señor…-. Aquello me venía demasiado grande y demasiado seguido, y para mayor gravedad no sabía cómo denominar a mi interlocutor. – ¿Un puesto de trabajo…? yo solo recuerdo a mi compañera con un libro oscuro y hacer el tonto con él, no se lo tome a mal pero… no sé qué quiere de mí-. Me miraba con un gesto difícil de desentrañar pero fuese lo que fuese rezaba para no haberle cabreado. Pero de pronto dejo escapar una pequeña sonrisa.
-Vaya, esa es buena-. Se levantó con cuidado y caminó hacia una de las estanterías de dónde sacó un tomo de color oscuro y lo trajo a la mesa. –Parece que ha realizado algo extraordinario y no se ha dado cuenta-. Pasaba las páginas de aquel libro que reconocí de inmediato, era el mismo que había traído Rachel. Se detuvo en una concreta y señaló a pie de página. – Como puede observar, este rito es una iniciación para convertir a un mortal en un demonio del placer carnal, siempre y cuando se supere el rito-. Señaló los dibujos de los que no hacía falta explicación alguna. –Y usted, al contrario que su compañera, lo pasó con asombroso éxito. Y dado que no es muy usual, he decidido traerla para conocerla y darla la opción de elegir-. Volvió a sentarse mientras contemplaba como por mi rostro se descolgaban algunas lágrimas repletas de confusión, tristeza y enfado conmigo misma por semejante hazaña sexual. –Si decide seguir su vida mortal volverá a su anterior vida olvidando cuanto ha visto y oído, y cuando fallezca volverá aquí aunque no con tanta gentileza-. Me tendió un pañuelo mientras recordaba aquella grotesca escena que me recibió al llegar, lo que me arrancó un fuerte escalofrío.
-Y la otra opción que me queda, supongo que es convertirme en súcubo, no es así-. Dije mirándole a los ojos que llameaban con fuerza.
-Efectivamente. Veo que lo ha comprendido-. Volvió a coger el libro que cerró y dejó en una esquina de la mesa. -Sé que no es una elección fácil de tomar, ya que de ambas formas queda condenada al infierno, pero no de la misma manera-. Siguió explicando con aquella voz profunda y casi hipnótica.
-Y qué implicaría que yo aceptase la transformación-. Pregunté con cierta curiosidad. Y tal como dijo estoy condenada de todo punto, por lo menos conocer todas las condiciones.
-Bueno, en primer lugar adquirirías ciertas… habilidades, el trato no sería el mismo que los “huéspedes” que has visto, ya que entrarías a formar parte de la plantilla de empleados, y si rindes bien en el desempeño de tus funciones te será compensado-. Siguió explicando más contento, aunque lo camuflaba en su seriedad. –Igual que en un trabajo normal, sólo que a perpetuidad-. Sonrió. –Yo te dejo pensarlo unas horas para que valores bien los contras y los pros, reflexiónalo concienzudamente y me das una respuesta. El contrato está preparado, tanto si tomas la decisión de irte, como la de quedarte-. Volvió a mirar el dosier donde parecía tener toda mi vida y volvió a mirarme. –Pero sería una lástima no contar con tus dotes en este equipo-. Lanzó un pequeño suspiro. –En cualquier caso…-. Se levantó del sillón. –Ha sido un placer haberte conocido, Anna García. Ahora Jazmín te llevará a una habitación para que reflexiones. En tres horas vuelvo a recibirte y espero que traigas la respuesta contigo-. Fuimos caminando hacia la puerta.
-Yo también lo espero-. Suspiré pensando en el margen de tiempo y en las dos opciones que me había planteado. –Me alegro de haberle conocido, señor Satán-. El rio con cierta alegría.
-Por favor, Nicholas-. Sonrió mostrando una sonrisa blanca. -Si no queda muy extraño-. Yo asentí con la cabeza mientras salía por la puerta. –Jazmín, por favor, acompañe a la señorita García a la habitación de relax y en tres horas vuelves a traerla al despacho-. Ella asintió y se ofreció a que la siguiera.  


Annie Parte 2: Extraños personajes.   

4/8/14

Extraño final

Contemplo en silencio la hoguera que brilla sinuosa en la chimenea. Siento su calor y su luz sobre la piel. Respiro profundo y escucho aquellos sonidos que me arrullan en la noche. El crepitar de la fogata. El tintineo de los hielos en la copa que blando delicadamente en mi mano. Gemidos ahogados de las cuatro chicas que guardan en mi cama a que decida satisfacer sus fantasías más salvajes.
Aparto la mirada de aquella imagen hipnótica y contemplo, la ciudad a mis pies. El inmenso ventanal del salón muestra pequeñas hormigas blancas y rojas moviéndose a lo largo de aquel terrario abierto. Cada calle. Cada edificio. Cientos de miles de luces que aplasto con un solo dedo desde aquella altura.[Suspiro prolongado] Escucho mi propio suspiro. Uno de esos que escapa de tus actos conscientes, con un significado. No sé si me explico, porque es una sensación algo difícil de hacer entender a un tercero, a no ser… a no ser, claro que haya estado en una situación similar.
Me resulta difícil, de entender. Es complejo… y largo de explicar, aunque algo me dice que voy a tener tiempo de sobra. [Risa]… carezco del pálpito.
-Cielo-. Suena una voz aterciopelada y ligeramente jadeante. –Estamos esperándote, y estamos muy, muy calientes-. Se muerde el labio inferior. Aguarda desnuda mostrándome toda su belleza y perfección. Pero nada.
El magnetismo de la chimenea es infinitamente más fuerte y posesivo.
Tan solo hago un gesto con la mano que permanece libre en ademán de que fuesen empezando sin mí. Después de todo son ellas las que más tardan en correrse y caer extasiadas de placer.
-Ya iré, Michelle-. Susurro a la copa. 
[ · · · ]
En fin… retomando la reflexión, estaba a punto de esbozar la pregunta del millón. Algunos tal vez la hayan deducido. Otros solo especulan acerca del tema. Y los que restan, los más numerosos, aguardan a seguir leyendo estas líneas con el fin de que la desvele. En cualquier caso, y sea cual sea donde se encuentre, la diré. Y recuerden; el millón sigue en juego.
-Por qué si tienes juventud, dinero, fama y mujeres… ¿te sientes tan vacío?-. Susurró a mi oído una voz femenina, igual de sensual y delicada que la primear pero con un matiz muy diferente a esa.
Sus manos se apoyaron en mis hombros y descendió lentamente por mi pecho interponiéndose entre la seda y mi piel. Estaba sorprendido. Muy sorprendido. Porque aquello no lo hubiese dicho mejor ni yo mismo. ¡Qué diablos! Aquello era lo que había pensado exactamente. Aunque lo inquietante del asunto no era tanto la precisión de aquella frase, sino quién era ella. Porque no era Michelle, ni Sharon, ni Rachel, ni Lily.
Traté de volver la mirada pero aquellas manos lo impidieron de una forma tan delicada como firme.
-No, no, no-. Rio juguetona. –Por ahora guardemos el misterio-. Volvió a susurrar en mi oído, acariciándolo con sus labios carnosos, produciéndome un escalofrío. –Oh, disculpa. Lo estabas haciendo muy bien sin mí, no sé por qué me he inmiscuido-. Sus manos desaparecieron de la misma forma de la que llegaron. –Por favor, prosigue-. La voz se desvaneció lentamente en un murmuro.
Aquella experiencia me dejó demasiado descolocado, pero en el fondo tenía toda la razón. Lo tenía todo, aquello que quería se materializaba al poco, pero aun así el vacío era tan abisal que apenas llegaba a vislumbrarse el fondo. Resultaba tan frustrante. Tan… [Silencio prolongado]. Tan deprimente.
Tomé otro trago de la copa y dejé que su contenido regase mi garganta y dejase aquel aroma fuerte en mi boca. La mirada fija de nuevo en las llamas, su crepitar. Parecía que la respuesta a mi pregunta estaba en aquel recinto.
Aquel calor me confortaba, debía admitirlo. Resultaba agradable en aquellos momentos de confusión, donde eres presa fácil de toda clase de dudas. En esos ratos de vulnerabilidad ante el mundo. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, una sacudida que trajo consigo una respuesta.
Tal vez fuese la buena. Tal vez no.
La cura. O tal vez una tirita, para un cáncer terminal.
-¿Y bien?-. Susurró de nuevo aquella voz misteriosa. – ¿Ya tienes tu millón?-. Aquel matiz juguetón volvió a aparecer en su voz.
Tenía la sensación de que era una pregunta de esas que no hay que responder. Cómo se llamaban…
-Retóricas. Preguntas retóricas-. Se aproximó lentamente. –Y no, no lo es-.

Apuré el último trago de la copa. Inspiré mientras traía conmigo aquella tirita. Ahora llegaba el momento. Hasta entonces nunca me había parado a pensarlo fríamente y mientras hacía memoria trayendo pequeños fragmentos de recuerdos perdidos a lo largo de una vida de lo más alocada y repleta de desenfreno. Y entre ellos, vislumbré su imagen postrada en la cama del hospital, consumida por el cáncer. Varias lagrimas descolgarse a través de mis mejillas. Trato de sacar voz para responder pero en medio de aquella palabra sentí resquebrajarme deformando mi voz en un balbuceo prácticamente incomprensible. Pero aquella voz volvió de nuevo.
-El calor de tu madre-. Dijo convencida. –Pero tranquilo, he venido para llevarte con ella-. Un beso se depositó en mi frente.
La copa resbaló estallando en mil fragmentos sobre la alfombra. Poco después escuché distorsionados en la distancia varios gritos histéricos de aquellas cuatro chicas que me contemplaban completamente desnudas y perladas en sudor.  


15/5/14

[900 palabras contadas]

Bueno, con esa imagen en mente… /se pone sus gafas de lectura, se acomoda en el sillón, aclara su garganta antes de tomar aire y mirar a la chica que delante aguarda\.
Érase una vez que se era, en una extraña y lejana ciudad un misterioso joven que al calendario de mirar no dejaba. Algo en él lo inquietaba. Se movía levemente, mecido por el suave viento que se colaba por una de las ventanas abiertas. Un viento que arrastraba el aroma típico de mediados de febrero. El...


[-Vaya. Febrero, que casualidad-].
/Corta el relato. Mira por encima de sus gafas. Sonríe, sabe lo que ha pasado por la cabeza de su oyente\ ¡¿casualidad?! /Niega con la cabeza\. No es más que una historia de un viejo libro. /Blande el tomo en sus manos, pero con mimo\. Cualquier parecido con la realidad es un mero espejismo. /Devuelve la mirada al libro. Pero mantiene aquella sonrisa misteriosa y enigmática\ A ver... Por donde iba... ¡Ah! /Toma aire de nuevo para proseguir su historia\.

El chico lo miraba con fijeza mientras escuchaba de fondo la voz del profesor de turno. Monótona, monocorde. Apagada y distorsionada por una distancia infinita. Apenas lo escuchaba, no era más que un susurro en lo más profundo de su mente. Una vaga melodía.

Inspiro sin apenas notarlo cuando percibió un delicado aroma, aunque sin llegar a saber de qué o quién lo desprendía. Solo miraba su número. Aquel número que colgaba burlón en la superficie plateada de aquel calendario.
El ruido de la campana lo devolvió con brusquedad a aquella patética realidad en la que navegaba sin rumbo. Y menos aquel día. Caminaba lentamente. No tenía prisa por llegar a casa, nadie lo esperaba. 

Tenía comida en la nevera con una nota de su madre con unas delicadas notas del menú que tendría para aquel día. "ensalada mixta al gusto". Pero fue en medio de su silenciosa comida cuando el teléfono vibro sobre la mesa. Aparecía en la pantalla el reflejo de un nombre y un número de teléfono. La conocía. Pero le extrañaba e intrigaba sobremanera lo que aquella llamada podría depararle. Un viernes sin plan alguno era sinónimo de una improvisación de lo más arriesgada.
-Nunca...-. Dijo al poco de estar hablando con ella. -Vaya, es una lástima. Deberías verlo, es increíble. Me parece algo digno de compartir-.
-...- Guardo  silencio mientras miraba sus gestos reflejados en la ventana.
-me encantaría llevarte-. Dijo con cierta sorpresa para sí.
-...-
-¿¡¿¡¿¡Esta tarde!?!?!?-. Aquello le pillo por completa sorpresa. Aquello tenía cientos. No. Miles de connotaciones ocultas. Y hoy precisamente.
-...-.
-...-.
-Bueno, de acuerdo. A las siete-.

Estaba consternado. No se lo podía creer. Aquello era raro. Y una locura, todo sea dicho de paso. El tiempo fluia, alargándose y estirándose como si fuese una goma elástica sin límite de rotura. Cada minuto eran mil y un pensamientos. Finalmente llegó el momento. La hora de partida.

Recogió a su pasajera. Quedaba un largo camino por delante. La autovía comenzaba a extenderse ante ellos. Conducía deprisa, pero sin rebasar los límites marcados. Sonaba solo la música de fondo. Rápida y rítmica. El resto solo silencio. Alguna mirada, fugaz. Retrovisor. Pasajero. Carretera. Velocímetro. Llegó su salida y la tomaron lentamente para comenzar la ascensión hasta una vieja vía forestal. La recorrieron entre botes, baches, algún zigzag mientras la tarde caía sobre ellos.

El pinar. Aquel terreno donde aquellos arboles típicos campaban a sus anchas. Creciendo. Adornando. Dando vida. Creando una atmosfera extraña. Dejaron el coche junto a un pino, cerca de un pequeño claro. El no quería extraviarlo, aunque conociese bien aquel lugar. Comenzaron a pasear. En silencio. Escuchando solo sus pisadas en medio de la nada. El viento ululaba entre los troncos. Movía las copas entrelazadas. Ella corría y saltaba como un cervatillo. El aguardaba a distancia mientras en silencio pensaba. Recordaba más bien.

Llegaron a un lugar donde quedaba emplazada una vieja mina abandonada. Se sentaron mirando los últimos rayos de la tarde esconderse en el horizonte. El frio los envolvía. El sentía pequeños escalofríos. Se sentó junto a ella mirando el horizonte. La rodeo la cintura y siguió en silencio escuchando la naturaleza que los rodeaba. El pinar. Ella habló, daba una ligera opinión de aquello que nunca había visto y que tanta intriga despertaba. No en balde ella era una gatita muy curiosa. El frio arreciaba. Tras la muerte del sol se levantaron de nuevo. Caminaron de regreso.
Allí estaban de nuevo. En el claro. El coche aguardaba en la noche. Él, antes de partir, tomó una foto de un recuerdo que olvidaría aquella misma noche si pudiese. Dejando aquello como recordatorio de algo raro que vivió. Un relato que invento en una noche de verano mientras luchaba por caer rendido ante el sueño. Regresaron al coche. Bajaron despacio. Condujeron en tinieblas por el camino hasta llegar a la carretera por la que retornaron a la ciudad de nuevo.
Tras dejar a su pasajera en el lugar de encuentro reanudo su marcha mientras veía salpicado el cristal del llanto de las nubes de aquel “catorce-de-febrero”.

/Sonríe, mientras cierra el libro. Mira por encima de sus gafas a la chica que lo escucha, aguarda en silencio\.
Y con esto, colorín colorado este cuento se ha acabado. /Ríe en el sillón\. Disculpa si te he aburrido, a veces se hace más largo de lo conveniente. /Sonríe, aunque niega con la cabeza\ ¿Qué te ha parecido?  /Cierra el maltrecho libro y lo guarda con delicadeza en una inmensa estantería\.

5/3/14

Alterne


Te veo ahí tumbada, sobre el negro y frio metal, mostrando todas las curvas que te conforman. Aquellas partes cubiertas por delicadas rejillas estimulan mi curiosidad con avidez aunque no tanto como aquellas que ocultas con travesura, comburente en el interior de mis entrañas.
Provocas mis ansias por conocer tu interior. Me aproximo hacia ti. Retiro con cuidado la cubierta que tapa el puente, lo cruzo con suavidad al otro lado mientras siento en mis manos las rectificaciones de tu electrizante carácter.
¿De dónde viene? Me pregunto, esa curiosidad se ha tornado en un ácido corrosivo que me quema lentamente. Sucumbo a ti al desaflojar cada botón que cierra tu ropa. Sin prisa. Lentamente, sintiendo cada giro entre mis dedos. Intuyendo lo existente al otro lado a través de las oquedades de la rejilla, veo que algo se mueve en tu interior, pero qué, vuelvo a cuestionar.
Difícil me resulta pero tras algo de perseverancia derrito las últimas conexiones de tu ropa, dejando al descubierto aquel misterioso interior. Un collar rojizo metalizado, cobre tal vez, aunque no me atrevo a aventurar. Miro aquel adorno del que cuelgan tres puntas entrelazadas dos a dos entre sí. ¿¡Triangulo!? Digo para mí.
Tu corazón queda desvelado. Órgano generador. Gira y gira electrificando su alrededor. Me imantas con violencia, atrayéndome hacia ti. Demasiado fuerte es el campo. No me puedo resistir pero con ayuda de la prensa logro salir, cubriéndote de nuevo y olvidándome de ti.  

23/2/14

Night adventure.

Circulaba por las calles de la ciudad de Tokio, el sol había caído. La noche había invadido el cielo. ¡Pero cielos, quién lo diría! Entre tanta pantalla y luz seguía pareciendo de día. Por todos sitios, allí donde mirases había alguna pantalla gigante. Era sábado y por las aceras caminaba una ingente cantidad de personas. Adolescentes en su mayoría, todos de uniforme, seguramente a la búsqueda de buenos ratos al abrigo de alguna discoteca o algo. Yo por el contrario, mi diversión quedaba en otra actividad, en mi opinión mucho más estimulante, o al menos eso espero.
Un semáforo horizontal detiene mi paso. Respiro en profundidad, y aunque el interior queda completamente oculto desde el exterior, me pongo un casco para cubrir el rostro. Enciendo la música que baña el interior. Una melodía rápida y fluida. En pocos segundos aquella locura iría conformando poco a poco una realidad. Acelero el motor. Suena horondo a través de los enormes tubos de escape que se descuelgan hasta la parte de atrás. Cambia el semáforo a verde y hundo el pedal hasta tocar tope. El coche responde de inmediato con violencia dejando un chirrido descomunal sobre el asfalto. Varias miradas se vuelven para observar, ignoro sus pensamientos pero tampoco me importan. Ahora estoy pegado contra el asiento mientras las agujas suben. El reto está en no colisionar contra nada y sobre todo que no te pillen los de azul. Sonrío una vez más antes de vaciarme por completo y comenzar a zigzaguear entre el tráfico.
 
En estas circunstancias las luces rojas pierden todo significado. Los cruces son meras loterías en las que solo caben los cálculos y los reflejos. Las calles, a pesar de la anchura, son complicadas por la cantidad de vehículos que van por ellas. Pero precisamente es ahí donde se haya la diversión. Escucho pitidos. Ruedas que deslizan tratando de detener su avance. Algún atisbo de cristales rotos y chapa abollada. Pero no hay daños graves, porque tampoco es que se circule excesivamente rápido. Un nuevo cruce se avecina con el semáforo recién puesto en rojo, el coche al que sigo frena. Me aseguro antes de tirar del freno brevemente para salir al carril contrario y sortearlo a gran velocidad. Aparece un coche tras una furgoneta que iniciaba el giro. El pulso se acelera y el tiempo parece detenerse. Las reacciones son completamente instintivas. Contra volantas mientras pisas los tres pedales al mismo tiempo, recudes marcha y rezas para que salga como has esbozado con velocidad en la mente. Las ruedas patinan generando una vahada de goma evaporada. El coche comienza a deslizar. El camión para en seco y el otro coche lo intenta. Te dá, piensas mientras miras los otros vehículos que circulan por la perpendicular. Entonces pasas limpio incorporándote completamente cruzado a la vía transversal. Alzas un grito de victoria por el éxito de la maniobra, pero este dura poco porque detrás de otro par de coches se encienden de pronto unas luces rojas, junto con el sonido de las sirenas. La policía. Se va poniendo más interesante. Emprende en tu persecución pero parece que se queda atrás con un par de maniobras extrañas. Sales de nuevo a otro cruce, vas perdido virando sin más, de forma aleatoria, buscando la mayor facilidad de maniobra. Vigilas los retrovisores en busca de la policía aunque nada por el momento.

Continuo sorteando coches sin importar el lado, bailando entre los carriles al son de la ciudad. Me veo reflejado en algunos escaparates. Una estela negra que circula a toda velocidad. Parece que estoy en el centro de la ciudad, solo por la creciente población de viandantes y rascacielos repletos de luces y pantallas. Contemplo con cierto miedo como al fondo de la calle se levanta una muralla de viandantes que colapsan mi paso, y no conforme con eso, también se escuchan con cierta nitidez el eco de varias sirenas de la policía que se abren paso entre la circulación. Cruzo el coche sorteando a una pareja de camiones. Hago sonar el claxon del coche y contemplo como aquella muralla se abre abruptamente. Los peatones corren, otros se detienen. Siguen en movimiento unos pocos ajenos a lo que pasa. Me adentro y me fijo en un grupo de colegialas que ha quedado dividido por la separación. Paso fugaz levantando gritos. Miro en el retrovisor como una de ellas sostiene su falda levantada. Escucho el chirrido de los frenos por detrás. Me escapo acelerando más si cabe hasta dejar la aguja en casi ciento veinte por hora. Parece que aquello se termina. Veo al fondo un paso elevado, lo que me hace pensar en la autovía. Piso el freno dejando el coche clavado milímetros antes de la línea. Una nueva sirena se escucha en la calle. Viene rápido. Mis nervios se desmadran al saber que sigo todavía en la persecución. Veo la luz parpadeante reflejada en un escaparate. Acelero el coche aun con el embrague hundido hasta el fondo. De pronto una ambulancia atraviesa el cruce adentrándose en este con cierta duda. Respiro con alivio. El semáforo cambia a verde. Me adentro lo que parece la entrada a ese paso elevado. No sé a dónde conduce pero es lo mismo. Gano velocidad sintiendo la fuerza del par motor. Suena el turbo en cada intervalo de marchas. Silbido y descarga. La circulación parece fluida. Se abren varios carriles. La aguja toca su tope. No quedan números que señalar. Doscientos nada más. Sorteo bailando entre carriles, incluso el arcén. Veo un coche varado en la cuneta, parece a la espera. Arranca tras de mí encendiendo varias luces rojas. No tarda demasiado en colocarse a mi cola. El tráfico vuelve a densificarse obligándome a reducir la velocidad y aumentar el número y rapidez de los quiebros, que no siempre eran posibles. Busco la siguiente salida. Están casi pegados. Regreso a la concurrida ciudad. Parece que les pierdo. Entro en una calle estrecha, sin percatarme de la señal que restringía esa dirección. Varias luces blancas me miran con horror, y al fondo dos patrullas que se acercan. Miro en rededor en busca de una alternativa para librarme. Entonces veo un enorme vano en la pared. Leo parking justo encima. Viro de forma brusca y me adentro en la cueva. Veo pasar las sirenas de largo a través de los retrovisores. Aparco en el primer sitio libre que veo. Apago el motor. Bajo del coche. Cojo las placas del paletero y las coloco en los respectivos lugares con un par de “clic” cada una. Dejo el casco en el maletero y regreso a la calle perdiéndome como otro coche más en aquella increíble ciudad.

18/11/13

Penssamientos Effimeros

Sentir como tu pulso se acelera sin razón.
 
Queriendo seguir el ritmo cardiaco del motor.
 
Ver ese pequeño tramo negro entre la alineación de blancas rayas.
 
Cruzándose, bailando al son de una música, tan rápida como tu paso.
 
Oculto en la más densa noche.
 
Corres.
 
Corres.
 
Suben los números.
 
Bajan las agujas.
  Caminan por el lado diestro de las esferas.
 
Huyes de tus pensamientos que quedan atrás en el tiempo y la distancia.
 
Durante efímeros segundos nada existe.
 
Nada importa.
 
Solo la trazada que dibujas en la noche.
 
Cortina breve abierta en la lluvia.
 
Las gotas destrozadas por tu paso. 
Estrelladas en la luna y barridos sus despojos después. 

4/10/13

Sueños lucidos.

El mundo onírico. La estancia de los sueños. Cuan curiosa alegoría, símil perpetuo, terreno del subconsciente durmiente. Terreno del eterno. Misteriosa realidad subyacente…
Caminaba. Vagaba sin rumbo recorriendo la Tenebrosa. No sabía cómo viajé hasta aquella solida negrura, rota sólo por algún tenue y fugaz destello. La temperatura bajaba a medida que permanecía en aquel lugar. Mis respiraciones… aceleradas por el miedo que me invadía, se convertían lentamente en densas nubes que ascendían por la oscuridad. Un pasillo fue cobrando forma. Cuestionaba, preguntaba el cómo y el por qué sin percatarme de que en aquel entorno no existían sus respuestas. Palpaba las paredes rugosas, y tan frías como el suelo que descalzo pisaba. Escuchaba. Percibía susurros afilados que me agredían desde la nada. Voces extrañas y deformes que hablaban en idiomas desconocidos. Las paredes se estrechaban. Más y más. El agobio no se apiadaba y me poseía con violencia. La respiración se entrecortaba, como si el oxígeno me faltase. Una rendija de luz brillante a ras de suelo me cegó, tan solo iluminó mis pálidos pies descalzos. Una puerta se intuía, tanteaba con el dorso de la mano en busca del pomo pero en vez de aquel elemento topé con un dolor agudo y fugaz. Una astilla. Inspiré, estaba en un callejón sin salida, las paredes continuaban aproximándose, lentamente pero sin cesar. Presión, podía sentir la presión sobre mi cuerpo. Inspire profunde de nuevo, tenía miedo. Pánico. Terror. Y poco tiempo. Con la astilla aun hundida en ¿¡Pata!? ¡Era una pata, peluda como la de un animal! Pero ya pensaría en eso después, ahora sólo quería cruzar la puerta que se agrandaba por segundos, ¿o era yo quién menguaba? Empujé contra aquella superficie que entre mí se interpondría, la luz parecía más cómoda que aquella oscuridad que me envolvía. Una manta. ¿Pelo?
Una luz brillante me acogió dejando mi visión anulada. Jadeaba sin saber por qué, no recordaba de dónde venía o por qué había cruzado aquel umbral. Caminaba sobre cuatro patas. La vista se recuperaba poco a poco y comenzaba a distinguir algunas sombras procedentes del entorno, pero no colores. Habían desaparecido, tornándose en una escala de gris. Un fresco olor penetró por mi nariz, no lo identificaba pero era muy agradable. El tacto blando del suelo ligeramente humedecido, y poco después una voz. Era femenina, dulce, y me llamaba… una y otra vez. Empecé a caminar atraído por la delicadeza con la que me incitaba estar a su lado. Su pelo corto y de un aparente color gris asomaba por encima de una pequeña colina. ¡Hierba, es hierba cortada! Pero quién era ella. No la recordaba pero si la conocía, estaba sentada con las piernas cruzadas en la ladera de la colina. Me miraba con aquellos ojos grises brillante. Seguía llamándome, insistiendo que fuese a su lado. El sol ya caía en el horizonte, ella me mantenía acurrucado en su regazo y pasaba sus manos por mi pelaje, justo detrás de las orejas. Me gustaba. Y se lo hacía entender de la mejor forma posible acariciando sus piernas con la almohadilla de mis patas y la sentía estremecer. Me hablaba y aunque a duras penas la entendía yo era incapaz de articular palabras, solo algunos suaves gruñidos. Sus labios se posaron sobre mi cabeza. Me cogió entre sus manos y nos miramos a los ojos. Ya había anochecido, el atardecer fue de lo más bonito y extraño había visto hasta entonces. Pero de la misma forma que vino…se fue.
Cuando abrí los ojos estaba mal tirado, maltrecho sintiendo como me vaciaba lentamente. Un líquido viscoso manaba a raudales de mí. No tenía sentido preguntarse el qué era o cómo, sabía que no había respuesta. Todo a mí alrededor se ralentizaba, cobraba lentitud, mientras menguaban poco a poco. Entonces una aguja se abrió paso a través de mi frágil cuerpo. El dolor insufrible hizo que mis ojos se abriesen una vez más. ¿Estaba dormido o despierto? Pero tampoco tenía sentido.
Desperté entre fríos sudores enterrado por las mantas, y entonces supe que todas aquellas vivencias tan reales no habían sido más que un producto del onírico mundo de los sueños inconscientes. Aunque no recordase ninguno.