poemas de amor Crazzy Writer's notebook: terror
Mostrando entradas con la etiqueta terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta terror. Mostrar todas las entradas

27/4/13

El embrujo [II]

Un sudor frio manaba de mi cuerpo. Tenía muchísimo calor. El dolor se extendía desde mi pecho como una hiedra. Era insoportable pero no me entrenaron para quejarme. Debía dar con algún lugar seguro. Las piernas me fallaron y ambos caímos al suelo. Era una locura seguir por los caminos en estas condiciones. Mire en rededor. No muy lejos había un pequeño cúmulo de cavernas y parecían seguras. Traté de erguirme, me llevo varios intentos pero terminamos por llegar a nuestro refugio improvisado. Entonces caí rendido ante el desgaste producido por los esfuerzos. Las fuerzas manaban a la vez que lo hacia la sangre que me llenaba. Mientras un pesado cansancio adormecía mi maltrecho cuerpo, trataba de reunir toda la información que era capaz de recordar a cerca de aquellos seres.
{ Según las leyendas de algunos lugares los Lugzans son seres que se alimentan de las almas, rompiendo el equilibrio que ambas partes mantienen. Y no conformes con eso, después corrompen los cuerpos de sus victimas, más propensos al pecado, de formas inimaginables. Su infinita belleza atrae a todo aquello que se les antoja, son de naturaleza caprichosa y no entienden de especies o razas. Resistirse a sus divinos poderes es objeto de que te deseen más y por tanto mayor es su empeño. }
Unos ruidos trataban de sacarme de aquel sopor inevitable. Me forcé a abrir los ojos. La luz procedente de una pequeña hoguera me cegó casi por completo. Una sombra muy borrosa me sacudía levemente. Hablaba pero no lograba entender aquello que decía. Sentí como poco a poco me iba desprendiendo de la pequeña armadura que me protegía. Cuando logró quitar la parte encargada de cubrir mi pecho, un grito ahogado de horror salió de sus labios. Aquel zarpazo se había infectado y la gangrena se extendía rápidamente, de eso era consciente. No me quedaba mucho de vida, claro que con una Lugzan a mi lado mi muerte era cuestión de tiempo.
Cada vez más débil. Deliraba en mis pensamientos, fruto del dolor. Tenía la sensación de estar sobre brasas pero mi cuerpo era estremecido por fortísimos espasmos de frio en un vano intento de mantener el calor. Entonces aquella sombra me examinó de nuevo. Sus manos eran suaves pero estaban heladas, aunque no podría asegurarlo, palpó cerca de aquella laceración que recorría mi pecho en diagonal arrancándome un aullido de dolor. Entonces tras una meditación profunda, no sin dejar de mirar mi denigrante estado, se fue aproximando lentamente a mi rostro. Traté de retroceder alejándome de su rostro, pero sus manos detuvieron el poco movimiento del que gozaba. Nuestros labios se unieron, no podía dejar de contemplar su mirada. Aquellos ojos verdes, un verde esmeralda, intenso. Sentí como algo dentro de mí se revolvía con violencia. Mi alma. Pero aquella lucha era inútil. Perdí la consciencia completamente. Todo quedo sumido en un negro profundo y solido. Suerte para mí porque lo peor aun quedaba por llegar. La incertidumbre de todas aquellas cosas que podría hacer con mi cuerpo agonizante.  

 
El embrujo parte 1

3/11/12

El embrujo


Desperté en las oscuras tierras del sur. El frio estremecía cada palmo de mi cuerpo. Caminaba lentamente. No sabía como había llegado hasta aquel lugar prohibido. El canto de las ranas no traían nada bueno, o al menos eso decía la leyenda que en el pueblo se narraba. Vagando sin rumbo topé con un cúmulo de aguas estancas. Sobre ellas las galactelianas paseaban en busca de la cena. Quería salir de allí antes de que llegasen predadores más peligrosos que aquellas alimañas.

Desde la densa vegetación purpurea vi aparecer una sombra que caminaba titubeante. Se aproximaba lentamente, escoltada por varias figuras inmensas envueltas en túnicas extrañas que ocultaban sus rostros monstruosos. Miedo. Una señal de alarma ascendía pidiéndome escapar. Salvar la vida. Pude esconderme en una sombra cercana poco antes de que aquella caravana me viese y diesen cuenta de mí también. Se detuvieron poco antes de llegar a donde me resguardaba.

La primera sombra se arrodillo ante las demás. La luz de las antorchas iluminó su rostro atemorizado ante la incertidumbre de lo que le esperaba a continuación. Fue cosa de segundos, pero aquel contacto fue suficiente. Aquellos ojos verdes eran un escrito claro para mí. Le tendieron un tarro con algo en su interior, parecía viscoso y su color nada halagüeño. Vertieron algo del contenido en tres calaveras y la pidieron que bebiese de ellas. Con el arma empuñada estaba dispuesto a intervenir pero no estaba convencido de poder con todas ellas. La dieron la primera que tomó de un trago. La segunda. Y por último la tercera. Comenzó a tambalearse, parecía mareada. Sus ojos se entrecerraban y se desplomo sobre uno de los escoltas. Las risas sobrecogieron el lugar. Salí de mi escondrijo arma en ristre aproximándome desde la retaguardia. Dos sombras decapitadas sin hacer ningún ruido más del necesario. La tercera pareció percatarse de que algo no iba bien, pero cayó antes de dar aviso. La última, con el cuerpo de la victima aún en las manos me vio. Un zarpazo me alcanzó en el pecho rasgándome las ropas pero mi estocada le atravesó el cuello.

La tomé con cuidado y comencé a caminar en la misma dirección por la que les vi aparecer. Fue un trayecto largo a través de aquellos bosques cenagosos pero logramos dar con una salida. Después de aquella temeraria intervención parecía que la tranquilidad se reinstalaba paulatinamente. Solo entonces reparé en la figura que acababa de rescatar de aquellos seres. Aquel pelo dorado que caía en cascadas por sus hombros. Su piel pálida. Y aquellos labios de un intenso rojo. Era una Lugzan, una criatura que sólo crecía en las leyendas más oscuras. Caí entonces que aquellos que ahora yacían en las ciénagas eran Guardianes del equilibrio, Guerreros Nedros, con la misión de destruirla.

El embrujo parte 2

17/10/11

Nightmare

    Navegué por diferentes sueños arbitrarios durante un buen rato. De pronto, sentí como si alguna fuerza me atrajese hacia alguna parte. Todo a mí alrededor era borroso, por lo que suponía que viajaba a bastante velocidad. De pronto me detuve en seco, pero nada de fuerza de inercia. Mire en los alrededores. Di una vuelta completa. Estaba en casa. La calle estrecha donde dejaba el coche aparcado, estaba completamente vacía. Y las casas parecían estar abandonadas desde hacía años. El cielo era azul grisáceo, pero no había nubes a la vista. Estaba extrañado, planteé dos preguntas al aire, ¿qué había sucedido?, pero el silencio fue mi respuesta. ¿Por qué? Tampoco obtuve respuesta. La curiosidad ya me había invadido pero comenzaba a tener más y más control sobre mí. Avance hasta la casa, de la que hacía no mucho tiempo salí rumbo a Valencia. Agarré el picaporte de la puerta de la entrada pero este se deshizo bajo la presión de mi mano. Asustado sacudí la mano y me sacudí las virutas en la camiseta, dejando un reguero rojo en ella. Observé como pequeñas gotas se estrellaban sordas contra el suelo formando estrellas. Pero no había ninguna herida en mi mano. Levante la mirada.



Completamente paralizado, con la boca desencajada y con incipientes lágrimas en los ojos volví a bajar la cabeza. Comencé a apretar los puños. Los tendones, parecían tensores de algún puente, estaban a punto de salirse de la piel y los puños estaban empezando a blanquearse debido a la fuerza. Sentía dentro de mí a Mr. Hyde dar tirones a sus cadenas, sus quejidos metálicos cada vez más fuertes daban a entender que estaban a punto de ceder ante su furia. Y así ocurrió. Mr. Hyde se liberó de sus ataduras y tomo el control absoluto. La curiosidad había desaparecido, ante el escándalo que llegaba desde las profundidades. Di media vuelta y lo contemple una vez más. Un inerte cuerpo femenino. Su cara, antes dulce e inocente, mostraba ahora un aspecto terrorífico. Los ojos vidriosos estaban abiertos de par en par, su mandíbula desencajada de horror y sus facciones tensas debido a algo que no quería imaginar. El resto del cuerpo estaba completamente destrozado, algunas astillas salían de vez en vez por la superficie amorfa de sus extremidades. Comencé a andar con grandes zancadas. Estaba cegado por la ira, que corría por mis venas. Entonces una voz a mis espaldas se alzó desde la nada. Dulce, melodiosa y suave llegada de otra dimensión. Me volví bruscamente al escucharla. Sentí como una fuerte parálisis me invadía, desde los pies a la cabeza. Una figura translúcida me contemplaba. Ambas miradas se encontraron, la mía llena de ira y furia y la suya fría y tranquila. La figura se acercó lentamente. Alargo uno de sus brazos y me cogió la mano con gran dulzura. Sentí como un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Su mano estaba helada, pero desprendía una calidez increíble. Siguió avanzando lentamente hasta situar su rostro angelical a pocos centímetros del mío que seguía dominado por la ira. Noté como la otra mano empezaba a trepar por mi pecho, igual de fría, hasta colocarse suavemente sobre mi hombro. Su mirada me hipnotizaba. Intente separarme de ella pero me tenía aferrado con fuerza increíble. Entonces volvió a hablar. Su voz hizo que mi ira se desvaneciese y que las lágrimas se descolgasen por mis mejillas.
- ¿Por qué lo permitiste?- su voz era triste y reflejaba un gran dolor. -Por qué no me contestaste. ¿Quieres hacerme sufrir, hice mal en pedirte salir?- ahora las lágrimas corrían por su rostro desecho.
-No… no es eso-. Mi voz se quebraba, y mi corazón se encogía por momentos, y era incapaz de articular algo coherente. –Estaba sorprendido… tu… eres… eras… la chica de mis sueños… y no me parecía real-. Me miraba, y sentía una gran confusión en mi interior. –Además… no te conteste por teléfono… porque… quería decírtelo… en persona-. No me lo podía creer, era inaudito, donde estaba ese valor cuando de verdad lo necesitaba.
-Mentira-. Me susurró al oído. –No me quieres, de lo contrario… aquella noche no hubieras huido como lo hiciste, a punto de pasar sobre mí con ese coche al que tanto veneras-. Sentí como se me desgarraba el corazón. Entonces baje la mirada por primera vez desde que cogió la mano. Tenía razón. En todo. ¿Por qué?, buena pregunta.
-Tienes razón, soy un cobarde y salir corriendo fue una estupidez-. Las lágrimas rodaban ahora con mayor fluidez. Entonces escuche aquel sonido vibrante y ronco, aquel sonido que no necesitaba presentación.
-Es demasiado tarde-. Se llevó una mano al pecho y con mucho cuidado se abrió la capa que la cubría dejando ver su pecho, firme, atravesado por una enrome cicatriz justo donde se encontraba el corazón. Después se volvió a cubrir, me soltó y se dirigió hacia aquella bestia negra que aguardaba en la calle solitaria. Desapareciendo a través de su puerta. Mire aquel armazón que seguía parado con su monótono ruido. Me lance contra él, como un toro bravo contra un capote, las zancadas lanzaban profundos ecos entre los edificios. La ira volvía a dominarme y un grito de furia mientras recorría los metros que me separaban de aquella cosa. Cuando estuve demasiado cerca vi que en las puertas negras no había tiradores de ninguna clase, pero entonces la puerta se abrió de golpe con una fuerza increíble. Sentí una punzada de dolor en la cara y el pecho, después un flash blanco me cegó y después poco a poco se fue atenuando hasta volverse todo oscuro. Pero escuche como el motor de aquella cosa se alejaba con ella en su interior. El eco del claxon como una malévola carcajada. Negrura y oscuridad. Una presión mi brazo me hizo gritar de nuevo, pero esta vez de horror.   

16/8/11

Sueño

 Una densa oscuridad me rodeaba por completo. Incapaz de distinguir nada, me quede inmóvil, escuchando con atención. Al fondo de aquel lugar húmedo y frio se escuchaba el ruido de gotas cayendo desde una gran altura. Estaba aterrado. ¿Dónde estaba?, ¿Cómo había llegado allí? Las preguntas se sucedían una tras otra colapsándome. Sentía como los nervios empezaban a aflorar desde mi interior. Pero como de la nada surgió un olor que no concordaba bien con aquel misterioso lugar. Rosas negra. Una mano se entrelazo a la mía y después el tacto de un cuerpo cálido se aferró al mío. El corazón se desbocó en mi pecho. Una larga manta de pelo me acariciaba el rostro llenándome de ese perfume tan arrebatador. Y aunque no podía ver nada sabía que ella estaba a mi lado. La podría reconocer en cualquier parte del universo. Sus brazos rodearon mi espalda descubierta. La calidez de su piel contrastaba con la frialdad de la mía. Como un acto reflejo mis manos pasearon por su cintura y la acercaron más a mí. Incluso en aquella solida oscuridad nuestros labios consiguieron encontrarse fundiéndose en un beso. El tacto de nuestros labios me erizo los pelos, y después poco a poco una hilera de besos descendió hasta mi cuello. La adrenalina explotaba a lo largo de mi cuerpo del mismo modo que lo haría el óxido nitroso en un pistón. El tiempo se detuvo por completo. Mis sentidos estaban demasiado ocupados explorándola. Pronto deje de escuchar los ecos, para escuchar su agitada respiración en mi oído. Mis ojos estaban perdidos en los suyos, y mis manos seguían recorriendo su cuerpo. Sin duda, cegados por las nuevas sensaciones, ambos nos olvidamos que tras aquella oscuridad existía un hábitat hostil. Y craso error. De la nada una luz brillante y cegadora nos iluminó desde una lejanía incalculable. Nuestros cuerpos desnudos y entrelazados quedaron bañados por aquella misteriosa luz amarillenta. Un atronador eco se hizo más nítido a medida que la luz se hacía más intensa y se dividía en dos potentes focos. Mi cabeza invadía por el miedo y la adrenalina busco aquel sonido de forma torpe, pero nada. Aquella cosa se detuvo ante nosotros con un chirrido que atravesó nuestros oídos. Ante nosotros completamente inmóvil una enorme bestia se dibujaba en la penumbra. El vibrante y ronco sonido que emanaba del recién llegado se paró de repente, pero nos seguía contemplando. Asustados nos juntamos más y retrocedimos lentamente. Pero antes de haber apoyado el pie aquella cosa emito un pitido fuerte y grave que retumbo a través de la oscuridad en un eco que se hizo eterno. Tenía la boca seca y el corazón continuaba desbocado, aunque ahora se debía al terror que sentía. Me adelanté un par de metros interponiéndome entre la bestia y ella. La bestia rugió y salió catapultado contra mí. Sentí un fuerte golpe y después caí al suelo rugoso y húmedo. Pero aquella cosa detuvo su movimiento antes de pasarme por encima, me rodeo y después se dirigió a ella. Se detuvo a escasos centímetros de ella, escuche como algo se abría y entonces la vi desaparecer dentro de aquella cosa. Retrocedió con furia y se volteó con un fuerte chirrido. Se detuvo un momento, pero podía contemplar como un denso humo tañido de rojo se generaba detrás de él. El rugido era atronador. Contemple con terror como aquella cosa se volvía a lanzar contra mí sin intenciones de sortearme como antes. Sentí el impacto de su piel fría y suave. Escuche como mis huesos se partían como ramitas mientras me pasaba por encima con sus enormes pies de goma, pero mis gritos quedaban completamente aogados por su infernal rugido. Consegí dirigir la mirada de nuevo a esa cosa, intentando ver a traves pero fue en vano, y sentí como volvia a perdereme en la oscuridad de nuevo.

Desperté sobresaltado en el asiento del copiloto, miré en todas direcciones y fui reconociendo pequeños detalles como el cuero blanco con el que estaba tapizado todo el interior, el  patito azul que se balanceaba alegre en el asiento trasero central, el ordenador táctil que ocupaba la parte central de la consola del salpicadero, entre las salidas de aire y la radio. Mire el reloj con cierta preocupación pero cuando reparé en aquellos segmentos me llevé una sorpresa, tan solo habían pasado veinte minutos, por lo que volví a echarme, no sin antes volver a mirar a mi alrededor para asegurarme. Hasta que la alarma del teléfono decidió despertarme, estuve navegando en la negrura del vacío.
El pueblo no quedaba lejos de donde estaba, pero la carretera ahora tenía bastante circulación. A los quince minutos apareció el letrero que indicaba la salida que andaba buscando desde hacía tres kilómetros. Por varios instantes creí habérmela pasado, y eso no sería nada bueno.
Al dejar atrás el letrero que daba el nombre al pueblo note como una sensación dulce comenzaba a surgir en mi interior. Pensé en el sabor de una victoria. El pueblo era pequeño, con algún que otro bloque de pisos de tres alturas que sobresalía, pero el resto eran chalets y casas molineras. Y… por lo que Ángela contaba, desde la casa de su padre se veía el mar perfectamente, y algunas noches, cuando no podía dormir, se levantaba y esperaba a la salida del sol. De todo esto se podía deducir que vivía en una casa cerca de la playa orientada al Este, o bien en un lugar no muy lejos de la playa, también apuntado al Este. Empecé por los edificios más altos. Uno quedó fuera por el hecho de ser casa rural, otro por no estar orientado al Este y el ultimo por estar demasiado lejos de la playa. La cosa se había complicado un poco, y eran las diez de la mañana. Aparqué en un bar cerca de la playa para desayunar. Desde la terraza se podía ver parte de la playa y el mar. La brisa era agradable y quitaba un poco esa sensación de calor aplastante. Al otro lado de la calle los coches aparcados tapaban parte del paseo que daba el acceso a la playa a través del cual no dejaba de pasar gente. Sin duda, un bonito lugar para pasar unos días en verano. Mientras esperaba a que llegara el desayuno, estaba debatiéndome entre arruinar la sorpresa y llamarla o seguir la búsqueda. No quedaban muchas opciones, tan solo una fila de chalets cumplían los requisitos, lo que dejaba la búsqueda en poco más de doce casas, pero el error y la duda estaban al acecho esperando a que me confiara. Mis pensamientos quedaron interrumpidos de repente por una voz que me sobresaltó. Un chico joven estaba en frente de mi mesa con un boli y una libreta para tomarme nota de lo que desayunaría. Pedí un té con dos azucarillos, zumo de naranja y unas tostadas. Después de tomar nota desapareció por la puerta. Volví a mirar al otro lado de la calle donde mi Volkswagen plateado reposaba, después de un largo viaje, muy cerca del acceso a la playa. A los pocos minutos el camarero traía en una bandeja todo el pedido. Repartido todo por la mesa empecé a desayunar apartando cualquier preocupación de mi cabeza.
Durante el desayuno mis ojos se quedaron mirando de forma inconsciente al paso de la playa sin saber el motivo exacto. Aunque quisiera quitar la vista, siempre regresaba a ese punto. Antes de dar el último sorbo del té, sentí como todo el cuerpo se quedaba paralizado y como el corazón se detenía al instante. Igual que en mi sueño. Negro, enorme y con los remates en un cromado plateado luciendo bajo sol.  Parado a escasos cinco coches del golf. Antes no estaba, por lo que le tendría que haber escuchado al llegar, más que nada porque el V8 que monta hace mucho ruido, y si ya estaba allí le hubiera visto antes, por eso de ser un coche muy raro de ver aquí. Quitando esas ideas estúpidas que no venían al caso, estaba muy asustado porque jamás había visto ese coche, claro que… por otro lado podría ser una señal para decirme que Ángela no estaba muy lejos de allí, como en el sueño. Sin duda era todo irreal y posiblemente estuviera volviéndome loco de atar. Tras pagar la cuenta, decidí acercarme a esos chalets que me quedaban por visitar. Pero me sorprendí andando dirección a los chalets en vez de hacia el coche, sin duda algo muy extraño en mi pero dado la proximidad de los edificios no rectifique el camino, además así tendría tiempo para pensar en que decirla.
El nombre que andaba buscando por los buzones tendría que llevar el mismo apellido que ella, García, y había dos en el vecindario. Aquí entraba en juego otra vez mi memoria, el nombre del padre creo que era Enrique, y había uno, pero también me cuadraba Ernesto, y también coincidía uno. Sin duda era un “cara o cruz”. Y tampoco me ayudaba la situación de la casa porque las dos daban a la playa. Habiendo situado la casa y habiendo descartado diez de todas las posibles era hora de regresar al coche para poner rumbo a esa concentración a la que íbamos a asistir. Cuando entré en la calle del paseo marítimo, vi a lo lejos que un grupo de cuatro chicas. Miraban mi coche desde una distancia prudencial. Una de ellas miraba por los alrededores, supongo que en busca del dueño, pero desde tan lejos no llegaba a distinguir demasiado. Según me iba acercando empecé a sacar rasgos, dos de las chicas eran rubias, una castaña y otra de pelo negro como el tizón. Una de ellas llamaba por teléfono. Para entonces estaba lo suficientemente cerca para ver las caras y lo que vi me dejó peor que lo del GTO negro, que parecía haber desaparecido. La chica que estaba con el teléfono dejo caer el brazo y ahora miraba el coche con la cara de haber visto un fantasma, supongo que mi cara tampoco distaba mucho del de ella. (Seguro que sabréis de quien se trataba.) Entonces me percate. Metí la mano en el bolso izquierdo y palpé. Llaves del coche, correcto, pero… el teléfono no se encontraba con ellas. Entonces en mi cabeza vi la escena completa. Las cuatro chicas saliendo de la playa hablando de sus cosas y de pronto una de ellas se para en seco, seguramente con el corazón desbocado, con la cara de haber visto un fantasma, completamente paralizada. Las demás se acercan a ella. Explica ligeramente la situación. Todas miran el coche y por último una de sus amigas le dice que me llame al teléfono, aunque no hace falta porque la matrícula es muy peculiar, pero coge el teléfono y espera. Un toque, segundo toque… Dentro del coche una luz se enciende y empieza a sonar. Apoyado en el hueco detrás del volante, mi teléfono móvil. Ahora miraban las cuatro en todas las direcciones en busca del conductor. Dos opciones se abrieron en mi mente. Primera, seguir andando en dirección al coche. Segunda, esperar dentro del bar a que se marcharan. Cuando volví a mirar las cuatro estaban hablando, una señalo el coche y volvió al grupo. Ahora había que decidir. A ó B. Claramente dos voces al unísono gritaron una opción, la primera vez que Hyde y Jekyll coincidían. Primera opción. Dispuesto pues a lanzarme contra el coche como si nada hubiera ocurrido, me aproxime al borde de la carretera a la espera de que el semáforo me otorgara el paso, pero entonces vi surgir por el acceso de la playa a tres chicos. Todos con el torso, bronceado por el sol valenciano y trabajado durante horas en un gimnasio, al descubierto. Uno de ellos se acercó a ella, le pasó sus enormes brazos por la cintura y colocó su cabeza sobre el hombro de ella. Al otro lado de la calle, yo empezaba a no encontrarme demasiado bien, sentía como la sangre me hervía dentro de las venas, y como una sensación abrumadora empezaba a nublarme el poco juicio que conservaba. Los puños se me agarrotaron, presa de una fuerte corriente eléctrica, deseosos de ser descargados contra algo o alguien. Y contemple, horrorizado, como el sueño que me invadió esa mañana se hacía realidad poco a poco. Desolado aguarde a que se marcharan para regresar a mi fortaleza. Conecte la llave, y al instante las notas distorsionadas y confusas de la música máquina llenaron el habitáculo. Entonces como si alguien hubiera accionado una válvula de escape sentí como aquel cúmulo de sensaciones me abandonaban de la misma forma de la que llegaron. Extendí la mano y cogí el teléfono. Una llamada perdida. Con el corazón brutalmente acelerado, empecé a pulsar botones para comprobar quien había llamado al teléfono, pero sentí como algo quebraba en mis adentros cuando vi que el teléfono no coincidía, con el móvil de nuevo en su sitio desocupé el sitio y me dirigí de nuevo hacia la calle como una exhalación. Al entrar, me cruce con dos de los chicos descamisados de la playa, y a pesar de las lunas oscurecidas sentí el cruce de nuestras miradas, ambos se quedaron mirando el coche que aminoro la velocidad ante la única casa que todavía tenía la puerta de la verja abierta, Enrique García y Paula Mieres según el buzón. Desaparecí por la primera calle posible. Detuve el coche en la esquina y volví a coger el móvil. Ahora, después de aquel viaje y de casi no haber dormido, la huida no era opción y eso estaba claro como el día, tenía que contestarla porque no se volvería a repetir una situación así. Escribí en la pantalla lo más rápido que mis dedos conseguían teclear y mandé el mensaje. No pensar, era la única meta a la vista a parte de esperar tras las lunas ahumadas.
Los segmentos morados del reloj, comunicaban que habían pasado más de diez eternos minutos, cinco más y daría la misión por fracasada. Se estaba acabando el tiempo y tenía que marchar al evento si quería reunirme con el resto a tiempo. Estaba muy nervioso, las piernas tenían vida propia y pisaban los pedales del freno y del embrague con fuerza, y la música tampoco acompañaba. Sentía como la barrera que había construido para no pensar comenzaba a flaquear, y preguntas como, ¿habría recibido el mensaje?, ¿bajaría o pasaría de mí?, empezaron a trazarse en la oscuridad de mi cabeza. Los cinco minutos pasaron lentos pero nadie apareció por los retrovisores. Decidí esperar un poco más, tentar un poco a la suerte. Ya con el motor, susurrante, en marcha y desesperado por completo comencé a retroceder para volver a pasar por delante de su casa y dejar otro nuevo mensaje. Con el coche a ralentí comencé a avanzar despacio y paré ante la verja que seguía abierta. Baje del coche y colé por el buzón el papel con los datos de la concentración y un mensaje escrito a mano con una caligrafía diferente. Estaba de regreso, sentado en el coche cuando sentí que la puerta se abría. Me asome por la ventanilla del copiloto. Vi a una chica de pelo oscuro, recogido en una coleta que caía por el hombro izquierdo, y aunque tenía mucho parecido, claro estaba que no era ella. Maldije una y otra vez, pero estaba decidido a hablar con ella al precio que fuera. Baje la ventanilla. La chica que bajaba con los cascos no pareció reparar en mí pero tras un pequeño toque de atención se acercó a la ventanilla. La pregunté si su hermana estaba en casa. Ella no articuló palabra, simplemente se limitó a negar con la cabeza y seguir su camino hacia donde fuese. Salí de allí acelerando el coche a más de cinco mil revoluciones, lo que se traducía en un sonido ensordecedor y un fuerte chirrido del patinazo de las gomas con el asfalto.