poemas de amor Crazzy Writer's notebook: ghost
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18/11/13

Penssamientos Effimeros

Sentir como tu pulso se acelera sin razón.
 
Queriendo seguir el ritmo cardiaco del motor.
 
Ver ese pequeño tramo negro entre la alineación de blancas rayas.
 
Cruzándose, bailando al son de una música, tan rápida como tu paso.
 
Oculto en la más densa noche.
 
Corres.
 
Corres.
 
Suben los números.
 
Bajan las agujas.
  Caminan por el lado diestro de las esferas.
 
Huyes de tus pensamientos que quedan atrás en el tiempo y la distancia.
 
Durante efímeros segundos nada existe.
 
Nada importa.
 
Solo la trazada que dibujas en la noche.
 
Cortina breve abierta en la lluvia.
 
Las gotas destrozadas por tu paso. 
Estrelladas en la luna y barridos sus despojos después. 

27/4/13

El embrujo [II]

Un sudor frio manaba de mi cuerpo. Tenía muchísimo calor. El dolor se extendía desde mi pecho como una hiedra. Era insoportable pero no me entrenaron para quejarme. Debía dar con algún lugar seguro. Las piernas me fallaron y ambos caímos al suelo. Era una locura seguir por los caminos en estas condiciones. Mire en rededor. No muy lejos había un pequeño cúmulo de cavernas y parecían seguras. Traté de erguirme, me llevo varios intentos pero terminamos por llegar a nuestro refugio improvisado. Entonces caí rendido ante el desgaste producido por los esfuerzos. Las fuerzas manaban a la vez que lo hacia la sangre que me llenaba. Mientras un pesado cansancio adormecía mi maltrecho cuerpo, trataba de reunir toda la información que era capaz de recordar a cerca de aquellos seres.
{ Según las leyendas de algunos lugares los Lugzans son seres que se alimentan de las almas, rompiendo el equilibrio que ambas partes mantienen. Y no conformes con eso, después corrompen los cuerpos de sus victimas, más propensos al pecado, de formas inimaginables. Su infinita belleza atrae a todo aquello que se les antoja, son de naturaleza caprichosa y no entienden de especies o razas. Resistirse a sus divinos poderes es objeto de que te deseen más y por tanto mayor es su empeño. }
Unos ruidos trataban de sacarme de aquel sopor inevitable. Me forcé a abrir los ojos. La luz procedente de una pequeña hoguera me cegó casi por completo. Una sombra muy borrosa me sacudía levemente. Hablaba pero no lograba entender aquello que decía. Sentí como poco a poco me iba desprendiendo de la pequeña armadura que me protegía. Cuando logró quitar la parte encargada de cubrir mi pecho, un grito ahogado de horror salió de sus labios. Aquel zarpazo se había infectado y la gangrena se extendía rápidamente, de eso era consciente. No me quedaba mucho de vida, claro que con una Lugzan a mi lado mi muerte era cuestión de tiempo.
Cada vez más débil. Deliraba en mis pensamientos, fruto del dolor. Tenía la sensación de estar sobre brasas pero mi cuerpo era estremecido por fortísimos espasmos de frio en un vano intento de mantener el calor. Entonces aquella sombra me examinó de nuevo. Sus manos eran suaves pero estaban heladas, aunque no podría asegurarlo, palpó cerca de aquella laceración que recorría mi pecho en diagonal arrancándome un aullido de dolor. Entonces tras una meditación profunda, no sin dejar de mirar mi denigrante estado, se fue aproximando lentamente a mi rostro. Traté de retroceder alejándome de su rostro, pero sus manos detuvieron el poco movimiento del que gozaba. Nuestros labios se unieron, no podía dejar de contemplar su mirada. Aquellos ojos verdes, un verde esmeralda, intenso. Sentí como algo dentro de mí se revolvía con violencia. Mi alma. Pero aquella lucha era inútil. Perdí la consciencia completamente. Todo quedo sumido en un negro profundo y solido. Suerte para mí porque lo peor aun quedaba por llegar. La incertidumbre de todas aquellas cosas que podría hacer con mi cuerpo agonizante.  

 
El embrujo parte 1

4/4/13

The Girl [Accidente, part 9]

Desperté sobresaltado. Sentía como algunas estelas caían por mi frente. Estaba atrapado por sus brazos. Una noche más. Ya se había convertido en una costumbre. Y no lo soportaba. Traté de zafarme de aquella jaula con el mayor de los sigilos, y a priori funciono. Camine en medio de aquella noche tratando de recordar aquello que me había sacado del sueño pero sin resultado. Las caricias del frio se hacían más perceptibles en aquellas partes ahogadas por el sudor. Al pasar por delante del reloj me fije que sus agujas oscuras marcaban aproximadamente las cuatro de la mañana. Recorrí los últimos metros antes de llegar al baño y me encerré en la ducha.
El caer del agua ardiente alivió un poco aquella sensación. El agua fluía llevándose consigo aquellos rastros pegajosos. Vaciaba mi mente de aquellas ideas que no eran necesarias en aquel momento. Una noche de verano. Coche extranjero de blanco satinado. Figurita demoniaca danzarina. Metro. Compañeras de piso. Chicas misteriosas. Sentimientos extraviados…
Salí de la ducha envuelto en una improvisada túnica. Me dirigí a la cocina y allí miré por la ventana al deshabitado paraje nocturno de la ciudad. Solo los haces de las farolas sobre el pavimento mojado. Y si te fijabas bien, podías distinguir las gotas de agua que cruzaban por los halos anaranjados.
De pronto, una estela intermitente atravesó la calle a una velocidad de vértigo. Solo se escuchaba el motor tras de sí. El Samur, nunca descansa pendiente veinticuatro horas de cualquier emergencia que pueda surgir. Desmayos. Accidentes domésticos. Atracos. Colisiones…
Entonces se encendió una luz. Recordé fugazmente el sueño. Una colisión, una fuerte colisión en medio de una recta. Tres coches en la noche, implicados en un choque por alcance. Un coche naranja perseguía veloz a un segundo, un compacto de color rojo metalizado. Quería cogerlo a toda costa. Pero el perseguidor no se percató del coche blanco al que su presa perseguía a su vez. El blanco y el rojo jugaban entre ellos. Las distancias eran mínimas, y al frenar de forma repentina el primero de todos… se produjo. Pillándome a mí en medio de los otros dos vehículos. El peor parado de todos.   
-Pequeñín, ¿estás bien?- Unos brazos volvieron a apresarme enlazándose por la cintura. Me atrajeron hacia su cuerpo que se aplasto con el mio. La voz mostraba preocupación en su tono.
-No, estoy bien Alicia- Mi voz era un susurro. Miraba su reflejo en el cristal. Aquel rostro delicado. Su melena despeinada. Y aquella calle vacía.
-Volvamos a la cama- Aquella frase quedo reforzada por un pequeño beso en el cuello. Entonces otro flas se apoderó de mi.
-Voy a prepararme un vaso de cola cao. ¿Te apetece uno?-. No quería regresar. Me alejé de la ventana y camine hacia la nevera.
-No, gracias. No tardes, ¿vale?- Sus manos deshicieron el nudo y partieron dejando una estela de caricias en su marcha. Escuche sus pasos alearse a la habitación.
Me vestí con lo primero que vi. Me daba igual el qué o el color, simplemente deseaba estar en la calle. Me llamaba. Tome el casco que estaba en el sillón y las llaves. Ansiaba la calle a cualquier precio. Salí a la terraza y me descolgué los dos pisos hasta llegar a la calle. De pequeño me dio por el parkour y cuando me castigaban solía salir de la misma forma. Y daba gracias por ello.
Caminé arrastrando la moto un par de manzanas y después me deslice bajo la lluvia lentamente. Concentrado en el ronco ronroneo de aquella bestia. Escuchaba mi voz una y otra vez repitiendo la misma frase.
-{Se ha terminado el cola cao y he ido a por un bote}-.


 Parte 10

3/11/12

El embrujo


Desperté en las oscuras tierras del sur. El frio estremecía cada palmo de mi cuerpo. Caminaba lentamente. No sabía como había llegado hasta aquel lugar prohibido. El canto de las ranas no traían nada bueno, o al menos eso decía la leyenda que en el pueblo se narraba. Vagando sin rumbo topé con un cúmulo de aguas estancas. Sobre ellas las galactelianas paseaban en busca de la cena. Quería salir de allí antes de que llegasen predadores más peligrosos que aquellas alimañas.

Desde la densa vegetación purpurea vi aparecer una sombra que caminaba titubeante. Se aproximaba lentamente, escoltada por varias figuras inmensas envueltas en túnicas extrañas que ocultaban sus rostros monstruosos. Miedo. Una señal de alarma ascendía pidiéndome escapar. Salvar la vida. Pude esconderme en una sombra cercana poco antes de que aquella caravana me viese y diesen cuenta de mí también. Se detuvieron poco antes de llegar a donde me resguardaba.

La primera sombra se arrodillo ante las demás. La luz de las antorchas iluminó su rostro atemorizado ante la incertidumbre de lo que le esperaba a continuación. Fue cosa de segundos, pero aquel contacto fue suficiente. Aquellos ojos verdes eran un escrito claro para mí. Le tendieron un tarro con algo en su interior, parecía viscoso y su color nada halagüeño. Vertieron algo del contenido en tres calaveras y la pidieron que bebiese de ellas. Con el arma empuñada estaba dispuesto a intervenir pero no estaba convencido de poder con todas ellas. La dieron la primera que tomó de un trago. La segunda. Y por último la tercera. Comenzó a tambalearse, parecía mareada. Sus ojos se entrecerraban y se desplomo sobre uno de los escoltas. Las risas sobrecogieron el lugar. Salí de mi escondrijo arma en ristre aproximándome desde la retaguardia. Dos sombras decapitadas sin hacer ningún ruido más del necesario. La tercera pareció percatarse de que algo no iba bien, pero cayó antes de dar aviso. La última, con el cuerpo de la victima aún en las manos me vio. Un zarpazo me alcanzó en el pecho rasgándome las ropas pero mi estocada le atravesó el cuello.

La tomé con cuidado y comencé a caminar en la misma dirección por la que les vi aparecer. Fue un trayecto largo a través de aquellos bosques cenagosos pero logramos dar con una salida. Después de aquella temeraria intervención parecía que la tranquilidad se reinstalaba paulatinamente. Solo entonces reparé en la figura que acababa de rescatar de aquellos seres. Aquel pelo dorado que caía en cascadas por sus hombros. Su piel pálida. Y aquellos labios de un intenso rojo. Era una Lugzan, una criatura que sólo crecía en las leyendas más oscuras. Caí entonces que aquellos que ahora yacían en las ciénagas eran Guardianes del equilibrio, Guerreros Nedros, con la misión de destruirla.

El embrujo parte 2

30/10/12

La fiesta de la horguera purpura





Finales de octubre en la linde con noviembre. Se desprende desde un claro una luz violácea. La fiesta de la hoguera purpura dará en breve comienzo. A lo largo de aquella velada, mayores y ancianos de un pequeño clan errante, narraban sus vivencias y experiencias al cálido abrigo de las llamas.

Reinaba una noche de niebla cerrada. Un pequeño grupo de chicos y chicas recorría el bosque en silencio bajo la luz difuminada de la luna, tratando de adivinar los ruidos que traía el viento. Aquel sonido parecía animal pero no se asimilaba a ninguno de lo que ellos conocían. Siguiendo el rastro que dejaba llegaron a un oscuro rio que atravesaba el bosque. Todos se quedaron mirándolo. Nunca habían visto nada parecido.

-Fijaros, ese rio no refleja los arboles-.

Sonó una exclamación general. Uno venció el miedo a lo desconocido y se aproximó un par de pasos.

-Parece que no se mueve.- Se detuvo un instante -Si, esta parado-.

Todos lo miraban con cierto temor pero alguno siguió su ejemplo y también se aproximó para inspeccionar el hallazgo. Quedaron tan ensimismados por su descubrimiento que dejaron de escuchar aquel sonido que perseguían. Pero la curiosidad hacia mella en los más aventureros. De pronto, una de las chicas se levantó de un salto. Caminaba lentamente bajo la mirada expectante de los demás. Pisó con delicadeza sobre la superficie e hizo fuerza para ver su resistencia. Aguantó. Con dudas en sus pies avanzaba lentamente sobre la rugosa superficie, temerosa de que pudiese caer a un mar de nada pero eso no paso.

Uno de los chicos se alejó de la superficie, aquello de lo que se percató no requería ninguna luz. El objeto de su búsqueda estaba más cerca, y se movía rápido.

La chica, ajena a lo que se cernía sobre ella, seguía caminando.

-¡Cuidado!- Gritó sobresaltando a los demás.

Tarde. Se echó sobre ella en cuestión de segundos. Un haz de blanca luz la iluminó poco antes de atravesarla como al humo. Un chillido estremeció el bosque. La niebla se tiñó de un rojo zigzagueante. Un estruendo metálico llenó el terreno circundante. Una llama se adivinaba entre la neblina, la cosa se quemaba. Estaban todos desencajados.

-¡¡Abigail!!- gritaron en las cuatro direcciones.

Solo el crepitar de llamas se escuchaba. El miedo los tomaba uno a uno. El temor a lo desconocido les obligaba a echar a correr sin mirar atrás. Regresar con los mayores y narrarles el trágico suceso. De pronto una voz surgió de entre los matorrales. Les era conocida. Miraron en la dirección de la fuente. Si. Allí estaba, como siempre, levitando. Aunque con la expresión todavía tomada por el miedo. Los demás flotaron hasta ella. Recuperada de aquella experiencia regresaron con el resto del clan espectral…

. . .

...una figura tambaleante surguió entre la niebla. El superviviente que vio a una niña en medio de la curva. Y que les sacó de la carretera.

22/10/12

Espectros del pasado

Estaba como cada día sentada en mi cubículo. Otro viernes más, un día en el que por ser lo que es, estás llena de una irracional alegría y radiante de energías.

Nueve de la mañana. La oficina radia estrés como era habitual pero parecía algo más relajado que otros días. El sonido de los viejos teclados llenaban el ambiente, las pantallas mostraban diversas ventanas trabajando al unísono dentro de los cubículos. Los reclamos estridentes de los teléfonos y un ligero rumor de la gente que trabajábamos allí.

Todo se mostraba demasiado normal. Muy normal. Increíblemente normal. Tan perfecto que por alguna razón que desconocía no encajaba. Resultaba sospechoso pero no sabría explicar por qué.

-Raquel… -

Una voz al otro lado me reclamó deshaciendo la línea de mis pensamientos. Era una voz algo rasgada por los excesos que con cierta sorpresa y alarma pedía mi atención. Levante la mirada por encima del enrejado de paneles y lo vi aparecer a lo lejos.

Sentí como todo perdía velocidad lentamente. Mí alrededor se ralentizaba hasta quedar casi detenido. Pero a pesar de aquella escena surrealista, no logré apartar la mirada de él. Paralizada por el horror. El miedo. El terror de aquella vision imposible.

Su traje oscuro, de americana y pantalón,  habían dado paso a una túnica echa girones. Su rostro se descarnaba paulatinamente. La piel y los músculos resbalaban lentamente dejando ver los huesos  que lo componian. Sus ojos de un azul casi transparentes se habían convertido en dos cuencas profundas y vacias. Se había fijado. Se dirigía hacia mí. Lento y parsimonioso su paso pero no por ello menos inocente. ¿Qué prisa tenía? El tiempo no existía.  

Las pulsaciones se habían acelerado y parecían seguir aumentando a medida que aquella sensación me tomaba. Me bañaba un sudor frio, percibía como las gotas resbalaban a través de mi espalada. Estaba temblando. La temperatura había caído hasta el punto de ver mi propia respiración. Paralizada, solo podía contemplarle. El fantasma de las épocas pasadas. Dickens. Ardía mi pecho pero no era el calor agradable, más bien el de la lava fundida recién emergida.

Aquel ser descarnado estiró su mano hasta colocarla sobre mi mejilla. Aquella textura, áspera y fría,  me hizo estremecer. En su rostro una sonrisa forzada por la maldad.

-Cuanto tiempo…- Su eco ronco resonó desde un lugar lejano. …Seis años-. Su risa me produjo un espasmo que me recorrió la espalda.

-Creí… haberte… olvidado- mis balbuceos eran apenas un susurro pero él me entendía. Dije… que… te… olvidases… de mi-. Mantenía la sonrisa en el rostro.

-Lo sé. Por eso he vuelto- Estalló en una sonora carcajada. El espectro de las navidades pasadas te deleita con su presente inoportuno. Espero que esa cosa que te abrasa por dentro lo resista. Disfrutalo...- Desvaneciéndose en una densa nube negra, dejó sus palabras vibrantes y aquella risa penetrante.

De pronto todo recobro la normalidad. Como si aquella pesadilla no hubiese tenido nunca lugar. Pero yo seguía estremecida y bañada en aquel helado sudor.  

-… ¿no es ese tu exnovio?- continuó mi compañera de cubículo.

Me fije de nuevo y así era. Aquella figura de traje con americana y pantalón oscuro, camisa inmaculada y ojos azules casi transparentes fue mi novio seis años atrás… Miró en mi dirección y saludó con una sonrisa inhumana…

12/9/12

[La doncella]

Una carroza oscura de cuatro caballos de negro pelaje, gran tamaño, patas ardientes y ojos rojos como las llamas de sus zapatos. Alguien aguarda sujetando las riendas. No pueden ver el rostro. La noche es fría aunque existe un halo rodeando a la carroza en los que la nieve ha quedado derretida. Parte la carroza en el más atronador de los sigilos. Se desvanece en una nube de sombra. Nadie en el pueblo se atreve a salir. Dan su alma por perdida.

[Horas más tarde]
 
Una sombra atraviesa el desierto conocido como el Yermo. Una enorme verja se entre intuye en la oscuridad. Cerrada guarda al otro lado, en el siniestro, un enorme perro. Sus ladridos estremecen a todo aquel que escuchan tan solo su eco, pero ante el paso de la carroza, aquella espantosa criatura tricéfala no hace sino agacharse y enmudecer. Continua su paso, raudo por las tierras muertas. A través de las ventanas se cuela una luz anaranjada. El silencio es ensordecedor, ni siquiera se escuchan los cascos de los caballos. Descendiamos por abruptos caminos. Llevaba horas sentada alli. La velocidad decrecía. Parecían llegar al destino. Pero, ¿quién la reclamaba? ¿Que buscaba?
 
Una laguna se vislumbraba en la lejanía, parecía tranquila.  A la siniestra, un castillo, sin torres, pero lleno de ventanales. Una sombra contemplaba desde arriba el fluir de las almas errantes, a la deriva. El carruaje detenido. Baja una figura en negro embozada. Su caminar es lento. En la sala principal de aquella edificación en medio de la nada, reinaba la oscuridad. Silencio. Olía a eternidad. El final del paso del tiempo. Presa la sombra quedaba, guardada por dos seres sin rostro. Ninguna palabra. Solo estaban junto a ella. Del piso superior surgió una voz profunda. El eco resonaba por toda la estancia. Sosegada. No tenía prisa alguna por terminar sus frases. Una sombra tenue al contraluz de las llamas de una vela se acercaba por las escaleras. Elegante. Cortes. Educado. Elocuente. Sus palabras parecían vanas, sin sentido pero atraían la atención. Se aproximaba. Las dos figuras que la escoltaban se pusieron firmes en su presencia. La presa, se inquietaba. Sus palpitaciones se aceleraban. Estaba nerviosa ante las dudas y el temor que la envolvía. La tomaban sin piedad. Estaban a menos de dos metros pero seguía con su discurso. Por primera vez pareció sonreír. Mostro unos dientes blancos en una sonrisa afable. Un gesto con la mano. La sala quedó cálidamente iluminada por unas velas. Las sombras desaparecieron con la luz.
 
-{¡Vaya!}- pensó mientras miraba de nuevo.
 
Observó aquella sala. La había imaginado llena de telas de araña, lúgubre, sombría y tremendamente fría, pero para nada se acercaba a la realidad. Varios muebles de madera oscura adornaban los rincones, estanterías con libros, las mejores obras de la literatura universal. Se fijó un poco más. Y al ver sus títulos se sorprendió. Aquellos títulos que la santísima inquisición quemaba en las hogueras. Obras prohibidas. Dos butacas no quedaban lejos de una chimenea de azules llamas. Parecían forradas en piel. Piel blanca. Cálidas alfombras. Y pinturas en las paredes que no tenían ventanas. Parecía ser un alguien cuyo estatus anduviera muy por encima del de ella. No solo en el tiempo que se le había concedido, sino en su clase social. Su anfitrión poseía un titulo de archiduque enmarcado encima de la chimenea.
 
-{Archiduque de la nada}- pensó para sus adentros pero la respuesta que recivió la dejó helada.
 
-Soy archiduque de los infiernos- Dijo con aquella voz de terciopelo. - Y vos, sois mi invitada, si así es vuestro deseo.-
Se dirigió hacia la chimenea y redujo el tamaño de las llamas, y al igual que las velas, le bastó un suave gesto con la mano.
 
-Cientos de nombres poseo, y el vuestro creo que ya me ha sido revelado. Podréis pasear por la casa con total libertad, seguiréis una vida de lujos y comodidades. Pero si deseáis regresar, Minerva, decídmelo y yo mismo os devolveré a vuestra tierra. La única condición es... que habréis de pasar la eternidad a mi lado-.
 
 
Minerva estaba petrificada en medio de la sala. Contempló por la ventana aquella inhóspita tierra. Entonces recordó su casa. Una villa de las tierras altas. Los arboles. El sol. Las estrellas en las noches claras. La mirada compasiva de Astaroth, la contemplaba en silencio. Mantenía su pose elegante, tranquila. Pero en su interior moraba un algo que le hacia sentir intranquilo. Minerva continuaba con sus recuerdos, sopesando la proposición que él le había propuesto tan galán. Recordó también a su señora. Y a su señor. Sus mandatos. Sus trabajos. Sus penurias. También dibujo el rostro de su hermana. Condenada al igual que ella a pasar su vida a las ordenes de sus señores. Aquella imagen colmó sus ojos de lágrimas que brotaron lentamente de sus ojos claros. Astaroth intuía aquella reacción. Se aproximó a ella lentamente y le tendió un pañuelo de seda negra.
 
-No os preocupéis por vuestra hermana, si así lo queréis puede venir con vos a este castillo-. Su voz era consoladora. -Pedidme lo que deseéis, y mirare lo que puedo hacer para satisfaceros, dentro de un orden- Su figura esbelta estaba junto a ella. Sus brazos la sujetaban con suavidad.
 
Minerva miró a los ojos de su anfitrión, por primera vez sus miradas se toparon, y en aquel momento, Astaroth supo cual sería su respuesta.
 
F I N



31/8/12

Estelas...

El cielo estaba despejado. Lleno de cientos de miles de ínfimos puntos luminosos, algunos fijas y otros no. Era verano y la noche era ligeramente calurosa. El sonido de los grillos, el olor llegado de hierba recién cortada, ligeros soplos de aire que acarician tu cara.


Varias estelas ascendieron desde el bosque, cruzando el cielo dejando tras de sí una estela plateada que se desvanecía decenas de metros por detrás de su paso. Aquellas estelas se desvanecieron con el tiempo pero dejando grabado su paso por la Tierra.

Las líneas centrales de la carretera se cruzaban ante los halos azulados de los cuatro. El zumbar de sus motores reverberaba en la tranquilidad de aquella clara noche. Los límites de roca caliza y hormigón ululaban durante sus aproximaciones a lo largo de las curvas. La noche parecía ser de lo más apta para circular por aquella olvidada carretera a gran velocidad. Terminado aquel angosto tramo se abría una extensión de espeso bosque cruzado por aquella carretera. Las cuatro estelas peleaban por ser la que dominara. Pocos sabían lo que pasaba por la cabeza de sus pilotos. Los escasos conductores que por allí pasaban no osaban internarse en su traza, pues en segundos quedaban reducidos a la nada. Antes de salir a la autovía una nueva estela se había adjuntado, no había parangón con las otras cuatro pero allí en la cola aguantaba lanzando luces rojas y azuladas. Entrados todos en la autovía, con la nueva dificultad que implicaba, los fugados zigzagueaban entre el tráfico, ajenos a lo que allí acontecía. Algunos pitaban o daban flases, otros se mantenian neutrales. Dos vehículos nuevos de policía se unieron a la persecución saliendo por delante pero su velocidad no llegaba para superar a estas fugaces estrellas. Con los neones encendidos para identificarse desde el aire. Un helicóptero los seguía de cerca. El esfuerzo del zoom para coger a sus conductores, frustrado por la opacidad de los cristales. Aquella velocidad inhumana, aquellos planos en los que solo se veían rastros de colores procedentes de las luces, y cada vez más alejados los parpadeos intermitentes de los coches patrulla, incapaces de seguir a sus perseguidos, cesaron en su empeño por querer detenerlos. De nuevo, perdidas en una carretera olvidada aquellas estelas luminosas, ahora blancas, parecieron despegar del suelo por el que circulaban y elevarse hasta fundirse con el mar de estrellas fugaces que asolaba el cielo en aquellos momentos, sin sospechar sus ocupantes que una sombra los contemplaba atónito desde un roble, en una ladera no muy lejana.





 

12/6/12

After [riddle]

solo aquellas seleccionadas podran ser descifradas

La luna el cielo iluminaba. La noche era fría, tanto que podías sentir los cristales de fino hielo fundirse en tu cara. El aire gélido llenaba los pulmones y se convertia en una densa nube tras la puerta de los labios. Un clima perfecto para un paseo por el vasto jardín, aún con el sabor de aquella velada entre velas.
El aullar de un lobo lejano se escucha, largo y penetrante. Magnífico. 
Un dulce aroma desde el suelo se levanta. La humedad por el frio condensada. Una blanca y delgada nube abriga el yermo suelo. La neblina se levanta poco a poco devorándolo todo a su lento paso. De aquella fina manta a ras de suelo unas bailantes llamas fatuas florecían siniestras al azar, como amapolas en una primavera. Cuan idílica y bella estampa. Los cipreses al contraluz de la blanca luna parecían grandes manojos de brazos difusos hacia las nubes. De la oscuridad una voz me reclamaba, melódica, perfecta. Y aquella atmosfera ya de por si romántica quedó impregnada por un algo más, cuando por aquel bosque de gélidos mármoles, rasgando la oscuridad de la noche, surge iluminada por la calida luz de una llama...

4/6/12

Beach Storm







El qué, el cómo y el cuándo es difícil de concretar. Estaba próximo a uno de los miradores de una playa desierta. Así, de improviso, surgió de entre las olas. Desde aquella distancia y a esa hora no se podía intuir demasiado bien por lo que decidí acercarme con cautela. Camine entrando en la zona arenosa. Sorteé un grotesco amasijo de metal caminando con desconfianza. Traté de ver lo que se ocultaban tras los cristales pero era imposible ver lo que tras ellos se ocultaba. Las lunas estaban sólidamente negras, como ahumadas. Continué mi camino hacia la orilla. Ahora la arena estaba mas pesada, por lo que la marea estaría bajando de nivel, porque llover no había llovido en semanas.
Algo me hacia sentir tremendamente incomodo, no sabia el motivo concreto pero era como si me estuviesen observando desde algún rincón sombrío. Mire a mis alrededores, varias veces para cerciorarme, pero nada, solo topaba con la enorme figura de aquella inmóvil mole. Estaba a pocos metros de aquel bulto misterioso, y por la luz que la luna lograba brindarme pude percatarme de varias cosas. Se trataba de una chica joven. Cuando estuve próxima a ella extendí la mano y toque su suave piel. Estaba fría, fría como el hielo. No tenia ropa y creo que tampoco consciencia. ¿Estaría muerta?
Un ruido sordo hizo saltar mis alarmas, mire de nuevo, pero tampoco vi nada. Solo arena, y la oscuridad de la noche. El mar ronroneaba con las olas rompientes en la lejanía. Algo agarró mi mano con fuerza, sobresaltado contemple el cuerpo de la chica, ahora me fije en otro detalle que ciertamente no comprendía como podía haberlo pasado por alto, ella tenía profusas heridas que sangraban con cierta fluidez pero parecía no percatarse. Con un hilo de voz me dijo que corriese, porque él seguía aquí, a la espera de ver como su vida llegaba a su término. ¿Él?, pero ella no llegó a contestarme. Volví de nuevo la mirada hacia la oscuridad con mayor atención. Faltaba algo, pero no sabía el qué. Algo había desaparecido en aquella densa oscuridad, con un sigilo casi fantasmal. Trate de coger el cuerpo de la chica, ahora sin vida, emprendiendo el camino de regreso.
A punto de salir de la zona pastosa de la arena, una afilada y siniestra figura surgió de la negrura. La luna había quedado oculta tras unas densas nubes que se iluminaban fugazmente por violáceos destellos. Dos furiosos ojos nos contemplaban. Ningún ruido. Sólo aquella mirada, penetrante y fría. Se estaba acercando, pero no hacia ruido en su lento caminar. Estábamos frente a frente, separados por escasos metros, aquella grotesca mole. Volvió a quedar parado, mirándonos, a la espera de algún movimiento. Avance un paso pero antes de haber apoyado el pie aquella cosa se abalanzo sobre nosotros acortando más las distancias, estaba claro… no dejaría escapar su trofeo, no sin antes pelear.
Una fría y sonora carcajada. Unas luces cegadoras. Centelleantes. Intensas. Fulminantes. Lo siguiente que recuerdo es una habitación blanca y unos terribles ardores que abrasaban mis entrañas entre insoportables dolores. ¿Es mi castigo? ¿Mi recompensa? ...         


10/5/12

[Desert]


Una estela de arena y polvo atraviesa las desérticas tierras africanas a grandísima velocidad. Su figura se mimetiza con el color amarillo anaranjado de las partículas de roca molida que con los cascos levanta. Sobre él, embozado en negras telas un jinete cabalga como si su vida de ello dependiese. ¿Qué motivo le llevaría a recorrer estas inhóspitas tierras, desafiando al sol y a los fuertes vientos?

Galopa sobre las dunas como un velero su montura, parece no afectarle ninguna de las condiciones que le rodea, tan solo concentrado en alcanzar el horizonte que se oculta tras las sinuosas dunas.

-¿A dónde te diriges, viajero?- dice una voz transportada por la brisa.

Pero el jinete ni se inmuta ante aquella, por lo menos misteriosa, voz salida de ningún sitio. Un nuevo intento, ésta vez algo más fuerte. Pero parece que no escucha, y de hacerlo lo ignora. Continua su cabalgadura, lleva varias horas y todavía ni ha bebido ni se ha detenido. El sol está en la cumbre de su ascenso, por lo que reina una hora sobre el medio día, y ahora las temperaturas son extremas. El caballo tropieza en una de las dunas. Jinete y animal ruedan y deslizan entre la ardiente arena. En la base de la duna el jinete se levanta entre maldiciones. Contempla el cuerpo de su corcel, retorciéndose entre dolores atroces. Una cosa amarillenta parece asomar de una de las patas delanteras entre un fluido río de roja sangre. El jinete lo contempla frio como el hielo. Y en cuestión de segundos de sus telas saca un extraño aparejo, apunta a la cabeza del caballo y descarga una flecha sobre su cráneo poniendo fin a su tortura. El cuerpo del caballo queda inmóvil junto a su jinete que sigue con el arma empuñada. Un grito atraviesa la seca atmosfera que lo rodea. Mira al cielo y vuelve a ponerse en camino.

-¿Quién eres?, ¿de qué huyes?- Vuelve a intentarlo la voz, pero como antes, sin éxito.

El jinete continúa, sus andares son pesados pero desafiantes. Se desprende de sus túnicas, dejando a merced del incansable sol su torso. Un pequeño destello surge de su cuello, parece una placa de metal que trata de imitar el brillo del sol, que lentamente va decayendo aunque todavía quedan horas de luz. Ahora el jinete toma un largo trago de agua y tira el resto con todas las fuerzas que le quedan. Sin duda, sabe a lo que ha venido y con el propósito de cumplirlo. Conforme el tiempo avanza en largas sensaciones, sus andares parecen debilitarse poco a poco, sus fuerzas menguan pero lo tiene más que asumido porque todavía mira al sol a la cara, como desafiándole una vez más.

Se desploma. Su cuerpo, quemado el torso y la cara, cae sobre las calizas arenas del desierto. Y con sus últimos resquicios de fuerza, y en medio de otro feroz grito, que ni el viento logro sofocar, se arrancó del cuello aquel collar y lo lanzó duna arriba quedando semienterrado. Después parece quedar tendido sobre la arena, sin juicio, mientras las dunas lo devoran lentamente. Enterrando su figura. Mimetizando sus restos con su manta anaranjada. Borrando su paso. Su existencia. Su vida.   

6/5/12

Machine


En el cielo los colores se mezclaban y cambiaban mientras el astro rey comenzaba a ocultarse lentamente por los boscosos montes del oeste. Llevaba cinco años, y por fin lo tenía acabado y lista para insuflarle la vida. Estaba impaciente porque el Sol diera su último atisbo de vida hasta el día siguiente. Su corazón latía ansioso por que acabara aquella molesta luz que le impedía salir. Miraba, expectante, desde una pequeña ventana. Estaba sentado en una vieja silla de madera, mirando de reojo a través de un enorme espejo el reflejo de un gran bulto tapado con una sabana de raso. Se levantó de su asiento y se estiró haciendo crujir un gran número de huesos, esa espera le estaba matando. No podía esperar más tiempo. Empezó a pasear esquivando libros tirados y desgastados. Múltiples herramientas oxidadas por la humedad y el tiempo. Se abría paso a través de la cortina de polvo que inundaba la habitación. Extendió su blanca mano hasta acariciar la sábana blanca que lo cubría y volvió a mirar a través del espejo que la luz estaba desapareciendo, ahora más rápidamente. Una inquietante sonrisa se dibujó en su pálida tez. Ya faltaba menos. Se volvió hacia su silla y terminó de ver aquel crepúsculo morado con los oscuros bosques al contraluz del sol.
Un negro tizón fue ganando terreno al morado rojizo y al naranja amarillento que quedaba después de la estrella brillante. Algún tímido puntito blanco hizo su aparición en la negrura celeste. Y mirando a través del único ventanuco de la estancia, el susodicho personaje volvió a sonreír, pero esta vez dejando entrever unos blanquísimos dientes, la eterna espera mereció la pena, pues el destino le brindó una sorpresa. Miraba por todo el cielo. Buscando.  Asegurándose bien antes de celebrarlo por lo alto, pero no consiguió encontrar aquello que andaba buscando. Perfecto, se dijo para sí. Tal y como había pensado; luna nueva. Se dirigió otra vez hacia aquel objeto que guardaba con tanta ansia debajo de una sabana y dijo.
-Bien pequeño, tu hora a llegado, noche cerrada y luna nueva, tu momento de demostrarme lo qué vales y de lo que estas echo- Una sonora carcajada inundo toda la estancia.

Se dirigió a una enorme puerta despejando el camino de cualquier posible obstáculo que impidiera el avance de su pequeño, después desatrancó la puerta de madera y tiró de ella con todas sus fuerzas, esta al principio se resistió pero poco a poco fue cediendo con un fuerte chirrido de las oxidadas bisagras que permitían su apertura. El frio de la noche se filtró camuflándose con la gélida temperatura de la estancia, y la oscuridad se dejó sentir en su cara. Que sensación más agradable. Corrió por la sala. Agarró la sabana e hizo una breve pausa, sin duda para dar emoción, tomo aire y lo soltó de golpe a la vez que tiraba de la sabana. Esta acaricio el contorno de la cosa a la que tapaba y a la vez que se deslizaba por su impoluta y suave piel metalizada, susurraba. Con una agilidad sobre humana, cogió las llaves que daban acceso al interior de su criatura y se introdujo en la cavidad donde se situaban los mandos de aquella máquina infernal. Introdujo las llaves en la abertura y la llave quedó perfectamente acoplada a esta. El corazón le latía a mil por hora y por su circuito sanguíneo ya corría más adrenalina que sangre, estaba inquieto en el asiento.
-Muy bien… el momento culmen. ¡Ahora yo con este sutil movimiento te dotare de la chispa que te dará la vida- su voz sonaba penetrante y profunda, parecía leer una frase de un libro de conjuros de negra magia.
Acto seguido de la parte posterior del armazón de metal, surgió el bufido de la criatura, que inundo la estancia y sus alrededores en decena de metros a la redonda. Llevaba dos años leyendo a cerca de aquellas extrañas cosas en algunos libros que estaban ahora repartidos por toda la estancia. Preparándose para cuando consiguiera revivirla. Con extremo cuidado procedió a mover un aro de una de las palancas, esta se deslizó suavemente y detrás del mando de dirección aparecieron un montón de luces y números, otro punto más y dos enormes aureolas azuladas iluminaron todo lo que se encontraba por delante del morro en una distancia de unos cien metros, y también se iluminó en la parte trasera, no con una luz blanca sino de un color rojo y de menor intensidad. En el suelo, tres pedales. Al principio de encontrarla, no sabía para qué servían y supuso que la gente que las utilizaban disponía de tres piernas pero después de leer mucho descubrió su funcionamiento. El pedal situado más a la derecha se encargaba de suministrar combustible al corazón de la bestia, el del centro para detener su movimiento, y el de la izquierda del todo se utilizaba junto con una palanca situada al lado derecho del conductor, para hacer que la maquina corriera más o menos a través de una serie de engranajes. Bien lo teórico estaba sabido, incluso había leído cosas a cerca de técnicas para poder controlar a la fiera a altas velocidades. Una vez repasados los conocimientos llegó el momento de pisar los pedales y probar lo que aquel misterioso artefacto era capaz de hacer.
Piso el pedal de la derecha y el ronroneo que surgía de la máquina de forma continua se transformo en un rugido hondo que puso los pelos de punta del que se encontraba a los mandos. Volvió a pisarle pero no sucedió lo que decían los libros sino que la bestia volvió a rugir. Después de unos segundos recordó la palanca y el tercer pedal. Engrano una marcha y después volvió a pisar el acelerador. El artilugio arranco de forma violenta catapultando al conductor contra el asiento acolchado. Una de las agujas comenzó a subir hasta unos números marcados en rojo, y a la vez que subía el sonido que emanaba del motor se iba agudizando, pero llego al límite y el motor comenzó a reverberar, pidiendo un nuevo engranaje. De nuevo repitió la operación que hizo la primera vez. El motor enmudeció por un momento pero después recupero la voz, primero grave y después a medida que la aguja volvía a subir se agudizaba. Esta vez, estuvo más atento y escuchó la petición de la bestia. Ahora la segunda aguja marcaba otra serie de números, pero esta al contrario que la otra no caía como como la otra que caía hasta los números más bajos, sino que seguía más o menos desde la última cifra y, al contrario de la otra, marcaba de veinte en veinte hasta el doscientos veinte.
Después de manipularlo de forma torpe en los primeros intentos, fue cogiendo confianza y ganando destreza por momentos. El tiempo se sentía pasar despacio cuando estaba a los mandos, pero después de un rato que se le antojo largo, decidió que ya tenía control suficiente sobre ella y pensó que era la hora de divertirse.

4/4/12

X [part 3]

Tronabamos por las oscuras carreteras rumbo a casa. Absortos en los últimos acontecimientos. Superaba con creces la barrera de los doscientos cuarenta kilómetros por hora. Estaba invadido por aquellas sustancias que todavía duraban tras varios dias de lujuria desenfrenada. De pronto de la oscuridad surgió una nueva figura que se atravesó en mi trayectoria fugaz.  El sonido producido por aquel objeto contra el frontal del coche a más de doscientos por hora fue aterrador. Contemple con atroz horror como la chapa que se situaba delante de mí se plegaba como si de un acordeón se tratase. Sentí como la parte posterior despegaba y ganaba altura por la enorme energía cinética. Salí disparado contra la luna pero el cinturón de cuatro anclajes detuvo mi movimiento de forma brusca. Escuche como si algo dentro de mí estallase por la fuerza del impacto. Noté con nitidez cada vuelta de campana, vi como el interior del habitáculo se plegaba y deformaba sobre mí. Las lunas se hicieron añicos, sentí cada corte de esos diminutos proyectiles sobre mi cuerpo reventado. Quedé boca abajo viendo los regueros de aquel fluido rojo. Observé como las imágenes se iban emborronando y aquella oscuridad, aliada en un principio, se convirtió en mi peor enemiga. Fui  invadido por una sensación de frio, soledad, miedo. Presentía que mi final estaba próximo, sin ninguna razón comencé a reírme de forma entrecortada, ¿Quién imaginaba aquel final para mí?, aunque bueno… era evidente que algún día aquella velocidad sería mi punto y aparte. Con mucho esfuerzo escuche fuera de mi ataúd. Unos pasos se acercaban lentamente, y me pareció escuchar el eco que dejaban sus tacones. Pero nunca llegue a saberlo con certeza. Antes de que llegara yo había exhalado mi último aliento, y al contrario de la creencia yo… no tenía la boca abierta aunque si los ojos cerrados.

Aquel día, en una columna perdida de un diario local.

“…en el kilómetro 206 de una autovía había acontecido un aparatoso accidente, en el que una persona resultó fallecida a altas horas de la madrugada. Los equipos de emergencia encontraron en la escena un reguero de piezas y charcos de fluidos internos procedentes de un vehículo que salían  de la carretera a través de un agujero abierto en los separadores de hormigón. El vehículo, de color oscuro y sin logotipo alguno, quedó completamente desfigurado en el choque. Tras  cuatro horas de trabajo por parte de los equipos de emergencia dieron por imposible recuperar los restos mortales de su conductor. Se cree que fue debido por exceso de velocidad…”

[¿FIN?]  

X [part 2]

Refugiado en la oscuridad que inundaba la sala principal de mi guarida. Tirado en un viejo colchón, contemplaba en silencio las imágenes ficticias que mi mente proyectaba en el negro techo. Preguntas. “ISIs”. Situaciones hipotéticas que se hubieran desarrollado de no haber perdido el poco temple que conservaba. La noción del tiempo  que llevaba allí oculto desde aquella noche se habia esfumado como mis propias bahadas de vapor. Cansado y sumido en la más profunda de las decepciones, me levante. Paseé por la sala, atravesando aquella oscuridad. El amueblado era muy escaso. La mayoria eran oscuros y desgastados por el paso de los años. Los desconchones en las paredes formaban parte de la lúgubre decoración. Y junto al único acceso, un enorme bulto oscuro de piel satinada y aristas afiladas, contemplaba con ligera preocupación la deplorable evolución emocional de su compañero de piso. Junto a él una pequeña colección de bronces y platas, recuerdos de los intentos fallidos por progresar. Todos cubiertos por una capa de polvo, señal de olvido en el que habían caído. Vagué por la sala hasta una pequeña puerta de madera que se abrió con un quejumbroso chirrido inundando toda la sala. Ante mí, un pequeño baño. Camine hasta la ducha pesadamente y me desvestí. Abrí el paso del agua caliente y me adentre lentamente. El agua caliente comenzó a resbalar sobre mí, llevándose con ella algunas de las preguntas que me carcomían. Al cabo de un tiempo que se me antojo una eternidad salli de nuevo. Me plante frete al espejo y este me devolvió una distorsionada imagen de mí mismo. Enormes grietas de araña extendían sus brazos por su superficie pulida. Entonces vi las pequeñas salpicaduras granates sobre el punto de origen. Observe a través de aquella imagen la cubierta manchada sobre mi puño derecho. Pensé. Recordé. O al menos lo intenté. Pero las vivencias de aquella madrugada estaban por completo bloqueadas. ¿Tan ofuscado y ciego estaba?                                  
Regrese de nuevo a mi colchón, con la intención de reconciliarme con Morfeo. Necesitaba dormir un poco y dejar por un momento todas aquellas ideas de lado. Me sumía en un profundo sueño casi sin sentir como perdía la noción de mi propia consciencia. El silencio y la oscuridad me rodeaban. Todo estaba en calma. Sin aparente motivo la bestia comenzó a gritar con aquel estridente sonido suyo. Abrí los ojos, intensos haces de luz iluminaban la estancia de forma intermintente, cegándome por completo.  En medio de aquel kaos contemple como una figura emprendía con furia contra la bestia. Un sonido sordo lleno la sala. Como de chapa reventada, seguido por el desvaído sonido de la alarma del coche. Después, aquella figura se volvió y comenzó a acercarse lentamente dejando tras de sí el eco de unos tacones. No podía apartar los ojos del amasijo de hierros al que había reducido mi coche. Estaba asustado, furioso, lleno de sed por vengarle. Aquella figura se detuvo delante de mí, estiró sus brazos y me levanto como si nada. Aquellos ojos me escrutaban sin piedad. Intente zafarme de ella pero todo fue en balde. Empezó a hablarme con una voz dulce pero en un idioma que no conocía. Cuando terminó su breve exposición, volvió a mirarme. Me aproximo a ella y me susurró unas palabras al oído. Antes de dejarme de nuevo en el suelo, con mucha suavidad depositó sobre mi mejilla, muy cerca de la comisura, un tímido beso. Una cálida sonrisa y un nuevo fogonazo de brillante luz antes de esfumarse por completo. Devuelto bruscamente a la oscuridad, contemple de nuevo los alrededores. Me quedé impactado al ver de nuevo aquel enorme bulto oscuro de satinada piel, como si nada hubiera sucedido. Estaba confuso por lo que acababa de vivir, ¿lo había soñado, o había sido real?, aunque por otro lado, muchos “ISIs” habían desaparecido. Me vestí rápidamente con lo primero que encontré. Cogí las llaves de mi pequeño y salimos de nuevo rumbo desconocido.
Aquella ultima frase que ella me había susurrado al oído no dejaba  de dar vueltas por mi cabeza, ¿Qué sentido tenían aquellas palabras, a qué venia todo aquello?

Volvíamos a tronar por las vacías carreteras rumbo indefinido, con la única información de cuatrocientos kilómetros a la redonda. Contemplé el reloj de mi muñeca, la una de la madrugada. Ahora superaba con creces la barrera de los doscientos kilómetros por hora. Estaba impaciente por volver a encontrarme con aquella mirada. Dejarme invadir por aquella música y ese aroma de incienso y especias. Y volver a compartir con ella todo lo que aquella noche nos pasó. Repetirla una y otra vez. De pronto de la oscuridad surgió una figura que me resulto imposible de sortear pero pareció desvanecerse, como el humo o como una pequeña brizna de niebla,  a nuestro veloz paso. Después de aquel pequeño susto reduje ligeramente la velocidad. ¿Qué demonios estaba pasando? Eso era tremendamente raro. Traté de dejar en silencio mi mente y concentrarme de nuevo en la carretera. La aguja seguía  por encima de doscientos aunque ahora más cerca de numero. A lo lejos una salida de la autovía por la que volaba. Tome la salida y nos sumergimos en una nueva carretera de la que tenía un vago recuerdo. Parecía que estábamos en el camino correcto. Tras un rato de circular por aquella carretera di con un pequeño camino de tierra, además en la intersección de la gravilla y el negro asfalto había unas rodadas que se cruzaban entre los carriles, como si algún otro coche hubiese salido de allí a demasiada velocidad, uno de tracción trasera. De nuevo un pequeño tic en mi pecho, como en aquella salida. Viré por el camino y acalle lo más posible el ruido del motor, aun asi podia escucharse claramente quebrando el silencio circundante. No tarde demasiado en topar con aquel edificio abandonado. Lo vi, ahora sin aquella densa niebla, un viejo piso en medio de ningún lugar, con una gran puerta metálica. Ahora estaba cerrada, o eso parecía. Me acerque algo titubeante. La puerta se abrió con un leve quejido. ¿Habría alertado aquel sonido a la moradora de aquel lugar?
Subí por aquellas escaleras. Me adentre en la oscuridad de aquella inmensa sala. Pero… no parecía la misma. Todos aquellos adornos y objetos decorativos habían desaparecido. O bueno habían sido sustituidos por otros más viejos y desgastados, y aquel olor dulzón del incienso y especias había sido comido por el olor de la humedad. Además ahora hacia más frio. Respire y solté el aire con mucha lentitud, era como haber regresado a mi guarida. En el aire algo me llamó la atención. La presencia de un pequeño perfume. Tremendamente familiar, y no tarde en dar con aquella familiaridad. Una sonrisa se me dibujó en el rostro sin ni siquiera darme cuenta. Avance lentamente sorteando el nuevo mobiliario. Definitivamente era como mi cueva, y casi lo prefería. De pronto tope con un sonido diferente al de la madera. Y sin mirar sabía con lo que acababa de topar. Mi cazadora, mi cazadora de cuero negro. Baje la vista lentamente. En el sofá, una figura delgada estaba echa un ovillo, arrebujada en ella con el fin de luchar contra aquel frio que invadía aquella sala. A pesar de aquella oscuridad conseguí ver las facciones tensas y forzadas de su cara. Aquella chica misteriosa, de pelos revueltos de color oscuro y de inocente aspecto parecía estar siendo acosada en sueños, y admito que eso no es nada agradable. Lo se por experiencia. Busque por aquella estancia alguna puerta, y no fue difícil dar con una. Al otro lado había una pequeña cama, si podíamos denominarlo así. Regrese de nuevo a la estancia principal y la tomé en mis brazos.
La transporte cuidadosamente hasta la cama, pero antes de llegar ella pareció despertarse. Nuestras miradas se cruzaron. Aquellos ojos marrones verdosos, profundos y de intensa mirada parecieron hipnotizarme.
-Has vuelto-dijo en un susurro pero me sobresaltó.
-Si- Mi voz también era un susurro. –He vuelto para estar contigo otra vez-. La devolví al suelo con suavidad, ella estiro los brazos y me acogió en un largo abrazo.
-Sigues igual de frio...- La mire a los ojos una vez más, y en ellos vi un pequeño brillo, al igual que en sus mejillas había un ligero coloreado.
Entonces ese nuevo cruce de mirados nos aproximó lentamente sin ser conscientes de ello. Mis manos se depositaron sobre su cintura. Las suyas se cruzaron pasado mi cuello y se entrelazaron. Su piel era suave y cálida. Nuestros labios se juntaron lentamente.
Primero solo fue el roce de sus labios carnosos con los míos agrietados por el frio helador de la noche. Sentí como algo comenzaba a fluir por mi circuito sanguíneo. Y era mucho mejor que la adrenalina. Nuestras bocas se fueron abriendo dejando salir lo que custodiaban. Aquel sabor, a fémina, sería inolvidable. El jugueteo de nuestros apéndices bucales en un terreno definido por neutral. Parecíamos fundidos e inseparables, pero entonces yo tome la iniciativa primero. Recorrí su cara en busca de un punto más sensible en el que poder atacar a mi victima. Descendí hasta su cuello y allí emprendí de nuevo. Ella fue más rápida y sentí en mi cuello un cosquilleo que bajaba, también se detuvo alli, pero en el lado opuesto. Note el cálido y húmedo tacto de su lengua. Sus labios juguetones creando las fronteras, y una ligera succión. Una nueva carga de aquella sustancia con la que parecía sentirme más salvaje. El frio de aquella estancia comenzó a retroceder cobarde. Ella también parecía haber aumentado su temperatura corporal. Sus manos se soltaron del lazo que había creado y descendieron dejando tras de si una estela de suaves caricias. Las mías por el contrario estaban aferradas a su cintura, pero no tardaron en recibir la orden adecuada. Dieron con la junta en su ropa. Se adentraron con suavidad y fueron trepando con una lentitud pasmosa. Ella se estremecía y retorcía con cada milímetro que mis manos tomaban. Ahora estaba dando comienzo un pique en el cual había que demostrar al rival cual era mejor, por lo que la intimidación no era opción. Ella tomo la dirección opuesta. Me vi sorprendido cuando ella dio con el cinturón y lo desabrochó con dulzura y mañas apabullantes. Suelto el seguro, sentí como mis vaqueros sufrían el efecto de la gravedad. Mientras el flujo de besos no había cesado. Ella tomaba ya cuatro campamentos sobre mi cuello, yo solo dos. Pero decidí tomar otra táctica. Deje que mis dientes, también formasen parte del equipo de combate. Mordisquitos. Ella titubeó en su siguiente movimiento, por lo que ahora yo tenia la delantera. Había colonizado ya la espalda, estaba en busca de aquella cinta que marcaba el sujetador, pero… Oh! sorpresa no estaba. Se me escapo una sonrisa malvada, y ella se percató de mi descubrimiento, porque recobró terreno y trepó por mi pecho, y con sus manos también subió la tela de mi camiseta. Ahora, de un fugaz vistazo fuera de sus ojos o su cuerpo, vi como la habitación había tomado una nueva y suave iluminación. Mis manos ahora más cálidas, recorrieron el tórax hasta dar con aquellos senos suaves y tan agradables al tacto, ocultos bajo aquella camiseta. Volvimos a mirarnos a los ojos y dos sonrisitas copaban nuestros labios. Sus uñas ya paseaban sobre la parte sensible de mi pecho, juguetonas, provocativas. Y aquello me despertó una nueva sensación que hasta entonces no me había percatado de su existencia, una presión comenzó a hacerse notar en mi pantalón. Estaba tan desbordado por aquellas sensaciones que muchas de ellas se pasaron por alto, pero que ella percibió con claridad su significado. Volví la mirada a sus manos por un segundo y después regresé a sus ojos. Ella volvió a hundir su boca en la mía. De nuevo nuestras lenguas jugaban. Tan absorbido por la pasión estaba que no note como la tela de mi camiseta se rasgaba lentamente.
-No se a ti pero a mi hay cosas que me estorban- me susurró al odio. Entonces me percate que mi camiseta estaba a mis pies divida en dos trozos casi simétricos.
- Jo. No es justo, me has quitado la camiseta y tú sigues con ese camisón tan elegante-. Me desprendí de las botas y aguardé el descuido.
Ella se sentó en la cama y me invitó a quedarme a su lado. De pronto se sentó a horcajadas sobre mí.  Y empujo mi cuerpo hasta dar con mi espalda en el colchon. Nuestras entrepiernas encajaban a la perfección, creo que se percató de que algo crecía bajo su peso. Lentamente comenzó a quitarse esa peculiar prenda de ropa que la cubría y la dejó sobre mi pecho, dejando su cuerpo completamente desnudo.
-¿Mejor?- dijo ella exhibiendo una picara sonrisa. Yo era incapaz de articular palabra. Comenzó a inclinarse lentamente hasta situar sus pechos a la altura de mis labios. Sin duda estaba sin habla. – Esto al igual que mi cuello también puedes morderlo y chuparlo-.
Creía que iba a estallar. Mi excitación parecía salirse ya de las tablas. Pero no pude evitar hacer lo que me pedía. Comencé a pasear la punta de mi lengua por aquella sensible zona, pero no tarde en animarme a seguir la misma estrategia que en su cuello. Ella parecía estremecerse ante mis pequeños y suaves mordiscos, como si una corriente eléctrica la recorriese. Pero trate de acallar esos pequeños espasmos paseando mis manos por su espalda lentamente y parecía que la leí el pensamiento.
Tumbado en la cama con su figura descubierta sobre mi. Ahora era la parte inferior la que requería el segundo asalto. Mis manos recorrieron sus curvas, sin dejarse ningún recodo por asegurar. El primer asalto parecía que ella había quedado por encima. Tras esta primera fase de meros divertimentos daba comienzo una segunda fase. Llegue al comienzo de los muslos y fui tanteando lentamente, pero ella decidió seguir en el punto más alto. Sus manos se paseaban recreándose en mi pecho, mientras seguía jugando con mi lengua, de pronto vio un nuevo punto de ataque. Se acercó a la oreja y lanzo contra ella un ligero soplo de aire. Me estremecí, incluso me levante con ella encima. Un escalofrío me recorrió desde la oreja hasta el pie. Ella se asustó y se  aferro más fuerte. Estaba claro que aquella posición me era desventajosa, por lo que la deje en la cama, y coloque mi peso sobre ella. La tome de las muñecas e hice de mis manos sus esposas. La contemple. Ella me miraba, el rubor había aumentado considerablemente, estaba extrañada porque no conseguía dar con mi próximo movimiento. Comencé una nueva cadena de besos, esta vez descendieron desde la curvatura de sus firmes y leves pechos, llegando al vientre, y un nuevo salto. Los muslos resultaban más apetitosos. Entonces fue ella quién se estremeció, pero no podía soltarse de las amarras que la sostenían. Pero craso error no contar con que aun podía mover las piernas ni con su increíble flexibilidad. No tenia escapatoria, estaba acorralado. Entonces en un desesperado intento trate de subir pero demasiado tarde. Ella hecho un lazo con sus piernas, mi cuerpo estaba demasiado bajo, y con una maña impresionante dio la vuelta a la tortilla. Ahora era mi espalda la que estaba apoyada en el colchón. Y su cuerpo, casi celestial disfrutaba de la luz de aquellas misteriosas velas. Aquella figura se veía todavía más hermosa y sensual si cabía.
-Ahora estoy más cómoda- dijo con aquella voz dulce y termino con una sonrisa malévola.
 
-Se ve, se ve. ¿Qué vas a hacerme?- dije. El tono de voz ya no era gélido, sino una mezcla de jadeo agotador.

-Bueno, tú no lo has hecho nada mal, pero ahora me toca a mi- susurro en mi oído mientras hundía aquellos firmes pechos en mi cara. Comenzó a descender hasta sentarse en mis rodillas y entonces fue bajando el pantalón. Ella no puedo evitar observar aquella elevación que se escondía debajo del bóxer. Entonces volvió a llevar sus manos hasta mi cintura y comenzó a bajar aquella fina prende de licra negra, dejando al descubierto mi parte más sensible. El punto de no retorno había quedado atrás hacía kilómetros y ambos estábamos dispuestos a llegar al culmen, al nirvana... Ella volvió a sentarse sobre mi vientre y se tumbó sobre mí. El tacto de su piel, sus pechos, sus posaderas bajo mis manos. Ahora estábamos los dos desnudos. Ambos teníamos un gran calor interno deseoso por salir. Nos sonreímos y ella tomó posiciones, yo hice lo propio. Sentí como ese nuevo apéndice se abría paso a través de ella, como su clítoris se amoldaba a mi pene. Ella comenzó a moverse lentamente en un vaivén, solo las caderas, mientras mis manos trepaban hasta volver a los pechos, blanditos, suaves, agradables al tacto. Parecía que por ahora todo iba bien. Tan solo ligeros jadeos, por parte de ambos, y aquellas sustancias volvían a hacer acoplo de mi flujo sanguíneo. No sabia cuantos llevaba ya cuando cambió  el ritmo del movimiento, nuestros jadeos subieron de nivel. Una fuerza, pasión creo que la llaman, se apodero de mí en ese instante. Hasta entonces inmanente a la situación. La tome por la cintura y cambiamos las tornas, al parecer él también quería participar. Ahora era ella quien reposaba en la cama y era yo quien descargaba suavemente aquella fuerza que me invadía desde el comienzo de la noche. Sus gritos cambiaron de intensidad a la vez que yo reducía el intervalo de mis penetraciones. Costaba más de lo que pensaba en un principio, pero no le di importancia alguna, de pronto sentí como sus manos que recorrían mi espalda empezaron a hundir sus uñas suavemente. Un nuevo efluente recorría la tubería, atraído por aquella voz celestial producto del coito, pero me veía incapaz  de retenerlo. Lo trate de aguantar hasta que fuera ella quien cayese, pero al parecer yo había topado con mi tope, ya no daba más. Aconteciendo la explosión de aquel efluente pálido y viscoso que la dio el empujón para sumirla en el orgasmo. Yo me tumbé extenuado sobre ella, pero perecía seguir con ganas de más. Se volteó, dejándome de nuevo apoyado en la cama.

-Te has portado. No ha sido el mejor pero ya le iras cogiendo el punto. Ahora vamos a tomarnos un respiro y después si quieres, repetimos-. Ella deposito un beso en mi pecho.
-Por supuesto, esto solo ha sido la primera -. La rodeé con mis bracos y la acerque de nuevo a mi aspirando aquel nuevo aroma que nos envolvía a ambos.  

Parte 3