poemas de amor Crazzy Writer's notebook: emocion
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17/9/13

The girl [Punto y final, part 19]


Tras subir el último tramo de escaleras envueltos en la penumbra Arturo desenfundó sus llaves y con un increíble tino la encajó a la primera en la abertura. Pero se sorprendió cuando la puerta cedió al primer giro.


-Vaya… parece que alguien ha llegado antes que nosotros-. Su tono era reflexivo. Pero sacar la respuesta de su mente sería más difícil que adentrarse y preguntar. Cuando empujó la puerta un olor a comida salió a recibirnos. Parecía delicioso.  –Estamos en casa-.
-¡Arti!-. Dijo una voz dulce desde la cocina. Ahora la curiosidad me tomaba por completo. Sabía que Arturo vivía con una compañera pero nunca la había visto en persona. ¿Cómo sería ella?. –Estoy en la cocina, he llegado hace un poco de la estación… Pensé que irías a buscarme en tu cascaroncillo-. Sentí como Arturo se estremecía.
-No te esperaba hasta las siete. ¿Cómo de vuelta?- Preguntó mientras nos encaminábamos a la cocina. -¿Qué tal él viaje?-. Me asomé por el vano de la puerta. Allí cubierta por un largo delantal estaba Alicia vigilando los fogones, mientras varios trozos de carne terminaban de dorarse.
-Bueno, allí me aburría mucho asique decidí adelantar un poco la salida. El viaje… el trayecto bien, bastante tranquilo si quitamos el metro. Te mandé un mensaje para que vinieses a buscarme-. El reproche hizo que Arturo temblara ligeramente de nuevo. –Pero te perdono. Estoy haciendo ensalada con carne. Seguro que te gusta-. Quitó los ojos de la sartén y le miró por primera vez. Aquellos ojos grises, impactantemente bonitos, se clavaron en él.
-Alicia… no es por hacerte el feo pero soy vegetariano, no como carne-. Dijo mientras miraba la sartén y el plato con la ensalada que habíamos preparado por la mañana. Después me dirigió una mirada de disculpa, estaba claro que eso no estaba en el plan previsto, y ciertamente empezaba a sentir una extraña sensación que me punzaba desde dentro.  
 –Oh… pues es la primera noticia que me das-. Volvió a mirar los fogones. Parecía no haber reparado en mí todavía. –¿No vas a presentarme a tu… invitada?-. Su voz reflejó un matiz extraño que no supe ubicar pero no hacía falta un master para saber que no era nada cordial.
-Pues Alicia… llevas viviendo aquí desde finales de septiembre, y desde luego no será por la de veces que te lo he dicho, de todas formas es lo mismo-. Entonces me agarró de la mano y me adelantó un par de pasos. –Ella es Elisa. Elisa ella es mi… compañera de piso, Alicia-. Alicia siguió a sus fogones, sin hacer nada más. Pero Arturo me miraba negando con desesperación.   
-Encantada, Elisa. Por cierto, Arturo bajarías a por un bote de vinagre balsámico y pan, porque se me ha olvidado traerlo-. Arturo apretó los dientes y cerró los ojos. Aguardó en silencio. Abrió el frigorífico y miró rápidamente para hacer un inventario básico y aprovechar el viaje.
-Lo siento, Elisa, pero voy a bajar un momento al chino de aquí al lado a comprar el pan, huevos, arroz congelado y agua. Volveré en cero coma. Y mil perdones-. Su mirada se clavó en Alicia, que seguía a lo suyo. Y poco después se despidió de mí con un pequeño roce de labios. Después desapareció por la terraza del salón. Sentí un fuerte estremecimiento al imaginarle aquí con ella.
Yo caminé discretamente hasta salir de la cocina y encerrarme en la habitación de Arturo para empezar a empacar mi escaso equipaje. Mientras recogí, no podía evitar cierta clase de pensamientos que hasta entonces jamás se habían asomado y aquello despertó una sensación muy poco agradable dentro de mí. Entonces escuché la voz de mi amiga Lidia, “estas celosa, uhhh”.
-Elisa… ven a la cocina y ayúdame-. Dijo con voz suave aunque no ocultó el matiz de exigencia. Y por no tener más problemas con aquella niña consentida, cosa que saltaba a la vista, fui nada más terminar de meter mi neceser en la bolsa de viaje.
-Dime-. Entré lentamente en la cocida. –Huele muy bien-. Me pasó tres platos para que los fuese colocando en la mesa.
-Vete poniendo la mesa-. Dijo con una pequeña sonrisa. –¿Qué te traes con Arti?-. Preguntó de pronto. –Se te ve muy pillada por él-. Aquello me pillo desprevenida, aunque estaba esperando algo de ese tipo pero no tan directo.  
-A qué viene ese interés en lo que me traiga o lleve con él-. Trate de disimular aquellas punzadas que sentía, pero no estaba muy segura de poder seguir mucho tiempo. –Es un chico encantador, nada más-. Ella hundió aquellos ojos grises en los míos. Sentí como corrían las chispas entre ambas.
-Para que no te ilusionases con él-. Su indiferencia me cortó como si me hubiese alcanzado con el hachón de la carne que tenía en la mano. –No es que me importe mucho… pero él no está interesado en ti. No eres más que una sustituta de fin de semana mientras estaba fuera. Él está por mí, incluso llevamos un par de meses saliendo juntos-. Su voz era suave y dulce, todo lo contrario a su mirada afilada. Aquello no cuadraba, me negaba en redondo a creerla. Trataba de seguir con la mesa, colocando los cubiertos. –Veo que no terminas de créete lo que te cuento… ¿Acaso te ha dicho que nos acostamos juntos cada noche?-. Mostró una sonrisa retorcida. -Y resulta muy apasionado algunas veces, parece insólito teniendo en cuenta que no es más que un friki del ordenador-. Su risa estridente estalló por toda la cocina.  
-Si… algo me ha comentado-. Aquello no pareció hacerla efecto alguno. –Pero no termino de verle bajo tus pies…  otros puede que babeen al verte pero Arturo no es de esos. El físico no le importa-. Nuestras miradas se encontraron haciendo saltar más chispas. Parecía tranquila pero solo lo parecía, ¿Estaría celosa? Una imperceptible sonrisa se asomó a mis labios.
-Si, en eso coincido contigo-. Sonrió con malicia. –Él no se fija en el físico, pero a fin de cuentas es un tío y todos, tarde o temprano, terminan cayendo, y Arturo no es la excepción…-. Su mirada volvió a hundirse en mí. Escrutando sin piedad cada gesto que hacía de forma inconsciente. –Aunque me costó lo mío, porque se negaba a acostarme conmigo pero bueno… tiene tan buen corazón y es tan buen chico… ¿no te parece?-. Aquella conversación estaba llevándome hacia su terreno, sólo hace falta una gota de desconfianza para minar por completo la integridad de una persona y aquella desgraciada estaba dispuesta a echar toda la que pudiese. Pero no, no caería esa breva, se lo estaba inventando, o a esa conclusión llegaba yo después de las numerosas conversaciones con Arturo en las que siempre terminaba despotricando contra ella. Ahora entiendo porque casi no pisaba por casa.
-Eso es mentira. Lo que pasa, arpía inmunda, es que estas celosa de que una chica como yo, te quite al único chico que se resiste a tus artimañas. Acéptalo. Él pasa de ti. Si no hay más que ver cómo te rehúye…-. Una carcajada estalló sonoramente en la cocina. Larga y vibrante. Alicia se retorcía buscando algo de aliento que retomar.  
-Mira, zorrón de pub, no quería llegar a esto pero… no tengo más remedio que contártelo para que no se te rompa el corazón más tarde. Arturo está contigo por una apuesta… no eres más que el medio para hacerse con un nuevo ordenador-. Retiró la sartén del fuego y se fue acercando a mí. –¿De verdad estabas pensando que se estaba enamorando de ti?-. Su voz era un susurro, pero tan cortante y afilado como el resto de sus palabras. -Si quieres hechos, ahora te daré hechos. Dime si o no. ¿Te ha llevado a dar un paseo?-. Bajó el tono de voz mientras recortaba distancia.
-Si-. Murmuré. Aquello de la apuesta me pilló fuera de juego. Estaba resentida por las cuchilladas que me había asestado, y aunque resistía a creerme todo aquello poco a poco mis murallas perecían antes sus palabras.
-¿Te ha llevado a cenar, con una actitud muy romántica y delicada?, ya sabes… velas… masajes… palabras bonitas… miradas irresistibles…-. Su mirada estaba vislumbrando las lágrimas que estaban a punto de desbordarse. Parecía estar saboreándolas, sintiendo aquel gusto salado. –Que ingenua… pobrecita-. Su sonrisa perfecta parecía tener un resplandor propio. –Oh… y también habréis visto una peli acurrucados en el sillón-. Volvió a reírse. Yo negaba con la cabeza, aquello no podía. No quería que fuese cierto. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas ante su mirada penetrante y afilada. –Y seguramente nada de sexo…-. Volvió a reír. Su voz sonaba divertida. -¿Ves?… no sabes lo que te pierdes… en fin… la comida ya está-. Dijo mirando el plato y la sartén. –Voy a traer la ensalada, espero que a ti te guste, ya que Arturo se nos ha vuelto vaca…-. Acercó los platos como si aquella conversación nunca hubiese tenido lugar. Mientras que yo no podía evitar retorcerme en mi interior. Aquellas sensaciones se multiplicaron. Parecía arder de rabia, quería volver a mi casa, coger el coche y derrapar hasta destrozar los neumáticos en el circuito pero sobre todo olvidarme de el.
-Discúlpame-. Dije tratando de aguantar la compostura y salir de la habitación con la mayor dignidad posible, aunque ya no quedaba mucha. Fui a por el equipaje y salí corriendo por la puerta.
-Adiós… Elisa, que tengas buen viaje… ¿seguro que no quieres nada para el camino?- escuche la voz alegre de Alicia desde la cocina.  
Nada más llegar a la calle, en la puerta del portal me topé con Arturo que venía con las bolsas. Se quedó muy sorprendido al verme, seguro que tenía los ojos a punto de desbordase por las lágrimas.
-Elisa… qué ha pasado-. Su preocupación sincera quedó relegada, aunque seguro que algo se estaba cociendo en el procesador de su cabeza.
-Eres un cabrón. No quiero volver a verte-. Mi corazón, o lo que quedaba de él, se desgarró con cada palabra. No vi la expresión de Arturo porque salí corriendo a por el taxi que acababa de parar en el semáforo, pero seguramente la consternación le invadiese.  
-A la estación de buses de Méndez Álvaro, rápido por favor-. La taxista me miró y asintió.
-De acuerdo, señorita-. Conectó el taxímetro y puso los indicadores de ocupado.
Tras iniciar la marcha, mi mente colapsada ante aquella situación se desconectó de forma casi automática. Me hundía. Caía lentamente a través de mis propios pensamientos. Divididos. Por un lado la pequeña parte que comandaba la celosa ira, que había picado en aquella trampa y contestado a Arturo. La otra parte de mí, se negaba rotundamente a creer aquellas palabras. Era imposible que aquel chico que había conocido aquella noche en aquella carrera me hubiese vendido por un ordenador, pero tres años… es mucho tiempo. Y el chico del circuito a principios del verano pasado… aquel cuerpo inocente que cayó desmayado sobre mi asiento, tampoco encajaba en aquel perfil. Aunque tanto tiempo bajo el influjo de aquella arpía… a saber cuántas trampas le habrá podido tender. Incluso el hierro de la más alta calidad sucumbe con el tiempo a la corrosión, solo se necesita tiempo… y las condiciones propicias. Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas. Ahora... quién estaba segura de si era o no cierto. Era incapaz de contenerlas.   
-Ten… no es bueno que una chica como tú se vea llorando-. Me tendió un kleenex. Su voz, pausada y suave me devolvió al habitáculo del coche. –Espero que no sea por un chico, porque si es así… entonces estoy convencida de que no te merece-. Mientras seguía conduciendo trataba de consolarme, aunque no iba por buen camino.
No podía contener el remordimiento de lo que acababa de hacer, Arturo no era así, solo estaba en casa para dormir, y muchas veces se había quejado mientras hablábamos de que Alicia se colaba en su cama y trataba de persuadirle sin éxito. Me sequé las lágrimas antes de coger el teléfono y escribirle un largo mensaje pidiéndole disculpas.
El taxi se detuvo en la puerta de la estación del Sur poco después de mandar el mensaje. Estaba más calmada, aunque seguía intranquila por la incertidumbre de si Arturo querría contestarme.
-Son diez con setenta y cinco-. Comunicó la taxista a través de la luna de metacrilato que nos separaba. Busqué en la cartera el dinero de la deuda y se lo entregue con algo de dificultad por el hueco que había en la plancha.
-Muchas gracias, María. Que tenga buen servicio-. Me despedí antes de bajar del coche y adentrarme en la estación dos horas antes de la partida del bus.
Nada más cruzar aquellas puertas sentí aquel escalofrío del aire acondicionado. Parecía mentira que tres días antes recorriese aquel lugar de la mano de Arturo. Miraba los alrededores, la gente con la que me cruzaba. Buscando nada concreto encontré a un chico muy bien vestido. Hablaba por teléfono y me resultaba lejanamente familiar. Entonces como si supiese que lo estaba mirando me devolvió la mirada con aquellos ojos fríos. Aquella mirada me trajo un recuerdo tan turbio y oscuro que me estremeció. Comenzó a caminar en mi dirección con aquella elegancia y parsimonia. Como recordaba de aquel pub Londinense. Dimitri, estallo su voz en mi cabeza.
Lucía una curvatura de satisfacción, parecía que le llegaban buenas noticias del otro lado de la línea. Estábamos a menos de un metro. Pero a pesar de su mirada no parecía tener el menor interés en mí. ¿Me habría reconocido?
-<do svidaniya…>- Dijo al teléfono. La última mirada que me dirigió antes de cruzarnos logró estremecerme. -<…Elisa>-. Susurró al pasar por mi lado y después dejó escapar una risa sincera de alegría y continuó su conversación. Aquello me congeló la sangre. Se acordaba de mí… y aquello solo me hacía preguntarme si aquello no sería más que una oscura casualidad…
Me acerque a la taquilla donde una chica miraba la pantalla de su teléfono. Parecía muy distraída, claro que yo también estaba abstraída por mis propias cavilaciones.

-Buenas tardes-. Dije con un hilo de voz a través de los agujeros de la mampara. La chica me miró y esbozó una mecánica sonrisa.

-En qué puedo ayudarla-. Su voz estaba agotada, tanto como su mirada.

-Verá tengo un billete para Valladolid, pero el bus sale a las seis, ¿sería posible coger otro autobús que saliese antes?-. Ella me miró. A saber cómo sería mi aspecto en aquel momento, pero comenzó a buscar en el ordenador.

-A ver si hay algún asiento libre para el autobús de las cinco-. Miré el móvil. Quedaban cuarenta minutos, cuarenta eternos minutos si tenía algo de suerte. Ella seguía mirando pero no parecía encontrar nada, pero de pronto un gesto delató que había podido encontrar algo, entonces se volvió de nuevo hacia mí.- ¿Te importa que no sea directo? Porque si es así hay ahora un autobús que sale en diez minutos hacia Galicia, y hace parada en Tordesillas-. Aquello no era lo que me esperaba, pero como quería huir de Madrid cualquier cosa me servía.

-De acuerdo. ¿Cuánto es?-. Busqué el monedero en el bolsillo del pantalón esperando a que me dijese cuánto costaría. Y rezaba para que no fuesen más de treinta euros, porque no tenía nada más.  

-Son veinticinco euros, pero si tienes el otro billete, son solo tres euros a pagar-. Comentó tras mirar por los alrededores, supongo que vigilando que no hubiese ningún superior mirando.

-Muchas gracias-. La entregué el billete de forma torpe y el dinero. –La estoy tremendamente agradecida-. Sentí como una lágrima resbalaba discretamente. Aquella conversación con Alicia me había destrozado.

-Date prisa, está en la dársena 26, va a salir en cosa de cinco minutos. Y espero que no sea nada-. Después de despacharme volvió de nuevo a su teléfono móvil.

Corrí hacia las escaleras, esperaba no estar muy lejos porque no quería perder aquel bote de huida. Una carrera fue suficiente para llegar al autobús. El conductor acababa de cerrar el portón pero después de enseñarle el billete y una mirada con algo de reproche metió mi pequeña bolsa en el maletero.

Me senté en el sitio que marcaba el billete, el autobús estaba casi completo. Al poco de abrocharme el cinturón el autobús comenzó a maniobrar para salir de su aparcamiento, pero antes de salir completamente se detuvo de forma brusca. Se escuchó como las puertas se abrían. Una figura jadeante caminaba tambaleante por el pasillo.

-Lo has cogido por los pelos, casi te quedas en tierra-. Comentó la señora que se sentaba delante de mí.

-Sí, cariño… lo sé, pero ha habido un accidente bastante feo en General Ricardos y el taxi ha estado allí detenido hasta que han despejado un poco aquello-. Respondió el chico todavía exhausto.

-¿Cómo ha sido?-. Preguntó ella con curiosidad. Aquello hizo saltar mis alarmas, Dimitri y un accidente… resultaba sospechoso, o estaba paranoica perdida. Presté más atención a la conversación.

-Al parecer un Land Rover se ha saltado un semáforo y ha alcanzado a un coche pequeño, creo que un Citroën. Ha sido espectacular porque ha dado varias vueltas de campana y ha terminado empotrado en una farola panza arriba pero el todoterreno ha logrado darse a la fuga. La verdad es que pintaba realmente feo… el coche era irreconocible, un amasijo retorcido de hierros-. Explicaba el chico mientras su acompañante afirmaba.

-No, no, no, no…-. Murmuraba para mí mientras cogía el móvil. Estaba al borde del ataque de nervios. Aquello eran demasiadas casualidades. Tras varios intentos logré dar con el número de Arturo.

{Puuuu; Puuuu; Puuuu; Puuuu;}
-Cógelo, cógelo, vamos cógelo. Idiota…-. Rogaba. Rezaba para que su voz o la de aquella lagarta sonasen al otro lado.
{Pu, pu, pu, pu, pu, pu}      
F.I.N

2/8/13

The Girl [Dulce despertar, part 16]

Amanecí lentamente sintiendo la calidez de su cuerpo sobre el mio. La luz se filtraba con delicadeza a través de las minúsculas rendijas que quedaban entre las lamas de la persiana. Un ligero cosquilleo se apreciaba sobre mi cuello de forma rítmica producido por su respiración, tranquila y calmada. Aquella sensación logró erizar cada palmo de mi piel, pero era muy agradable. Elisa me mantenía preso abrazándome cariñosamente con todo su cuerpo que se marcaba con sutilidad sobre el perfil del mio. Una curvatura comprensiva apareció en mi rostro cuando recordé mi sensación al despertarme aquella veraniega mañana en las camas del circuito, envuelto en aquella soledad y en la incertidumbre de si aquella noche había sido real o una ficción muy lograda de mi mente. Volteé con suavidad la cabeza, no quería que se despertara. Estaba preciosa, durmiendo con aquel rostro de inocencia y apacibilidad llenándole el rostro. Pasé el dorso de mi mano por su pómulo sintiendo aquel tacto suave y cómo se estremecía a su paso, viendo cómo se curvaban sus labios ante aquella caricia. Me quedé en silencio velando su sueño. Disfrutando de su compañía. Escuchando los sonidos que comenzaban a envolvernos al otro lado de las paredes del edificio.
Estaba sumido en un mar de pensamientos, lejos de aquella habitación, trazando algún plan con el que sorprenderla una vez más, ayer el paseo salió mucho mejor de lo que en un principio había pensado pero hoy no sabía que hacer. Entonces un pequeño roce sobre mi nariz me sacó de aquellas ideas.
-Buenos días, Arturo.- Dijo el susurro al otro lado. –¿Has dormido bien? Porque yo… sí-. Sonrió desperezándose con lentitud, deshaciendo cada nudo que había atado sobre mi cuerpo.
-He dormido apresado-. Esbocé una sonrisa malvada. –Pero no importa porque la carcelera ha sido muy agradable conmigo, y por ese motivo la voy a preguntar lo que quiere para desayunar. Y si quiere hacerlo en la cama-. Mantuve el contacto visual con aquellos ojos morrones caramelo guardando en silenció a la espera de que ella terminase de estirarse.

-¡Oh!, qué detalle… pero quién es, quién osó a mantenerte preso en esta cálida noche-. Preguntó con curiosidad. No pude evitar ampliar mi sonrisa ante su despliegue de curiosa inocencia.
-¿Qué te apetece desayunar?-. Susurré con lentitud disfrutando cada palabra. –Y prefieres el desayuno en la cama, o en la cocina…-. Al terminar sus ojos se abrieron como platos, aunque no reprimió una sonrisa llena de picardía y algo de travesura.
Me levanté lentamente de la cama y puse dirección a la cocina, deteniendo mi caminar al llegar al vano de la puerta, dónde la dirigí otra mirada, deleitándome enormemente con aquella estampa. Elisa recostada, con el pelo alborotado y envuelta ligeramente entre las sabanas revueltas, iluminada fugazmente por aquellos intrusos rayos, y con una expresión de lo más atractiva.
-¿Me echas una mano en la cocina, Eli?-. Ella me devolvía la mirada sorprendía. Parecía que no daba crédito a mis palabras.
-Si. Si, encantada-. Se levantó de la cama y me abrazó con ternura. –Creí que lo decías en broma. Nunca me habían hecho el desayuno…- Sonrió. –Bueno, un chico nunca me ha hecho nunca un desayuno… porque mi madre solía hacérmelo cuando era más jovencita…- Su risa inundó la habitación. –Aunque antes… ¿podría darme una ducha rápida?-.
-Por supuesto- Hice un ademán de invitación con las manos señalando la dirección del baño. Relajando mis facciones en una ligera sonrisa.
-Eres un cielo-. Incrementó la presión de sus abrazos, sumiéndome en una cálida y agradable sensación. –Bueno voy a coger la ropa y a apresurarme para ayudarte con el desayuno-. Volvió a iluminarme con aquella sonrisa, antes de coger algo de ropa de su maleta y desaparecer por el pasillo. -¿Te gustaría acompañarme?- Entonces su risa reverberó por el pasillo, repleta de picara inocencia. Aquello me dejó un poco noqueado, ¿Iría en serio?
-Es una oferta muy tentadora pero me temo que tendré que… rechazar-. Respondí al pasillo vacío. Dejando escapar una pequeña carcajada. Aunque sin saber muy bien su motivo.
Miré a la habitación. No eran más de las diez, según el despertador pero la cama que no estaba demasiado deshecha reclamó mayor atención que los números del reloj. No tardé más de cinco minutos en arreglarla y recoger un poco el resto de la habitación. Me fui quitando el pijama y entonces me fijé en una ligera prueba que dejaba constancia de una larga noche de fuerte excitación, seguramente producida por algún sueño extraño que ahora mismo era incapaz de recordar. Sentí un rubor en mi cara. “Vaya… te lo has pasado bien, ¿eh?” sonó el eco en mi cabeza. Me cambié apresuradamente y no tardé en dejar la habitación para hundirme en los fogones. Aunque no cocinaba con frecuencia.
Empecé a preparar la base para las tortitas. No había terminado de coger los ingredientes de la cocina cuando una voz atravesó las paredes en tono de alarma y sorpresa.
-¡Oh, horror!- Aquella exclamación surgió del baño.
-Qué sucede, Elisa-. Dejé las cosas en la encimera y asomé la cabeza al pasillo.
-Con las prisas no me fijé en si había toalla. Y… no hay- Esbozó una risita.-Podrías acercarme una, por favor-.
Mi respuesta fue rauda, fui al tendedero y cogí un par de toallas, y me aproximé hasta la puerta del baño. Inspiré y abrí una rendija lo suficientemente grande como para pasar mi mano con ambas toallas. Escuche su risa al otro lado de la puerta. Entonces se abrió de forma repentina dejando ver la estancia y aquello que había dentro. Aquello me pilló demasiado a contrapié consiguiendo un color muy rosado en las mejillas.
-Oh, qué ricura-. Me acarició el pómulo percibiendo aquella calidez y el tacto de su húmeda piel. –¿Acaso soy la primera chica que ves… desnuda?-. Sonrió con unos matices picaros asomando discretamente.
-Eh… eh… esto… no-. Negué con la cabeza tratando de recomponerme de la sorpresa. –Pero es una situación… un poco… … violenta-. Retiré la mirada poco a poco. –Y más a traición-. Mostré una mueca picara, mirándola por encima de la montura de las gafas.
-Mensaje captado…-. Se cubrió con lentitud contoneando ligeramente las caderas.- La próxima vez lo haré más despacito. Recortó distancias y asomó la cabeza al pasillo, inspirando varias veces. – Oh… huele muy bien, me seco y voy a ayudarte en la cocina, ¿vale?-. Me dio un pequeño beso en la mejilla y cerró la puerta con cuidado.
Me quedé un momento parado frente a la puerta cerrada antes de recobrar el control y regresar a los fogones, no sin notar una ligera tirantez en el pantalón. “Primera chica o no…, no era algo que uno viese con frecuencia”. Aquel pensamiento me arrancó una sonrisa. Comencé a batir los huevos mientras iba mezclando cada ingrediente. Poco después la figura de Elisa de colaba sigilosa en la cocina.
-Tienen una pinta excelente-. Dijo mirando por encima de mi hombro como aquella masa amarilla iba cogiendo un tono dorado. -¿Sabes? Has marcado un pleno, con las tortitas. Me encantan. ¿Puedo ir haciendo algo?-. Su voz dejaba un matiz de deseo por empezar a maniobrar en la cocina.
-Puedes hacer un poco de zumo, si quieres. Hay naranjas en la nevera y el exprimidor esta en ese cajón-. Señale con el dedo un conjunto de cajones.
-Vale-. Dijo con alegría y se puso manos a la obra. Después de un agradable rato en la concina, llevamos todo a la mesa y disfrutamos de aquel enorme desayuno.
-Mmmmm, oh, qué bueno-. Su expresión de deleite era más que suficiente. –Eres un cocinero de primera… seguro que a mi madre le caes genial-. Al oír aquello último abrí los ojos como platos.
-Vaya, me alagas pero yo solo soy el cocinero de emergencia-. Reí quitándome el mérito. –Yo sólo cocina de subsistencia. Y cambiando de tema, ¿qué te apetecería hacer hoy?-. Las miradas se cruzaron y permanecieron un rato en silencio.
-Pues, no se. Podemos dar un paseo hasta la hora de comer, así me enseñas otra porción de ciudad. Y por la tarde podríamos ver una peli en casa… tumbados en el sillón. ¿Te parece?-. Continuó degustando aquella pequeña pila de tortitas bañadas en chocolate.
-Me parece genial, podríamos ir de tiendas-. Sus ojos se iluminaron. Una luz de grata sorpresa los tomáron lentamente.

-¿Y todavía sigues sin novia?-. Sonaba divertidamente incrédula. –No. Me niego en redondo. No puede ser. Espera…-.Aguardó pensativa unos segundos.-A no ser…-. Gesticulo con las manos para evitar decirlo. Y aquello me arrancó una gran carcajada.
-No, no, no soy gay-. La risa se había apoderado de mí, enteramente suyo, aquella reacción no me la esperaba, aunque no era la primera que lo pensaba. –Sé que soy raro… pero jo…-. Un reproche simpático adornaba aquella frase.
Las risas llenaron la cocina.     
-Bueno, como has podido observar… no soy mucho de seguir la moda… ni de compras-. Señaló su atuendo.-…pero bueno si te hace ilusión llevarme de tiendas… entonces vayamos de tiendas-. Acarició mi mano que reposaba en el centro de la mesa. Las miradas volvieron a cruzarse.
-Yo no he dicho que sean de ropa… ¿verdad?- Dije mirando por encima de las gafas. –Hay muchas tiendas y de muchas cosas… aunque bueno puede que visitemos alguna-. La regalé otra de mis enigmáticas sonrisas.- Pero antes… recojamos el banquete-. Besé el dorso de la mano y después empezamos a recoger.




15/6/13

The girl [Sugerencias implicitas, part 15]

La noche había caído demasiado temprano, casi sin darnos cuenta el cielo se había oscurecido y teñido de aquel color anaranjado imitando el color de las luces que la iluminaban. Muy pocas estrellas llegaban a ser visibles aunque todavía no había luz alguna capaz de eclipsar la sonrisa que ella mostraba o rivalizar mínimamente con la luz de sus ojos marrones. Hacía escasos minutos que habíamos salido del metro. Caminábamos despacio a lo largo de la calle solitaria. Los pasos acompasados y los cuerpos fundidos por un abrazo mutuo hasta que topamos con el portal.
-La idea del paseo me ha gustado mucho…- comenzó a decir suavemente.-…aunque me pregunto que hubieses hecho en el caso de que hubiese elegido la primera opción…-. Terminando con una sonrisa suspicaz.
-Está claro, ¿no?-. Enarqué las cejas. Ella negó con la cabeza y balanceándose ligeramente, dejando ver una sonrisa risueña. -¿¡No!?-. Abrí los ojos. Su sonrisa se ensanchó ante lo ridículo de mi expresión.
-No, ni idea… pero me lo vas a decir-. Sentenció mientras me acorralaba contra uno de los muros lentamente. –O sino… Arturito, abstente a las consecuencias…-. Imitó una risa malvada.
-Me abstengo, me abstengo-. La miraba fijamente. Leyendo el trasfondo de sus ojos. –Aunque… si tienes un poco de paciencia…-. Miré hacia arriba como si nada… ignorando el hecho de que ya estaba tocando la pared.
-¿¡Paciencia!?-. Se sorprendió. –Vale… pero recuérdalo…-. Dejo ver una sonrisa que hizo que mi curiosidad por aquello que tramaba y que no había conseguido desvelar, se multiplicase de forma exponencial.
Entramos en la oscuridad del portal y aguardamos a que aquel minúsculo ascensor nos trasladase hasta la tercera planta.
-Bueno… ya estamos de regreso-. Comenté mientras ambos entrabamos por el vano. -¿Te apetece ver una peli?-.
Ella me miró desde la penumbra del pasillo. Tenía una ceja arqueada.
-Arturo, es pasada la una de la madrugada, y no se tú pero yo esta mañana tuve clase. Asique… yo me voy a la cama, estoy destrozada-. Culminó con una inocente expresión.
-Bueno… si estas cansada, lo suyo sería que durmieses…-. Dije comprensivo mientras me aproximaba a ella.
Yo aquella mañana si tuve clase pero solo fue un par de horas a media mañana, y no eran asignaturas que digamos pesadas. Pero claro, ella… si había tenido clase, y no solo eso sino además después del viaje anduvimos a través de medio Madrid. Ella trató de contener una pequeña carcajada.
-Yo no he dicho que vaya a dormir…-. Su dedo índice paseaba lentamente por su labio inferior. -…sino que me voy a la cama-. Me esquivó con agilidad y corrió entre risas hasta mi habitación cerrando la puerta.
Fui a la cocina y miré por la ventana. En el cielo, no muy lejos, la luna sonreía enigmática. Me perdí en el firmamento, hipnotizado por su misterio. Entonces dos sinuosas caricias recorrieron mi espalda y se colaron en los bolsillos del pantalón. Y poco después su cara se apoyó sobre mi hombro.
-¿No vienes?-. Preguntó con un hilo de voz, no quería romper aquel silencio que dominaba la cocina.
-Estaba esperando a coger mi pijama-. Me di la vuelta lentamente y me quedé mirando aquel rostro. Fino y delicado. –Tienes unos ojos increíbles-. Sonreí.
-Eso me dijiste la segunda vez que nos vimos-. Dijo con una sonrisa luminosa. Antes de salir me besó en la comisura, y se marchó pellizcándome en el muslo.
Aquella respuesta, me quedó desconcertado. ¿La segunda? Recuerdo la del circuito de Ciudad Real allá a principios del verano del año anterior… pero la que sería la primera… Traté de hacer memoria mientras caminaba raudo a la habitación y buscaba la ropa que usaba para dormir. Tardé un poco, pero finalmente conseguí dar con ella en medio de ese caos más ordenado.
Estaba desabrochándome el pantalón cuando escuche su risa traviesa junto al vano de la puerta.
-Vaya… eso quería hacerlo yo…-. Sonrió lentamente.
-Otra vez será-. Su mirada me abarcaba por completo. Se mordisqueó el la parte inferior del labio y pasó junto a mi dejándome una caricia que cruzó el culo de este a oeste. -No seas mala-. Me reí y miré como se dejaba caer suavemente sobre la cama. Terminé de colocar la ropa en el armario.
-Ha sido maravilloso pero ahora mismo no siento los pies-. Aguardaba con la cabeza apoyada en las rodillas. Me senté en la cama enfrente a ella. Volvimos a cruzar miradas y sonreímos casi al unísono. –No, no, no-.
-Déjame intentarlo-. Ella negaba con la cabeza. –Se supone que todavía eres mi ayudante, ¿verdad?- Una sonrisa se dibujó en el semblante. –Bueno… te voy a hacer un truco de magia-. Una de sus mágicas sonrisas iluminó su rostro, pero no antes de mostrar su disconformidad con aquellos ojos en blanco.
-Cierra los ojos, y sobretodo ponte cómoda-. Ella se tumbó y cerró los ojos. Me aproximé a por dos velas y de camino apague las luces. –Ahora necesito que dejes la mente en blanco-. Había encendido las velas y colocado sus piernas en mi regazo. -¿preparada?-. Su respuesta no fue mas que un susurro de afirmacion.
Sus pies estaban fríos. Contrastaban mucho con el calor de mis manos. Y aquella sensación la provocó un pequeño escalofrió. Comencé a acariciar aquellas zonas que estaban más cargadas, presionando suavemente con la yema de los dedos. La tensión se fue disipando lentamente. Ella suspiraba en la oscuridad. Después de terminar con el primero. Lo deposité con el mayor de los mimos sobre la cama y continué con el otro.
Escuchaba su respiración, armónica y tranquila. Parecía estar dormida pero mientras seguía concentrado en presionar en los puntos más sensibles, sentí como algo exploraba bajo mi camiseta. Errático. Juguetón. Sugerente. Aquellas caricias también estaban dirigidas a las zonas de mayor sensibilidad y el cosquilleo que producían me hacía estremecer. Unas risitas surgieron desde la penumbra de las velas. Acaricié su gemelo. Logrando estremecerla de nuevo.
Su voz me reclamó en la oscuridad. Gateé sobre la cama hasta quedar a su lado. Apagué las velas y nos metimos en aquella pequeña cama. La abracé atrayendo su cuerpo hacia el mio.
-¿La segunda?-. Posé mis labios en su nuca.
-Si-. Me susurro la respuesta. –Oh… que mono. –Su voz era traviesa, una risita rompió aquel breve silencio.
Sentí como su mano buscaba la mía y después la llevó consigo atrapándola suavemente entre su cuerpo y su mano. Un pequeño rubor se instauró en mis mejillas incrementando ligeramente su temperatura, produciéndola una inocente sonrisa.
-Estos detalles son los que más me gustan de ti, Arturo. Dulces sueños-. Liberó mi mano de la presión que ejercía sobre ella y dejó que la bajase hasta situarla en un punto menos conflictivo.
-Cálidos sueños-. La susurré sugerente, regalándole un sutil suspiro frio que barrio la superficie de su oído, el cuello y el hombro.
 
Se arrimó un poco más atraída por el calor de mi cuerpo y nos sumimos en un sueño conjunto.   

Parte 16

5/5/13

The girl [En contacto , part 13]

Antes de llegar a la parada del trasbordo para llegar a la estación de buses, me había colocado los cascos y me había dejado inundar por aquellos compases orientales. Tres paradas más allá de fuente dorada, en plaza España. Bajé del autobús, tenía tiempo hasta que llegase el otro autobús asique me quedé mirando como aquel adorno central rotaba sobre sí mismo a gran velocidad. Cierto era que podría irme andando, la estación no quedaba lejos pero ya que existía la opción de hacer aquel trayecto, algo siniestro, gratis no iba a dejarlo pasar.
Recordaba a Arturo con ese pelo de tintes rojizos más corto, y con varias briznas de perilla estilo chivo en la barbilla. Era muy mono entonces pero ahora con el pelo algo más largo recogido en aquella coleta y esa nueva perilla bajo el labio… lo era más todavía. Y aquella mirada... seguía igual que cuando le vi por primera vez, sin duda fue lo que me impulsó hacia él, aquel matiz inocente que despunta con cada mirada.
El autobús estaba dando la vuelta asique dejé a aquella enorme bola del mundo dando vueltas y caminé lentamente hacia el poste de la parada. Una vez sentada en la parte de atrás del autobús me dedique a esperar escuchando mi música. Distraída miraba a los transeúntes cuando uno entre toda aquella gente me llamó la atención. Aquellos andares. Aquel peinado. La ropa elegante. Un escalofrio recorrio mi espalda al recordarlo. Pero antes de poder cerciorarme el bus arrancó en la dirección opuesta a la que él caminaba. Recorrimos lentamente las sinuosas calles de Valladolid hasta llegar a la estación. Descendí de aquel enorme bus gusano y me adentre en la dársena.
El sol había empezado a ocultarse al otro lado de los edificios y la temperatura caía con él. Aquella climatología acabaría conmigo, tan pronto te asfixiabas de calor como podías morir de frio. Dichosa ciudad. Las manos empezaban a entumecerse por aquel viento cortante que recorría la dársena de buses.
-{¿Cuánto más tardaría el bus?}- me preguntaba cada poco tiempo, aunque las canciones me ayudaban a contabilizar el tiempo. Sin querer, volví a pensar en Arturo. Estaba a mi lado, imaginé que me abrazaba en un intento por protegerme del viento. Casi pude sentir su mano sobre la mía.
-{Estaba loca de atar}- Sentí una curvatura en mis labios. Se ensanchaba lentamente. Y también me percate de un cálido rubor en mis mejillas. Me seguía preguntando por aquella sonrisa que esbozó antes de que el bus reanudase su marcha. – {Qué habría pensado, qué pretendía, que intenciones escondería tras aquella mirada inocentona}-. Entonces aquella mano imaginaria me instó a meter mis manos congeladas en los bolsillos de la cazadora.
Entonces, mi mano izquierda topó con una textura diferente al tacto habitual. Saqué aquel ente extraño de su escondite. Era una hoja doblada cuidadosamente con una precisión milimétrica. La desdoblé lentamente y comencé a leer las líneas que contenía con una letra diminuta pero legible.
 
“Ya te fugaste una vez sin dejar rastro alguno,
sólo aquellas sensaciones y recuerdos
propios de un fugaz y efímero sueño.
No cometeré dos veces el mismo error.
685 136 023.
Bss. Arturo.”
-{Arturo rodeado de aquel halo de misterio que te envolvía sin darte cuenta… pero cuándo…}- entonces aquella risita picarona cobró todo su sentido. No pude contener la risa que reverberó siniestra por toda la estación. Era increíble.
El autobús hizo su aparición a través de la reja de entrada y lentamente se fue encaminando al espacio que tenía reservado. Su velocidad decreció hasta dar con las ruedas en sus topes. La puerta se abrió y empezó a descender la poca gente que había en su interior. La escasa gente que había repartida por la estación se fue concentrando poco a poco alrededor de aquel autobús, a la espera de poder subir y guarecerse de aquel frio cortante. Yo seguía pensando en Arturo y en el hecho de que no lo vería al día siguiente, y probablemente en unos cuantos días. Aunque esta vez, al menos tenia su número de móvil.
Después de pagar el billete busqué un sitio oscuro en el cual poder concentrarme en mi música y algunos pensamientos arbitrarios durante el trayecto hasta mi casa. Me desplomé sin ganas en uno de los asientos de ventanilla y me abroché el cinturón.
El autobús comenzó a retroceder con aquel pitido agudo. Y entonces volví a verlo.. Estaba sentado en un banco, al otro lado de las puertas metálicas que separaban la zona de llegadas y salidas con la dársena de buses. -{¿Dimitri?}- Pero antes de poder cerciorarme bien, la posición del autobús imposibilito aquella respuesta. Partimos hacia la salida lentamente. Entonces volví a sentir el trocito de papel y anoté el número en la lista de contactos y entonces se me iluminaron los ojos.
-Esta vez no desapareceré-. Dije en un susurro para mi misma. Y de nuevo aquella sonrisa y ese palpito fuerte en mi pecho.

Empecé a tantear la pantalla del telefono, escuchando los "taks" que emitía con cada letra.   

27/4/13

El embrujo [II]

Un sudor frio manaba de mi cuerpo. Tenía muchísimo calor. El dolor se extendía desde mi pecho como una hiedra. Era insoportable pero no me entrenaron para quejarme. Debía dar con algún lugar seguro. Las piernas me fallaron y ambos caímos al suelo. Era una locura seguir por los caminos en estas condiciones. Mire en rededor. No muy lejos había un pequeño cúmulo de cavernas y parecían seguras. Traté de erguirme, me llevo varios intentos pero terminamos por llegar a nuestro refugio improvisado. Entonces caí rendido ante el desgaste producido por los esfuerzos. Las fuerzas manaban a la vez que lo hacia la sangre que me llenaba. Mientras un pesado cansancio adormecía mi maltrecho cuerpo, trataba de reunir toda la información que era capaz de recordar a cerca de aquellos seres.
{ Según las leyendas de algunos lugares los Lugzans son seres que se alimentan de las almas, rompiendo el equilibrio que ambas partes mantienen. Y no conformes con eso, después corrompen los cuerpos de sus victimas, más propensos al pecado, de formas inimaginables. Su infinita belleza atrae a todo aquello que se les antoja, son de naturaleza caprichosa y no entienden de especies o razas. Resistirse a sus divinos poderes es objeto de que te deseen más y por tanto mayor es su empeño. }
Unos ruidos trataban de sacarme de aquel sopor inevitable. Me forcé a abrir los ojos. La luz procedente de una pequeña hoguera me cegó casi por completo. Una sombra muy borrosa me sacudía levemente. Hablaba pero no lograba entender aquello que decía. Sentí como poco a poco me iba desprendiendo de la pequeña armadura que me protegía. Cuando logró quitar la parte encargada de cubrir mi pecho, un grito ahogado de horror salió de sus labios. Aquel zarpazo se había infectado y la gangrena se extendía rápidamente, de eso era consciente. No me quedaba mucho de vida, claro que con una Lugzan a mi lado mi muerte era cuestión de tiempo.
Cada vez más débil. Deliraba en mis pensamientos, fruto del dolor. Tenía la sensación de estar sobre brasas pero mi cuerpo era estremecido por fortísimos espasmos de frio en un vano intento de mantener el calor. Entonces aquella sombra me examinó de nuevo. Sus manos eran suaves pero estaban heladas, aunque no podría asegurarlo, palpó cerca de aquella laceración que recorría mi pecho en diagonal arrancándome un aullido de dolor. Entonces tras una meditación profunda, no sin dejar de mirar mi denigrante estado, se fue aproximando lentamente a mi rostro. Traté de retroceder alejándome de su rostro, pero sus manos detuvieron el poco movimiento del que gozaba. Nuestros labios se unieron, no podía dejar de contemplar su mirada. Aquellos ojos verdes, un verde esmeralda, intenso. Sentí como algo dentro de mí se revolvía con violencia. Mi alma. Pero aquella lucha era inútil. Perdí la consciencia completamente. Todo quedo sumido en un negro profundo y solido. Suerte para mí porque lo peor aun quedaba por llegar. La incertidumbre de todas aquellas cosas que podría hacer con mi cuerpo agonizante.  

 
El embrujo parte 1

24/4/13

The Girl [Fugaz, part 12]

Caminaba esquivando a la gente mientras mantenía la mirada fija en él. Su paso era demasiado rápido y me iba sacando distancia con cada paso que daba. Estaba saliendo del recinto, a punto de pasar por los arcos de seguridad, cuando yo todavía estaba cruzando el patio interior. Una parte de mi estaba enfadada conmigo misma, la otra desconcertada. Tanto tiempo pensando en él y cuando te habla cometes semejante patinazo, pensaba. Mis pasos eran cortos y rápidos. Cuando salí a la calle vi con horror como un coche partía velozmente. Su conductor hundió el pedal del acelerador logrando pasar el semáforo poco antes de la luz roja, desapareciendo tras la esquina de un edifico. Mi corazón se detuvo en aquel mismo instante. Los ojos se inundaron dejando escapar una pequeña lágrima.
 


Reanude mi paso en dirección a la parada de autobús. Ahora mismo no tenia ganas de nada y menos de salir. Todo aquello se esfumó como la vahada oscura del escape de aquel vehículo fugado. Ahora mismo era un conglomerado de sentimientos confrontados, quería llorar, reír, gritar, correr, hundirme en la negrura de aquel mundo a parte de mis recuerdos. Un sonido ronco y pesado pasó a mi lado destrozándome los oídos y los pensamientos. El autobús acababa de pasar a mi lado. Comencé a correr, aún estaba algo lejos de la parada y necesitaba llegar a casa cuanto antes. El conductor debió de verme por el retrovisor porque mantuvo las puertas abiertas hasta que logré alcanzarlo.
Mi respiración estaba entrecortada, no podía cubrir mi propia demanda de aire, el conductor me miró con una pequeña sonrisa. Desde luego la carrera fue intensa. Después de varios intentos logré picar mi tarjeta. Comencé a caminar tambaleante por el habitáculo, buscando un sitio apartado donde poder aislarme. No había dado tres pasos cuando me fijé en una sombra rojiza reflejada en el cristal. Estaba cabizbajo, con la mirada concentrada en un punto del suelo. Me acerqué a él con curiosidad. Muchas preguntas se me estrellaron de repente.
-{Ese chico… había estado jugando conmigo a ese juego de mesa.}- pensé – {Se parece tanto a él. ¿Cómo lo llamó la chica esa? No lo recuerdo. Pero Lidia dijo que era el que había tratado de hablarme antes de…}-.
-…era una posibilidad muy alta. Te has arriesgado mucho, era obvio que después de tanto tiempo tuviese novio. Debiste buscarla… tenias medios y conocimientos… pero por qué…- Murmuraba para sí concentrado en ese punto del suelo del bus.
-¿Arturo?- Pregunté aproximándome a él. Tenía la sensación de que fuese él pero no estaba segura. El chico cortó su monologo y levantó ligeramente la mirada. –Lo siento…-. Las palabras se me atrancaron en la garganta.
-No pasa nada, Elisa, era algo inevitable-. Su mirada seguía perdida.
-…esperándote… tanto tiempo…-. Estábamos frente a frente. -…tenía tantas ganas de verte.- Entonces levantó la mirada.
El bus frenó bruscamente. La inercia completó el recorrido restante hasta encontrarme con el tacto suave de sus labios. Aquellos dos monólogos inconexos dejaron de tener sentido. Fuimos engullidos por el silencio y la sorpresa. Eran tal y como los recordaba de aquel último beso antes de dormir aquella noche tan lejana. Entonces sentí como sus brazos envolvían mi espalda lentamente. Nos miramos en silencio un rato.
-En qué parada te bajas, Arturo- Continuaba abrazándome, como temiendo que me esfumase como el humo.
-En fuente dorada, ¿Tú a dónde vas?- su expresión irradiaba curiosidad.
-Yo me iba para la estación de buses para llegar a casa-. Su parada se aproximaba y no podía perderlo de nuevo.
-¿Eres de algún pueblo?-. Miró por la ventanilla para cerciorarse de dónde se encontraba.
-Vivo en Medina del campo.- Algo me decía que aquella pregunta no era tan inocente como aparentaba.
El autobús fue reduciendo la velocidad hasta detenerse en fuente dorada. Se acabó, ese fue el fin de nuestro fortuito encuentro.
-Está bien saberlo. Me despido, espero poder verte pronto. Elisa-. Me abrazó con fuerza y dejó un beso demasiado corto en mis labios antes de bajarse.

-Pero… pero…- tantas preguntas y un tiempo tan escaso. Pensé rápidamente en la pregunta que más información podría darme en el menor tiempo posible. -¿Te veré mañana?- dije antes de que las puertas se cerrasen de nuevo. Entonces vi como negaba con la cabeza. Y el matiz de su mirada corroboraba aquella afirmación. Pero antes de que el bus se volviese a poner en marcha puede reconocer aquella sonrisa traviesa con la que tantas veces había soñado.

:: Parte 13 ::

8/4/13

The girl [Empate, part 11]


La final pronto daría comienzo, solo faltaba uno de los competidores pero no tardaría en llegar. Todos los demás ya nos habíamos acomodado en nuestras respectivas sillas y ya teníamos en nuestro poder las fichas del juego. La chica que controlaría el juego miraba su reloj y a los alrededores en busca de aquel quinto jugador. El tiempo de prorroga estaba a punto de llegar a su término cuando hizo su aparición.
-Disculpad pero no os encontraba- Miró a la juez que buscaba en la lista. –Soy el tercer clasificado-.
-Ah, ya te veo, en ese caso que proceda el juego, ¿sabéis jugar todos?- barrió la mesa con la mirada. Nadie respondió por lo que se retiró unos pasos y señalo para que empezásemos a jugar.
El pulso se me aceleró cuando lo vi de soslayo. Trataba de estar concentrada en la partida pero era incapaz. No podía dejar de mirarle a hurtadillas, y cuanto más le miraba más nerviosa me ponía. Su pelo rojizo recogido en una pequeña coleta. Se parecía a él pero no estaba segura, había pasado mucho tiempo y temía volver a equivocarme. La partida se fue desarrollando lentamente. Sus ojos quedaban protegidos por unas finas gafas metálicas pero aun así quedaba bajo su magnetismo. Cada uno fuimos desplegando nuestras estrategias de juego y a cuatro fichas de terminar la partida la puntuación suya y la mía distaban en dos puntos manteniéndome yo en cabeza. Ambos compartíamos una macro ciudad que todavía estaba sin cerrar. Pendientes de una pieza. Volteó su pieza lentamente.
-Lástima-. Todos miramos la pieza que sostenía en las manos, yo en mi interior respiré aliviada porque no era la pieza que necesitaba.
Yo volteé la mía. Los ojos se me iluminaron al ver la muralla que podía cerrar la ciudadela. La coloqué junto con una de las fichas marcando el territorio y otorgándome la mayoría de piezas sobre ella. Entonces por primera vez nuestras miradas se enlazaron. Sus ojos marrones y los míos morados por las lentillas. Sentí el corazón desbocarse dentro de mi pecho. Aquellos ojos recordaban a los de aquel chico sentado al otro lado de la puerta en el circuito de Ciudad Real. ¿Sería él? Su sonrisa se curvó lentamente. La controladora se había aproximado a la mesa. Contaba los puntos con ayuda de otro de los jugadores.
-Bueno… Elisa, has ganado con un total de 97 puntos, enhorabuena. Aunque por los pelos porque Arturo se queda con 93. Tú, Alfredo tienes 89 y Juana… tú te has quedado en la cola con 88-. Fuimos recogiendo las piezas mientras se llevaba la cuenta.
Al mirar la hora me di cuenta de que aquella partida se había alargado más de lo que pretendía. Me levante rápidamente despidiéndome de mis contrincantes y comencé a caminar en dirección a la salida pero al poco de comenzar a andar algo detuvo mi avance suavemente.
-Unos ojos como los tuyos no son fáciles de olvidar. Y más aún cuando te retan en una cálida noche de verano-. Dijo una voz a mi espalda. El contacto de una mano sobre la mía. El corazón palpitaba desvocado.

Me volteé, presa de mis emociones, lanzandome a sus brazos. Busqué el tacto suave de aquellos labios. Aquel sabor tan dulce. Pero algo falló. De nuevo mi fantasia quebró en mil pedazos. Esos no eran sus labios. Abrí los ojos de forma repentina.

Fran tenía los ojos abiertos como platos. Me miraba sorprendido, estaba en sock. Su mano aún estaba en contacto con mi muñeca.

-{Otra vez no}-. Pensé para mi misma. -{Lo habia escuchado, era su voz, estaba completamente convencida}-.

-Lo siento Fran, creí... que eras... otra persona... una ilusión-. Dije conteniendo las lágrimas de mi propia decepción.


Parte 12