poemas de amor Crazzy Writer's notebook: ilegal
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23/2/14

Night adventure.

Circulaba por las calles de la ciudad de Tokio, el sol había caído. La noche había invadido el cielo. ¡Pero cielos, quién lo diría! Entre tanta pantalla y luz seguía pareciendo de día. Por todos sitios, allí donde mirases había alguna pantalla gigante. Era sábado y por las aceras caminaba una ingente cantidad de personas. Adolescentes en su mayoría, todos de uniforme, seguramente a la búsqueda de buenos ratos al abrigo de alguna discoteca o algo. Yo por el contrario, mi diversión quedaba en otra actividad, en mi opinión mucho más estimulante, o al menos eso espero.
Un semáforo horizontal detiene mi paso. Respiro en profundidad, y aunque el interior queda completamente oculto desde el exterior, me pongo un casco para cubrir el rostro. Enciendo la música que baña el interior. Una melodía rápida y fluida. En pocos segundos aquella locura iría conformando poco a poco una realidad. Acelero el motor. Suena horondo a través de los enormes tubos de escape que se descuelgan hasta la parte de atrás. Cambia el semáforo a verde y hundo el pedal hasta tocar tope. El coche responde de inmediato con violencia dejando un chirrido descomunal sobre el asfalto. Varias miradas se vuelven para observar, ignoro sus pensamientos pero tampoco me importan. Ahora estoy pegado contra el asiento mientras las agujas suben. El reto está en no colisionar contra nada y sobre todo que no te pillen los de azul. Sonrío una vez más antes de vaciarme por completo y comenzar a zigzaguear entre el tráfico.
 
En estas circunstancias las luces rojas pierden todo significado. Los cruces son meras loterías en las que solo caben los cálculos y los reflejos. Las calles, a pesar de la anchura, son complicadas por la cantidad de vehículos que van por ellas. Pero precisamente es ahí donde se haya la diversión. Escucho pitidos. Ruedas que deslizan tratando de detener su avance. Algún atisbo de cristales rotos y chapa abollada. Pero no hay daños graves, porque tampoco es que se circule excesivamente rápido. Un nuevo cruce se avecina con el semáforo recién puesto en rojo, el coche al que sigo frena. Me aseguro antes de tirar del freno brevemente para salir al carril contrario y sortearlo a gran velocidad. Aparece un coche tras una furgoneta que iniciaba el giro. El pulso se acelera y el tiempo parece detenerse. Las reacciones son completamente instintivas. Contra volantas mientras pisas los tres pedales al mismo tiempo, recudes marcha y rezas para que salga como has esbozado con velocidad en la mente. Las ruedas patinan generando una vahada de goma evaporada. El coche comienza a deslizar. El camión para en seco y el otro coche lo intenta. Te dá, piensas mientras miras los otros vehículos que circulan por la perpendicular. Entonces pasas limpio incorporándote completamente cruzado a la vía transversal. Alzas un grito de victoria por el éxito de la maniobra, pero este dura poco porque detrás de otro par de coches se encienden de pronto unas luces rojas, junto con el sonido de las sirenas. La policía. Se va poniendo más interesante. Emprende en tu persecución pero parece que se queda atrás con un par de maniobras extrañas. Sales de nuevo a otro cruce, vas perdido virando sin más, de forma aleatoria, buscando la mayor facilidad de maniobra. Vigilas los retrovisores en busca de la policía aunque nada por el momento.

Continuo sorteando coches sin importar el lado, bailando entre los carriles al son de la ciudad. Me veo reflejado en algunos escaparates. Una estela negra que circula a toda velocidad. Parece que estoy en el centro de la ciudad, solo por la creciente población de viandantes y rascacielos repletos de luces y pantallas. Contemplo con cierto miedo como al fondo de la calle se levanta una muralla de viandantes que colapsan mi paso, y no conforme con eso, también se escuchan con cierta nitidez el eco de varias sirenas de la policía que se abren paso entre la circulación. Cruzo el coche sorteando a una pareja de camiones. Hago sonar el claxon del coche y contemplo como aquella muralla se abre abruptamente. Los peatones corren, otros se detienen. Siguen en movimiento unos pocos ajenos a lo que pasa. Me adentro y me fijo en un grupo de colegialas que ha quedado dividido por la separación. Paso fugaz levantando gritos. Miro en el retrovisor como una de ellas sostiene su falda levantada. Escucho el chirrido de los frenos por detrás. Me escapo acelerando más si cabe hasta dejar la aguja en casi ciento veinte por hora. Parece que aquello se termina. Veo al fondo un paso elevado, lo que me hace pensar en la autovía. Piso el freno dejando el coche clavado milímetros antes de la línea. Una nueva sirena se escucha en la calle. Viene rápido. Mis nervios se desmadran al saber que sigo todavía en la persecución. Veo la luz parpadeante reflejada en un escaparate. Acelero el coche aun con el embrague hundido hasta el fondo. De pronto una ambulancia atraviesa el cruce adentrándose en este con cierta duda. Respiro con alivio. El semáforo cambia a verde. Me adentro lo que parece la entrada a ese paso elevado. No sé a dónde conduce pero es lo mismo. Gano velocidad sintiendo la fuerza del par motor. Suena el turbo en cada intervalo de marchas. Silbido y descarga. La circulación parece fluida. Se abren varios carriles. La aguja toca su tope. No quedan números que señalar. Doscientos nada más. Sorteo bailando entre carriles, incluso el arcén. Veo un coche varado en la cuneta, parece a la espera. Arranca tras de mí encendiendo varias luces rojas. No tarda demasiado en colocarse a mi cola. El tráfico vuelve a densificarse obligándome a reducir la velocidad y aumentar el número y rapidez de los quiebros, que no siempre eran posibles. Busco la siguiente salida. Están casi pegados. Regreso a la concurrida ciudad. Parece que les pierdo. Entro en una calle estrecha, sin percatarme de la señal que restringía esa dirección. Varias luces blancas me miran con horror, y al fondo dos patrullas que se acercan. Miro en rededor en busca de una alternativa para librarme. Entonces veo un enorme vano en la pared. Leo parking justo encima. Viro de forma brusca y me adentro en la cueva. Veo pasar las sirenas de largo a través de los retrovisores. Aparco en el primer sitio libre que veo. Apago el motor. Bajo del coche. Cojo las placas del paletero y las coloco en los respectivos lugares con un par de “clic” cada una. Dejo el casco en el maletero y regreso a la calle perdiéndome como otro coche más en aquella increíble ciudad.

18/11/13

Penssamientos Effimeros

Sentir como tu pulso se acelera sin razón.
 
Queriendo seguir el ritmo cardiaco del motor.
 
Ver ese pequeño tramo negro entre la alineación de blancas rayas.
 
Cruzándose, bailando al son de una música, tan rápida como tu paso.
 
Oculto en la más densa noche.
 
Corres.
 
Corres.
 
Suben los números.
 
Bajan las agujas.
  Caminan por el lado diestro de las esferas.
 
Huyes de tus pensamientos que quedan atrás en el tiempo y la distancia.
 
Durante efímeros segundos nada existe.
 
Nada importa.
 
Solo la trazada que dibujas en la noche.
 
Cortina breve abierta en la lluvia.
 
Las gotas destrozadas por tu paso. 
Estrelladas en la luna y barridos sus despojos después. 

31/8/12

Estelas...

El cielo estaba despejado. Lleno de cientos de miles de ínfimos puntos luminosos, algunos fijas y otros no. Era verano y la noche era ligeramente calurosa. El sonido de los grillos, el olor llegado de hierba recién cortada, ligeros soplos de aire que acarician tu cara.


Varias estelas ascendieron desde el bosque, cruzando el cielo dejando tras de sí una estela plateada que se desvanecía decenas de metros por detrás de su paso. Aquellas estelas se desvanecieron con el tiempo pero dejando grabado su paso por la Tierra.

Las líneas centrales de la carretera se cruzaban ante los halos azulados de los cuatro. El zumbar de sus motores reverberaba en la tranquilidad de aquella clara noche. Los límites de roca caliza y hormigón ululaban durante sus aproximaciones a lo largo de las curvas. La noche parecía ser de lo más apta para circular por aquella olvidada carretera a gran velocidad. Terminado aquel angosto tramo se abría una extensión de espeso bosque cruzado por aquella carretera. Las cuatro estelas peleaban por ser la que dominara. Pocos sabían lo que pasaba por la cabeza de sus pilotos. Los escasos conductores que por allí pasaban no osaban internarse en su traza, pues en segundos quedaban reducidos a la nada. Antes de salir a la autovía una nueva estela se había adjuntado, no había parangón con las otras cuatro pero allí en la cola aguantaba lanzando luces rojas y azuladas. Entrados todos en la autovía, con la nueva dificultad que implicaba, los fugados zigzagueaban entre el tráfico, ajenos a lo que allí acontecía. Algunos pitaban o daban flases, otros se mantenian neutrales. Dos vehículos nuevos de policía se unieron a la persecución saliendo por delante pero su velocidad no llegaba para superar a estas fugaces estrellas. Con los neones encendidos para identificarse desde el aire. Un helicóptero los seguía de cerca. El esfuerzo del zoom para coger a sus conductores, frustrado por la opacidad de los cristales. Aquella velocidad inhumana, aquellos planos en los que solo se veían rastros de colores procedentes de las luces, y cada vez más alejados los parpadeos intermitentes de los coches patrulla, incapaces de seguir a sus perseguidos, cesaron en su empeño por querer detenerlos. De nuevo, perdidas en una carretera olvidada aquellas estelas luminosas, ahora blancas, parecieron despegar del suelo por el que circulaban y elevarse hasta fundirse con el mar de estrellas fugaces que asolaba el cielo en aquellos momentos, sin sospechar sus ocupantes que una sombra los contemplaba atónito desde un roble, en una ladera no muy lejana.





 

4/4/12

X [part 3]

Tronabamos por las oscuras carreteras rumbo a casa. Absortos en los últimos acontecimientos. Superaba con creces la barrera de los doscientos cuarenta kilómetros por hora. Estaba invadido por aquellas sustancias que todavía duraban tras varios dias de lujuria desenfrenada. De pronto de la oscuridad surgió una nueva figura que se atravesó en mi trayectoria fugaz.  El sonido producido por aquel objeto contra el frontal del coche a más de doscientos por hora fue aterrador. Contemple con atroz horror como la chapa que se situaba delante de mí se plegaba como si de un acordeón se tratase. Sentí como la parte posterior despegaba y ganaba altura por la enorme energía cinética. Salí disparado contra la luna pero el cinturón de cuatro anclajes detuvo mi movimiento de forma brusca. Escuche como si algo dentro de mí estallase por la fuerza del impacto. Noté con nitidez cada vuelta de campana, vi como el interior del habitáculo se plegaba y deformaba sobre mí. Las lunas se hicieron añicos, sentí cada corte de esos diminutos proyectiles sobre mi cuerpo reventado. Quedé boca abajo viendo los regueros de aquel fluido rojo. Observé como las imágenes se iban emborronando y aquella oscuridad, aliada en un principio, se convirtió en mi peor enemiga. Fui  invadido por una sensación de frio, soledad, miedo. Presentía que mi final estaba próximo, sin ninguna razón comencé a reírme de forma entrecortada, ¿Quién imaginaba aquel final para mí?, aunque bueno… era evidente que algún día aquella velocidad sería mi punto y aparte. Con mucho esfuerzo escuche fuera de mi ataúd. Unos pasos se acercaban lentamente, y me pareció escuchar el eco que dejaban sus tacones. Pero nunca llegue a saberlo con certeza. Antes de que llegara yo había exhalado mi último aliento, y al contrario de la creencia yo… no tenía la boca abierta aunque si los ojos cerrados.

Aquel día, en una columna perdida de un diario local.

“…en el kilómetro 206 de una autovía había acontecido un aparatoso accidente, en el que una persona resultó fallecida a altas horas de la madrugada. Los equipos de emergencia encontraron en la escena un reguero de piezas y charcos de fluidos internos procedentes de un vehículo que salían  de la carretera a través de un agujero abierto en los separadores de hormigón. El vehículo, de color oscuro y sin logotipo alguno, quedó completamente desfigurado en el choque. Tras  cuatro horas de trabajo por parte de los equipos de emergencia dieron por imposible recuperar los restos mortales de su conductor. Se cree que fue debido por exceso de velocidad…”

[¿FIN?]  

X [part 2]

Refugiado en la oscuridad que inundaba la sala principal de mi guarida. Tirado en un viejo colchón, contemplaba en silencio las imágenes ficticias que mi mente proyectaba en el negro techo. Preguntas. “ISIs”. Situaciones hipotéticas que se hubieran desarrollado de no haber perdido el poco temple que conservaba. La noción del tiempo  que llevaba allí oculto desde aquella noche se habia esfumado como mis propias bahadas de vapor. Cansado y sumido en la más profunda de las decepciones, me levante. Paseé por la sala, atravesando aquella oscuridad. El amueblado era muy escaso. La mayoria eran oscuros y desgastados por el paso de los años. Los desconchones en las paredes formaban parte de la lúgubre decoración. Y junto al único acceso, un enorme bulto oscuro de piel satinada y aristas afiladas, contemplaba con ligera preocupación la deplorable evolución emocional de su compañero de piso. Junto a él una pequeña colección de bronces y platas, recuerdos de los intentos fallidos por progresar. Todos cubiertos por una capa de polvo, señal de olvido en el que habían caído. Vagué por la sala hasta una pequeña puerta de madera que se abrió con un quejumbroso chirrido inundando toda la sala. Ante mí, un pequeño baño. Camine hasta la ducha pesadamente y me desvestí. Abrí el paso del agua caliente y me adentre lentamente. El agua caliente comenzó a resbalar sobre mí, llevándose con ella algunas de las preguntas que me carcomían. Al cabo de un tiempo que se me antojo una eternidad salli de nuevo. Me plante frete al espejo y este me devolvió una distorsionada imagen de mí mismo. Enormes grietas de araña extendían sus brazos por su superficie pulida. Entonces vi las pequeñas salpicaduras granates sobre el punto de origen. Observe a través de aquella imagen la cubierta manchada sobre mi puño derecho. Pensé. Recordé. O al menos lo intenté. Pero las vivencias de aquella madrugada estaban por completo bloqueadas. ¿Tan ofuscado y ciego estaba?                                  
Regrese de nuevo a mi colchón, con la intención de reconciliarme con Morfeo. Necesitaba dormir un poco y dejar por un momento todas aquellas ideas de lado. Me sumía en un profundo sueño casi sin sentir como perdía la noción de mi propia consciencia. El silencio y la oscuridad me rodeaban. Todo estaba en calma. Sin aparente motivo la bestia comenzó a gritar con aquel estridente sonido suyo. Abrí los ojos, intensos haces de luz iluminaban la estancia de forma intermintente, cegándome por completo.  En medio de aquel kaos contemple como una figura emprendía con furia contra la bestia. Un sonido sordo lleno la sala. Como de chapa reventada, seguido por el desvaído sonido de la alarma del coche. Después, aquella figura se volvió y comenzó a acercarse lentamente dejando tras de sí el eco de unos tacones. No podía apartar los ojos del amasijo de hierros al que había reducido mi coche. Estaba asustado, furioso, lleno de sed por vengarle. Aquella figura se detuvo delante de mí, estiró sus brazos y me levanto como si nada. Aquellos ojos me escrutaban sin piedad. Intente zafarme de ella pero todo fue en balde. Empezó a hablarme con una voz dulce pero en un idioma que no conocía. Cuando terminó su breve exposición, volvió a mirarme. Me aproximo a ella y me susurró unas palabras al oído. Antes de dejarme de nuevo en el suelo, con mucha suavidad depositó sobre mi mejilla, muy cerca de la comisura, un tímido beso. Una cálida sonrisa y un nuevo fogonazo de brillante luz antes de esfumarse por completo. Devuelto bruscamente a la oscuridad, contemple de nuevo los alrededores. Me quedé impactado al ver de nuevo aquel enorme bulto oscuro de satinada piel, como si nada hubiera sucedido. Estaba confuso por lo que acababa de vivir, ¿lo había soñado, o había sido real?, aunque por otro lado, muchos “ISIs” habían desaparecido. Me vestí rápidamente con lo primero que encontré. Cogí las llaves de mi pequeño y salimos de nuevo rumbo desconocido.
Aquella ultima frase que ella me había susurrado al oído no dejaba  de dar vueltas por mi cabeza, ¿Qué sentido tenían aquellas palabras, a qué venia todo aquello?

Volvíamos a tronar por las vacías carreteras rumbo indefinido, con la única información de cuatrocientos kilómetros a la redonda. Contemplé el reloj de mi muñeca, la una de la madrugada. Ahora superaba con creces la barrera de los doscientos kilómetros por hora. Estaba impaciente por volver a encontrarme con aquella mirada. Dejarme invadir por aquella música y ese aroma de incienso y especias. Y volver a compartir con ella todo lo que aquella noche nos pasó. Repetirla una y otra vez. De pronto de la oscuridad surgió una figura que me resulto imposible de sortear pero pareció desvanecerse, como el humo o como una pequeña brizna de niebla,  a nuestro veloz paso. Después de aquel pequeño susto reduje ligeramente la velocidad. ¿Qué demonios estaba pasando? Eso era tremendamente raro. Traté de dejar en silencio mi mente y concentrarme de nuevo en la carretera. La aguja seguía  por encima de doscientos aunque ahora más cerca de numero. A lo lejos una salida de la autovía por la que volaba. Tome la salida y nos sumergimos en una nueva carretera de la que tenía un vago recuerdo. Parecía que estábamos en el camino correcto. Tras un rato de circular por aquella carretera di con un pequeño camino de tierra, además en la intersección de la gravilla y el negro asfalto había unas rodadas que se cruzaban entre los carriles, como si algún otro coche hubiese salido de allí a demasiada velocidad, uno de tracción trasera. De nuevo un pequeño tic en mi pecho, como en aquella salida. Viré por el camino y acalle lo más posible el ruido del motor, aun asi podia escucharse claramente quebrando el silencio circundante. No tarde demasiado en topar con aquel edificio abandonado. Lo vi, ahora sin aquella densa niebla, un viejo piso en medio de ningún lugar, con una gran puerta metálica. Ahora estaba cerrada, o eso parecía. Me acerque algo titubeante. La puerta se abrió con un leve quejido. ¿Habría alertado aquel sonido a la moradora de aquel lugar?
Subí por aquellas escaleras. Me adentre en la oscuridad de aquella inmensa sala. Pero… no parecía la misma. Todos aquellos adornos y objetos decorativos habían desaparecido. O bueno habían sido sustituidos por otros más viejos y desgastados, y aquel olor dulzón del incienso y especias había sido comido por el olor de la humedad. Además ahora hacia más frio. Respire y solté el aire con mucha lentitud, era como haber regresado a mi guarida. En el aire algo me llamó la atención. La presencia de un pequeño perfume. Tremendamente familiar, y no tarde en dar con aquella familiaridad. Una sonrisa se me dibujó en el rostro sin ni siquiera darme cuenta. Avance lentamente sorteando el nuevo mobiliario. Definitivamente era como mi cueva, y casi lo prefería. De pronto tope con un sonido diferente al de la madera. Y sin mirar sabía con lo que acababa de topar. Mi cazadora, mi cazadora de cuero negro. Baje la vista lentamente. En el sofá, una figura delgada estaba echa un ovillo, arrebujada en ella con el fin de luchar contra aquel frio que invadía aquella sala. A pesar de aquella oscuridad conseguí ver las facciones tensas y forzadas de su cara. Aquella chica misteriosa, de pelos revueltos de color oscuro y de inocente aspecto parecía estar siendo acosada en sueños, y admito que eso no es nada agradable. Lo se por experiencia. Busque por aquella estancia alguna puerta, y no fue difícil dar con una. Al otro lado había una pequeña cama, si podíamos denominarlo así. Regrese de nuevo a la estancia principal y la tomé en mis brazos.
La transporte cuidadosamente hasta la cama, pero antes de llegar ella pareció despertarse. Nuestras miradas se cruzaron. Aquellos ojos marrones verdosos, profundos y de intensa mirada parecieron hipnotizarme.
-Has vuelto-dijo en un susurro pero me sobresaltó.
-Si- Mi voz también era un susurro. –He vuelto para estar contigo otra vez-. La devolví al suelo con suavidad, ella estiro los brazos y me acogió en un largo abrazo.
-Sigues igual de frio...- La mire a los ojos una vez más, y en ellos vi un pequeño brillo, al igual que en sus mejillas había un ligero coloreado.
Entonces ese nuevo cruce de mirados nos aproximó lentamente sin ser conscientes de ello. Mis manos se depositaron sobre su cintura. Las suyas se cruzaron pasado mi cuello y se entrelazaron. Su piel era suave y cálida. Nuestros labios se juntaron lentamente.
Primero solo fue el roce de sus labios carnosos con los míos agrietados por el frio helador de la noche. Sentí como algo comenzaba a fluir por mi circuito sanguíneo. Y era mucho mejor que la adrenalina. Nuestras bocas se fueron abriendo dejando salir lo que custodiaban. Aquel sabor, a fémina, sería inolvidable. El jugueteo de nuestros apéndices bucales en un terreno definido por neutral. Parecíamos fundidos e inseparables, pero entonces yo tome la iniciativa primero. Recorrí su cara en busca de un punto más sensible en el que poder atacar a mi victima. Descendí hasta su cuello y allí emprendí de nuevo. Ella fue más rápida y sentí en mi cuello un cosquilleo que bajaba, también se detuvo alli, pero en el lado opuesto. Note el cálido y húmedo tacto de su lengua. Sus labios juguetones creando las fronteras, y una ligera succión. Una nueva carga de aquella sustancia con la que parecía sentirme más salvaje. El frio de aquella estancia comenzó a retroceder cobarde. Ella también parecía haber aumentado su temperatura corporal. Sus manos se soltaron del lazo que había creado y descendieron dejando tras de si una estela de suaves caricias. Las mías por el contrario estaban aferradas a su cintura, pero no tardaron en recibir la orden adecuada. Dieron con la junta en su ropa. Se adentraron con suavidad y fueron trepando con una lentitud pasmosa. Ella se estremecía y retorcía con cada milímetro que mis manos tomaban. Ahora estaba dando comienzo un pique en el cual había que demostrar al rival cual era mejor, por lo que la intimidación no era opción. Ella tomo la dirección opuesta. Me vi sorprendido cuando ella dio con el cinturón y lo desabrochó con dulzura y mañas apabullantes. Suelto el seguro, sentí como mis vaqueros sufrían el efecto de la gravedad. Mientras el flujo de besos no había cesado. Ella tomaba ya cuatro campamentos sobre mi cuello, yo solo dos. Pero decidí tomar otra táctica. Deje que mis dientes, también formasen parte del equipo de combate. Mordisquitos. Ella titubeó en su siguiente movimiento, por lo que ahora yo tenia la delantera. Había colonizado ya la espalda, estaba en busca de aquella cinta que marcaba el sujetador, pero… Oh! sorpresa no estaba. Se me escapo una sonrisa malvada, y ella se percató de mi descubrimiento, porque recobró terreno y trepó por mi pecho, y con sus manos también subió la tela de mi camiseta. Ahora, de un fugaz vistazo fuera de sus ojos o su cuerpo, vi como la habitación había tomado una nueva y suave iluminación. Mis manos ahora más cálidas, recorrieron el tórax hasta dar con aquellos senos suaves y tan agradables al tacto, ocultos bajo aquella camiseta. Volvimos a mirarnos a los ojos y dos sonrisitas copaban nuestros labios. Sus uñas ya paseaban sobre la parte sensible de mi pecho, juguetonas, provocativas. Y aquello me despertó una nueva sensación que hasta entonces no me había percatado de su existencia, una presión comenzó a hacerse notar en mi pantalón. Estaba tan desbordado por aquellas sensaciones que muchas de ellas se pasaron por alto, pero que ella percibió con claridad su significado. Volví la mirada a sus manos por un segundo y después regresé a sus ojos. Ella volvió a hundir su boca en la mía. De nuevo nuestras lenguas jugaban. Tan absorbido por la pasión estaba que no note como la tela de mi camiseta se rasgaba lentamente.
-No se a ti pero a mi hay cosas que me estorban- me susurró al odio. Entonces me percate que mi camiseta estaba a mis pies divida en dos trozos casi simétricos.
- Jo. No es justo, me has quitado la camiseta y tú sigues con ese camisón tan elegante-. Me desprendí de las botas y aguardé el descuido.
Ella se sentó en la cama y me invitó a quedarme a su lado. De pronto se sentó a horcajadas sobre mí.  Y empujo mi cuerpo hasta dar con mi espalda en el colchon. Nuestras entrepiernas encajaban a la perfección, creo que se percató de que algo crecía bajo su peso. Lentamente comenzó a quitarse esa peculiar prenda de ropa que la cubría y la dejó sobre mi pecho, dejando su cuerpo completamente desnudo.
-¿Mejor?- dijo ella exhibiendo una picara sonrisa. Yo era incapaz de articular palabra. Comenzó a inclinarse lentamente hasta situar sus pechos a la altura de mis labios. Sin duda estaba sin habla. – Esto al igual que mi cuello también puedes morderlo y chuparlo-.
Creía que iba a estallar. Mi excitación parecía salirse ya de las tablas. Pero no pude evitar hacer lo que me pedía. Comencé a pasear la punta de mi lengua por aquella sensible zona, pero no tarde en animarme a seguir la misma estrategia que en su cuello. Ella parecía estremecerse ante mis pequeños y suaves mordiscos, como si una corriente eléctrica la recorriese. Pero trate de acallar esos pequeños espasmos paseando mis manos por su espalda lentamente y parecía que la leí el pensamiento.
Tumbado en la cama con su figura descubierta sobre mi. Ahora era la parte inferior la que requería el segundo asalto. Mis manos recorrieron sus curvas, sin dejarse ningún recodo por asegurar. El primer asalto parecía que ella había quedado por encima. Tras esta primera fase de meros divertimentos daba comienzo una segunda fase. Llegue al comienzo de los muslos y fui tanteando lentamente, pero ella decidió seguir en el punto más alto. Sus manos se paseaban recreándose en mi pecho, mientras seguía jugando con mi lengua, de pronto vio un nuevo punto de ataque. Se acercó a la oreja y lanzo contra ella un ligero soplo de aire. Me estremecí, incluso me levante con ella encima. Un escalofrío me recorrió desde la oreja hasta el pie. Ella se asustó y se  aferro más fuerte. Estaba claro que aquella posición me era desventajosa, por lo que la deje en la cama, y coloque mi peso sobre ella. La tome de las muñecas e hice de mis manos sus esposas. La contemple. Ella me miraba, el rubor había aumentado considerablemente, estaba extrañada porque no conseguía dar con mi próximo movimiento. Comencé una nueva cadena de besos, esta vez descendieron desde la curvatura de sus firmes y leves pechos, llegando al vientre, y un nuevo salto. Los muslos resultaban más apetitosos. Entonces fue ella quién se estremeció, pero no podía soltarse de las amarras que la sostenían. Pero craso error no contar con que aun podía mover las piernas ni con su increíble flexibilidad. No tenia escapatoria, estaba acorralado. Entonces en un desesperado intento trate de subir pero demasiado tarde. Ella hecho un lazo con sus piernas, mi cuerpo estaba demasiado bajo, y con una maña impresionante dio la vuelta a la tortilla. Ahora era mi espalda la que estaba apoyada en el colchón. Y su cuerpo, casi celestial disfrutaba de la luz de aquellas misteriosas velas. Aquella figura se veía todavía más hermosa y sensual si cabía.
-Ahora estoy más cómoda- dijo con aquella voz dulce y termino con una sonrisa malévola.
 
-Se ve, se ve. ¿Qué vas a hacerme?- dije. El tono de voz ya no era gélido, sino una mezcla de jadeo agotador.

-Bueno, tú no lo has hecho nada mal, pero ahora me toca a mi- susurro en mi oído mientras hundía aquellos firmes pechos en mi cara. Comenzó a descender hasta sentarse en mis rodillas y entonces fue bajando el pantalón. Ella no puedo evitar observar aquella elevación que se escondía debajo del bóxer. Entonces volvió a llevar sus manos hasta mi cintura y comenzó a bajar aquella fina prende de licra negra, dejando al descubierto mi parte más sensible. El punto de no retorno había quedado atrás hacía kilómetros y ambos estábamos dispuestos a llegar al culmen, al nirvana... Ella volvió a sentarse sobre mi vientre y se tumbó sobre mí. El tacto de su piel, sus pechos, sus posaderas bajo mis manos. Ahora estábamos los dos desnudos. Ambos teníamos un gran calor interno deseoso por salir. Nos sonreímos y ella tomó posiciones, yo hice lo propio. Sentí como ese nuevo apéndice se abría paso a través de ella, como su clítoris se amoldaba a mi pene. Ella comenzó a moverse lentamente en un vaivén, solo las caderas, mientras mis manos trepaban hasta volver a los pechos, blanditos, suaves, agradables al tacto. Parecía que por ahora todo iba bien. Tan solo ligeros jadeos, por parte de ambos, y aquellas sustancias volvían a hacer acoplo de mi flujo sanguíneo. No sabia cuantos llevaba ya cuando cambió  el ritmo del movimiento, nuestros jadeos subieron de nivel. Una fuerza, pasión creo que la llaman, se apodero de mí en ese instante. Hasta entonces inmanente a la situación. La tome por la cintura y cambiamos las tornas, al parecer él también quería participar. Ahora era ella quien reposaba en la cama y era yo quien descargaba suavemente aquella fuerza que me invadía desde el comienzo de la noche. Sus gritos cambiaron de intensidad a la vez que yo reducía el intervalo de mis penetraciones. Costaba más de lo que pensaba en un principio, pero no le di importancia alguna, de pronto sentí como sus manos que recorrían mi espalda empezaron a hundir sus uñas suavemente. Un nuevo efluente recorría la tubería, atraído por aquella voz celestial producto del coito, pero me veía incapaz  de retenerlo. Lo trate de aguantar hasta que fuera ella quien cayese, pero al parecer yo había topado con mi tope, ya no daba más. Aconteciendo la explosión de aquel efluente pálido y viscoso que la dio el empujón para sumirla en el orgasmo. Yo me tumbé extenuado sobre ella, pero perecía seguir con ganas de más. Se volteó, dejándome de nuevo apoyado en la cama.

-Te has portado. No ha sido el mejor pero ya le iras cogiendo el punto. Ahora vamos a tomarnos un respiro y después si quieres, repetimos-. Ella deposito un beso en mi pecho.
-Por supuesto, esto solo ha sido la primera -. La rodeé con mis bracos y la acerque de nuevo a mi aspirando aquel nuevo aroma que nos envolvía a ambos.  

Parte 3

18/3/12

X [part 1]

Las agujas juguetonas de mi reloj marcaban las cuatro de la mañana. Había recibido una extraña invitación cuatro horas antes que me convocaba a una misteriosa reunión en un punto desconocido de algún mapa. Conduje a través de la niebla, sorteando a los osados que atrevieronse a salir aquella noche de niebla cerrada, a más de ciento ochenta. Era una distancia grande que salvar en pocas horas pero llegue al lugar dentro del límite establecido. Cuatrocientos kilómetros a través de largos ríos negros en poco menos de tres horas. Finalmente los faros de mi maquina encontraron un pequeño camino que conducía a lo que parecía ser un almacén abandonado. Creía haber llegado a mi destino. Las explosiones de los pistones que resonaban a través de los dos escapes quedaron en silencio ante la puerta. Grande, metálica y de siniestro aspecto. Volví a leer la invitación. La letra era perfecta, clara y sencilla.
-“Déjate guiar. Promethea”-.
Cerré la puerta con un estruendo metálico de chapa que resonó por todos los alrededores. La puerta estaba abierta, y dado que tenía invitación me adentre en aquel misterioso lugar. Subí por unas escaleras que me condujeron a una sala grande. La decoración era extraña. Por todos lados decenas de estanterías pero ningún libro en ellas. El sonido de un instrumento llenaba la estancia con su melodía serena, aunque no conseguí encontrar su origen. El incienso llenaba mis pulmones produciéndome una sensación de relajación que jamás había sentido antes. En el suelo cojines y un pequeño diván de terciopelo. Una voz resonó en mi cabeza, melódica y suave.
-Ponte cómodo, estas como en tu casa-.
Decidí hacer lo que tan amablemente me pidieron y deje caer suavemente mi cuerpo sobre el diván. Mire en rededor y por el único vano de la estancia, precedido por unas finas cortinas blancas, observe que la noche seguía avanzando lentamente. Una nueva presencia entró sigilosa. A pesar de la situación no estaba en estado de alarma, sino todo lo contrario. Aquella figura femenina se fue acercando. Y acercando. A escasos centímetros de mi rostro, volvió a hablar. Su voz me acaricio hasta llegar a mis oídos.
-Cierto es lo que he oído de ti- Su cara lucia una misteriosa sonrisa que me resultaba por momentos más y más atractiva, pero nada se exteriorizaba.
-¿y… que has oído de mí, misteriosa Promethea?- mi voz era fría como el hielo, pero siempre amable.
Ella se separó un poco, me rodeo y poso sus manos, increíblemente suaves, sobre mis hombros anchos. Con suavidad me quitó la fina cazadora de piel y la poso en unos cojines. De regreso cogió dos vasos pequeños y me tendió uno de ellos. El tacto cálido de la porcelana abraso mis manos congeladas por el frio de la noche. Se sentó junto a mí. Y hablamos hasta las primeras luces del alba. La conversación pasaba de tema en tema. Yo no podía apartar mi mirada de aquellos ojos verdosos precedidos por unas delicadas gafas. Me tenía cautivado, quién lo diría, pero no me importaba en absoluto. Estaba cómodo, me sentía perfecto acurrucado por aquella música, la luz desprendida por varias velas repartidas por aquella sala, cada vez más parecida al Olimpo griego, y por su presencia cada vez más cerca de mí persona.

Me vi sorprendido cuando apoyo su cabeza en mi pecho y se recostó junto a mí en aquel diván de tacto tan agradable. Sentí mientras seguíamos hablando como su mano tanteaba la mía, me aferro la muñeca y aguardó unos segundos en silencio. Después se volvió y nuestros rostros volvieron a estar peligrosamente cerca. Aquella mano fue trepando por mi brazo lentamente, produciéndome un tenue cosquilleo por todo el brazo. Aquella mano juguetona terminó posándose en el lugar donde tendría cabida esperar los latidos de un corazón que no llegaban a resonar. Entonces acercó más su angelical rostro, avanzaba lentamente pero segura. Parecía esperar algo. (¿Tal vez que yo diera un paso también?). Estaba ingerido por un terror, un profundo “ISI” cada vez más notorio y que no tardaría en salir a la superficie. Me aparte como pude, cayendo del diván y rompiendo aquella atmosfera que nos envolvía. Invadido por una adrenalina diferente a la que me embargaba de forma natural. Presa de un pánico atroz corrí escaleras abajo. Abrí la portezuela de mi fortaleza y volteé la bestia con un atronador rugido levantando toda una densa capa de tierra a mi tras y desapareciendo entre la niebla. Ella contemplaba desde la ventana y escuchaba el rugir de la bestia a través de la niebla. Cuando creyó haber dejado de escuchar aquel sonido alejándose a toda velocidad, volvió la mirada a dentro y sin querer posó la mirada sobre la cazadora de su recién fugado invitado. En voz alta se sorprendió diciendo.
-Es cierto lo que sobre ti escuche. No solo eres un ser sin corazón… sino que temes que este vuelva a latir otra vez. Pero... nos volveremos a ver… Dark Driver-.
Finalmente apago las velas con un pequeño movimiento de mano dejando la estancia sumida en la oscuridad, solo quebrada por la luz del amanecer y el eco todavía audible del motor de la bestia alejándose a toda velocidad.


Parte 2

25/1/12

Saturday Night Race

Sobre el bracket del conductor me encontraba, contando cada segundo que el reloj pasaba. Un tímido llavero colgaba con un curioso logo en el reverso. Estaba varado junto a un edificio en el centro de la ciudad a la espera de lo inesperado. Cierto nerviosismo me poseía. Era mi primera vez pero llevaba cientos de noches planeándola al detalle. No dejaba de preguntarse una vocecita en mi interior si de verdad estaba… preparado para algo así, o si por el contrario me estaba apresurando. Las manos, cubiertas parcialmente por unos guantes, reposaban bailarinas sobre el volante. ¿Qué final me depararía aquel día?

Eran las diez de la noche, el cielo estaba oscuro, el sol se había ocultado hacía un buen rato. Aquella cita llevaba planeada desde hacía poco menos de una semana, y desde entonces la esperaba con ganas. Entre mis cavilaciones y divagaciones, dejé inadvertido un segundo coche que se aproximaba desde el final de aquella calle. Aquel misterioso coche se detuvo junto a mi ventanilla y su conductor me hizo unas señas para bajase la ventanilla, tras una breve conversación, me dijo que lo siguiera hasta el emplazamiento real de la cita. Era un Seat León, y por los acabados seguro que una de las versiones deportivas. Pero tenía mis esperanzas en mi propio coche, un Citroën Saxo v16 modificado que me salió por algo más de cinco mil euros. Salí de aquel sitio sin ninguna pinta de vacile, y comencé a seguir al león a través de las oscuras calles de la cuidad. El nerviosismo comenzaba a apoderarse de mí, un hormigueo afloraba con más rabia, y cada vez que las luces de freno se encendían sin motivo alguno, empezaba a mirar por los alrededores. Tras unos largos veinte minutos aparecimos en el puerto de carga ferroviario. Allí una docena de coches aparcados en cortas hileras aguardaban bien a correr, o simplemente para ver como otros competían. El león se detuvo finalmente y yo pare a su lado. Estaba bajándome del coche y una voz efusiva me saludo desde atrás. Me sorprendí gratamente de encontrar una voz conocida en aquel nuevo ambiente, era Álvaro un compañero de clase. También se unió el conductor del león. Tras una informal presentación Álvaro, me explico un poco la dinámica de aquel estilo de competición. Había cuatro participantes por manga, se darían dos vueltas al circuito, siempre y cuando no hubiera algún “imprevisto”, y aquel que pasase primero por la cinta ganaría la manga.



Antes de empezar a correr, paseé observando cada coche. Todos estaban modificados, pero en su mayoría no para correr, o por lo menos no lo aparentaban. Muchos tenían luces bajo el chasis, ruedas blandas de perfil bajo, y kits de ensanche pero pocos tenían modificaciones tan radicales como para ser máquinas de competición. Después de reconocer las máquinas de mis rivales, regresé a mi coche y aguardé junto a él hasta que diera comienzo la carrera. Una misteriosa sensación se adueñaba de mí, como un manto que poco a poco  cubría las pocas ideas que tenía sobre conducción deportiva. Tenía miedo, estaba muy nervioso por el circuito. Cientos de preguntas se me abrían como cortes sobre la piel a los que hubieran echado vinagre. De nuevo aquella vocecita resurgió con nitidez haciéndome preguntas que poco a poco me carcomían igual que una termita un tocon de madera. Una mano se posó en mi hombro acallando por un instante todas las preguntas y voces. Llegó el momento de la verdad. Alguien ajeno a los corredores, que ya se estaban preparando para colocarse en la línea de salida, había trazado el circuito a través de los enormes canjilones de carga esparcidos por aquella vasta superficie. Un chico había colocado una tira de cinta de la policía como marca de salida, y estaban sujetas en los extremos por dos enormes conos naranjas. Me dirigí junto a los otros tres coches hacia la línea de salida. Todos frenaron junto a la línea, pero yo debido al nerviosismo, pasé más de medio coche de la línea de salida. Una marea de voces comenzaron a gritar que marchara para atrás para colocarme a la altura de los demás. Retrocedí con las indicaciones de uno de los pilotos que estaba junto a mí. Me fijé que en cada coche, había dos personas, el piloto y un acompañante. Por lo que había oído por ahí, al parecer los recorridos por esta zona eran complicados y era fácil perderse a través de los canjilones, por lo que cada piloto llevaba durante la carrera a un copiloto que le decía el recorrido. Pero se ve que que al ser nuevo nadie se fiaba de mi forma de conducir, y el único que me conocía también participaba en la carrera. Estaba sorprendido, la verdad me esperaba otra forma, no sé... más espontanea. Pero daba igual, era mi primera carrera al otro lado de la línea de la ley. Unos golpecitos en la ventanilla me hicieron volver la cabeza hacia la ventanilla del copiloto. Una chica aguardaba al otro lado. Al parecer sería ella la valiente que me guiaría a través del entramado de callejuelas del puerto. Su melena era larga y lisa de un color ocre y reflejos miel bajo una luz blanquecina de algunos faros. Se presentó como Elisa. Un nombre muy bonito. Yo también me presenté. Arturo es mi nombre, y seré el piloto que se dejaría llevar hacia donde su voz me guiase. Con todo sobre la mesa, incluidas algunas apuestas, la carrera podía comenzar. Una figura valiente se colocó ente el segundo y el tercer coche. Señalaba, y el coche aceleraba. De uno de mis contrincantes surgió una llamarada acompañada de un fuerte y atronador petardeo. El segundo también mostró los dientes de su montura. Mi turno. Aceleré con la marcha en vacío dejando escapar a través del escape racing un bufido impresionante. Y el cuarto vehículo también hizo lo mismo. Entonces aquella figura levanto los dos brazos, y una voz me dijo que saliera cuando los brazos bajaran, los brazos descendieron y todos los coches partimos destino a la negrura de la noche.

Tras la salida conseguí el tercer puesto, y comiéndole espacio al Toyota que me precedía. Mis faros, inquisitivos, se reflejaban en la parte posterior y de refilón algunos catadióptricos en los laterales. Álvaro no dejaba de moverse evitando encontrar un hueco para poder pasarle y ponerme a la cola del león que mantenía el liderato. Elisa me alertó del primer cambio de dirección, una curva cerrada rodeando un contenedor. Reduje sacando las agujas a la zona roja. El Toyota se alejó ligeramente y entonces lo vi. Pise de nuevo y gire el volante con una mano mientras la otra se mantenía sobre la palanca dispuesta a meter una nueva marcha en el momento óptimo. El sonido era atronador. Pasamos a ras entre el contenedor y el coche de Álvaro, salimos parejos de la curva pero con más par que él, lo dejamos atrás en la siguiente curva marcada con unas flechas fotosensibles. Mi copiloto todavía con la boca abierta, no creía el espacio que acabamos de dejar atrás. Volábamos entre los contenedores a velocidades que jamás creí posibles de no haberlas experimentado. La adrenalina fluía por mis venas como un torrente salvaje de óxido nitroso. Nunca me sentí tan cerca de la vida como en aquel momento, aunque para mi compañera creo que fue todo lo contrario. Ahora las luces del Toyota irradiaban con furia lejana sobre los espejos retrovisores, aunque mi objetivo era otro coche, de oscuro color y ensangrentadas bandas por los laterales. El coche de Álvaro ya no suponía problema, ahora deberíamos sacar segundos de curvas apuradas y trazadas idóneas. Mi copiloto me miraba, seguía indicando los cambios de dirección, no apartaba los ojos de las aristas que parecían acariciar la superficie del saxo mientras este deslizaba por el hormigón pulido. Ahora estábamos a punto de entrar en la segunda vuelta, después de cuatro eternos minutos, el león de mi rival estaba casi a tiro y el resto de rivales estaban desaparecidos de los retrovisores. En la línea de meta, los coches que estaban aparcados con los faros encendidos pasaron por las ventanillas como centellas a escasos centímetros de nosotros. El velocímetro modificado señalaba en el lado diestro de la esfera los doscientos por hora. Los catadióptricos eran pequeños borrones de luz por las ventanillas, los faros del león una meta que debía alcanzar. Sentía como el rebufo abierto por él nos absorbía y catapultaba arañando segmentos a ambas esferas. La primera curva a la vista, el león toco el freno y tomo la curva, yo levante el pie del acelerador y lo apoye en el freno, reduje marcha y deje fluir el coche, situado en ciento treinta tome la curva deslizando con suavidad y comencé a acelerar de nuevo. Con cada trazada y cambio conseguíamos arañar centímetros al león. Tan cerca que mi coche se había convertido en una prolongación suya. Por fin aquello que esperaba. La presión de mis faros sobre su nuca le hizo abrirse demasiado en una curva y conseguí colarme por el interior. Pasado el león ahora era la única preocupación. Hundí el pie en el acelerador, el coche respondió con un bufido y un pequeño petardeo de estilo competición. Ahora empezaba la auténtica prueba. Intente alejarme lo más que pude mientras le durase la sorpresa pero no fue tanto margen como esperaba y no tardó en lanzar su coche contra nosotros en acoso sin igual. Faltaban cerca de cuatrocientos metros de circuito de los cuales menos de la mitad me eran favorables debido a la manejabilidad del coche, pero el otro porcentaje eran doscientos metros de rectas inacabables. En las curvas apuraba al máximo tanto la trazada como velocidad, mi copiloto estaba impactada y pendiente de la fiera que nos seguía de cerca. La meta se veía más y más próxima. La última curva antes de llegar a la recta, la tomamos con un chirrido de fondo producido por los neumáticos traseros. Tras recuperar la pequeña tracción perdida nos lanzamos por la ancha recta. Vi horrorizado como el león ganaba terreno con rapidez. Hundí más el acelerador. Sentí como el par motor nos empotraba en el asiento. La aguja subía  pero no era suficiente. Ambos parejos. Los metros se acababan y con ellos mi oportunidad de ganar. El tiempo era escaso y pocas las oportunidades. Reduje marcha sin más. El motor salió en rugido feroz. La aguja de las revoluciones salió propulsada como por un resorte hasta la zona roja, poco antes de cruzar sobre la cinta amarilla. Ambos coches cruzaron casi al unísono sobre la línea. Las dudas nos envolvían a los dos, ¿Qué coche paso primero? Pero antes de poder dar respuesta a la pregunta varias luces azules aparecieron desde la nada. La policía.

El león salió contra ellos con un rechinar de neumáticos. Yo engrane la marcha atrás y hundí el pie en el pedal y cuando las revoluciones estaban altas gire el volante volteando el coche en un profuso trompo. Uno de los coches patrullas se puso a nuestra cola poco después  de emprender la huida. Las luces azules y los fogonazos llenaban el habitáculo, mi copiloto no dejaba de voltear la cabeza. Un sudor frio me recorría el cuerpo entero. La opción más clara en medio de aquella confusión de coches a la fuga, era intentar perderlos entre los canjilones dada la maniobrabilidad del saxo pero también arriesgado. Comencé a zigzaguear entre las callejuelas estrellas abiertas entre los contenedores, en algunos giros pasábamos a escasos centímetros de las aristas. Parecía que el C4 policial no podía seguir nuestro ritmo y poco a poco nos iba perdiendo distancia. La puerta estaba despejada y partimos hacia ella. Ahora estaba asustado y corría presa del pánico, pero había que admitir que era muy emocionante. Pasamos por la puerta a toda velocidad, con un pequeño derrape con el freno de mano, logramos encarrilarnos de nuevo por la carretera dirección a la ciudad. Parecía que la policía se había rendido pero no estaba del todo seguro. En la oscuridad varias luces azules y naranjas cerraban el paso. Un control. Y por supuesto, habrían pasado tanto el modelo como la matrícula de todos los coches implicados en la carrera, por lo que no era seguro continuar. Con las luces apagadas nos metimos por un pequeño sendero a la espera de poder seguir sin más inconvenientes. Pasaron los eternos minutos sumidos en el intenso silencio y la oscuridad que se filtraba por las ventanillas. No sabíamos el tiempo que allí llevaríamos, encajados en los asientos de competición. La verdad fue un fastidio no saber quién ganó. Pero no estuvo mal la cosa. Una nueva vista al horizonte y todas las luces habían desaparecido. Me ofrecí a acercarla hasta casa pero ella tan solo me pidió que parase en un parque cercano. Conduje hasta la zona, sumido en ese silencio incómodo y pesado, como el de la espera. Ella me lo agradeció y después se perdió en la oscuridad de la noche. me parecio ver como subia a un coche blanco aparcado en la sombra y partieron en la noche. Ya de regreso en la habitacion de mi residencia, hice inventario de aquel intenso día tirado panza arriba en la cama,  y no tarde en quedar bajo un profundo sueño con una pregunta escondida. [Elisa, volveriamos a coincidir?]

A la mañana siguiente en mi casillero de correo encontré un sobre, sin nombre, con una nota en su interior que decia así:
"Enhorabuena."

Continuacion:: Tres años despues. Ciudad Real.