poemas de amor Crazzy Writer's notebook: intriga
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31/8/14

Annie [Personajes extraños, Parte 2]

Un portazo rompió el silencio de aquella angosta y fría sala.
-Por favor… respete los derechos de mi cliente-.
Un hombre alto atravesó la sala. Rodeó la mesa metálica y dejó su maletín de cuero negro sobre ella. Miraba a ambos detectives con aquellos ojos fríos precedido por unas finas gafas de montura al aire. El cruce de miradas fue largo, el silencio eterno. Enojo y asombro nacían de la mirada de los detectives. Por fin, el más joven de los dos decidió quebrar aquel insulso silencio.
-Quién es usted. Y qué hace aquí-. Increpó mostrando su descontento. –Si ni siquiera esta…- La frase quedó incompleta ante el codazo de su compañero. Pero una sutil sonrisa se había instalado en el rostro del recién llegado.
-Soy el abogado que le han asignado… y dado que MI cliente tiene unos derechos… que menos que otorgárselos-. Hizo una pausa mientras tomaba asiento junto a mí.-… E interrogarlo, sin estar presente su abogado, no creo que sea plato de gusto para sus jefes… ni para el mío-. Su risa reverberó por toda la sala. –Bueno… ya hemos postergado esta charla más de lo debido. ¿Les parece si continuamos?-. Sugirió el abogado mirando de nuevo a los dos detectives.
Tras una fugaz mirada cómplice ambos tomaron asiento aceptando con resignación los argumentos del abogado. Estaban dispuestos a continuar con aquellas preguntas cuyas respuestas estaba deseando olvidar. El temor se adueñaba de mí, aquella pesadilla no hacia más que repetirse una y otra vez en mis recuerdos. Estábamos sumidos en el silencio hasta que la voz de Voretto, el más veterano de los detectives, cobró vida de nuevo.
-Bien… cuéntenos los hechos otra vez-. Se frotó los ojos que delataban un alto grado de cansancio, aun así me escrutaba en busca de algún indicio de mentira. Alguna contradicción. Dado que mi relato no sonaba demasiado creíble.  
-Bueno… estaba viendo la televisión en mi piso cuando de pronto escuché unos ruidos extraños al otro lado de la pared. Parecían canticos pero no sabría como describirlos…-. Mi abogado me miró con cierto interés, era la primera vez que me dirigía una mirada pero hubiese preferido que nunca lo hubiese hecho. Aquella mirada consiguió estremecer mi alma, no había nada de humano en ella.
-Sr. Smith, por favor prosiga… no se coaccione por mi presencia… no soy más que una formalidad-. Apremió el abogado con una voz tranquila y suave.
-…Eh…-. Aquel estremecimiento había cortado los débiles hilos de aquella historia de la que no estaba convencido de si había sido o no real.   
-Los canticos, Sr Smith-. Se reclinó ligeramente mientras entrelazaba sus manos delante de su boca.
-Ah… si, estuvieron unos minutos cantando en una lengua extraña pero al poco se callaron y se hizo un silencio sepulcral. Una calma llenó el edificio pero no era una calma corriente...-. Inspiré, tratando de buscar los términos más adecuados para expresarme. -...era una calma que te atormenta, te taladraba y sobrecogía, no pueden hacerse una idea-. El compañero de Voretto me miraba con atención. Las lágrimas habían comenzado a deslizarse por mis mejillas. Voretto sin embargo no perdía de vista al abogado que seguía sin inmutar un ápice sus facciones elegantes y juveniles.  Guardé silencio mientras luchaba por mantener la serenidad.
-Continúe… nos tiene sobre ascuas-. Una sonrisa sarcástica surgió ligera en sus labios perfectos.

-Dios... no, no puedo-. Me dejé caer sobre la silla, recordar aquella parte de la historia era lo peor, aquellas escenas se habían grabado a juego en mi subconsciente, a pesar de mis múltiples intentos por olvidarlas. -No me hagan pasar por este trago otra vez, se lo ruego-. Aquella atmosfera se me había echado encima, su frialdad e impersonalidad era demasiado dura para mi desgaste emocional.
-Venga hijo. Sabemos que es duro, pero es necesario-. Se Levantó y dejó caer su mano suavemente sobre mi hombro como muestra de apoyo. Podía percibir la compasión y pena en su mirada.

Entonces se escucho el crujir de un sobre. El compañero de Voretto extendió unas fotos con furia sobre la mesa.
-Mira… Mira las fotos, joder. Como demonios se puede hacer algo así sin que nadie se entere. ¿Espera que nos creamos esa historia fantástica que nos ha contado antes?-. Los puños se estrellaban con fuerza.
No me hacían falta aquellas fotos. Sin mirar nada sabía lo que en ellas se había retratado, tal vez con menos dureza, de lo que yo recordaba. 
-Por favor, mantenga la compostura. Así no va a conseguir que mi cliente responda a sus preguntas-. Miró al detective con una ligera sonrisa en el rostro. Se inclinó levemente sobre las fotos para soltar poco después un largo silbido. -Sin duda alguien se lo pasó en grande-. Parecía completamente inmunizado ante la brutalidad que se exponía en aquellas fotos. –Por favor, prosiga-. Me instó.
-B-bue-no, estaba en medio de aquel fuerte silencio cuando de pronto vi como varios rayos iluminaban parte del cielo, aunque no era un rayo normal…-. Me quedé dudoso en volver a comentar aquello, la verdad es que resultaba demasiado increíble. Guardé un poco de silencio y proseguí muy a mi pesar. –Eran de color verde y además no cayeron desde el cielo, sino… que... ascendieron desde el suelo-. El siniestro abogado me miraba con cierto asombro pero sin perder aquel matiz de diversión. - Y la luz se cortó, en un principio creí que eran los plomos pero cuando los comprobé estaban todos bien, aunque ciertamente me sentía como en un sueño-. Guardé silencio al ver la cara de disconformidad del detective. -Si, como en esa clase de sueños que parece que estas despierto pero no lo estas-. Me quedé un momento en blanco y de pronto recordé la palabra. -Un sueño lúcido-. Di un respingo en la silla.
-Eso no tiene demasiado sentido-. Se encogió de hombros. -Pero pase-. Volvió a interrumpir el compañero de Voretto. –Sigamos con las chicas-. Se reclinó en la silla tratando de imitar la postura de su compañero que seguía sin perder de vista al abogado, que escuchaba atentamente mientras su mano jugaba con la estilográfica.
-Mi mis-s vecinas…-. El recuerdo de aquellas chicas me sobrecogió. Las había visto esa misma mañana bajando con aquella elegancia y travesura. Eran muy activas todas ellas, y era muy fácil entablar conversación con ellas. –Bueno… lo cierto es… que eran muy activas…-. Tragué saliva mientras mi mente reproducía la frase que diría a continuación, acompañado de los archivos acústicos de aquellas noches en las que se escuchaban sus gemidos hasta altas horas de la madrugada. –Y no resultaba raro escucharlas hasta las tantas de la mañana pero… pero lo de esta noche… … aquellos sonidos no eran como los que estaba acostumbrado a escuchar… eran todavía más intensos... mucho más-. Me ruboricé al recordarlo de nuevo. -Parecían casi salvajes, tanto que yo mismo llegué a… a… eso-. Lancé una fugaz mirada hacia el pantalón y creo que si comprendieron. -Con solo escucharlas. Ignoraba cuanto tiempo había durado todo aquello pero todo aquel escandalo terminó de la misma forma en que había comenzado…-.
-Con aquel rayo verde… sí-. Remató Voretto con resignación y sarcasmo. Ahora el abogado tomaba algunas anotaciones en una libreta personal de tamaño reducido. Bajo aquellos fluorescentes que emitían aquella luz pálida luz hubiese jurado que los ojos de aquel que se presentó como mi abogado brillaban de una forma llameante. –Y entonces… Sr Smith, dice usted que se masturbó mientras escuchaba a sus vecinas mantener relaciones sexuales-. Hubo un silencio muy violento, antes de que siguiese con la segunda parte de aquella  frase. –También lo hizo mientras las desmembraban y las masacraban, Sr Smith-. Aquella curvatura implicaba que mi historia no hacía más que inculparme más y más.     
-Ni siquiera llegué a tocarme, fue como estar viviendo un sueño erótico, la misma sensación. Y le repito que no se escuchó absolutamente nada fuera de aquel frenesí sexual-. Estaba empezando a sudar y a tiritar. Las acusaciones. Las fotos. La atmosfera. Y lo peor de todo, aquel abogado. Todo aquello estaba destrozando mi sistema nervioso y no creo que pudiese reprimir por mucho más tiempo el ataque de nervios.
-Nos está asegurando entonces que aunque a la chica la atravesaron el vientre desde dentro. ¿No se escuchó ni el más mínimo quejido?-. El compañero de Voretto negaba con la cabeza.
-Eso sin contar con la otra chica desaparecida… -. Añadió el otro detective.
–¡Pero se ha fijado en cómo estaba la habitación, si había salpicaduras por toda la casa en un radio de nueve metros, techo incluido!-. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
-¡¡CLARO QUE SÍ, AGENTE!!. TODAVÍA NO ME HE PODIDO OLVIDAR DE AQUEL GROTESCO ESCENARIO. QUÍEN CREÉ QUE LES AVISÓ, ¿EL RATONCITO PÉREZ?-. Estallé a voz en grito levantándome tan súbitamente que en el proceso tiré la silla, que cayó con un gran estruendo. -ME TIENTEN HARTO, ¡¡TODOS!! NO TIENEN LA MÁS MINIMA NOCIÓN DE SENSIBILIDAD. Y CREANME... MÁS GANAS DE ATRAPARLE TENGO YO QUE USTEDES-. Sentía como me ardía todo el cuerpo, el palpito acelerado subiendo por mi cuello hasta estallar en mi craneo. -LA CHICA DESAPARECIDA DE LA QUE HABLAN, SE LLAMA ANNA GARCÍA, Y ESTABA ENAMORADO DE ELLA HASTA LAS TRANCAS... PERO ¡¡NO!! EL ARTÍFICE DE SEMEJANTE BARBARIE HA TENIDO QUE SER POR UN ARREBATO DE CELOS ANTE LA INGENTE CANTIDAD DE TIOS MACIZOS QUE ELLAS TRAIAN A CASA Y LAS TRATABAN COMO JUGUETES SEXUALES. ESTOY HARTO... harto, haaarto...-. Aquella reacción les cogió por sorpresa. Tanto, que el más joven no dudó en echar mano de la pistola. Ambos me miraban estupefactos, incluso el abogado se retiró levemente. Entonces sentí como todas mis fuerzas me abandonaron de pronto, haciendo que me tambalease antes de quedarme completamente a oscuras.
[· · ·]
-Sr Smith, ¿se encuentra mejor?-. Aquella voz. La tranquilidad, y la profundidad de su tono. Me estremecí a imaginar su rostro. –Ya ha pasado todo. No tiene nada de qué preocuparse. Tras traerle a la enfermería he estado hablando con el detective Voretto y quiero transmitirle sus disculpas, pero hace varios años tuvo un caso similar que todavía sigue activo y dadas las fuertes similitudes… ya sabe-. Hizo un pequeño guiño.
-¿Entonces?…-. Pregunté con curiosidad ante aquellas palabras. –¿Ya está? ¿Me puedo marchar?-. Mi voz estaba cansada, tanto como el resto de mi cuerpo. Miré mi ropa todavía salpicada de sangre por la inútil reanimación.
-Así es Sr Smith, no creo que volvamos a vernos-. Su risa sonó sincera, mientras arreglaba su corbata y terminaba de recoger su maletín. –Lamento mucho la pérdida de su compañera sentimental, piense que la muerte no es un obstáculo para el vínculo del amor-. Tendió su mano que estreche con firmeza como despedida.
-No tiene pinta de ser un abogado de oficio asique supongo que no tardaré en recibir la factura con sus honorarios, verdad-. Pregunté mientras nuestras manos se separaban. Sentí su mirada recorriéndome con aquella expresión divertida. Aunque no detectaba lo cómico de la situación.
-Nada, no debe preocuparse por eso. Está todo solucionado-. Su sonrisa me tranquilizó ligeramente y me intrigó aún más. Había comenzado a caminar hacia la puerta pero entonces se detuvo en seco. –¡Ah! Aguarde, casi se me olvida-. Regresó a la mesa y sacó unos papeles del maletín. –Debe usted firmar estos documentos de la declaración. Casi se me olvida-. Dejó los papeles sobre la mesa y me tendió aquella cara estilográfica con la que había estado jugando en el interrogatorio.   
-Gracias por la ayuda que me ha prestado, pero no se su nombre…-. Pregunté al tomar la estilográfica, aunque pareció no haber prestado atención a mi pregunta.
Después de dejar grabada mi firma en aquel papel y rubricarlo él, volvió a guardarlos en el maletín y salió por la puerta dejando tras de sí un halo de elegancia y ligera arrogancia.
 
Ya en la calle, pude sentí el frio helador de aquella noche. Metí las manos en el bolso y entonces una de mis manos tropezó con un tarjeta de bordes afilados. La extraje de este y acudí a la triste luz de una farola.
 
-Ángel Cruz. Abogado-. Leí para mí mismo. Entonces las preguntas regresaron a mi cabeza, quién lo había enviado. Y qué había sido de Annie…
 

25/8/14

Annie [Entrevista con el diablo, Parte 1]

La atmosfera que me rodeaba se sentía sombría y tétrica. Avanzábamos con lentitud en una barca de remos a través de una laguna de aguas densas y espesas de las que manaban extraños sonidos y hedores. Cuando atracamos en aquel puerto lúgubre y de madera raída por el paso del tiempo el barquero que nos llevó a la otra orilla tomó mi brazo reteniéndome dentro del barco. Aquello me congeló completamente, el tacto de su mano helada.
-Aguarda-. Dijo con una voz de ultratumba.
El resto del pasaje fue descendiendo en silencio en fila de a uno, cuando el último de la fila hubo bajado el barquero retiró la embarcación varios metros de aquel lugar. Varias criaturas salidas de la nada se abalanzaron con fiereza sobre aquel grupo que ante la sorpresa huyó despavorida en diversas direcciones. Los gritos y los gruñidos hicieron que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo, y más aún al pensar que yo, de no ser por aquel siniestro personaje, hubiese corrido la misma suerte. La curiosidad era tal que reuní el valor para preguntarle.
-¿Por qué?-. Dije con voz temblorosa. –Por qué no me ha dejado allí con ellos-. Pero él pareció ignorarme, tan solo contemplaba con indiferencia aquella matanza de la que pocos lograron escapar. –Qué me diferencia de los demás-. Aguardó en silencio. Y cuando di aquella conversación por terminada miré con asombro como señalaba una carroza que ahora aguardaba junto al embarcadero.
Se aproximó de nuevo con cuidado y una vez atracado el barco me ayudó a descender de él.
-Gracias-. Dije en apenas un susurró mientras me encaminaba hacia aquel carruaje que aguardaba inmóvil. De pronto del otro lado apareció una sombra larga y de tez pálida que abrió la puerta. Aquello me sobresaltó, todavía seguía impactada por la escena que había presenciado apenas unos minutos antes.
-Supongo que será Annie-. Dijo mientras me miraba descaradamente de pies a cabeza. – No debe preocuparse, yo cuidaré de usted hasta destino-. Parecía más cordial que aquel barquero pero resultaba igual de escalofriante. –Ahora le ruego se apresure-. Comentó tendiéndome la mano para subir al interior que se mostraba realmente lujoso.
-Mi nombre es Annie pero no comprendo todo esto-. Estaba confusa, asustada e intrigada. A dónde me llevaría aquel personaje. –A donde tengo que ir, y quién está detrás de todo esto-.
-Veo que no está del todo informada de lo que ha pasado-. Esbozó una sonrisa. –No se preocupe, allí donde la llevo la pondrán al corriente de todo cuanto le ha sucedido. Pero no ha de temer a cuanto sucede aquí-. Trató de tranquilizarme. –Cómo ha podido ver su trato difiere en gran medida del resto, eso debería ponerla sobre cierta pista-. Rio con un matiz muy semejante a la alegría.       
Aquello la verdad me dejó algo más tranquila. Subí y me dejé caer en el asiento de piel. Aquel tacto suave y laido me rodeó. Miré por el ventanuco, todo era oscuridad y penumbra. Y por aquel paisaje yermo me hacía una ligera idea de donde podría estar. El carruaje se puso en marcha y antes de darme cuenta aquella laguna había desaparecido del ventanuco. Me percaté de que nos movíamos a una velocidad bastante elevada, pero lejos de querer cuestionar sobre mi dudoso futuro prefería recordar cómo había llegado allí y porque no lograba acordarme de casi nada.
Traté de esforzarme en hacer memoria pero todo cuanto lograba rescatar eran recuerdos borrosos de algunos cantos y un libro misterioso que encontramos en un mercadillo de New York, lo siguiente que recuerdo era estar en aquel bote rodeado de ánimas mustias y aterradas.
La velocidad disminuyó paulatinamente hasta detenernos en una ciudadela con varios edificios de estética moderna. Resultaba demasiado extraño aquel contraste de vehículos tirados por extraños animales de aspecto fiero y aterrador, y aquellas construcciones de hormigón, acero y cristal similares a los del mundo humano. Aquel pensamiento se me antojó demasiado extraño, pero realmente debía asumir que estaba en otro lugar diferente, fuese el que fuese.
La puerta se abrió de repente contando aquellos pensamientos. Al otro lado, la sombra alargada con una sonrisa.
-Bueno, hemos llegado. Espero que el viaje no se le haya hecho demasiado largo, ahora debe entrar. La están esperando, y no es bueno hacerle esperar-. Rio de nuevo mientras me tendía la mano para ayudarme a bajar.
-Y dónde se supone que hemos llegado, porque ando un poco desorientada, y quiera que no sería un bonito gesto por su parte decirme donde estoy-. Traté de poner una carita de pena acompañado de una sonrisa. Aquello le provocó un estallido de sonoras carcajadas.
-Desde luego como súcubo le espera un futuro de lo más prometedor, querida-. Trató de recuperar la compostura. “Súcubo”, aquel término me sonaba pero terminaba de comprender. –Pero tiene razón. Estamos en la ciudadela de La Perdición, en el infierno-. Mi cara se descompuso en el momento, qué hacía en aquel lugar. –Oh, no. No. No se asuste Anna, no está aquí como condenada…-. Dejó la frase en suspenso. – Y ya he comentado de más, ahora por favor suba-. Su tono cambió. Ahora sonaba realmente preocupado.
Bajé del carruaje y caminé hacia las puertas giratorias por las que no dejaba de pasar gente. Entonces escuche a mi espalda la voz del chofer.
-No tema, seguro que lo consigue. Mucho ánimo-. Alzo la mano antes de dar a las riendas que ataban a las bestias al carruaje.
El edificio estaba abarrotado de personas, muchas de las cuales vestían caros trajes y portaban maletines a juego. Me encaminé hacia la chico que estaba en el puesto de información con intención de pedir indicaciones.
-Hola-. Dije tímida al chico que miraba atentamente la pantalla de un ordenador mientras hablaba por un auricular inalámbrico. Me miró con unos ojos de color verde intenso.
-En qué puedo ayudarla-. Respondió cortante. En ese momento me di cuenta de que no tenía nada que poder decirle para que me ayudase, porque ni siquiera conocía el motivo de mi estancia allí o el nombre de aquel que me convocaba. -¿Señorita?-. Instó de nuevo.
-Leroy, ella es cosa mía-. Dijo una voz suave detrás de mí. –Tendría la bondad de acompañarme, Sra. García-. Me ofreció la mano con un aire muy galán, aunque dejaba entrever una curiosa sonrisa dentro de la formalidad. 
Aquel chico de veinte muchos aguardaba estoico. Al igual que muchos otros, vestía un traje oscuro, con camisa a juego y corbata de color rojo fuego. Me miraba con sus ojos de un color amarrillo dorado.
-Don Nicholas aguarda-. Apremió el chico, como si supiese de quién estaba hablando, pero parecía importante.
-Claro, adelante-. Trataba de disimular mi confusión y mi asombro ante aquel nuevo guía. Él comenzó a caminar mientras trataba de ponerme a su altura. –Sólo una pregunta-. Traté de iniciar una conversación mientras aguardábamos al ascensor.
-De acuerdo pero solo una-. Su seriedad era inmutable. Aquello me puso un poco nerviosa porque realmente tenía cientos de preguntas.
-Verá…-. Traté de comenzar. –Mis recuerdos son demasiado confusos y no consigo comprender el motivo de estar…-. Mantuve cierto silencio para tratar de asimilar lo que diría a continuación porque no dejaba de ser un cierto palo.
-¿En el infierno con un trato tan extraño?-. Terminó la frase. En aquel momento lo miré sorprendía al escuchar mi propio pensamiento. Sus ojos dorados me miraban por encima de sus gafas negras de Dolce Gabana. –Bueno, eso estaba descrito con detalle al pie de página del libro que leyeron su compañera y usted-. Dejó entre ver una imperceptible sonrisa. –Pero deduzco que no llegaron a esa parte, de todas formas ahora le informaran mejor. A fin de cuentas yo solo debo traerla aquí-. El ascensor se detuvo sin hacer el menor atisbo de ruido. Las puertas se abrieron dando lugar a una sala donde aguardaban varias personas cabizbajas y asustadas que mostraban ropas raídas y cadenas gruesas que los mantenían en los bancos. Un poco más adelante una chica joven taquigrafiaba una pila de informes a una velocidad de vértigo.
-Oh, Ángel otra vez por aquí-. La chica mostró una sonrisa encantadora con cierto matiz travieso. Desde luego para ser el infierno no había visto ninguna criatura terrorífica hasta ahora, salvo los animales que tiraban de los carruajes.
-Si, me pregunto si será por la taquígrafa tan guapa que me recibe cuando vengo-.  Dejó caer con voz traviesa acompañado de una fugaz sonrisa antes de recuperar la seriedad y aquella formalidad. –Tiene una convocatoria-. Me señaló con un ligero gesto, aunque yo seguía sin entender nada.
-Entonces querida, mucha suerte porque rara vez pasan la primera prueba-. Susurró con la sonrisa más amable y sincera que había visto nunca, pero no se sabía que podía ocultar y menos estando en el Infierno.
Aquella puerta nos condujo a un inmenso despacho ligeramente sombrío e iluminado con varias velas estratégicas. Al otro lado de una mesa de madera maciza con diversos tallados ornamentales la figura de un señor con una melena oscura recogida en una coleta y barba a juego, leía varios papeles con ayuda de unas gafas, lo que le confería un aire muy apaciguador, aunque… parecía estar ante el mismo diablo.
Mi acompañante carraspeó ligeramente para introducirse.
-Señor, aquí está-. Comentó con voz ceremonial. Su interlocutor levantó la vista y sonrió con agradecimiento.
–Muchas gracias-. Nos miró con detenimiento e indicó que me aproximase. –Por favor señorita…-. Miró de nuevo el papel. –…García, tome asiento-. Entonces miró a mí guía y comentó. –Puede marcharse, no quisiera que llegara tarde a sus otros menesteres-. Él hizo una ligera reverencia con la cabeza y desapareció sin mediar palabra.
Yo me aproximé con cierto miedo porque ahora me quedaba sola ante aquel hombre, por denominarlo de algún modo menos aterrador.
-No tenga miedo, todavía-. Rio con suavidad. –Deduzco por su gesto que puede intuir quién soy-. Yo negué con la cabeza mientas hablaba. –¿No?-. Se extrañó dejando ver cierta diversión ante la situación. –Bueno, soy Nicholas D. Satán. O bueno, más conocido en tu mundo como “Diablo”, “Demonio”, etcétera…-. Gesticulo las comillas. Aquello me dejó boquiabierta y completamente congelada. –Supongo que allí se me pinta de otra forma-. Volvió a reír. –Y tienen razón, pero solo algunos. Lo que pasa que para recibirla he pensado que sería menos incomodo si aparentaba forma humana-. Explicó mientras dejaba los papeles sobre la mesa con cuidado. –Pero vamos al grano, ustedes realizaron un ritual del que seguramente no se acuerde, y que logro superar asombrosamente con éxito-. Aquellas palabras poco a poco me hicieron recordar algunas cosas. –Estaba mirando ahora su historial y resulta de lo más idóneo para el puesto de Súcubo-. Dijo con cierta sonrisa. Mientras contemplaba mi rostro que reflejaba la más absoluta incomprensión.
-No termino de comprenderle, señor…-. Aquello me venía demasiado grande y demasiado seguido, y para mayor gravedad no sabía cómo denominar a mi interlocutor. – ¿Un puesto de trabajo…? yo solo recuerdo a mi compañera con un libro oscuro y hacer el tonto con él, no se lo tome a mal pero… no sé qué quiere de mí-. Me miraba con un gesto difícil de desentrañar pero fuese lo que fuese rezaba para no haberle cabreado. Pero de pronto dejo escapar una pequeña sonrisa.
-Vaya, esa es buena-. Se levantó con cuidado y caminó hacia una de las estanterías de dónde sacó un tomo de color oscuro y lo trajo a la mesa. –Parece que ha realizado algo extraordinario y no se ha dado cuenta-. Pasaba las páginas de aquel libro que reconocí de inmediato, era el mismo que había traído Rachel. Se detuvo en una concreta y señaló a pie de página. – Como puede observar, este rito es una iniciación para convertir a un mortal en un demonio del placer carnal, siempre y cuando se supere el rito-. Señaló los dibujos de los que no hacía falta explicación alguna. –Y usted, al contrario que su compañera, lo pasó con asombroso éxito. Y dado que no es muy usual, he decidido traerla para conocerla y darla la opción de elegir-. Volvió a sentarse mientras contemplaba como por mi rostro se descolgaban algunas lágrimas repletas de confusión, tristeza y enfado conmigo misma por semejante hazaña sexual. –Si decide seguir su vida mortal volverá a su anterior vida olvidando cuanto ha visto y oído, y cuando fallezca volverá aquí aunque no con tanta gentileza-. Me tendió un pañuelo mientras recordaba aquella grotesca escena que me recibió al llegar, lo que me arrancó un fuerte escalofrío.
-Y la otra opción que me queda, supongo que es convertirme en súcubo, no es así-. Dije mirándole a los ojos que llameaban con fuerza.
-Efectivamente. Veo que lo ha comprendido-. Volvió a coger el libro que cerró y dejó en una esquina de la mesa. -Sé que no es una elección fácil de tomar, ya que de ambas formas queda condenada al infierno, pero no de la misma manera-. Siguió explicando con aquella voz profunda y casi hipnótica.
-Y qué implicaría que yo aceptase la transformación-. Pregunté con cierta curiosidad. Y tal como dijo estoy condenada de todo punto, por lo menos conocer todas las condiciones.
-Bueno, en primer lugar adquirirías ciertas… habilidades, el trato no sería el mismo que los “huéspedes” que has visto, ya que entrarías a formar parte de la plantilla de empleados, y si rindes bien en el desempeño de tus funciones te será compensado-. Siguió explicando más contento, aunque lo camuflaba en su seriedad. –Igual que en un trabajo normal, sólo que a perpetuidad-. Sonrió. –Yo te dejo pensarlo unas horas para que valores bien los contras y los pros, reflexiónalo concienzudamente y me das una respuesta. El contrato está preparado, tanto si tomas la decisión de irte, como la de quedarte-. Volvió a mirar el dosier donde parecía tener toda mi vida y volvió a mirarme. –Pero sería una lástima no contar con tus dotes en este equipo-. Lanzó un pequeño suspiro. –En cualquier caso…-. Se levantó del sillón. –Ha sido un placer haberte conocido, Anna García. Ahora Jazmín te llevará a una habitación para que reflexiones. En tres horas vuelvo a recibirte y espero que traigas la respuesta contigo-. Fuimos caminando hacia la puerta.
-Yo también lo espero-. Suspiré pensando en el margen de tiempo y en las dos opciones que me había planteado. –Me alegro de haberle conocido, señor Satán-. El rio con cierta alegría.
-Por favor, Nicholas-. Sonrió mostrando una sonrisa blanca. -Si no queda muy extraño-. Yo asentí con la cabeza mientras salía por la puerta. –Jazmín, por favor, acompañe a la señorita García a la habitación de relax y en tres horas vuelves a traerla al despacho-. Ella asintió y se ofreció a que la siguiera.  


Annie Parte 2: Extraños personajes.   

4/8/14

Extraño final

Contemplo en silencio la hoguera que brilla sinuosa en la chimenea. Siento su calor y su luz sobre la piel. Respiro profundo y escucho aquellos sonidos que me arrullan en la noche. El crepitar de la fogata. El tintineo de los hielos en la copa que blando delicadamente en mi mano. Gemidos ahogados de las cuatro chicas que guardan en mi cama a que decida satisfacer sus fantasías más salvajes.
Aparto la mirada de aquella imagen hipnótica y contemplo, la ciudad a mis pies. El inmenso ventanal del salón muestra pequeñas hormigas blancas y rojas moviéndose a lo largo de aquel terrario abierto. Cada calle. Cada edificio. Cientos de miles de luces que aplasto con un solo dedo desde aquella altura.[Suspiro prolongado] Escucho mi propio suspiro. Uno de esos que escapa de tus actos conscientes, con un significado. No sé si me explico, porque es una sensación algo difícil de hacer entender a un tercero, a no ser… a no ser, claro que haya estado en una situación similar.
Me resulta difícil, de entender. Es complejo… y largo de explicar, aunque algo me dice que voy a tener tiempo de sobra. [Risa]… carezco del pálpito.
-Cielo-. Suena una voz aterciopelada y ligeramente jadeante. –Estamos esperándote, y estamos muy, muy calientes-. Se muerde el labio inferior. Aguarda desnuda mostrándome toda su belleza y perfección. Pero nada.
El magnetismo de la chimenea es infinitamente más fuerte y posesivo.
Tan solo hago un gesto con la mano que permanece libre en ademán de que fuesen empezando sin mí. Después de todo son ellas las que más tardan en correrse y caer extasiadas de placer.
-Ya iré, Michelle-. Susurro a la copa. 
[ · · · ]
En fin… retomando la reflexión, estaba a punto de esbozar la pregunta del millón. Algunos tal vez la hayan deducido. Otros solo especulan acerca del tema. Y los que restan, los más numerosos, aguardan a seguir leyendo estas líneas con el fin de que la desvele. En cualquier caso, y sea cual sea donde se encuentre, la diré. Y recuerden; el millón sigue en juego.
-Por qué si tienes juventud, dinero, fama y mujeres… ¿te sientes tan vacío?-. Susurró a mi oído una voz femenina, igual de sensual y delicada que la primear pero con un matiz muy diferente a esa.
Sus manos se apoyaron en mis hombros y descendió lentamente por mi pecho interponiéndose entre la seda y mi piel. Estaba sorprendido. Muy sorprendido. Porque aquello no lo hubiese dicho mejor ni yo mismo. ¡Qué diablos! Aquello era lo que había pensado exactamente. Aunque lo inquietante del asunto no era tanto la precisión de aquella frase, sino quién era ella. Porque no era Michelle, ni Sharon, ni Rachel, ni Lily.
Traté de volver la mirada pero aquellas manos lo impidieron de una forma tan delicada como firme.
-No, no, no-. Rio juguetona. –Por ahora guardemos el misterio-. Volvió a susurrar en mi oído, acariciándolo con sus labios carnosos, produciéndome un escalofrío. –Oh, disculpa. Lo estabas haciendo muy bien sin mí, no sé por qué me he inmiscuido-. Sus manos desaparecieron de la misma forma de la que llegaron. –Por favor, prosigue-. La voz se desvaneció lentamente en un murmuro.
Aquella experiencia me dejó demasiado descolocado, pero en el fondo tenía toda la razón. Lo tenía todo, aquello que quería se materializaba al poco, pero aun así el vacío era tan abisal que apenas llegaba a vislumbrarse el fondo. Resultaba tan frustrante. Tan… [Silencio prolongado]. Tan deprimente.
Tomé otro trago de la copa y dejé que su contenido regase mi garganta y dejase aquel aroma fuerte en mi boca. La mirada fija de nuevo en las llamas, su crepitar. Parecía que la respuesta a mi pregunta estaba en aquel recinto.
Aquel calor me confortaba, debía admitirlo. Resultaba agradable en aquellos momentos de confusión, donde eres presa fácil de toda clase de dudas. En esos ratos de vulnerabilidad ante el mundo. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, una sacudida que trajo consigo una respuesta.
Tal vez fuese la buena. Tal vez no.
La cura. O tal vez una tirita, para un cáncer terminal.
-¿Y bien?-. Susurró de nuevo aquella voz misteriosa. – ¿Ya tienes tu millón?-. Aquel matiz juguetón volvió a aparecer en su voz.
Tenía la sensación de que era una pregunta de esas que no hay que responder. Cómo se llamaban…
-Retóricas. Preguntas retóricas-. Se aproximó lentamente. –Y no, no lo es-.

Apuré el último trago de la copa. Inspiré mientras traía conmigo aquella tirita. Ahora llegaba el momento. Hasta entonces nunca me había parado a pensarlo fríamente y mientras hacía memoria trayendo pequeños fragmentos de recuerdos perdidos a lo largo de una vida de lo más alocada y repleta de desenfreno. Y entre ellos, vislumbré su imagen postrada en la cama del hospital, consumida por el cáncer. Varias lagrimas descolgarse a través de mis mejillas. Trato de sacar voz para responder pero en medio de aquella palabra sentí resquebrajarme deformando mi voz en un balbuceo prácticamente incomprensible. Pero aquella voz volvió de nuevo.
-El calor de tu madre-. Dijo convencida. –Pero tranquilo, he venido para llevarte con ella-. Un beso se depositó en mi frente.
La copa resbaló estallando en mil fragmentos sobre la alfombra. Poco después escuché distorsionados en la distancia varios gritos histéricos de aquellas cuatro chicas que me contemplaban completamente desnudas y perladas en sudor.  


15/5/14

[900 palabras contadas]

Bueno, con esa imagen en mente… /se pone sus gafas de lectura, se acomoda en el sillón, aclara su garganta antes de tomar aire y mirar a la chica que delante aguarda\.
Érase una vez que se era, en una extraña y lejana ciudad un misterioso joven que al calendario de mirar no dejaba. Algo en él lo inquietaba. Se movía levemente, mecido por el suave viento que se colaba por una de las ventanas abiertas. Un viento que arrastraba el aroma típico de mediados de febrero. El...


[-Vaya. Febrero, que casualidad-].
/Corta el relato. Mira por encima de sus gafas. Sonríe, sabe lo que ha pasado por la cabeza de su oyente\ ¡¿casualidad?! /Niega con la cabeza\. No es más que una historia de un viejo libro. /Blande el tomo en sus manos, pero con mimo\. Cualquier parecido con la realidad es un mero espejismo. /Devuelve la mirada al libro. Pero mantiene aquella sonrisa misteriosa y enigmática\ A ver... Por donde iba... ¡Ah! /Toma aire de nuevo para proseguir su historia\.

El chico lo miraba con fijeza mientras escuchaba de fondo la voz del profesor de turno. Monótona, monocorde. Apagada y distorsionada por una distancia infinita. Apenas lo escuchaba, no era más que un susurro en lo más profundo de su mente. Una vaga melodía.

Inspiro sin apenas notarlo cuando percibió un delicado aroma, aunque sin llegar a saber de qué o quién lo desprendía. Solo miraba su número. Aquel número que colgaba burlón en la superficie plateada de aquel calendario.
El ruido de la campana lo devolvió con brusquedad a aquella patética realidad en la que navegaba sin rumbo. Y menos aquel día. Caminaba lentamente. No tenía prisa por llegar a casa, nadie lo esperaba. 

Tenía comida en la nevera con una nota de su madre con unas delicadas notas del menú que tendría para aquel día. "ensalada mixta al gusto". Pero fue en medio de su silenciosa comida cuando el teléfono vibro sobre la mesa. Aparecía en la pantalla el reflejo de un nombre y un número de teléfono. La conocía. Pero le extrañaba e intrigaba sobremanera lo que aquella llamada podría depararle. Un viernes sin plan alguno era sinónimo de una improvisación de lo más arriesgada.
-Nunca...-. Dijo al poco de estar hablando con ella. -Vaya, es una lástima. Deberías verlo, es increíble. Me parece algo digno de compartir-.
-...- Guardo  silencio mientras miraba sus gestos reflejados en la ventana.
-me encantaría llevarte-. Dijo con cierta sorpresa para sí.
-...-
-¿¡¿¡¿¡Esta tarde!?!?!?-. Aquello le pillo por completa sorpresa. Aquello tenía cientos. No. Miles de connotaciones ocultas. Y hoy precisamente.
-...-.
-...-.
-Bueno, de acuerdo. A las siete-.

Estaba consternado. No se lo podía creer. Aquello era raro. Y una locura, todo sea dicho de paso. El tiempo fluia, alargándose y estirándose como si fuese una goma elástica sin límite de rotura. Cada minuto eran mil y un pensamientos. Finalmente llegó el momento. La hora de partida.

Recogió a su pasajera. Quedaba un largo camino por delante. La autovía comenzaba a extenderse ante ellos. Conducía deprisa, pero sin rebasar los límites marcados. Sonaba solo la música de fondo. Rápida y rítmica. El resto solo silencio. Alguna mirada, fugaz. Retrovisor. Pasajero. Carretera. Velocímetro. Llegó su salida y la tomaron lentamente para comenzar la ascensión hasta una vieja vía forestal. La recorrieron entre botes, baches, algún zigzag mientras la tarde caía sobre ellos.

El pinar. Aquel terreno donde aquellos arboles típicos campaban a sus anchas. Creciendo. Adornando. Dando vida. Creando una atmosfera extraña. Dejaron el coche junto a un pino, cerca de un pequeño claro. El no quería extraviarlo, aunque conociese bien aquel lugar. Comenzaron a pasear. En silencio. Escuchando solo sus pisadas en medio de la nada. El viento ululaba entre los troncos. Movía las copas entrelazadas. Ella corría y saltaba como un cervatillo. El aguardaba a distancia mientras en silencio pensaba. Recordaba más bien.

Llegaron a un lugar donde quedaba emplazada una vieja mina abandonada. Se sentaron mirando los últimos rayos de la tarde esconderse en el horizonte. El frio los envolvía. El sentía pequeños escalofríos. Se sentó junto a ella mirando el horizonte. La rodeo la cintura y siguió en silencio escuchando la naturaleza que los rodeaba. El pinar. Ella habló, daba una ligera opinión de aquello que nunca había visto y que tanta intriga despertaba. No en balde ella era una gatita muy curiosa. El frio arreciaba. Tras la muerte del sol se levantaron de nuevo. Caminaron de regreso.
Allí estaban de nuevo. En el claro. El coche aguardaba en la noche. Él, antes de partir, tomó una foto de un recuerdo que olvidaría aquella misma noche si pudiese. Dejando aquello como recordatorio de algo raro que vivió. Un relato que invento en una noche de verano mientras luchaba por caer rendido ante el sueño. Regresaron al coche. Bajaron despacio. Condujeron en tinieblas por el camino hasta llegar a la carretera por la que retornaron a la ciudad de nuevo.
Tras dejar a su pasajera en el lugar de encuentro reanudo su marcha mientras veía salpicado el cristal del llanto de las nubes de aquel “catorce-de-febrero”.

/Sonríe, mientras cierra el libro. Mira por encima de sus gafas a la chica que lo escucha, aguarda en silencio\.
Y con esto, colorín colorado este cuento se ha acabado. /Ríe en el sillón\. Disculpa si te he aburrido, a veces se hace más largo de lo conveniente. /Sonríe, aunque niega con la cabeza\ ¿Qué te ha parecido?  /Cierra el maltrecho libro y lo guarda con delicadeza en una inmensa estantería\.

5/3/14

Alterne


Te veo ahí tumbada, sobre el negro y frio metal, mostrando todas las curvas que te conforman. Aquellas partes cubiertas por delicadas rejillas estimulan mi curiosidad con avidez aunque no tanto como aquellas que ocultas con travesura, comburente en el interior de mis entrañas.
Provocas mis ansias por conocer tu interior. Me aproximo hacia ti. Retiro con cuidado la cubierta que tapa el puente, lo cruzo con suavidad al otro lado mientras siento en mis manos las rectificaciones de tu electrizante carácter.
¿De dónde viene? Me pregunto, esa curiosidad se ha tornado en un ácido corrosivo que me quema lentamente. Sucumbo a ti al desaflojar cada botón que cierra tu ropa. Sin prisa. Lentamente, sintiendo cada giro entre mis dedos. Intuyendo lo existente al otro lado a través de las oquedades de la rejilla, veo que algo se mueve en tu interior, pero qué, vuelvo a cuestionar.
Difícil me resulta pero tras algo de perseverancia derrito las últimas conexiones de tu ropa, dejando al descubierto aquel misterioso interior. Un collar rojizo metalizado, cobre tal vez, aunque no me atrevo a aventurar. Miro aquel adorno del que cuelgan tres puntas entrelazadas dos a dos entre sí. ¿¡Triangulo!? Digo para mí.
Tu corazón queda desvelado. Órgano generador. Gira y gira electrificando su alrededor. Me imantas con violencia, atrayéndome hacia ti. Demasiado fuerte es el campo. No me puedo resistir pero con ayuda de la prensa logro salir, cubriéndote de nuevo y olvidándome de ti.  

17/9/13

The girl [Punto y final, part 19]


Tras subir el último tramo de escaleras envueltos en la penumbra Arturo desenfundó sus llaves y con un increíble tino la encajó a la primera en la abertura. Pero se sorprendió cuando la puerta cedió al primer giro.


-Vaya… parece que alguien ha llegado antes que nosotros-. Su tono era reflexivo. Pero sacar la respuesta de su mente sería más difícil que adentrarse y preguntar. Cuando empujó la puerta un olor a comida salió a recibirnos. Parecía delicioso.  –Estamos en casa-.
-¡Arti!-. Dijo una voz dulce desde la cocina. Ahora la curiosidad me tomaba por completo. Sabía que Arturo vivía con una compañera pero nunca la había visto en persona. ¿Cómo sería ella?. –Estoy en la cocina, he llegado hace un poco de la estación… Pensé que irías a buscarme en tu cascaroncillo-. Sentí como Arturo se estremecía.
-No te esperaba hasta las siete. ¿Cómo de vuelta?- Preguntó mientras nos encaminábamos a la cocina. -¿Qué tal él viaje?-. Me asomé por el vano de la puerta. Allí cubierta por un largo delantal estaba Alicia vigilando los fogones, mientras varios trozos de carne terminaban de dorarse.
-Bueno, allí me aburría mucho asique decidí adelantar un poco la salida. El viaje… el trayecto bien, bastante tranquilo si quitamos el metro. Te mandé un mensaje para que vinieses a buscarme-. El reproche hizo que Arturo temblara ligeramente de nuevo. –Pero te perdono. Estoy haciendo ensalada con carne. Seguro que te gusta-. Quitó los ojos de la sartén y le miró por primera vez. Aquellos ojos grises, impactantemente bonitos, se clavaron en él.
-Alicia… no es por hacerte el feo pero soy vegetariano, no como carne-. Dijo mientras miraba la sartén y el plato con la ensalada que habíamos preparado por la mañana. Después me dirigió una mirada de disculpa, estaba claro que eso no estaba en el plan previsto, y ciertamente empezaba a sentir una extraña sensación que me punzaba desde dentro.  
 –Oh… pues es la primera noticia que me das-. Volvió a mirar los fogones. Parecía no haber reparado en mí todavía. –¿No vas a presentarme a tu… invitada?-. Su voz reflejó un matiz extraño que no supe ubicar pero no hacía falta un master para saber que no era nada cordial.
-Pues Alicia… llevas viviendo aquí desde finales de septiembre, y desde luego no será por la de veces que te lo he dicho, de todas formas es lo mismo-. Entonces me agarró de la mano y me adelantó un par de pasos. –Ella es Elisa. Elisa ella es mi… compañera de piso, Alicia-. Alicia siguió a sus fogones, sin hacer nada más. Pero Arturo me miraba negando con desesperación.   
-Encantada, Elisa. Por cierto, Arturo bajarías a por un bote de vinagre balsámico y pan, porque se me ha olvidado traerlo-. Arturo apretó los dientes y cerró los ojos. Aguardó en silencio. Abrió el frigorífico y miró rápidamente para hacer un inventario básico y aprovechar el viaje.
-Lo siento, Elisa, pero voy a bajar un momento al chino de aquí al lado a comprar el pan, huevos, arroz congelado y agua. Volveré en cero coma. Y mil perdones-. Su mirada se clavó en Alicia, que seguía a lo suyo. Y poco después se despidió de mí con un pequeño roce de labios. Después desapareció por la terraza del salón. Sentí un fuerte estremecimiento al imaginarle aquí con ella.
Yo caminé discretamente hasta salir de la cocina y encerrarme en la habitación de Arturo para empezar a empacar mi escaso equipaje. Mientras recogí, no podía evitar cierta clase de pensamientos que hasta entonces jamás se habían asomado y aquello despertó una sensación muy poco agradable dentro de mí. Entonces escuché la voz de mi amiga Lidia, “estas celosa, uhhh”.
-Elisa… ven a la cocina y ayúdame-. Dijo con voz suave aunque no ocultó el matiz de exigencia. Y por no tener más problemas con aquella niña consentida, cosa que saltaba a la vista, fui nada más terminar de meter mi neceser en la bolsa de viaje.
-Dime-. Entré lentamente en la cocida. –Huele muy bien-. Me pasó tres platos para que los fuese colocando en la mesa.
-Vete poniendo la mesa-. Dijo con una pequeña sonrisa. –¿Qué te traes con Arti?-. Preguntó de pronto. –Se te ve muy pillada por él-. Aquello me pillo desprevenida, aunque estaba esperando algo de ese tipo pero no tan directo.  
-A qué viene ese interés en lo que me traiga o lleve con él-. Trate de disimular aquellas punzadas que sentía, pero no estaba muy segura de poder seguir mucho tiempo. –Es un chico encantador, nada más-. Ella hundió aquellos ojos grises en los míos. Sentí como corrían las chispas entre ambas.
-Para que no te ilusionases con él-. Su indiferencia me cortó como si me hubiese alcanzado con el hachón de la carne que tenía en la mano. –No es que me importe mucho… pero él no está interesado en ti. No eres más que una sustituta de fin de semana mientras estaba fuera. Él está por mí, incluso llevamos un par de meses saliendo juntos-. Su voz era suave y dulce, todo lo contrario a su mirada afilada. Aquello no cuadraba, me negaba en redondo a creerla. Trataba de seguir con la mesa, colocando los cubiertos. –Veo que no terminas de créete lo que te cuento… ¿Acaso te ha dicho que nos acostamos juntos cada noche?-. Mostró una sonrisa retorcida. -Y resulta muy apasionado algunas veces, parece insólito teniendo en cuenta que no es más que un friki del ordenador-. Su risa estridente estalló por toda la cocina.  
-Si… algo me ha comentado-. Aquello no pareció hacerla efecto alguno. –Pero no termino de verle bajo tus pies…  otros puede que babeen al verte pero Arturo no es de esos. El físico no le importa-. Nuestras miradas se encontraron haciendo saltar más chispas. Parecía tranquila pero solo lo parecía, ¿Estaría celosa? Una imperceptible sonrisa se asomó a mis labios.
-Si, en eso coincido contigo-. Sonrió con malicia. –Él no se fija en el físico, pero a fin de cuentas es un tío y todos, tarde o temprano, terminan cayendo, y Arturo no es la excepción…-. Su mirada volvió a hundirse en mí. Escrutando sin piedad cada gesto que hacía de forma inconsciente. –Aunque me costó lo mío, porque se negaba a acostarme conmigo pero bueno… tiene tan buen corazón y es tan buen chico… ¿no te parece?-. Aquella conversación estaba llevándome hacia su terreno, sólo hace falta una gota de desconfianza para minar por completo la integridad de una persona y aquella desgraciada estaba dispuesta a echar toda la que pudiese. Pero no, no caería esa breva, se lo estaba inventando, o a esa conclusión llegaba yo después de las numerosas conversaciones con Arturo en las que siempre terminaba despotricando contra ella. Ahora entiendo porque casi no pisaba por casa.
-Eso es mentira. Lo que pasa, arpía inmunda, es que estas celosa de que una chica como yo, te quite al único chico que se resiste a tus artimañas. Acéptalo. Él pasa de ti. Si no hay más que ver cómo te rehúye…-. Una carcajada estalló sonoramente en la cocina. Larga y vibrante. Alicia se retorcía buscando algo de aliento que retomar.  
-Mira, zorrón de pub, no quería llegar a esto pero… no tengo más remedio que contártelo para que no se te rompa el corazón más tarde. Arturo está contigo por una apuesta… no eres más que el medio para hacerse con un nuevo ordenador-. Retiró la sartén del fuego y se fue acercando a mí. –¿De verdad estabas pensando que se estaba enamorando de ti?-. Su voz era un susurro, pero tan cortante y afilado como el resto de sus palabras. -Si quieres hechos, ahora te daré hechos. Dime si o no. ¿Te ha llevado a dar un paseo?-. Bajó el tono de voz mientras recortaba distancia.
-Si-. Murmuré. Aquello de la apuesta me pilló fuera de juego. Estaba resentida por las cuchilladas que me había asestado, y aunque resistía a creerme todo aquello poco a poco mis murallas perecían antes sus palabras.
-¿Te ha llevado a cenar, con una actitud muy romántica y delicada?, ya sabes… velas… masajes… palabras bonitas… miradas irresistibles…-. Su mirada estaba vislumbrando las lágrimas que estaban a punto de desbordarse. Parecía estar saboreándolas, sintiendo aquel gusto salado. –Que ingenua… pobrecita-. Su sonrisa perfecta parecía tener un resplandor propio. –Oh… y también habréis visto una peli acurrucados en el sillón-. Volvió a reírse. Yo negaba con la cabeza, aquello no podía. No quería que fuese cierto. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas ante su mirada penetrante y afilada. –Y seguramente nada de sexo…-. Volvió a reír. Su voz sonaba divertida. -¿Ves?… no sabes lo que te pierdes… en fin… la comida ya está-. Dijo mirando el plato y la sartén. –Voy a traer la ensalada, espero que a ti te guste, ya que Arturo se nos ha vuelto vaca…-. Acercó los platos como si aquella conversación nunca hubiese tenido lugar. Mientras que yo no podía evitar retorcerme en mi interior. Aquellas sensaciones se multiplicaron. Parecía arder de rabia, quería volver a mi casa, coger el coche y derrapar hasta destrozar los neumáticos en el circuito pero sobre todo olvidarme de el.
-Discúlpame-. Dije tratando de aguantar la compostura y salir de la habitación con la mayor dignidad posible, aunque ya no quedaba mucha. Fui a por el equipaje y salí corriendo por la puerta.
-Adiós… Elisa, que tengas buen viaje… ¿seguro que no quieres nada para el camino?- escuche la voz alegre de Alicia desde la cocina.  
Nada más llegar a la calle, en la puerta del portal me topé con Arturo que venía con las bolsas. Se quedó muy sorprendido al verme, seguro que tenía los ojos a punto de desbordase por las lágrimas.
-Elisa… qué ha pasado-. Su preocupación sincera quedó relegada, aunque seguro que algo se estaba cociendo en el procesador de su cabeza.
-Eres un cabrón. No quiero volver a verte-. Mi corazón, o lo que quedaba de él, se desgarró con cada palabra. No vi la expresión de Arturo porque salí corriendo a por el taxi que acababa de parar en el semáforo, pero seguramente la consternación le invadiese.  
-A la estación de buses de Méndez Álvaro, rápido por favor-. La taxista me miró y asintió.
-De acuerdo, señorita-. Conectó el taxímetro y puso los indicadores de ocupado.
Tras iniciar la marcha, mi mente colapsada ante aquella situación se desconectó de forma casi automática. Me hundía. Caía lentamente a través de mis propios pensamientos. Divididos. Por un lado la pequeña parte que comandaba la celosa ira, que había picado en aquella trampa y contestado a Arturo. La otra parte de mí, se negaba rotundamente a creer aquellas palabras. Era imposible que aquel chico que había conocido aquella noche en aquella carrera me hubiese vendido por un ordenador, pero tres años… es mucho tiempo. Y el chico del circuito a principios del verano pasado… aquel cuerpo inocente que cayó desmayado sobre mi asiento, tampoco encajaba en aquel perfil. Aunque tanto tiempo bajo el influjo de aquella arpía… a saber cuántas trampas le habrá podido tender. Incluso el hierro de la más alta calidad sucumbe con el tiempo a la corrosión, solo se necesita tiempo… y las condiciones propicias. Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas. Ahora... quién estaba segura de si era o no cierto. Era incapaz de contenerlas.   
-Ten… no es bueno que una chica como tú se vea llorando-. Me tendió un kleenex. Su voz, pausada y suave me devolvió al habitáculo del coche. –Espero que no sea por un chico, porque si es así… entonces estoy convencida de que no te merece-. Mientras seguía conduciendo trataba de consolarme, aunque no iba por buen camino.
No podía contener el remordimiento de lo que acababa de hacer, Arturo no era así, solo estaba en casa para dormir, y muchas veces se había quejado mientras hablábamos de que Alicia se colaba en su cama y trataba de persuadirle sin éxito. Me sequé las lágrimas antes de coger el teléfono y escribirle un largo mensaje pidiéndole disculpas.
El taxi se detuvo en la puerta de la estación del Sur poco después de mandar el mensaje. Estaba más calmada, aunque seguía intranquila por la incertidumbre de si Arturo querría contestarme.
-Son diez con setenta y cinco-. Comunicó la taxista a través de la luna de metacrilato que nos separaba. Busqué en la cartera el dinero de la deuda y se lo entregue con algo de dificultad por el hueco que había en la plancha.
-Muchas gracias, María. Que tenga buen servicio-. Me despedí antes de bajar del coche y adentrarme en la estación dos horas antes de la partida del bus.
Nada más cruzar aquellas puertas sentí aquel escalofrío del aire acondicionado. Parecía mentira que tres días antes recorriese aquel lugar de la mano de Arturo. Miraba los alrededores, la gente con la que me cruzaba. Buscando nada concreto encontré a un chico muy bien vestido. Hablaba por teléfono y me resultaba lejanamente familiar. Entonces como si supiese que lo estaba mirando me devolvió la mirada con aquellos ojos fríos. Aquella mirada me trajo un recuerdo tan turbio y oscuro que me estremeció. Comenzó a caminar en mi dirección con aquella elegancia y parsimonia. Como recordaba de aquel pub Londinense. Dimitri, estallo su voz en mi cabeza.
Lucía una curvatura de satisfacción, parecía que le llegaban buenas noticias del otro lado de la línea. Estábamos a menos de un metro. Pero a pesar de su mirada no parecía tener el menor interés en mí. ¿Me habría reconocido?
-<do svidaniya…>- Dijo al teléfono. La última mirada que me dirigió antes de cruzarnos logró estremecerme. -<…Elisa>-. Susurró al pasar por mi lado y después dejó escapar una risa sincera de alegría y continuó su conversación. Aquello me congeló la sangre. Se acordaba de mí… y aquello solo me hacía preguntarme si aquello no sería más que una oscura casualidad…
Me acerque a la taquilla donde una chica miraba la pantalla de su teléfono. Parecía muy distraída, claro que yo también estaba abstraída por mis propias cavilaciones.

-Buenas tardes-. Dije con un hilo de voz a través de los agujeros de la mampara. La chica me miró y esbozó una mecánica sonrisa.

-En qué puedo ayudarla-. Su voz estaba agotada, tanto como su mirada.

-Verá tengo un billete para Valladolid, pero el bus sale a las seis, ¿sería posible coger otro autobús que saliese antes?-. Ella me miró. A saber cómo sería mi aspecto en aquel momento, pero comenzó a buscar en el ordenador.

-A ver si hay algún asiento libre para el autobús de las cinco-. Miré el móvil. Quedaban cuarenta minutos, cuarenta eternos minutos si tenía algo de suerte. Ella seguía mirando pero no parecía encontrar nada, pero de pronto un gesto delató que había podido encontrar algo, entonces se volvió de nuevo hacia mí.- ¿Te importa que no sea directo? Porque si es así hay ahora un autobús que sale en diez minutos hacia Galicia, y hace parada en Tordesillas-. Aquello no era lo que me esperaba, pero como quería huir de Madrid cualquier cosa me servía.

-De acuerdo. ¿Cuánto es?-. Busqué el monedero en el bolsillo del pantalón esperando a que me dijese cuánto costaría. Y rezaba para que no fuesen más de treinta euros, porque no tenía nada más.  

-Son veinticinco euros, pero si tienes el otro billete, son solo tres euros a pagar-. Comentó tras mirar por los alrededores, supongo que vigilando que no hubiese ningún superior mirando.

-Muchas gracias-. La entregué el billete de forma torpe y el dinero. –La estoy tremendamente agradecida-. Sentí como una lágrima resbalaba discretamente. Aquella conversación con Alicia me había destrozado.

-Date prisa, está en la dársena 26, va a salir en cosa de cinco minutos. Y espero que no sea nada-. Después de despacharme volvió de nuevo a su teléfono móvil.

Corrí hacia las escaleras, esperaba no estar muy lejos porque no quería perder aquel bote de huida. Una carrera fue suficiente para llegar al autobús. El conductor acababa de cerrar el portón pero después de enseñarle el billete y una mirada con algo de reproche metió mi pequeña bolsa en el maletero.

Me senté en el sitio que marcaba el billete, el autobús estaba casi completo. Al poco de abrocharme el cinturón el autobús comenzó a maniobrar para salir de su aparcamiento, pero antes de salir completamente se detuvo de forma brusca. Se escuchó como las puertas se abrían. Una figura jadeante caminaba tambaleante por el pasillo.

-Lo has cogido por los pelos, casi te quedas en tierra-. Comentó la señora que se sentaba delante de mí.

-Sí, cariño… lo sé, pero ha habido un accidente bastante feo en General Ricardos y el taxi ha estado allí detenido hasta que han despejado un poco aquello-. Respondió el chico todavía exhausto.

-¿Cómo ha sido?-. Preguntó ella con curiosidad. Aquello hizo saltar mis alarmas, Dimitri y un accidente… resultaba sospechoso, o estaba paranoica perdida. Presté más atención a la conversación.

-Al parecer un Land Rover se ha saltado un semáforo y ha alcanzado a un coche pequeño, creo que un Citroën. Ha sido espectacular porque ha dado varias vueltas de campana y ha terminado empotrado en una farola panza arriba pero el todoterreno ha logrado darse a la fuga. La verdad es que pintaba realmente feo… el coche era irreconocible, un amasijo retorcido de hierros-. Explicaba el chico mientras su acompañante afirmaba.

-No, no, no, no…-. Murmuraba para mí mientras cogía el móvil. Estaba al borde del ataque de nervios. Aquello eran demasiadas casualidades. Tras varios intentos logré dar con el número de Arturo.

{Puuuu; Puuuu; Puuuu; Puuuu;}
-Cógelo, cógelo, vamos cógelo. Idiota…-. Rogaba. Rezaba para que su voz o la de aquella lagarta sonasen al otro lado.
{Pu, pu, pu, pu, pu, pu}      
F.I.N